Si Hollywood fuera un banco, jamás debería negarle un crédito a David Fincher. Si Fincher fuera un mesías, habría que seguirle allá donde fuera. A pesar de las dudas. A pesar de que, después de su estupenda disección del creador de Facebook en La red social, nos cogiera con el pie cambiado al convertir en su siguiente proyecto la adaptación de la primera entrega de la trilogía Millennium, el fenómeno literario sueco que gozó de mayor repercusión, si cabe, por haber muerto su autor, Stieg Larsson, sin saborear el éxito.

A priori, suspicacia. Olía a la eterna y testaruda decisión de Hollywood de pasar por su filtro un producto ya convertido en celuloide. Cierto que las adaptaciones suecas a cargo de Daniel Alfredson no le hacían justicia al material literario; si acaso, la primera cinta, ganadora de un premio BAFTA y que dio a conocer a Noomi Rapace en el papel de Lisbeth Salander, tenía cierto mérito; pero todo el conjunto desprendía un cierto aroma a telefilm.
En el primer capítulo de Millennium, de largo el mejor de los tres, Fincher ha encontrado el material adecuado para volver a servir un thriller duro, sin concesiones, magnético, de ritmo intenso sin caer jamás en el atropello. No es Seven y tampoco Zodiac; ni falta que hace. Transita sobre un camino de sobras conocido, pero lo hace con un pulso y una maestría que dejan la versión sueca a la altura del betún y mejoran el original de Larsson. Entre las claves, quizás la sustancial, el guión de Steven Zaillian, ganador de un Oscar por La lista de Schindler, que acierta en esa fase tan delicada que es desplumar un libro, como si fuera un pollo, para quedarse solo con lo sustancial, y da toda una lección de cómo se narra una historia de suspense sin saltos, sin huecos, con transiciones que encajan con suave perfección.
El resto lo ponen el ojo y mano de Fincher y el buen hacer de los intérpretes, especialmente la joven Rooney Mara, vista en el excelente arranque de La red social, que se ha beneficiado de la decisión de Rapace de no reinterpretar a un personaje que es un caramelo: la hacker brillante pero arisca y asocial, de turbio pasado, a la que uno acaba cogiendo cariño por esa dureza que oculta su frágil armadura, su habilidad fuera de lo común y su entrega a la causa. Mara pone toda la carne en el asador, se somete a escenas durísimas (todas las que protagoniza con su nuevo consejero) y es acreedora de una merecida candidatura al Oscar. Una mocosa de 26 años que da perfecta réplica a un sobrio Daniel Craig, nada Bond y muy humano.
¿Más alicientes? Fincher decidió, acertadamente, rodar en Suecia y respetar todo: localizaciones, apellidos, etc. Bravo. Porque seguramente habría sido tentador trasladar la historia a Kentucky o Arkansas y mutar los Blomqvist y Salander en Bloomberg y Summers.
Veredicto: 8
Lo mejor: La capacidad para superar las expectativas.
Lo peor: Que se la desdeñe por beber de fuentes demasiado conocidas.







