16th Oct2007

La noche del cazador (1955)

by Carlos

Charles Laughton contaba con una meritoria carrera interpretativa cuando decidió, por primera y última vez, ponerse tras la cámara. La novela La noche del cazador, de Davis Grubb, fue la rampa de lanzamiento de su única película. El Cine con mayúsculas recordará siempre esta decisión con una mezcla de felicidad y amargura: felicidad de contemplar una de las películas más fascinantes de su historia, amargura por no conocer qué hubiera dado Laughton al séptimo arte con una filmografía más amplia como director.

La noche del cazador (The night of the Hunter, 1955) es un cuento sobre la eterna lucha entre el bien y el mal. Una guerra que comenzó en el mismo cielo, como narra la Biblia, cuando algunos ángeles se rebelaron contra Dios. Quizás por eso la película comienza enseñándonos un cielo lleno de estrellas, donde una amable anciana enseña las sagradas escrituras a unos sonrientes niños. “Desconfiar de los falsos profetas, que se cubren con pieles de cordero, pero que en su interior son fieros como lobos”, advierte la venerable anciana, mientras desde el aire observamos cómo un grupo de niños encuentra a una mujer muerta en el sótano de su casa. “Por sus frutos los conoceréis”. Claro que toda pelea tiene dos versiones. El asesino, que paradójicamente es predicador, se defiende. “No te importa que yo mate”, le dice a Dios al pasar con el coche por un cementerio, “tú libro está lleno de muertes”. Su camino está manchado de sangre, como él mismo reconoce, pero no hay arbitrariedad moral: “hay algo que tú odias, señor. Los seres perfumados, suaves como encaje de cabellos delicados”. Las mujeres.

Con esta declaración de intenciones comienza La noche del cazador, una película con un mensaje moralista en cada uno de sus personajes esteriotipados. Podría ser un cuento de los hermanos Grimm, o una parábola del Nuevo Testamento, ambas caracterizadas por el uso de imágenes y metáforas al servicio de la moraleja final. La historia está ambientada en los años de la Gran Depresión americana. Ben Harper (Peter Graves), desesperado por su situación económica, roba diez mil dólares de un banco, para lo cual mata a dos hombres. Cuando llega a casa perseguido por la policía, decide esconder ese dinero en un lugar que sólo conocen sus dos hijos: John y Pearl, y les hace jurar que guardarán el secreto. Ben es arrestado y condenado a muerte, con tal mala suerte que en su corta estancia en prisión coincide con Harry Powell, un reverendo sin escrúpulos que decide hacer una visita a los Harper para averiguar dónde se esconde el botín. Lo que pudiera parecer un relato algo reduccionista, alcanza verdadera profundidad gracias a la elaborada construcción de los personajes que lleva a cabo el guionista James Agee, y a la acertadísima elección y dirección de actores. Robert Mitchum es Harry Powell, un predicador que lleva tatuada en la mano izquierda la palabra “Hate” (odio), y en la mano derecha “Love” (amor). Mitchum pone la cara al mal con una interpretación soberbia e histriónica. Su contrapunto es Lillian Gish, que da vida a la venerable anciana Rachel Cooper, que recoge niños abandonados para redimir su propio fracaso como madre. Cooper es el bien, nacido del arrepentimiento. Con sus consejos empieza la película, y con sus consejos se termina, en una demostración de que siempre había llevado la razón.

La noche del cazador es una película de luces y sombras, tanto por los personajes como por la espléndida fotografía de Stanley Cortez. Laughton sabía lo que quería de Cortez, y el resultado es un maravilloso juego de blancos muy intensos y grises metálicos que dan contrapunto visual a la historia. En definitiva, una obra maestra que no deja indiferente al espectador, y a la que sólo se le puede reprochar la ingenuidad de su mensaje: sólo la pureza de los niños puede vencer al mal. No deja de ser, sin embargo, un precioso mensaje, digno de un maravilloso cuento de hadas.

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2 Responses to “La noche del cazador (1955)”

  • Alicia

    Comparto absolutamente el primer párrafo del artículo. Nunca debió dejar de dirigir. Te quedas con hambre de más. Laughton, tan buen actor como director, sabe manejar perfectamente su misoginia para deleitarnos con un relato de buenos y malos (bueno, y tontos, que las mujeres, excepto la anciana cuidadora de niños, salen bastante mal paradas). La fotografía es una delicia. La escena de la esposa en la habitación tomada desde arriba, o la misma ya muerta en el fondo del agua son maravillosas. Podría haber sido también una historia de Dickens.
    Un acierto, la película y tu artículo.
    Saludos.

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