Basket Music

by Carlos

Años 70. El black power. La blaxplotation. La música disco. Gloria Gaynor. Donna Summer. La revolución sexual. Pantalones de campana. La ABA. Julius Erving. Las drogas. Todo ello agitado y mezclado en Basket Music (The Fish That Saved Pittsburg, 1979). No sabemos cómo afectó a la carrera del director Gilbert Moses (1942-1995) la realización de esta película, pero lo cierto es que fue su única incursión en el cine. Para qué más, disponiendo de un argumento tan “fantástico”.

Los Pittsburgh Python son el peor equipo de la liga. No sólo juegan fatal al baloncesto, sino que su jugador estrella, Moses, el hombre del millón de dólares, está sumergido en una apatía total. Sólo su consejero personal, un chico de 14 años (interpretado, atención al nombre, por James Bond III), que además le conduce el Rolls Royce, conoce la solución. Ya que Moses es piscis, hay que rodear a todo el equipo de jugadores piscis, y así convertirlos en un equipo “astrológicamente compatible”. Ya lo dice bien claro en un momento del film: “la astrología puede ser para el basket lo que la iluminación para el fútbol nocturno”. Estremecedor. Lógicamente todo el mundo le hace caso, y comienzan a reclutar a nuevos jugadores. El equipo se renueva con toda la fauna de los 70: un Dj, un reverendo, un musulmán, un indio apache, dos gemelos algo afeminados, un ex veterano del Vietnam medio chiflado… Personajes que parecen sacados de un videoclip de los Village People. Por supuesto, la fórmula funciona, y comienzan a ganar partidos de manera espectacular. Hasta se cambian el nombre por Pittsburgh Piscis. Hay algún traspiés entre medias pero el equipo llega a la final, con tan mala suerte que esa noche se produce una configuración astral que sólo se da cada 20 años, y en cuyo influjo Piscis queda inactivo. Es difícil imaginar cómo un guionista puede complicarse más la vida. El desenlace hay que verlo para comprenderlo.

¿Qué clase de droga pudo conseguir que se rodara esta película? Es difícil decirlo, pero bendita ella ya que, tras este guión se encuentra una colección de imágenes memorables en el que jugadores como Julius Erving, que interpreta a Moses, Meadowlark Lemon (líder de los Harlem Globetrotters) o Kareem Abdul-Jabbar ( que se enfrenta a los Piscis en la final con el equipo de Los Ángeles), hacen maravillas con el balón mientras los espectadores bailan al son de una maravillosa banda sonora y las luces más psicodélicas convierten el pabellón en una gran discoteca. Cinematográficamente hablando sólo se pueden salvar las escenas de baloncesto, rodadas con un estilo de videoclip y con un uso muy acertado de la cámara lenta. El resto es tan increíblemente inverosímil, que no puedes evitar acabar totalmente enganchado. Y no, no sale John “Tony Manero” Travolta, pero sí Stockard Channing, la Betty Rizzo de Grease (1978), como la astróloga del equipo. Y la pregunta es… ¿cómo la convencieron?

Supersalidos

by Pablo

Buenas noticias: hay vida en el trillado género de la comedia teen. Por fin una propuesta que va más allá del estereotipo, del quarterback rubio que se lleva a la reina del baile; de la jefa de animadoras, que además es esa reina del baile; y del loser, ese pobre friqui marginado con el que nadie comparte mesa en el comedor.

Aunque esto es cierto sólo en parte, porque precisamente los losers son los protagonistas de Supersalidos (Superbad, 2007). Sólo que, al estar la película escrita precisamente por dos de ellos, en cuyas peripecias se basa la trama, aquí se da la vuelta a la tortilla. De sufridos secundarios pasan a reyes del mambo. Y se agradece. Se agradece “sufrir” con sus patéticos esfuerzos por comprar bebida (son menores), llegar a tiempo a la fiesta que montan unas chicas, y usar esa bebida para emborracharlas y conseguir de ellas algo más que un casto besito en la mejilla. Sobre este esqueleto, una retahíla de chistes soeces, diálogos de besugos, carreras, tortas, sonrisas y lágrimas.

Y hallazgos. Hallazgos como la pareja protagonista, tanto Seth (Jonah Hill), con sobrepecio y sobregracia, como el agobiado y tímido Evan (Michael Cera), perfecto contrapunto el uno del otro. Y sobre todo, ese Fogell (Christopher Mintz-Plasse), a.k.a. McLovin, feo, desmañado y brutalmente descharrante, que monta un trío (en el sentido más inocente) imposible con una pareja de policías pasados de rosca.

Aire puro para el futuro de una comedia que, después de todo, parece que puede dar más de sí que American Pies y Road Trips, sucesiones de gags con poca gracia y cero argumento.