Gosling, no; Wahlberg, sí; a Jackson le crecen los hobbits

by Pablo

Una de las comidillas en Hollywood, desde el pasado fin de semana, es el cambio de cromos al que se ha visto forzado Peter Jackson para su última película… Que no es El Hobbit, como podrían apuntar los despistados o los malpensados. No, la película en cuestión es The lovely bones, la historia de un padre cuya hija de 12 años es asesinada, y que está basado en un best-seller a cargo de una tal Alice Sebold. El caso es que Ryan Gosling empezaba a rodar ayer, pero por discrepancias creativas, vamos, monetarias (eso dicho desde aquí), se ha borrado, obligando a Jackson a tirar de… no, ni de Viggo Mortensen ni de Elijah Wood (que sale en la última de Álex de la Iglesia, The Oxford crimes), sino de Mark Wahlberg, que se leyó el guión el domingo y dijo: “Why not?” (¿Por qué no?)

Ante este trueque, un par de reflexiones. La primera, que si Gosling chirriaba un poco como padre a sus 26 años, al menos Wahlberg tiene 36, aunque siga con esa cara de pipiolo de cuando anunciaba calzoncillos CK. La segunda, sobre el propio Wahlberg. Confieso que nunca fue de mi agrado, y que deploré trabajos suyos como el protagonista del remake de El planeta de los simios… hasta que se comió la pantalla en Infiltrados y fue justamente candidato al Oscar. Así que por qué no concederle el beneficio de la duda y esperar que continúe por esa buena línea. Siendo justos, el chico, como les ocurre a tantos actores, está condicionado a los guiones que le ofrecen. Obviamente, en The Shooter, su último papel, poco más podía hacer que poner gesto duro y liarse a tiros. En cuanto a Gosling, una lástima. Es uno de los más prometedores de su generación, tiene en su haber un papelón en El creyente y otro casi igual de bueno en Half Nelson, nominación de la Academia incluida (para una peli indie, que tiene más mérito). Pero, según se ha publicado aquí, Hopkins se lo merienda (sin hacer de Hannibal) en su duelo en Fracture (ver crítica), y ahora desperdicia la oportunidad de ponerse a las órdenes de Jackson. Al que, por cierto, le crecen los hobbits… perdón, los enanos, en el momento en que parece que se reconcilia con New Line Cinema para llevar a la silver screen la primera obra de Tolkien.

Veremos en qué queda todo.

El Orfanato

by Pablo

Durante un tiempo, pareció que a Los Otros había que colocarle la etiqueta de rara avis dentro del cine español. ¡Una película de género de excelente factura emergía en medio de la habitual ración de comedias sin gracia y dramas de calado social sin drama ni calado ni sociedad que representar! Demasiado bueno para ser cierto. Pensamos, algunos, que la clave estaba en el reparto internacional, que “gente de la casa” habría echado a perder el gran trabajo de Amenábar. El laberinto del fauno empezó a hacernos sospechar. El director, Del Toro, es mejicano, pero los actores, salvo la niña, son españoles. Y la cosa funcionaba, y de maravilla. El Orfanato (Juan Antonio Bayona, 2007) ha venido a confirmar que no hay dos sin tres, y esta vez con pleno nacional: dirección y reparto.

Y, sin embargo, El Orfanato, pese a las inevitables comparaciones con Los Otros, funciona por sí sola y no debe considerarse deudora de nadie. Y por más que esté feo preguntar a quién se quiere más, si a papá o a mamá, uno sale del cine, después de ver El Orfanato, y tiene la sensación de que se la ha ofrecido más. De que Belén Rueda, inmensa, llega más lejos que Nicole Kidman (y por encima es paisana). De que el guión de Sergio G. Sánchez tiene más peso, activa más resortes y esconde más sorpresas. De que Bayona no le va a la zaga a Amenábar en buen gusto y control del tempo.

El Orfanato gusta del primer minuto al último, que ya es difícil. Por momentos, te mantiene pegado a la butaca, que lo es más todavía. Es una película de suspense y una fábula, angustia y conmueve. Cuida los detalles, se reserva bazas pero no es tramposa. Y si el guión es excelente, los actores están soberbios. No importa repetir las veces que haga falta que Belén Rueda borda su papel, pero añadamos que Geraldine Chaplin está tan eficaz como siempre interpretando a la médium, y el niño, Roger Príncep, deja bien claro desde el comienzo que ese problema tan frecuente en las películas con niño, que van a pique por culpa del niño en cuestión, no existe por la sencilla razón de que actúa con el aplomo de un veterano.

Magnífico cine de género, y español. ¿Qué más podemos pedir?

Pues que gane el Oscar.