by Carlos
En 1960 el mundo vivía el terror silencioso de la Guerra Fría. Las revoluciones sociales, las dos guerras mundiales y el final del colonialismo habían dividido al mundo en capitalistas y comunistas. Estados Unidos y la Unión Soviética jugaban al ajedrez a escala mundial, e interplanetaria, sin llegar nunca a enfrentarse directamente. El riesgo de una guerra nuclear era real y significaba, al mismo tiempo, amenaza y disuasión. La bipolaridad parecía imposible, y el mundo se preparaba para conocer si Marx tenía o no razón en sus predicciones. Ese año, un experto en animación stop motion, George Pal, fue el encargado de dirigir El tiempo en sus manos (The Time Machine, 1960), la adaptación de la novela de H.G. Wells.

A esas alturas, el cine estadounidense había convertido la ciencia ficción en la vía de escape perfecta para explicar la realidad internacional. Conectando magistralmente con la psique colectiva norteamericana, comenzaron a aparecer películas con amenazantes enemigos venidos del espacio exterior que se correspondían con el temor, fundado o infundado, de una invasión comunista, en esa época algo igual o más desconocido que un habitante de otro planeta. La fascinación por lo extraterrestre era lógica, pues el mundo presenciaba la incipiente carrera espacial entre las dos grandes potencias. Títulos clásicos como Ultimátum a la tierra (The Day the Earth Stood Still, 1951), Planeta prohibido (Forbidden Planet, 1956) o La invasión de los ladrones de cuerpos (Invasion of the Body Snatchers, 1956) son ejemplos de este cine característico de la década de los 50.
El tiempo en sus manos corresponde a las preocupaciones de esta época adaptando una obra bastante anterior y reforzándola con un mensaje pacifista parecido al de Ultimátum a la Tierra o al de la posterior El planeta de los simios (The Planet of the apes, 1968). Se puede decir que es la culminación de este pequeño subgénero, ya que aúna los orígenes de la ciencia ficción con las preocupaciones anticomunistas de la época y las corrientes antibelicistas que sacudirían EE.UU. en las décadas de los 60 y 70.
La película comienza el último día del año 1899. Un científico, George Wells (en clara alusión al escritor, ya que en la novela el protagonista es llamado simplemente el Viajero a través del Tiempo), muestra su último invento a cuatro amigos: una máquina del tiempo a pequeña escala. Ante sus ojos, la máquina desaparece para viajar por la “cuarta dimensión”, pero sus amigos son escépticos, sobre todo su “colega”, el Dr. Philip Hillyer (Sebastián Cabot). Hillyer reprocha a Wells que no use su talento al servicio de la nación, en guerra en esos momentos contra los bóer en Sudáfrica, a lo que el inventor no se muestra muy convencido. “No me importa la época en la que he nacido. Por lo visto, la gente no muere lo suficientemente aprisa y recurren a la ciencia para inventar nuevas armas más eficaces”, llega a decir Wells. Como todo buen Quijote debe tener su Sancho, su amigo David Filby (Alan Young) intentará que Wells entre en razón. “Si esa máquina es capaz de hacer lo que dices que hace, destrúyela”, le ruega Filby, “destrúyela antes de que ella te destruya a ti”. Por supuesto, Wells no le hace caso, y decide probar la máquina del tiempo. Su viaje le llevará al año 802701, previa escala en 1917, 1940 y 1966 (donde contemplará la destrucción nuclear de Londres).

Las cosas son muy diferentes en ese futuro tan lejano. Existen dos razas: los eloi y los morlocks. Los primeros son rubios, guapos y jóvenes. Viven despreocupados en medio de la naturaleza sin necesidad de trabajar, ya que tienen los alimentos y vestidos que necesitan. Los segundos son pálidos, desagradables y no soportan la luz del sol, ya que viven en el subsuelo donde trabajan con máquinas, y sólo salen para atacar a los eloi. Wells se propondrá entonces liberar a los eloi del yugo de los morlocks.
La formación y organización de esta sociedad es el punto capital tanto de la novela como del film, ya que da pie a la interpretación política de la historia. Sin embargo, toda esta retórica se esconde en el fondo de la película. Por encima lo que hay en un derroche de efectos especiales producidos por la técnica del stop motion, de la que era especialista el director, George Pal. Esta técnica consiste en aparentar el movimiento de objetos estáticos capturando fotografías tomadas de la realidad. Con este método, Pal consigue acelerar el movimiento en las escenas en las que el protagonista viaja en la máquina del tiempo. Por ejemplo, Pal muestra flores abriendo y cerrando sus pétalos en un segundo, o a un caracol moviéndose a toda velocidad por el suelo. Estos efectos pueden quedar un poco desfasados si los comparamos a lo que se puede hacer hoy en día con el ordenador, pero no dejan de tener su encanto. Pal los combina con una dirección de gran corrección formal, sin alardes ni experimentalismos pero con un gran sentido escénico que recuerda al de una obra de teatro.
La espectacularidad es uno de los puntos fuertes del film, pero quedarían en nada sin el buen hacer de Rod Taylor, que interpreta al sufrido Viajero a través del Tiempo. Taylor se ajusta perféctamente a ese perfil de aventurero victoriano con una actuación poderosa, que le hace estar al frente de la película durante casi todo el metraje sin decaer en ningún momento. Él es el protagonista absoluto del film, y por tanto muy responsable del resultado final, más que óptimo. Los demás personajes tienen un papel poco significativo. El más reseñable es el de Alan Young, que interpreta un doble papel: el de David Filby, mejor amigo de Wells, y el de James Filby, hijo de David, que Wells se encuentra en sus viajes al futuro.
El tiempo en sus manos es, por tanto, una película de ciencia ficción atípica y que, irónicamente, soporta mal el paso del tiempo ya que tanto su mensaje político como sus efectos especiales están ámpliamente superados. Queda todavía, sin embargo, un sabor a cine de génerop clásico, inteligente y bien hecho que convierte a esta película en una pequeña obra maestra que ya no puede alardear de espectacularidad, pero sí de romanticismo. El de una época que fue, y no volverá jamás.