La Seminci homenajea al cine judicial

by Carlos

La Semana Internacional de Cine de Valladolid (Seminci), que comienza mañana, dedicará uno de sus ciclos al cine judicial. Con el título de “Cine a juicio”, el ciclo proyectará clásicos como La costilla de Adán (Adam´s Rib, 1949) de George Cukor, Anatomía de un asesinato (Anatomy of a murder, 1959) de Otto Preminger, Impulso criminal (Compulsion, 1959) de Richard Fleischer, El crimen de Cuenca (1979) de Pilar Miró, Danton (1983), de Andrzej Wajda, ¿Vencedores o vencidos? (Judgement at Nuremberg, 1961) de Stanley Kramer o Doce hombres sin piedad (Twelve angry men, 1957) de Sidney Lumet.

Como explican su página web: “Uno de los “subgéneros” más importantes -o que más placer nos han causado en el cine- es el de “juicios”. Los famosos “dramas de corte” que han subyugado desde siempre, y en muchos países, a los espectadores con sus intrigas, sus dramas y sus comedias. Este es un tributo a horas y horas de tribulaciones de abogados incorruptibles y otros corruptos, de fiscales despiadados, de acusados inocentes y de otros que pretendían serlo. Silencio en la sala, comienza la sesión”.

Por poner un pero, creo que falta algún representante del cine judicial norteamericano moderno, que es cuando verdaderamente este subgénero se ha consolidado como una fórmula de éxito. Por poner varios ejemplos: Algunos hombres buenos (A few good men, 1993) o Las dos caras de la verdad (Primal Fear, 1995) de Gregory Hoblit.

Indiana Jones: la trilogía original

by Pablo

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Pocos personajes como Indiana Jones han conseguido, no ya en la historia del cine, sino en la ficción en general, algutinar de tal manera en el imaginario popular la figura del héroe arquetípico. Ese halo lo impregna todo en el personaje parido por Spielberg y Lucas: desde su carisma, mezcla de aventurero y erudito, hasta su atuendo, sombrero y látigo en ristre.

En I. J. en busca del arca perdida (1981), el único arqueólogo capaz de huir de una tribu de indios se las ve por primera vez con los nazis, a los que trata de birlar el Arca de la Alianza en lo que se convierte en una emocionante carrera por dar con una poderosa herramienta que en manos inadecuadas puede alterar el rumbo de la guerra. Puro entretenimiento, la ausencia de efectos especiales consigue, paradójicamente, que las secuencias de acción den una impresión de realismo que no está al alcance de ninguna pantalla verde. Harrison Ford encarna al héroe en la que es su mejor creación. Habrá fans de La guerra de las galaxias que prefieran su Han Solo, pero aquí está más hecho como actor, y gana muchos enteros con la barba de unos días, la cara sucia y la camisa empapada en sudor; el revólver tiene otro encanto del que carece la pistola láser; y, además, como Indiana es el centro de la película, su protagonista indiscutible. Le acompañan unos secundarios en gran estado de forma: Karen Allen como Marion (quién olvidará la secuencia de los chupitos); John Rhys-Davies como Sallah, antes de ser Gimli; y Denholm Elliott como el impagablemente torpe Marcus Brody. Además de todo el elenco de nazis. Recompensa: 4 Oscar.

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La saga pierde un poco el pulso en la segunda entrega, I. J. y el templo maldito. Hay menos escenarios, básicamente uno, el del templo del título, y desaparece el enemigo claro al que debe vencer Indiana. Más bien, el héroe se topa con su misión de una manera casual, huyendo de quienes intentan asesinarle (sin duda, lo mejor del film, la secuencia del inicio, sencillamente memorable). La trama adolece de algo más de chicha, y aunque entretiene, el conjunto es más irregular, menos impactante. La chica, Kate Capshaw (después mujer de Spielberg), se queda en eso, en ser “la chica”, rol acorde a su aspecto de rubia icónica. Tapón no funciona mal como sidekick, que dicen los americanos (o comparsa, colega, etc). Esta vez, un solo Oscar.

Pero la tercera parte, I. J. y la última cruzada (1989) supone un regreso vibrante, pleno de fuerza. La inclusión de Sean Connery como padre es un regalo para el espectador, como lo es la fugaz intervención del malogrado River Phoenix en el papel de un Indiana imberbe. Vuelven los nazis y el recurso bíblico, esta vez en forma de Santo Grial, los escenarios nos llevan de una esquina a otra del mapa, la acción estalla en todo su esplendor, y El templo maldito se queda en mero paréntesis. Además de los citados, vuelven Sallah y el doctor Brody y se incorpora Alison Doody en el rol de la doctora Schneider, también rubia, pero de más alcance que Kate Capshaw. Otro Oscar (que se antoja escaso bagaje).

La última cruzada pareció haber puesto el broche de oro… hasta que hace unos años surgieron una serie de rumores que finalmente han cristalizado en una nueva entrega, que se estrenará el año que viene y llevará por título I. J. y el reino de la calavera de cristal. Da un poco de vértigo pensar en el resultado final y no echar la vista hacia otras revisitaciones de franquicias (véase La guerra de las galaxias). Claro que en el otro plato de la balanza están las ganas de ver a Indy cabalgar de nuevo… sólo que con unos cuantos años más sobre los hombros de Harrison Ford, sin Sean Connery, que se bajó del proyecto, pero con Shia La Beouf, una de las últimas promesas de Hollywood. Esperemos que, al menos, la saga mantenga el nivel de la que creímos que sería la última aventura del héroe.

Leo: amores y desamores

by Pablo

Más gossips desde la Meca del Cine. Martin Scorsese, ese señor de pobladas cejas que ha hecho grandes películas (Taxi Driver, Uno de los nuestros, Casino), alguna grandissima cagata (Gangs of New York) y un plagio camuflado de remake como pasaporte al reconocimiento tardío de la Academy (Infiltrados), sigue enamorado de Leonardo di Caprio. En el sentido figurado, se entiende. La demostración, que rodará con él una cuarta película tras las dos citadas y El aviador. Su título, Shutter Island. Lo desvela Variety, que precisa que el inicio del rodaje está marcado para marzo del 2008.

Por cierto, que hablando de Di Caprio y de amores, el corazón de Leo ya no tiene dueña: ha roto amistosamente con la diosa… perdón, la modelo israelí Bar Refaeli. Al parecer, sus compromisos les mantenían tanto tiempo alejados que han optado por dejarlo.

Alguien debería hacerle un TAC a Di Caprio para asegurarse de que no ha sufrido ninguna lesión craneal…

Hopkins será Hitch (tripa mediante)

by Pablo

Hollywood (esas míticas letras enormes sobre una colina, amenazadas ahora por unas llamas que, dicen las malas lenguas, podrían haber prendido los puros del gobernator Schwarzenegger) sigue pariendo noticias, cuando menos, curiosas. Hoy le toca el turno a Anthony Hopkins, por haches o por bes un habitual de este blog. El actor, uno de nuestros favoritos, de esos pocos que nunca fallan, y que son capaces por sí solos de levantar una película (exclusivo club en el que podríamos citar también a Morgan Freeman o Dustin Hoffman), encarnará, ahí es nada, a otro mito, este por las películas que dirigió: sir Alfred Hitchcock.

Lo ha anunciado la MTV, que entrevistó al protagonista de Al final del día y obtuvo de sus propios labios jugosos datos. Por ejemplo, que la película arrancará con el azaroso rodaje de Psicosis, una de tantas obras maestras que alumbró la genialidad de Hitchcock. Por nuestra parte, sentimientos mezclados… Se agradece un biopic sobre el maestro (no del suspense, sino maestro a secas), pero ¿Anthony Hopkins? Quien haya visto imágenes de ambos no podrá menos que coincidir en que parecido, lo que se dice parecido, no hay demasiado. Más que nada, porque a Hitch (que nos disculpe la familiaridad desde el cielo) le costaba bajar de los 90-100 kilos. Ahora bien, que Hopkins bordará su papel, ofende que alguien pueda incluso llegar a rozar el atisbo de duda.

Lo dicho: esperando con ganas que el magistral Hopkins nos tape la boca con una performance de las suyas, de las de quitarse el sombrero. Y un consejo: que vaya poniéndose las botas para ganar unas cuantas arrobas.

*Actualización abril 2012: Casi 5 años después (!), el proyecto ha echado a andar. A Hopkins le acompaña Helen Mirren en el rol de la mujer de Hitchcock, Alma.

El tiempo en sus manos

by Carlos

En 1960 el mundo vivía el terror silencioso de la Guerra Fría. Las revoluciones sociales, las dos guerras mundiales y el final del colonialismo habían dividido al mundo en capitalistas y comunistas. Estados Unidos y la Unión Soviética jugaban al ajedrez a escala mundial, e interplanetaria, sin llegar nunca a enfrentarse directamente. El riesgo de una guerra nuclear era real y significaba, al mismo tiempo, amenaza y disuasión. La bipolaridad parecía imposible, y el mundo se preparaba para conocer si Marx tenía o no razón en sus predicciones. Ese año, un experto en animación stop motion, George Pal, fue el encargado de dirigir El tiempo en sus manos (The Time Machine, 1960), la adaptación de la novela de H.G. Wells.

A esas alturas, el cine estadounidense había convertido la ciencia ficción en la vía de escape perfecta para explicar la realidad internacional. Conectando magistralmente con la psique colectiva norteamericana, comenzaron a aparecer películas con amenazantes enemigos venidos del espacio exterior que se correspondían con el temor, fundado o infundado, de una invasión comunista, en esa época algo igual o más desconocido que un habitante de otro planeta. La fascinación por lo extraterrestre era lógica, pues el mundo presenciaba la incipiente carrera espacial entre las dos grandes potencias. Títulos clásicos como Ultimátum a la tierra (The Day the Earth Stood Still, 1951), Planeta prohibido (Forbidden Planet, 1956) o La invasión de los ladrones de cuerpos (Invasion of the Body Snatchers, 1956) son ejemplos de este cine característico de la década de los 50.

El tiempo en sus manos corresponde a las preocupaciones de esta época adaptando una obra bastante anterior y reforzándola con un mensaje pacifista parecido al de Ultimátum a la Tierra o al de la posterior El planeta de los simios (The Planet of the apes, 1968). Se puede decir que es la culminación de este pequeño subgénero, ya que aúna los orígenes de la ciencia ficción con las preocupaciones anticomunistas de la época y las corrientes antibelicistas que sacudirían EE.UU. en las décadas de los 60 y 70.

La película comienza el último día del año 1899. Un científico, George Wells (en clara alusión al escritor, ya que en la novela el protagonista es llamado simplemente el Viajero a través del Tiempo), muestra su último invento a cuatro amigos: una máquina del tiempo a pequeña escala. Ante sus ojos, la máquina desaparece para viajar por la “cuarta dimensión”, pero sus amigos son escépticos, sobre todo su “colega”, el Dr. Philip Hillyer (Sebastián Cabot). Hillyer reprocha a Wells que no use su talento al servicio de la nación, en guerra en esos momentos contra los bóer en Sudáfrica, a lo que el inventor no se muestra muy convencido. “No me importa la época en la que he nacido. Por lo visto, la gente no muere lo suficientemente aprisa y recurren a la ciencia para inventar nuevas armas más eficaces”, llega a decir Wells. Como todo buen Quijote debe tener su Sancho, su amigo David Filby (Alan Young) intentará que Wells entre en razón. “Si esa máquina es capaz de hacer lo que dices que hace, destrúyela”, le ruega Filby, “destrúyela antes de que ella te destruya a ti”. Por supuesto, Wells no le hace caso, y decide probar la máquina del tiempo. Su viaje le llevará al año 802701, previa escala en 1917, 1940 y 1966 (donde contemplará la destrucción nuclear de Londres).

Las cosas son muy diferentes en ese futuro tan lejano. Existen dos razas: los eloi y los morlocks. Los primeros son rubios, guapos y jóvenes. Viven despreocupados en medio de la naturaleza sin necesidad de trabajar, ya que tienen los alimentos y vestidos que necesitan. Los segundos son pálidos, desagradables y no soportan la luz del sol, ya que viven en el subsuelo donde trabajan con máquinas, y sólo salen para atacar a los eloi. Wells se propondrá entonces liberar a los eloi del yugo de los morlocks.

La formación y organización de esta sociedad es el punto capital tanto de la novela como del film, ya que da pie a la interpretación política de la historia. Sin embargo, toda esta retórica se esconde en el fondo de la película. Por encima lo que hay en un derroche de efectos especiales producidos por la técnica del stop motion, de la que era especialista el director, George Pal. Esta técnica consiste en aparentar el movimiento de objetos estáticos capturando fotografías tomadas de la realidad. Con este método, Pal consigue acelerar el movimiento en las escenas en las que el protagonista viaja en la máquina del tiempo. Por ejemplo, Pal muestra flores abriendo y cerrando sus pétalos en un segundo, o a un caracol moviéndose a toda velocidad por el suelo. Estos efectos pueden quedar un poco desfasados si los comparamos a lo que se puede hacer hoy en día con el ordenador, pero no dejan de tener su encanto. Pal los combina con una dirección de gran corrección formal, sin alardes ni experimentalismos pero con un gran sentido escénico que recuerda al de una obra de teatro.

La espectacularidad es uno de los puntos fuertes del film, pero quedarían en nada sin el buen hacer de Rod Taylor, que interpreta al sufrido Viajero a través del Tiempo. Taylor se ajusta perféctamente a ese perfil de aventurero victoriano con una actuación poderosa, que le hace estar al frente de la película durante casi todo el metraje sin decaer en ningún momento. Él es el protagonista absoluto del film, y por tanto muy responsable del resultado final, más que óptimo. Los demás personajes tienen un papel poco significativo. El más reseñable es el de Alan Young, que interpreta un doble papel: el de David Filby, mejor amigo de Wells, y el de James Filby, hijo de David, que Wells se encuentra en sus viajes al futuro.

El tiempo en sus manos es, por tanto, una película de ciencia ficción atípica y que, irónicamente, soporta mal el paso del tiempo ya que tanto su mensaje político como sus efectos especiales están ámpliamente superados. Queda todavía, sin embargo, un sabor a cine de génerop clásico, inteligente y bien hecho que convierte a esta película en una pequeña obra maestra que ya no puede alardear de espectacularidad, pero sí de romanticismo. El de una época que fue, y no volverá jamás.

Gosling, no; Wahlberg, sí; a Jackson le crecen los hobbits

by Pablo

Una de las comidillas en Hollywood, desde el pasado fin de semana, es el cambio de cromos al que se ha visto forzado Peter Jackson para su última película… Que no es El Hobbit, como podrían apuntar los despistados o los malpensados. No, la película en cuestión es The lovely bones, la historia de un padre cuya hija de 12 años es asesinada, y que está basado en un best-seller a cargo de una tal Alice Sebold. El caso es que Ryan Gosling empezaba a rodar ayer, pero por discrepancias creativas, vamos, monetarias (eso dicho desde aquí), se ha borrado, obligando a Jackson a tirar de… no, ni de Viggo Mortensen ni de Elijah Wood (que sale en la última de Álex de la Iglesia, The Oxford crimes), sino de Mark Wahlberg, que se leyó el guión el domingo y dijo: “Why not?” (¿Por qué no?)

Ante este trueque, un par de reflexiones. La primera, que si Gosling chirriaba un poco como padre a sus 26 años, al menos Wahlberg tiene 36, aunque siga con esa cara de pipiolo de cuando anunciaba calzoncillos CK. La segunda, sobre el propio Wahlberg. Confieso que nunca fue de mi agrado, y que deploré trabajos suyos como el protagonista del remake de El planeta de los simios… hasta que se comió la pantalla en Infiltrados y fue justamente candidato al Oscar. Así que por qué no concederle el beneficio de la duda y esperar que continúe por esa buena línea. Siendo justos, el chico, como les ocurre a tantos actores, está condicionado a los guiones que le ofrecen. Obviamente, en The Shooter, su último papel, poco más podía hacer que poner gesto duro y liarse a tiros. En cuanto a Gosling, una lástima. Es uno de los más prometedores de su generación, tiene en su haber un papelón en El creyente y otro casi igual de bueno en Half Nelson, nominación de la Academia incluida (para una peli indie, que tiene más mérito). Pero, según se ha publicado aquí, Hopkins se lo merienda (sin hacer de Hannibal) en su duelo en Fracture (ver crítica), y ahora desperdicia la oportunidad de ponerse a las órdenes de Jackson. Al que, por cierto, le crecen los hobbits… perdón, los enanos, en el momento en que parece que se reconcilia con New Line Cinema para llevar a la silver screen la primera obra de Tolkien.

Veremos en qué queda todo.

El Orfanato

by Pablo

Durante un tiempo, pareció que a Los Otros había que colocarle la etiqueta de rara avis dentro del cine español. ¡Una película de género de excelente factura emergía en medio de la habitual ración de comedias sin gracia y dramas de calado social sin drama ni calado ni sociedad que representar! Demasiado bueno para ser cierto. Pensamos, algunos, que la clave estaba en el reparto internacional, que “gente de la casa” habría echado a perder el gran trabajo de Amenábar. El laberinto del fauno empezó a hacernos sospechar. El director, Del Toro, es mejicano, pero los actores, salvo la niña, son españoles. Y la cosa funcionaba, y de maravilla. El Orfanato (Juan Antonio Bayona, 2007) ha venido a confirmar que no hay dos sin tres, y esta vez con pleno nacional: dirección y reparto.

Y, sin embargo, El Orfanato, pese a las inevitables comparaciones con Los Otros, funciona por sí sola y no debe considerarse deudora de nadie. Y por más que esté feo preguntar a quién se quiere más, si a papá o a mamá, uno sale del cine, después de ver El Orfanato, y tiene la sensación de que se la ha ofrecido más. De que Belén Rueda, inmensa, llega más lejos que Nicole Kidman (y por encima es paisana). De que el guión de Sergio G. Sánchez tiene más peso, activa más resortes y esconde más sorpresas. De que Bayona no le va a la zaga a Amenábar en buen gusto y control del tempo.

El Orfanato gusta del primer minuto al último, que ya es difícil. Por momentos, te mantiene pegado a la butaca, que lo es más todavía. Es una película de suspense y una fábula, angustia y conmueve. Cuida los detalles, se reserva bazas pero no es tramposa. Y si el guión es excelente, los actores están soberbios. No importa repetir las veces que haga falta que Belén Rueda borda su papel, pero añadamos que Geraldine Chaplin está tan eficaz como siempre interpretando a la médium, y el niño, Roger Príncep, deja bien claro desde el comienzo que ese problema tan frecuente en las películas con niño, que van a pique por culpa del niño en cuestión, no existe por la sencilla razón de que actúa con el aplomo de un veterano.

Magnífico cine de género, y español. ¿Qué más podemos pedir?

Pues que gane el Oscar.

Kyle XY, o cómo sobrevivir sin ombligo al instituto

by Carlos

La semana pasada Cuatro emitió el último de los 10 capítulos que conforman la primera temporada de Kyle XY, una serie que prometía mucha originalidad y que al final se ha quedado un poco en más de lo mismo. Aún así, tiene suficiente calidad como para esperar grandes cosas de su segunda temporada.

La serie gira en torno a Kyle (Matt Dallas), un chaval que aparece en medio del bosque desnudo, sin ombligo y amnésico. De hecho, toda la primera temporada juega en torno a su presunta amnesia, ya que él pronto querrá descubrir su pasado. Pero mientras es adoptado por la familia Trager. La madre, Nicole Trager (Marguerite MacIntyre) es psicóloga y comenzará a estudiar al chaval, ya que comienza a ver que muy normal no es (para empezar, le gusta dormir en una bañera). También tendrán que adaptarse a sus rarezas el padre, Stephen Trager (Bruce Thomas), un personaje con bastante poco juego en la serie, la verdad, y sus dos hijos: Lori Trager (April Matson), una adolescente con muchas dudas en la cabeza, y Josh Trager (Jean-Luc Bilodeau), un preadolescente gamberro al estilo de Bart Simpson.

Hasta aquí todo bien. El desconocimiento de Kyle sobre el comportamiento del ser humano, el aprendizaje de las emociones y el descubrimiento de los problemas cotidianos, con los respectivos contrastes, son lo más interesante de la serie, aunque con el paso de los capítulos se ha abandonado un poco esa línea para mostrar argumentos más convencionales. Esto queda claro cuando Kyle ingresa en el instituto. Rápidamente se ve rodeado de un conjunto de secundarios que escenifican todos los estereotipos posibles del high school americano: la amiga zorrona, la amiga virgen, el novio formal de la amiga virgen que se acuesta con la zorrona, el amigo busca problemas que, sin embargo, se reforma al salir con Lori, el freaky marginado al que sólo Kyle habla… y todas las subtramas que entre ellos generan. A esto hay que sumar el hecho de que la supuesta gran capacidad intelectual de Kyle, que justificaba un poco que leyera libros en cinco minutos o resolviera problemas matemáticos avanzados, pasa a ser una capacidad que roza lo superheroico. En un capítulo, por ejemplo, descubre que puede oír conversaciones a grandes distancias. ¿Qué tenemos entonces? Pues una especie de Al salir de clase con un Superman recién caído de Kripton.

Algo que se agradece, no obstante, es la rapidez con la que van pasando los acontecimientos. Kyle XY no es una serie en la hay que ver cinco temporadas para conocer el origen misterioso del protagonista. Las tramas no se alargan innecesariamente y eso permite enganchar con más ganas cada capítulo.

En cuanto a los actores, todos trabajan por encima de la media. Destaca, obviamente, Matt Dallas, ya que tiene que poner rostro a un personaje analítico y frío que está aprendiendo a sentir. Desde luego ha conseguido convencer al público. El primer capítulo, estrenado por ABC el 26 de junio de 2006, fue visto por más de dos millones de espectadores. Y ya se prepara la tercera temporada. Esperemos que la fórmula siga teniendo carrete para entonces.

Joan Fontaine: 90 años

by Pablo

Hoy, lunes, día parco en noticias del séptimo arte, vale la pena conmemorar el 90 cumpleaños de una de esas actrices del Hollywood glorioso, del star system: Joan Fontaine, nacida Joan de Beauvoir de Havilland, y como es fácil intuir, hermana de la también actriz Olivia de Havilland.

Hay varias notas llamativas en la biografía de Joan Fontaine. Por ejemplo, que fue la única intérprete, tanto femenina como masculina, en aparecer en una película del Gran Alfred Hitchcock que consiguió llevarse un Oscar. Fue en 1941, por Sospecha. El año anterior, Rebeca, también de Hitchcock, le había valido su primera candidatura, que repetiría en el 43 con The Constant Nymph. El final de los 30 y los 40 fueron sus mejores años. Ya en los 50 comenzaría su declive. También llaman la atención en su currículum sus cuatro matrimonios, con sus respectivos divorcios, o sus dos abortos. Según las malas lenguas de Hollywood, Joan Fontaine tenía una doble cara: la que ofrecía en pantalla, con papeles de timorata, pudorosa y bastante sosa, y la de su vida real, promiscua y libertina.

Sea como fuere, aquí nos quedamos con sus papeles en las películas de Hitchcok o en Carta de una desconocida; con la huella que dejó en el celuloide más dorado.

Fracture

by Carlos

Un disparo. Una víctima. Un sospechoso. Un amante. Un fiscal. Un investigación. Un juicio. Un rompecabezas. Fracture (2007), de Gregory Hoblit, da una vuelta de tuerca al thriller con un propósito encubierto: enfrentar, cinematográficamente hablando, a la promesa Ryan Gosling con el reputado Anthony Hopkins.

Todo comienza cuando Ted Crawford (Anthony Hopkins) asesina a su mujer y, en vez de huir, aguarda en su casa a la policía y reconoce su delito (eso sí, después de ocultar unas cuantas pruebas fundamentales). El leitmotiv de esta película radica en que, aunque esté claro que él es el asesino, el prometedor fiscal que lleva el caso, Willy Beachum (Ryan Gosling) no puede ganar el juicio ya que no encuentra ninguna prueba para condenarle. No está claro que la originalidad de este planteamiento (que lo es) justifique por sí sólo una película de 113 minutos, y aún así es el único elemento que vale la pena del film. El problema radica en que el esfuerzo de verosimilitud que se aplica a las cuestiones legales no se extiende al resto de subtramas que aparecen en la historia. Subtramas que, sea dicho de paso, son bastante vagas e inconsistentes y no quedan en nada, al igual que el final del film. Por tanto, si se quita la aventurilla sacada de la maga para meter algún personaje femenino en la intriga (en concreto, a Rosamund Pike), las absurdas conversaciones de Willy con su jefe y su repentino cambio de “Shark” a María Teresa de Calcuta, queda el supuesto duelo interpretativo antes referido. Y poco hace Gosling que llegue a la altura de Hopking, que se merienda la pantalla sólo con la mirada.

¿Y el resto? Pues nada que no hayamos visto en CSI.

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