Pero… ¿quién mató a Harry?

by Pablo

the-trouble-with-harry-bso.jpg

Hasta cierto punto una rareza en la filmografía de Alfred Hitchcock, Pero… ¿quién mató a Harry? (The trouble with Harry, 1955) es una pequeña joya que cautivó al propio director británico; le profesaba un cariño especial y la contaba entre sus favoritas, junto a otras cintas no tan valoradas por la crítica como La sombra de una duda.

En Pero… ¿quién mató a Harry? parecen faltar la mayoría de los elementos definitorios del universo hitchcockiano: el falso culpable, el inocente que huye de la justicia al tiempo que trata de descubrir a los auténticos criminales y limpir su nombre; el McGuffin o resorte que mueve la trama; la madre/ama de llaves/figura femenina castradora; el miedo/fascinación hacia la autoridad; el viaje geográfico que es al mismo tiempo viaje interior.

troubleharry.jpg

Sólo hay un pequeño e idílico pueblo, como anclado en ninguna parte y en ningún momento, en un perenne otoño que ha cubierto el suelo de hojas de árboles y dibujado el paisaje de tonos rojizos. En medio de este remanso de paz, de pronto, un cadáver, y en torno a ese cadáver, un variopinto collage de personajes: el niño hiperactivo, el pintor bohemio, el viejo capitán, la solterona, la madre del niño… Todos, por un motivo u otro, creen haber matado al hombre, a Harry, y todos tratan de deshacerse de su cuerpo. Sus torpes intentos, sus sucesivas inhumaciones y exhumaciones, arman un argumento más próximo a la comedia que al suspense, pero ahí sigue Hitch moviendo los hilos, y nos recuerda que seguimos en una de sus maravillosas películas cuando el despistado agente de la autoridad (sublime personaje) está a punto, en varias ocasiones, de descubrir el pastel.

El resultado es armónico porque también lo es el trabajo de los actores: desde John Forsythe como el pintor, alejado de papeles más duros, a una Shirley MacLaine primeriza, todavía lejos de sus mejores performances, pasando por unos impagables Edmund Gwen y Mildred Natwick como los maduritos. Y, desde luego, Jerry Mathers como el pícaro crío.

Volviendo al comienzo: el que acuda a Pero… ¿quién mató a Harry? aguardando la clásica cinta del genio del suspense no debe salir escaldado, sino visionar la película con una sensación de agradable sorpresa, descubriendo a un Hitchcock diferente, pero que sigue siendo, ante todo, ese delicioso cineasta que mora, con merecimiento, en el Olimpo del Séptimo Arte.