A propósito del cine español

by Pablo

No se puede odiar porque sí, de la misma forma que no se puede amar porque sí. Me cuento entre aquellos a los que ponen nerviosos la gente que manifiesta sus filias y sus fobias con un simple “porque sí”. Esto, llevado al cine, provoca que me irriten los que, por sistema, te salen con aquello de “a mí es que no me gustan las películas de ciencia-ficción” o “sólo veo comedias románticas”, por dar dos ejemplos cualesquiera.

Viene esta disertación a cuento de mi propio odio visceral frente al cine español. Más de una vez, quién lo diría después del parrafito que me he marcado, he soltado eso de “a mí es que el cine español no me gusta”. Entono el mea culpa. No se puede ir por la vida con ese reduccionismo simplista. Se puede, claro, pero esto casa mal con mi declaración de intenciones preliminar. En esta vida se debe ir con argumentos por delante. Argumentos como los que da uno de los señores que, en nuestro país, más y mejor ha escrito sobre cine, Román Gubern. Lo ha hecho para El País y se puede leer pinchando aquí. Bajo el epígrafe “¿Por qué no gusta el cine español?”, Gubern ofrece 8 razones que explican, a su juicio, por qué productores, directores y actores españoles se pasan la vida llorando, pataleando, protestando… y pidiendo más dinero.

Para aquellos que no se quieran tomar la molestia, cosa que deploraría, de acceder al link y leer a Gubern, he aquí un resumen muy escueto:

-El cine español no conecta con la gente porque su temática está alejada de lo que demanda el público: por este orden, aventuras/intriga/ciencia-ficción/comedia romántica.

-Hay una inflacción de películas producidas en nuestro país: deberían hacerse menos y mejores.

-Las películas americanas imponen su abrumadora y abusiva presencia.

-Salvo un grupo muy reducido de directores (Amenábar, Almodóvar, Segura), los demás suelen pasar sin pena ni gloria.

Ya digo, es un resumen bastante escueto y merece la pena leer a Gubern. A grandes rasgos, estoy de acuerdo con él, aunque creo que no incide lo suficiente en hasta qué punto estos señores de la industria van por un lado y los gustos del público por otro. Lo insinúa al comentar que Pilar Miró, cuando estuvo al frente de Cultura, dio un bandazo hacia el cine de autor (por Dios…) y lo alejó del público normal y corriente. Creo que aquí reside buena parte del problema: en que lo que nos ofrecen no conecta, no gusta, no llama. Tanto dramón social, tanta milonga a vueltas con las marginaciones y los dilemas morales, bla bla bla. Claro que debe haber un cine con carga social, pero está condenado al fracaso si es el dominante.

Viene todo esto a cuento de que mañana se celebra la gala de los Goya. No puedo estar menos interesado. Es más: si no tuviera que madrugar el lunes, de mejor gana me pondría frente al televisor para ver la Superbowl. No me apetece hacer mi quiniela personal, no me interesa quién es candidato, por dónde y cómo late el cine que se hace por aquí. No me gusta el cine español, pero no “porque sí”. Tengo mis argumentos:

-Reitero, aún a riesgo de hacerme pesado, que no conecto ni con sus dramas sociales ni con sus comedias cutres; los guiones son flojos, con sobreexceso de diálogo y una pobre tendencia a recurrir al despelote, como si todavía no hubiéramos completado la Transición, para captar una pizca de atención.

-Faltan dinero y medios; esto se podría remediar, rescatando otra idea ya expresada en este post, haciendo menos películas pero más potentes.

-La inmensa mayoría de los directores (excluyamos a Amenábar, Almodóvar, Bayona, Plaza/Balagueró) se arriesgan poco, por no decir nada, y lo menos malo que se puede decir de sus realizaciones es que son planas y anodinas.

-Los actores no dan la talla; al 95 por ciento les falla la dicción, que es lamentable, y casi otro tanto de lo mismo se puede decir de su expresividad; pocos pueden presumir de aportar algo diferente o distintivo; cuesta tanto echarse a la boca una performance decente que en cuanto Bardem o Belén Rueda están algo más que correctos ya les besamos los pies.

Creo que ya me he quedado a gusto.

Juno

by Pablo
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He aquí un ejemplo de por qué no hay que tomarse los Oscar como un Oráculo infalible. Atención a la carta de presentación de Juno: candidata a Mejor Película, Mejor Director, Mejor Guión y Mejor Actriz. Sólo le falta Mejor Actor (porque ninguno pasa del rol de secundario) para optar al mítico repóker. Casi nada… Ahora bien, ¿está justificado semejante reconocimiento (que se quedará en eso, ya lo aviso)? ¿Estamos realmente ante la Pequeña Miss Sunshine de 2007? En ambos casos, para un servidor, la respuesta, es no.

Voy a tratar de demostrarlo empíricamente. Hagamos un experimento. Imaginemos la misma película sin esa (casi) veinteañera canadiense, con cara de cría de 14, que se come la pantalla a bocados y que responde al nombre de Ellen Page. [La colonia geek la recordará por su breve papel en X-Men 3; a mí me cautivó en Hard Candy, donde resultaba absolutamente demoledora en otro papel de adolescente muy por encima de la media]. ¿Cuál es el resultado? Algo así como Half Nelson sin Ryan Gosling. Una película indie sugerente, con buenos golpes de guión, con ideas y ganas de contar lo de siempre pero de otra manera. Una nueva revisión del sub-mundo teen más próxima a Napoleon Dynamite que a Brick, por citar dos ejemplos de escenario High-School. Lo de Napoleon Dynamite no es una referencia vana: también Juno orbita en torno a los losers o, al menos, freaks; a los raritos de la clase, a los que sobreviven al yugo de cheerleadres y quarterbacks (sorry por el abuso del inglés).

De acuerdo: Juno no es sólo Ellen Page. Jason Bateman afina un treintañero inmaduro sin ganas de tener hijos que muestra una tremenda química con Page. Lástima que no ocurra lo mismo con Michael Cera, que prácticamente calca su soseras de Supersalidos… sólo que aquí con muchas menos líneas de diálogo, más soso y mucho más despistado. Algo parecido se puede apuntar de Jennifer Garner, la señora de Ben Affleck, aquí mujer estéril ansiosa por ser madre, que va un poco de sí misma, de ñoña perfecta con cara de alienígena anoréxico que no convence.

Claro que es posible que uno se deje condicionar por los caracteres que la guionista, Diablo Cody, ha dibujado para cada uno de ellos. La tal Diablo Cody es una tía muy lista que no ha dejado de explotar un exótico pasado de stripper para, ahora, ponerse de moda como supuesta nueva cronista del mundo real, de ese que Hollywood tiende a pasar por alto. Cody tiene el mérito de rehuir lo trillado, el embarazo no deseado de una adolescente y sus posteriores intentos por deshacerse del crío, a base de un universo propio y de golpes de timón que, por ejemplo, rehúyen lo que se intuye como choque de clases entre Juno y los futuros padres de su criatura. Eso sí: Cody exige un peaje, el peaje de tragarse a unos padres hiper-comprensivos, a una niña que de tan lista roza lo insufrible y a una pareja de pijos que aúna el infantilismo rockero con la neurosis progenitora. Tragado esto, la digestión es más fácil.

Volviendo a Page, lo menos bueno que se puede decir de ella es que se echa la película a las espaldas y carga con todo su peso. Es tan buena que toda su actuación rezuma naturalidad a pesar de estar encarnando un personaje demasiado improbable, demasiado inteligente, demasiado particular, y convertirlo en alguien real, palpable, sí, odioso por momentos, pero siempre creíble. De las cuatro candidaturas, la suya es la más merecida. Y, al mismo tiempo, la más frágil: Julie Christie, salvo sorpresón, será quien alce la estatuilla. Consuela saber que a Page, a sus casi 20 años, le quedan muchos por delante para seguir regalándonos grandes interpretaciones (y si sigue aparentando 5 menos, con más razón).

El resto, lo de mejor película, director, guión… no es más que el barniz indie con que la Academia quiere maquillar su armazón de obviedad.