China censura, Madonna amenaza
Dos noticias que coloco juntas aunque, a priori, tengan poco que ver, pero con un nexo: el miedo.
La primera: China, el gobierno chino, se entiende, ha decidido que quedan prohibidas las películas de terror y de misterio. El argumento, que perjudican el desarrollo psicológico de niños y adolescentes. Vaya, y qué mas… La noticia podría sorprender en caso de tratarse de otro país, de un país que día sí y día también ocupa portadas por sus maniobras de represión. La penúltima muestra, la negativa de Spielberg de intervenir en los JJOO por el apoyo de China a Sudán en el tema de Darfur… Volviendo a lo que nos ocupa, se podría argumentar que, lógicamente, los niños deben estar protegidos frente a productos pensados para un público más maduro y al que no impacten personajes o acciones que, por su corta edad, no vayan a poder asimilar como algo fantástico, irreal. Pero asociar lógica con China es una pérdida de tiempo. Estamos ante un ejemplo, repito, de la pura y dura represión. Una lástima, a ojos de un occidental como yo, que se prive a mil millones de personas de dos géneros tan estupendos, mágicos y cautivadores.
La segunda noticia va también sobre el miedo, pero no sobre una película de este género, sino más bien, sobre el miedo que produce enterarse de que Madonna se ha pasado a la dirección. La rubia, otrora cantante, esporádica actriz, ocasional escritora de narración infantil, ahora devota y esposa madre, seguidora de la Cábala, se pone detrás de las cámaras para parir lo que promete ser un bodrio como una castaña pilonga; su título: Filth and wisdom. Esto demuestra una serie de cosas. La primera, que casi cualquiera considera que eso de dirigir no debe de ser tan difícil cuando ha podido hacerlo un tío como Silvester Stallone (no te enfades, Charles). La segunda, que si lo hace un famosete como ella, se le da bombo hasta el punto de proyectarse en la Berlinale, eso sí, y menos mal, fuera de concurso. La tercera, que los festivales son una memez aún mayor que los grandes premios (de ahí que, desde este blog, se haya optado por no darle cobertura). La cuarta, que la jeta de ciertos famosos es de tal calibre que no tienen la menor vergüenza a la hora de expandir sus redes ad infinitum: tan pronto se arrogan el derecho a tener su línea de ropa, como a escribir un supuesto libro o montar una cadena de… lo que sea. Por mi parte, lamento que sea ella, y no su marido, Guy Ritchie, en un tiempo padre de maravillas como Lock, stock and two smocking barrels y Snatch, la que sale a la palestra por emular a los auténticos realizadores.



