Patrick Swayze tiene cáncer

by Carlos
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Nos hacemos eco de una noticia ciertamente triste. El actor Patrick Swayze, de 55 años, padece cancer de páncreas. Swayze saltó a la fama con la película Dirty Dancing (1987), una película de muy bajo presupuesto que recaudó cerca de 200 millones de dólares en todo el mundo. Se consolidó como actor en la conocida Ghost (1990), con Demi Moore, y en Point Break (Le llaman Bodhi, 1991), junto a Keanu Reeves, aunque su estrella fue apagándose desde entonces. Según la información facilitada por el equipo médico del actor, la enfermedad no se ha extendido mucho y el tratamiento está siendo efectivo. Quedán así despejados los rumores que daban Swayze unas pocas semanas de vida. Esperemos que se recupere pronto y siga en las pantallas de cine muchos años más.

Las hermanas Bolena

by Carlos

El cine de época que se hace actualmente tiene una grandísima ventaja para los que nos gusta la historia: el nivel de detalle histórico y realismo, por lo menos a simple vista, es espectacular. Sin embargo, en poco más se quedan producciones como Las hermanas Bolena (The other Boleyn girl, 2008).

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Esta película basa todo su argumento en la supuesta relación que las supuestas hermanas Bolena tuvieron con el rey Enrique VIII, famoso por cargarse la herencia romana en Inglaterra para ponerse al frente de la Iglesia. El guión, que no es gran cosa, es lo de menos. Todo el interés está centrado en el duelo interpretativo de Natalie Portman (Ana Bolena) y Scarlett Johansson (María Bolena), con Eric Bana (Enrique VIII) como artista invitado. Si el objetivo de estas actrices era demostrar su versatilidad frente a las cámaras, no sé puede decir que lo hayan conseguido. Por un lado, porque sus papeles se complementan de tal manera que no motivan una lucha interpretativa. Y por otro, porque el director, Justin Chadwick, no les somete a ningún tipo de exigencia digna de mención. Las hermanas Bolena tienen un tufillo televisivo muy acusado (no en vano, Chadwick se estrena en el cine con este film después de muchos años trabajando en series), con constantes travelling y planos del castillo donde se realiza la acción cada vez que necesita un salto temporal. Muy poca imaginación para el derroche de medios en vestuario y decorados. Para eso, es preferible los escenarios de carton piedra y las mallas ridículas de las películas de antes, ya que al menos había más fuerza cada plano y en cada frase.

Por cierto, ni Portman ni Johansson conceden un milímetro de sus cotizados cuerpos, aunque paseen sus escotes por toda la película y desfilen por el lecho de Enrique VIII sin ningún pudor.

Keoma

by Pablo

En 1976, cuando se estrena esta película, han pasado 8 años desde Hasta que llegó su hora y 10 desde El bueno, el feo y el malo. El spaghetti western no vive, precisamente, su momento de apogeo. Así que parece obligado buscar al menos una razón para que Keoma tenga todavía algo que ofrecer al sub-género, al género y, de paso, al cine. La buena noticia es que son razones, en plural, las que ofrece esta cinta de Enzo G. Castellari, y razones poderosas.

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Keoma indaga en la figura del solitario, el loner, que tan arquetípicamente había encarnado Clint Eastwood en el tríptico iniciático de Leone sobre su particular aproximación al western, desierto de Tabernas mediante. La novedad, aquí, es primero étnica: Keoma, el héroe que da título al film, es mestizo, medio blanco, medio indio. En lugar de sombrero de ala ancha o poncho, lo que luce es una prenda india, abierta, torso al aire, y cinta en el poblado cabello, acompañado de barba espesa y ojos azules. Los rasgos los pone Franco Nero, visualmente perfecto para el rol, no tanto en lo lingüístico (disfrutar del DVD en versión original delata una dicción puramente fonética), y de hecho es cuando calla, observa y dispara cuando su personaje alcanza su verdadera esencia. Nero, que en ese 1976 estrena otras 5 producciones (!), había deslumbrado una década atrás como Django en la película homónima de Sergio Corbucci. A las órdenes de Castellari soporta el peso de la función con una actuación de pocas palabras y muchas miradas, imprimiendo al personaje un halo entre místico y salvaje, carismático y huidizo al mismo tiempo.

La de Keoma es la historia de un regreso, el regreso al pueblo, desastrado (Castellari dibuja un Oeste sucio, desvencijado) y asolado por una plaga que, pese a comenzar como leit-motiv, acaba diluyéndose en McGuffin; pero sobre todo, aplastado por el yugo del gerifalte Caldwell, con su cohorte de secuaces, entre los que se incluyen los tres hermanastros de Keoma, los mismos que siempre le han odiado por robarles el cariño del padre. La llegada de Keoma es providencial para cambiar la suerte de una mujer embarazada que, como todos los demás infectados, está en trance de ser confinada en una especie de campo de concentración. La mujer, el empeño de Keoma por defenderla de todos y frente a todos, y de paso al resto del pueblo, es el detonante de una trama que avanza a golpe de duelos, persecuciones y escapadas.

Keoma, más allá de su apariencia casi evangélica (a Franco Nero lo descubre John Huston para su film sobre La Biblia), persevera en la tradición del tirador infalible abierta por los héroes también callados y mortíferos de Clint Eastwood, sólo que en su caso maneja con destreza el cuchillo (hay sangre india en sus venas) y se bate como un jabato en el cuerpo a cuerpo. Esto da pie a una exhuberancia en las escenas violentas en la que Castellari se recrea con la cámara lenta, evidenciando un patrón más próximo a Peckinpah que a Leone, del que apenas tomado prestados un puñado de primeros planos con los que no llega a saturar. La mano del director, mano excelente, se aprecia también en un buen pulso narrativo que alcanza su máxima expresión, como debe ser, en el clímax final, con un montaje paralelo que deja la acción en vacío para multiplicar los ecos trágicos de los gritos de la parturienta.

El capítulo de aciertos de Keoma se puede redondear con un gusto por lo orínico que abre la película (secuencia sugerente y lograda) y que la ribetea en ocasiones, a través del personaje de la bruja. Y en un plano más sentimental, con el casting de un mito como es Woody Strode, el negro más famoso del western. En el apartado de los debes, un par de apuntes. El primero, por cerrar el capítulo del reparto, un villano, el Caldwell que desarrolla Donald O’Brien, algo blando en sus pantalones del Ejército. El segundo, una banda sonora que podría aplaudirse por sugerente, y que tiene sentido en la apertura, más de pesadilla que de western, pero que se vuelve risible cuando uno repara en que la partitura se dedica a desgranar la acción en los momentos de ausencia de diálogo (“él debe salvarla” y líneas por el estilo estropean la, por otra parte, intencionadamente desgarrada voz de la cantante).

No es en tanto en lo argumental como en lo formal donde deben buscarse las virtudes de Keoma, que se ensambla con un armazón convencional pero crece de la mano de los buenos trabajos de Nero, frente a la cámara, y Castellari detrás.

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