Rocky, Jack Ryan… los héroes de toda la vida se dejan querer

by Carlos

Como todo buen boxeador que se precie, Rocky amaga, amaga y vueve a amagar, pero no puñetazos, sino secuelas y continuaciones. Cuando todos pensabamos que con Rocky Balboa (2006), Sylvester Stallone había escrito un buen epitafio para el boxeador de Filadelfia, ahora resulta que el actor se está planteando una nueva película, la séptima dela saga. Lo dice la web Moviehole, que asegura que la compañía Metro Golden Mayer (MGM) planteó la posibilidad en el último festival de Cannes, y que la respuesta de la audiencia fue “entusiasta”. Pero no acaba todo ahí. una de las posibilidades que se están barajando es realizar un spin-off del hijo de Rocky, interpretado por Milo Ventimiglia (recordado por su papel en la serie Héroes).

La cosa puede parecer disparatada, pero visto el éxito de las últimas versiones de Rocky, Rambo e Indiana Jones, quizás no lo sea tanto. Ya no hay héroes de verdad, y hay que recurrir a los de antes. Y ahí vuelve al primer plano Harrison Ford, porque atención a lo que dice Ford en The Sun sobre una supuesta vuelta al personaje de Jack Ryan que popularizó en films como Juego de Patriotas (1992) o Peligro inminente (1994): “El personaje no depende de la edad, y sus experiencias están llenas de recetas para buenas y simpáticas películas, así que no me importaría revisar el personaje”. Eso sí, deja claro que Han Solo no volverá. Menos mal

Matar a un ruiseñor

by Pablo

La AFI (American Film Institute), entre sus múltiples ránkings, se marcó uno hace algún tiempo para elegir a los mejores héroes y villanos de la historia del cine. Entre los primeros, a uno se le vienen a la cabeza, a bote pronto, personajes como Indiana Jones, Batman o John McClane. Ninguno se llevó el gato al agua; el vencedor fue un tal Atticus Finch, un abogado viudo con los rasgos de Gregory Peck que, mientras saca a dos niños adelante, tiene tiempo para defender a un negro, acusado injustamente de abusar de una blanca, y de plantar cara a todo un pueblo ignorante y temeroso en plena Depresión.

Nos gusten o no las incontables clasificaciones de la AFI, lo cierto es que esta da una cierta medida del alcance de la película a la que pertenece el susodicho Atticus Finch: Matar a un ruiseñor (To kill a mockingbird, 1962), dirigida por Robert Mulligan. Como las grandes cintas, le ocurre a esta que con un par de trazos, aparentemente dibujados sin esfuerzo, se nos presenta a unos personajes, se nos plantea un conflicto y, sin apenas darnos cuenta, nos encontramos en el meollo de una historia cautivadora, emocionante, de las que saben agarrar la fibra emocional sin necesidad de ñoñerías.

Cierto: Atticus Finch no deja de ser un arquetipo, el del hombre de férreos ideales y convicciones, pase lo que pase, contra viento y marea, más allá del “qué dirán”, sin importarle las consecuencias de sus actos, porque sabe positivamente que están guiados por la razón. Y aún así, siendo un arquetipo, el mérito es mayor porque no lo parece en pantalla; mérito que debe atribuirse al papel impagable surgido de la novela de Harper Lee casi tanto como a ese actor enorme que fue/es Gregory Peck. Ha habido muchos hombres, en el cine, que han hecho frente a tremendos conflictos sin miedo, pero pocos como este Atticus Finch tan heroico y, al tiempo, tan humano, sin doblegarse a la estrechez de miras de una sociedad inculta y agazapada, racista, visceral.

Matar a un ruiseñor es tan buena que el enorme halo que rodea a Atticus Finch deja, aún así, espacio a otros personajes sublimes, fundamentalmente a sus hijos, los inolvidables Jem y Scout, sobre todo ella, una mocosa que en su primera incursión en el cine se come la pantalla bordando el papel de “chicazo”, siempre pegada a su hermano a la búsqueda de problemas, de ir a espiar a su padre a los Juzgados o merodear por la casa de los vecinos, donde habita el mítico Boo Radley.

Atmósfera: quizás sea lo más complicado de lograr en una película, en un libro, en cualquier pieza de creación. Matar a un ruiseñor la tiene, es suya, única e intransferible, imborrable en el tiempo, desde los títulos de crédito, minimalistas y sin embargo tremendamente originales, hasta el final, cerrado con la voz en off de Scout.

Una película para disfrutar, embeberse, y de paso, reconciliarse un poquito con el género humano.

Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal

by Pablo

Una de las normas básicas, a la hora de vender un producto, asegura que hay que empezar por un buen nombre/título, ya sea un libro, un videojuego o una película, como es el caso que nos ocupa. I. J. y el reino de la calavera de cristal (en adelante, Indy 4) no es un buen título: es largo, es obvio y sobre todo es soso. Omitámoslo. Después del título va el arranque: debe ser poderoso, atractivo, engancharnos desde el minuto 1 para tenernos ganados hasta que salgan los títulos de crédito. Tampoco ocurre en Indy 4, cuando era uno de los grandes valores de la saga (escapando de los indios en la selva en la primera; el tiroteo después de la actuación en la segunda; el breve pero intenso rol de River Phoenix en la tercera): sí, está el detalle del sombrero y la sombra en el coche para que sepamos que es él y que ha vuelto, pero falta sustancia, emoción, atrevimiento.

Y aún así, Indy 4, tal vez por ser la película que es, miembro de saga ilustre, admite un voto de confianza, y una vez concedido, consigue remontar el vuelo, sin grandes alardes en una trama liviana, de mero folletín, no mucho más trabajada que, por ejemplo, la de un video-juego al uso ensamblado a base de “pantallas” con el “malo” de turno. Porque cuando esta película funciona, realmente, y muy bien, es cuando los diálogos dan paso a la acción, y Steven Spielberg nos deslumbra con su habilidad para dirigir persecuciones.

El resto es nostalgia, ganas de reencontrarnos con Indy, los homenajes funcionan unas veces y otras no (las secuencias en la universidad, sin fuelle), Shia Labeouf no es un mal acompañante, sidekick dicen en USA, y aguanta el tipo, pero su Marlon Brando versión peso pluma no le llega a la suela de los zapatos a Sean Connery como padre, o incluso al genial Marcus Brody de la primera (eso sí, mejora al cargante tapón de la segunda).

Como broche a la saga, como auto-homenaje de Spielberg, Lucas y Ford, se debe ver con guiño cómplice, sin esperar nada más que un rato entretenido, tratando de acallar esa vocecilla que, por momentos, susurra: “sí, pero ya no es como antes”.