by Pablo

La AFI (American Film Institute), entre sus múltiples ránkings, se marcó uno hace algún tiempo para elegir a los mejores héroes y villanos de la historia del cine. Entre los primeros, a uno se le vienen a la cabeza, a bote pronto, personajes como Indiana Jones, Batman o John McClane. Ninguno se llevó el gato al agua; el vencedor fue un tal Atticus Finch, un abogado viudo con los rasgos de Gregory Peck que, mientras saca a dos niños adelante, tiene tiempo para defender a un negro, acusado injustamente de abusar de una blanca, y de plantar cara a todo un pueblo ignorante y temeroso en plena Depresión.
Nos gusten o no las incontables clasificaciones de la AFI, lo cierto es que esta da una cierta medida del alcance de la película a la que pertenece el susodicho Atticus Finch: Matar a un ruiseñor (To kill a mockingbird, 1962), dirigida por Robert Mulligan. Como las grandes cintas, le ocurre a esta que con un par de trazos, aparentemente dibujados sin esfuerzo, se nos presenta a unos personajes, se nos plantea un conflicto y, sin apenas darnos cuenta, nos encontramos en el meollo de una historia cautivadora, emocionante, de las que saben agarrar la fibra emocional sin necesidad de ñoñerías.
Cierto: Atticus Finch no deja de ser un arquetipo, el del hombre de férreos ideales y convicciones, pase lo que pase, contra viento y marea, más allá del “qué dirán”, sin importarle las consecuencias de sus actos, porque sabe positivamente que están guiados por la razón. Y aún así, siendo un arquetipo, el mérito es mayor porque no lo parece en pantalla; mérito que debe atribuirse al papel impagable surgido de la novela de Harper Lee casi tanto como a ese actor enorme que fue/es Gregory Peck. Ha habido muchos hombres, en el cine, que han hecho frente a tremendos conflictos sin miedo, pero pocos como este Atticus Finch tan heroico y, al tiempo, tan humano, sin doblegarse a la estrechez de miras de una sociedad inculta y agazapada, racista, visceral.
Matar a un ruiseñor es tan buena que el enorme halo que rodea a Atticus Finch deja, aún así, espacio a otros personajes sublimes, fundamentalmente a sus hijos, los inolvidables Jem y Scout, sobre todo ella, una mocosa que en su primera incursión en el cine se come la pantalla bordando el papel de “chicazo”, siempre pegada a su hermano a la búsqueda de problemas, de ir a espiar a su padre a los Juzgados o merodear por la casa de los vecinos, donde habita el mítico Boo Radley.
Atmósfera: quizás sea lo más complicado de lograr en una película, en un libro, en cualquier pieza de creación. Matar a un ruiseñor la tiene, es suya, única e intransferible, imborrable en el tiempo, desde los títulos de crédito, minimalistas y sin embargo tremendamente originales, hasta el final, cerrado con la voz en off de Scout.
Una película para disfrutar, embeberse, y de paso, reconciliarse un poquito con el género humano.