Archive for April, 2009

Estrenos 24 de abril


24 Apr

“Mucho pero malo” empieza a convertirse en acostumbrada y peligrosa etiqueta de los estrenos de cada fin de semana. Pero es la que mejor los sintetiza. Quien no lo crea, que lea:

-The International: lo único potable; Clive Owen y Naomi Watts en un thriller sobre dinero sucio que salta de país en país a golpe de adrenalina; no es una opción: es “la” opción.

-Rudo y cursi: Gael García Bernal y Diego se lo guisan y se lo comen en esta comedia mejicana con el fútbol (uno es portero y el otro delantero) como telón de fondo.

-Fuga de cerebros: a rebufo de estas series españolas de niñatos que triunfan últimamente, un más de lo mismo pero en película sobre un chico tan enamorado de una chica que le sigue de cualquier manera a Oxford… pues vaya.

-Ponyo en el acantilado: animación japonesa; una alternativa a Disney, Pixar, etcétera.

-La madre de él: comedia americana a menor gloria de Diane Keaton.

-Por lo demás: morralla bajo los títulos de Un cuento de verano; 25 kilates; Megapetarda; Liverpool; Delta; Esperpentos; El niño pez.

10 Top 10 Animación (II)


24 Apr

Recogiendo el guante de Carlos (el mío del policíaco sigue criando polvo…), he aquí, sino mis diez películas favoritas, que siempre es algo sujeto al momento y al estado de la memoria, sí al menos las diez que a 24 de febrero me vería casi de una tacada, sin moverme del sofá. He procurado no “calcar” la lista de Carlos, alejarme un poco del estándar Disney y actualizar gustos, que ya con 27 tacos te vas distanciando de aquello que te chiflaba con 10. He aquí el resultado:

1.- Shrek (2001): incluiría aquí en el mismo pack tanto a la primera como a la segunda partes, igual que hago con El Padrino, porque cualquiera de las dos es una auténtica joya: humor a raudales, con una mala leche pocas veces vista en una cinta de animación; constantes referencias y homenajes; gags antológicos; personajes imperecederos, empezando por El Burro y terminando por Pinocho y El Gato con Botas… Sensacional.

2.- Wall-E (2008): Probablemente la mejor película de 2008… a secas; merecería ocupar el primer lugar, o el primero y medio, pero me han podido el darle la réplica a mi socio y el premiar la fresca irrupción de Shrek; estamos ante un peliculón descomunal, con una preciosa historia de amor que te cautiva como las mejores producciones del género romántico; los dos robots son sencillamente maravillosos; el mensaje ecológico, muy necesario. Un diamante.

3.- Los Increíbles (The Incredibles, 2004): lo digital, por una vez, puesto al servicio de un guión fantástico, chispeante; pocas películas de animación tienen tantas lecturas más o menos ocultas en lo que, aparentemente, no deja de ser un vehículo de acción para toda la familia; renunciar a los sueños, hundirse en la rutina, optar por la mediocridad para no llamar la atención, vender tu alma a cualquier precio con tal de amasar el poder: he ahí algunos de los mensajes de un libreto descomunal (y nominado al Oscar).

4.- El viaje de Chihiro (Sen to Chihiro no kamikakushi, 2001): Carlos subestima la animación nipona al no incluirla en su listado; ganadora de estatuilla, como las anteriores, es una explosión de fantasía desbordada cuya onda expansiva te impide casi parpadear; sublime.

5.- Wallace y Gromit: La maldición de las verduras (Wallace & Gromit in The Curse of the Were-Rabbit, 2005): ver en la gran pantalla a los dos personajes de Nick Park, hasta entonces constreñidos a la duración de cortos, vale su peso en oro; pero es que, por encima, su primera incursión en el largo es una divertídisima parodia de las cintas de terror que consigue respetar y ensalzar las virtudes del despistado inventor y su resignado chucho.

6.- Pesadilla antes de Navidad (The nightmare before Christmas, 1993): una reciente revisión me dejó el regusto un pelín amargo de comprobar que no me había calado como la primera vez, pero no me impidió seguir reconociendo el magnífico trabajo de Tim Burton, su innovadora utilización de los efectos visuales cuando no estaban tan al orden del día, su preciosa vuelta al calcetín navideño y su divertidísima galeria de personajes. Impagable.

7.- Akira (1988): la otra japonesa de la lista; brutal, por momentos angustiosa y hasta difícil de visionar; dura; la más adulta del Top 10 junto a Persépolis.

8.- El emperador y sus locuras (The emperor’s new groove, 2000): Una de esas elecciones mitad por recomendación ajena personal, mitad por llevar la contraria; tremendamente subestimada, Disney incide en la línea de Hércules para servir un producto desenfadado, en cuya absoluta falta de pretensiones reside precisamente su gracia; su rareza le da ese toque distintivo.

9.- Alicia en El País de las Maravillas (Alice in Wonderland, 1951): Puestos a elegir un “clásico Disney”, cierto es que hay exponentes más redondos, pero tengo debilidad por la historia de Lewis Carroll, por más que este señor fuera un desviado (también Céline era un desgraciado y me encantó Viaje al fin de la noche). La versión de la factoría de Walt edulcora el original, de acuerdo, pero brinda aún así escenas antológicas como el arranque de la morsa y las pequeñas ostras y, sobre todo, la merienda con El Sombrerero Loco.

10.- Persépolis (Persepolis, 2007): Y para cerrar, otra de animación adulta; la Revolución Islamista en Irán vista a través de los (desencantados) ojos de una chica forzada a exiliarse; un dibujo muy personal sirve de base a una historia triste y esclarecedora.

10 TOP 10: Animación (I)


23 Apr

Después de más de un año dejando aparcado el proyecto de elegir el Top 10 particular de cada uno de los 10 géneros considerados como tales por la AFI, volvemos (es decir, vuelvo, veremos si Pablo se atreve a secundarme o se escuda en alguna película surcoreana de esas que tanto le gustan) a la carga dispuestos a terminar lo empezado. De los 10 géneros, ya se han tratado 2 (Sci-Fi y Deportes), y no me olvido del policiaco que ya examinó Pablo. Pero antes, quiero repasar las mejores películas de animación de la historia del cine.

1.- Wall-E (2008): la unión de Disney y Pixar se puede resumir como la unión de la tradición y la modernidad. Con Wall-E tocaron techo con una historia tan sencilla como sorprendente. Una película para deleitarse.

2.- El libro de la selva (The jungle book, 1967): adaptación del clásico de Kipling y la última película de animación que produjo Walt Disney antes de su muerte en 1966 (y que no llegó a ver completada). Todavía sorprende hoy por su frescura y sentido del ritmo. Gags como la aparición de los Beatles en forma de buitres son impagables.

3.- Buscando a Nemo (Finding Nemo, 2003): otra maravilla Disney-Pixar con la que más de uno soltó alguna que otra lagrimita. Y eso que todo giraba en torno a un pez payaso. A destacar el buen doblaje que se hizo para la versión en español.

4.- Aladdin (1992): quizás no merezca un puesto tan alto si sólo nos atenemos al valor cinematográfico, pero es una preferencia personal, y aquí esta. Cuenta con una de las mejores bandas sonoras que se han compuesto para una película de animación (de hecho el compositor Alan Menken ganó uno de sus ocho Oscar por una canción de esta película), y uno de los personajes más divertidos: el genio de la lampara.

5.- La bella y la bestia (Beauty and the best, 1991): otro clásico Disney que se convirtió en un clásico de cine gracias, sobre todo, a un poderio visual similar a la adaptación de Jaques Cocteau de 1946.

6.- El rey león (The Lion King, 1994): ¿Disney adaptando a Shakespeare? Sí, paso con la trigesimo segunda película animada del estudio. Esta vez no iba a ser en Dinamarca donde oliera a podrido, sino en la sabana africana, y el ser o no ser se resolvería con un Hakuna Matata. Y aún así, qué gran historia de traición y muerte.

7.- Merlín el encantador (The sword in the stone, 1963): otra preferencia personal. La leyenda del rey Arturo a través de un niño y un anciano mago. Imprescindible.

8.- Chicken run: Evasión en la granja (Chicken Run, 2000): la única película de la lista en la que Disney no tuvo nada que ver. Realizada con plastilina fotograma a fotograma, resulta una perfecta adaptación del espíritu de la obra de George Orwell.

9.- Ratatouille (2007): el mejor ejemplo de película de animación para adultos que no renuncia a la fantasía de siempre. Un ratón que pretende ser un chef en un París fantásticamente reproducido. Sencillamente genial.

10.- Dumbo (1941): imposible no rendirse ante esta fábula del patito feo, en versión paquidermo. Algunas de sus escenas son expresionismo puro, como esa locomotora que protesta de cansancio o  esos payasos que escapan del fuego. Lagrimita asegurada.

La gente pasa del cine


23 Apr

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La gente no va al cine. No lo decimos nosotros. Lo dice el EGM. Según datos que recopilan las tres últimas oleadas (abril 08 – marzo 09), un 55,5 por ciento de los encuestados declaró no acudir nunca o casi nunca al cine, frente al 44,5 por ciento (11 puntos menos) que sí admite una cierta frecuencia en su afluencia a las pantallas. Terrible.

Pero es que desglosando ese pírrico 44,5 por ciento, nos topamos con que el grupo mayoritario, casi un 14 por ciento, acude menos de 5 veces al año: menos de 5 veces; si lo sumamos a los que se estiran hasta las 6 veces (11 y medio por ciento), tenemos un total de 26 por ciento. Tremendo.

Seguimos: sólo 1 de cada 10 personas pasa una vez al mes por taquilla; esto es, dedican a esta actividad 1 de 30/31 días. Los valientes que se dejan caer 2-3 veces al mes son el 6 por ciento. Los temerarios que lo tienen por hábito semanal representan algo más del 2 por ciento.

Y por último: los locos a los que podrá usted encontrar metidos en una sala, a oscuras, ante una pantalla grande, comiendo o no palomitas, 2 o más veces a la semana, suponen… el 0,2 por ciento: 2 de cada 1.000 personas. Y es de suponer que un alto porcentaje estudiarán Comunicación Audiovisual y similares. O son unos cinéfilos extraordinarios.

Pregunta: ¿Qué le pasa al cine? Respuestas: que las den los que mandan y cobran por ello. Desde aquí apuntamos una paradoja: caen los precios, amenaza la deflación y ver una película en una sala cuesta, en las grandes ciudades, de 7 euros en adelante.

Los datos, al detalle, pueden consultarse pinchando aquí.

La sombra del poder


20 Apr

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Sale uno de ver La sombra del poder (State of Play, 2009) y tiene la tentación de preguntarse qué tipo de película podría haber llegado a ser, en lugar de contentarse, sin más, con lo desplegado en la pantalla. Y eso no tiene por qué ser necesariamente un mal síntoma… pero tampoco es bueno. En la génesis de la pregunta está lo verdaderamente positivo: apreciar que los mimbres son óptimos, que hay un director solvente, un guionista con trayectoria, unos actores curtidos (alguno más que otro), una trama interesante (tampoco nada del otro mundo). A partir de ahí, claro, lo que vienen son “peros”, lunares que impiden a esta cinta elevarse definitivamente sobre el mediocre nivel medio de este 2009.

De todos esos mimbres, piensa uno mientras soporta los trailers previos de rigor, el más incitante viene de la mano de su guionista, Tony Gilroy, al que disculparemos sus primeros libretos para Pactar con el diablo, Armageddon y Prueba de vida, simplemente porque supo enderezar el rumbo escribiendo la saga Bourne y, sobre todo, dándole a la tecla y dirigiendo a la vez Michael Clayton. La sombra del poder está lejos del nivel de este último trabajo, muy probablemente por tratarse de un guión a seis manos; se echa en falta mordiente en los diálogos y cierto riesgo, sobre todo en escenas de transición, para evitar que nos suene a algo ya visto. De Kevin McDonald, el director, puede decirse otro tanto de lo mismo. Dado a conocer con The last king of Scotland, despacha aquí con solvencia, sí, pero también sin brillantez. El efecto es tan impecable como carente de novedad.

Y en realidad, a pesar de todo, dirección y guión son los apartados que salen mejor parados. Tenemos a un congresista, a su amante, a su amigo periodista, a una podera empresa militar privada (PointCorp, claro remedo de Blackwater, conocida por sus fechorías en Irak), un crimen, una investigación, más asesinatos, dilemas periodísticos (ética, amarillismo, blogs vs. edición en papel), persecuciones, tiros, adrenalina, discusiones… Todo ello puesto en escena por gente solvente, que sabe lo que hace.

Así que debe de ser el reparto lo que más se le ha atragantado al autor de esta crítica. Ha perdido carisma Russel Crowe al mismo ritmo que ha ido ganando kilos… y ya es mucho decir, viendo lo terriblemente gordo que está (miedo da imaginarlo con las mallas del Robin Hood que prepara con su amigo Ridley Scott). Lejos de sus tiempos como gladiador y cientifico esquizofrénico, o incluso capitán de navío (Master and Commander), el hombre aún se nos embarca en cintas interesantes como American Gangster, pero desprende un tufillo a estrella en declive difícil de ocultar. Bastante menos se puede decir del amigo Ben Affleck, no precisamente un superdotado de la actuación. A pesar de algunos destellos (su dirección en Adiós, pequeña, adiós, o su encomiable esfuerzo en Hollywoodland), Affleck siempre será el amigo de Matt Damon con el que ganó un Oscar por un guión (!). Y bajando aún más el pistón, Rachel McAdams, tan meritoria como la meritoria a la que interpreta; la chica se esfuerza pero no es nada del otro mundo. Los secundarios, Mirren, Wright Penn, Daniels, cumplen sin brillo.

Y en eso va pensando uno (malpensado uno, quizás) mientras abandona la sala y sale a la calle, y rumia lo visto y escuchado. Que con actores más carismáticos, un guión más arriesgado y un director más atrevido, La sombra del poder daría el salto de thriller de calidad a película de obligada visión.

Estrenos 17 de abril


17 Apr

Poco que roer en el último surtido de estrenos; la cantidad se impone a la calidad y eso siempre es mal negocio. Pero es obligado dar fe, y a eso nos aplicamos:

-La sombra del poder: a priori, la mejor elección de largo; sin embargo, el hecho de que haya llegado tan sin hacer ruido, da que pensar; el reparto es bueno, aunque rebaja bastante las expectativas encontrarse al señor Affleck al frente del tinglado, y esto obliga a confiar en el buen hacer de Crowe y Mirren; en cualquier caso, un thriller político con asesinato, conspiraciones, secretos y muchos trapos sucios con Washington como epicentro siempre es bienvenido.

-Man on wire: llega la ganadora del Oscar a Mejor Documental y premio Bafta a la mejor cinta británica de 2009; la hazaña del hombre que cruzó las Torres Gemelas… subido a un cable; y, por encima, ocurrió de verdad.

-Déjame entrar: ¿terror sueco? ¿más vampiros? Y, sin embargo, se habla maravillas (bueno, no exageremos, se habla en términos bastante elogiosos) de una de las cintas llamadas a dar la sorpresa este año.

-La montaña embrujada: producto disneyano que nos embarca al amigo Dwayne Johnson, al que le iba mejor cuando era simplemente The Rock, en una divertida peripecia con dos mocosetes con poderes y una montaña muy, muy mágica; a partir de ahí se nos promete una loca carrera contrarreloj para salvar al mundo; para los pequeños de la casa.

-Mi vida es una ruina: Aaron Eckhart es el (improbable) protagonista de esta comedia romántica en la que tiene el placer de compartir cartel con Jessica Alba y Elizabeth Banks; una de perdedor que reforma su vida…

-Además: Los siete días, drama franco-israelí; El vuelo del globo rojo, otra francesa; La sal de este mar, multiproducción; El frasco y El Kaserón, comedietas con sello español.

Perdición


15 Apr

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Sólo a un grande como Billy Wilder podemos llegar a perdonarle que pariera una obra maestra del cine negro que puede colocarse a la par con las del genio de este género, el insuperable Alfred Hitchcock. Y es que Perdición (Double Indemnity, 1944; sí, seguimos en los 40) es una gema que brilla con luz propia.

Aunque deudora de su época, estamos ante una cinta mucho más cínica y menos compasiva con el ser humano que la mayoría de las películas del maestro británico. Por seguir con el parangón (innecesario, pues las comparaciones son odiosas), quizás el mejor espejo lo encontremos en la bastante posterior Psicosis. La pluma de Raymond Chandler, para mi gusto el mejor novelista “negro” de siempre, se deja sentir en el guión a la hora de retratar a unos personajes tan humanos, precisamente, por realistas: mezquinos, sometidos a los vaivenes de sus pasiones, dispuestos a subirse al primer tren (parafraseando una línea de diálogo) con destino a una felicidad engañosa.

Fred McMurray, en el mejor papel de su carrera, encarna en Walter Neff al vendedor de seguros dispuesto a poner su vida patas arriba por hacer demasiado caso a sus instintos más bajos (a la altura de la entrepierna, con perdón). No representa ni al “bueno” ni al “malo”: es simplemente alguien dispuesto a tirar por el camino de en medio siguiendo el dictado de las vísceras.

La culpable de que se desvíe del recto camino, Phyllis Dietrichson, se sirve de los rasgos y la voz de Barbara Stanwyck, espléndida como la enfermera ambiciosa que ha conseguido echar el lazo al rico empresario petrolífero y ahora echa pestes de su vida, entre aburrida (el ganchillo de los viernes) y subyugada al marido con la mano demasiado larga.

El tercer vértice del triángulo es para el siempre maravilloso Edward G. Robinson: su Barton Keyes es un viejo zorro, experto en detectar fraudes, en salvar el dinero de la compañía de las garras de los indeseables, aún a costa de vivir por y para su trabajo, de no tener apenas existencia más allá de las paredes de su despacho. Puro en ristre, Edward G. Robinson da una lección magistral de cómo componer un personaje expansivo sin caer en el histrionismo.

Fresco de las miserias humanas con un hilo conductor turbio y violento, Perdición suena a música celestial gracias a la batuta incomparable de Billy Wilder. Versátil como casi ningún otro, el genio austríaco se disfraza de Hitchcock para manejar los tiempos con precisión de relojero y atraparnos sin remedio desde ese comienzo cortado a cuchillo, que más que introducirnos nos arroja sobre el drama.

Nominada a siete Oscar, Perdición se fue de vacío de la gala. No ha sido la mayor injusticia en el reparto de estos premios, ni merma en absoluto la majestuosidad de la cinta, pero hay algo de fatalista en esta nula cosecha. Como si la película sufriera del mismo mal que su trío protagonista: y es que ninguno de ellos saboreó jamás la gloria del Oscar. McMurray nunca estuvo nominado, una muestra de hasta qué punto se infravaloró un currículum en el que brillan, sobre todo, este Walter Neff y su Jeff Sheldrake de El apartamento (también con Wilder). Cuatro veces optó Stanwyck, la tercera precisamente por Perdición, y acabaron compensándola con una estatuilla honorífica. Idéntico premio mereció Robinson, aunque no llegó a recogerlo porque había muerto dos meses antes. Es increíble que su talento tampoco se viera premiado, siquiera, con una sola nominación.

Hecho este apunte, otro puramente práctico: Perdición puede recordar a El cartero llama dos veces (una pareja, crimen, mentiras, pasiones), y con razón, porque ambas adaptan sendas novelas de James M. Cain. Ambas dieron lugar a películas de obligada visión. Sobre todo, la que aquí nos ocupa. Insistiendo: no es Hitchcock, y por una vez, nadie lo diría.

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"El spaghetti-western murió porque agotó su discurso y se volvió repetitivo"


13 Apr

Para todos los amantes del spaghetti-western, la publicación, en 2006, del libro Western a la europea… Un plato que se sirve frío (Entrelíneas Editores) fue una grata sorpresa. No sólo porque su autor, Anselmo Núñez Marqués, es un auténtico experto en este, a menudo, denostado género. También porque mostró (por vez primera en nuestro idioma), un amplísimo y crítico estudio sobre el nacimiento, recorrido y alcance del eurowestern, la peculiar visión europea del “cine de vaqueros” que sólo en la década de los 60 y 70 llegó a plasmarse en más de 500 títulos. Precisamente, sobre esta fascinante época hemos querido charlar con Anselmo Núñez.

Anselmo Núñez, a la izquierda de la imagen, junto a Eli Wallach y Giuliano Gemma.

Pregunta. ¿Cómo nace su interés por el Spaghetti Western?

Respuesta. Siendo ya muy crío comencé a interesarme por estas películas. Por entonces no reparaba en si el producto era europeo o americano. Cuando veía en la pantalla a Terence Hill o a Anthony Steffen ni siquiera imaginaba que estuvieran utilizando seudónimos. A decir verdad, en aquellos años de iniciación, mi interés por los créditos terminaba con la referencia a los dos o tres protagonistas y al título de la película, desinteresándome por toda alusión a la autoría técnica. Con todo, la estética de aquellas cabeceras y su singular efectismo musical, el peculiar uso de aquella iconografía, aquellos duelos, la resonancia y contundencia de aquellos disparos, me fueron cautivando hasta que llegó ese momento en que resultó inevitable identificar y decantarme por estas películas.

P. Su libro Western a la europea. Un plato que se sirve frío muestra un completísimo conocimiento del género. ¿Cuántas películas ha llegado a ver y cuáles son sus favoritas?

R. No me he parado a contabilizar cuántas películas de este género -de las más de 600 que llegaron a rodarse- he podido llegar a ver, pero en tantos años seguramente que muchas más de la mitad; teniendo en cuenta que algunas nunca llegaron a estrenarse en España o resultaban imposibles de encontrar en el mercado del VHS. Y en cuanto a mis preferencias, le diré que con la edad cambia la percepción de las cosas, de ahí que mi predilección por unas u otras haya ido variando también. Quizá de niño -y obviando la primera trilogía de Leone- hubiese dicho que El halcón y la presa de Sollima o Le llamaban Trinidad de Barboni; pasado el tiempo tuve y mantuve como mi favorita a El bueno, el feo y el malo. Hoy sin desdeñar las citadas, mi sensibilidad está más cercana a títulos como Hasta que llegó su hora de Leone o a Mi nombre es Ninguno de Valerii.

P. ¿Qué secuencia cree que define mejor lo que fue el spaghetti-western como género cinematográfico?

R. A propósito y por justificar mi respuesta anterior, creo que el duelo final de Hasta que llegó su hora resulta ser un compendio de cuanto define a este género. Esa secuencia del enfrentamiento entre Harmónica (Charles Bronson) y Frank (Henry Fonda) con su particular narrativa visual, con el diálogo sentencioso que antecede (cuando aluden a esa vieja raza sin futuro que representan), y la grandilocuencia musical de un iluminado Morricone, es espléndida.

P. Su libro tiene un epílogo del recientemente fallecido Robert Hundar, uno de los actores pioneros del género, ¿qué nos puede decir de él?

R. Pues todo lo que pueda decir de él lo haré siempre desde el cariño y el respeto que le profesaba. Le contaré que recientemente escribí el prólogo de un libro titulado Vivo o muerto. Cuentos del Spaghetti Western (Tropo Editores) y esta circunstancia me llevó a utilizar el correo electrónico para contactar con Claudio Undari (que era el nombre verdadero de Robert Hundar); lo hice para comunicarle este suceso y el detalle de que le había citado en dicho prólogo, a sabiendas de que le hacía mucha ilusión sentirse presente en este tipo de iniciativas relacionadas con el género. Habitualmente, cuando manteníamos contacto lo hacíamos por vía telefónica o por carta, pero en esta ocasión que hice una excepción, extrañé la tardanza de su respuesta. Fue entonces cuando recibí un mail de alguien de su familia con el siguiente comunicado: “Caro Anselmo, purtroppo devo comunicarle una brutta notizia, Claudio è morto il 12 maggio, mi dispiace non averla avvisata, un abbraccio. Tiziana“. Como puede comprender, esto me produjo una gran conmoción, pues hacía sólo unas semanas que habíamos estado charlando sobre la conveniencia de encontrarnos aquí en España, para ir a visitar juntos a su maestro y amigo Joaquín Romero Marchent, a quien quería implicar en un proyecto para la televisión italiana. Claudio era un hombre agradecido y afectuoso, del que me sorprendía que mientras hablaba siempre sonreía, algo que contrastaba con la imagen del pistolero lacónico que antaño representara en el cine. Sentirse recordado por aquellas películas era algo que le emocionaba y le provocaba una gran melancolía, sin la afectación que en otros produce el paso del tiempo.

P. En su opinión, ¿el spaghetti-western es un género sobrevalorado por un puñado de aficionados nostálgicos o de verdad aportó algo al cine en general?

R. Que quiere que le diga, actualmente cualquier aficionado al cine no puede por menos que admitir que los westerns que se han ido haciendo en Estados Unidos, posteriormente a la época del Spaghetti, muestran una clara influencia en el uso de muchos de sus clichés, de su iconografía. En lo que se refiere a aportaciones más generales, ¿quién se imagina hoy día la escenificación de un desafío, un cara a cara, sea del género que sea, sin la típica sucesión de planos, cada vez más cortos, acompasados de un crescendo musical?

P. ¿Está el spaghetti-western presente en el cine actual?

R. Es sabido que la admiración y el interés hacia aquellas películas, por parte de algunos realizadores del cine actual anglosajón, tales como Quentin Tarantino, Robert Rodríguez, Sam Raimi, John Carpenter, John Woo o incluso Steven Spielberg, nos ha permitido en más de una ocasión asistir a particulares homenajes al género de forma más o menos consciente.

Anselmo Núñez con Aldo Sambrell, un "clásico" del eurowestern.

P. De todos los protagonistas de aquella época que ha podido conocer, ¿qué es lo que más le ha sorprendido? ¿Qué actor o director le ha impresionado más?

R. Lo que más me ha sorprendido de todos ellos es que fueran de carne y hueso, con lo que eso comporta, y su susceptibilidad ante el qué dirán pese a sus experiencias –y a la distinta opinión de la crítica- siendo como son o como han sido, personalidades de ámbito público. En general, todos me han causado una gran impresión por una razón u otra, quizá porque nunca he podido abstraerme de la admiración que les he tenido. Pero con permiso de Robert Hundar, por el que ya he manifestado una gran debilidad, quisiera destacar también la caballerosidad y el saber estar del actor italiano Giuliano Gemma. Muchas veces me viene el recuerdo de un detalle que presencié en Italia, en uno de esos eventos que congregaban a gentes de la profesión, cuando Giuliano Gemma se afanaba, de forma modesta, en procurar que algunos de los allí presentes como Tonino Valerii o Eli Wallach ocuparan asientos destacados a costa de mantenerse él de pie si llegaba el caso. Un hombre en fin, en el que he encontrado una gran sensibilidad hacia los demás, una persona muy respetuosa.

Foto dedicada de Eduardo Fajardo (cortesía de Anselmo Núñez).

Y en eso de las impresiones también quisiera destacar la que me produjo un encuentro tardío con Eduardo Fajardo, fue toda una experiencia de la que recuerdo una anécdota que me contó y que ya mencioné hace algún tiempo en algún foro. Me dijo sobre Anthony Steffen, que tenía fama -en aquel mundillo- de ser algo engreído y muy seco, que en realidad era un hombre bastante vulnerable e inseguro, además de buena persona cuando te consideraba su amigo. Y que para disimular aquella inseguridad adoptaba esa imagen distante y poco comunicativa, para que no se le subieran a las barbas. En cierta ocasión, mientras rodaban Los cuatro salvajes, en pleno desierto almeriense y después de llevar varias horas trabajando a pleno sol, subiendo y bajando lomas, Fajardo se encontró con un Anthony Steffen muy tocado, asfixiado, pues padecía algún problema respiratorio que no quería que nadie descubriera por temor a que esto afectara a su carrera, pero en aquel momento le tenía tan desencajado y exhausto que no pudo por menos que, a solas, pedirle ayuda -a Fajardo-. Steffen le dijo con preocupación que no podía seguir, sabiendo que el director estaba con mucha prisa y que no paraba de apretarles y de gritar. Steffen no se atrevía a poner pegas, pero Fajardo le vio de tal manera que intercedió por él enfrentándose al director, diciéndole: “Lo siento pero no puedo seguir por hoy”. El director se enfadó y gritándole le preguntó: “¿Qué te pasa Fajardo? Esto no puede ser. ¿Por qué no puedes seguir?. Y Fajardo le respondió: “Porque no me sale de los cojones y porque tengo almorranas y no puedo ni rozar la silla del caballo”. La negativa de Fajardo permitió ese día detener el rodaje y Steffen nunca olvidó el detalle, marcando el comienzo de una amistad que siempre duró.

P. Una pregunta típica, pero también obligada… ¿por qué murió el spaghetti-western?

R. Porque agotó su discurso y se volvió repetitivo, al tiempo que irrumpieron otras modas narrativas.

P. Si alguien quisiera acercarse al género por primera vez, ¿qué le recomendaría? ¿Por dónde debería empezar?

R. Para empezar le diría que fuera indulgente al juzgarlo como escaso de medios, que se pusiera en situación y comprendiera que el cine de los 60 era un cine más artesanal, y que lo visionara sin esperar nada más allá del entretenimiento. Sé que la capacidad de sorpresa que pudiera provocar no sería sino consecuencia del grado de sensibilidad y educación que como cinéfilo tuviera adquiridas. Sin embargo, también soy consciente de que cualquier consejo sobre cómo abordarlas es complicado de seguir, dado que el cine comercial actual nos tiene acostumbrados a otro ritmo y a infinitas posibilidades de transferir esa ficción. ¿Por dónde empezar? Yo recomendaría la receta inicial de los tres Sergios. Empezando de forma evidente por la primera trilogía de Sergio Leone, en su correspondiente orden (Por un puñado de dólares, La muerte tenía un precio y El bueno, el feo y el malo). Continuando con El halcón y la presa o Cara a cara de Sergio Sollima. Y para afianzar el gusto atreverse con el visionado de Los compañeros o Salario para matar de Sergio Corbucci. Todas ellas trepidantes. A partir de ahí se abre un camino de lo más diverso, con trabajos tan meritorios como los de Tessari, Valerii o Castellari, pasando por nuestros Romero Marchent o Balcázar.

P. Para terminar intente definir el spaghetti-western con una sola palabra.

R. Definirlo con una sola palabra me resulta difícil, pero sí le diría que me sugiere un estado de ánimo: el de un atardecer.

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Hierro 3


11 Apr

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Bienvenidos al muy especial universo del surcoreano Kim Ki-Duk. Pocos personajes, escasa o nula acción, larguísimos silencios, diálogos reducidos a su mínima expresión, sentimientos reprimidos y, sin embargo, a punto de estallar, atmósferas tensas/opresivas/asfixiantes… Pura cocina oriental: el mejor plato para abrir esta nueva carta.

Fogueado ya con una decena de cintas, Ki-Duk venía de llamar la atención con dos en concreto. Primavera, verano, otoño, invierno… y primavera recurría ya al minimalismo espacial que emplearía posteriormente en El arco para construir una de esas historias a tres bandas por las que ha revelado tanta querencia. Más urbanita, Samaritan girl (Oso de plata al mejor director en el Festival de Berlín; nominada al Oso de Oro) mostraba la cruda historia de dos chicas en edad escolar, prostituta una mientras la otra le concertaba las citas.

Con estos antecedentes, en los que había dejado clara su aversión por el cine más convencional y su apuesta por lo arriesgado, un Ki-Duk en estado de gracia retoma la senda más introspectiva con Hierro 3 (Bin-jip, 2004).

Nuevo triángulo emocional, aunque de vértices no proporcionados, la arista principal la encarna el joven Tae-suk, uno de esos muchachos callados, tímidos, misteriosos (marca de la casa del cineasta), aquí con la peculiaridad de colarse en viviendas vacías, durante las vacaciones de sus sueños. Tae-suk hace suyos esos espacios vitales, se apropia de ellos por unos días, y cuando llega el momento, se lanza a la búsqueda de su siguiente objetivo, en una caza meticulosa e infatigable a bordo de su moto y con un curioso sistema para averiguar dónde ocultarse sin problemas. Lo que podría haberse prolongado indefinidamente se trunca cuando Tae-suk se cuela en la lujosa vivienda de la desgraciada Sun-hwa y su despótico marido. Punto de inflexión y de no retorno, la confluencia de sus existencias, vacías ambas, abre nuevos derroteros en los que Kim Ki-Duk destila todo su lirismo a través de imágenes plenas de belleza y fuerza; no en vano, una de ellas fue inteligentemente utilizada en el cartel promocional.

Hay pocas palabras y la historia fluye lentamente. No le importa a Kim Ki-Duk que el espectador impaciente tire la toalla porque él administra el tempo narrativo con la premiosidad del artesano, sabedor de que llegará el momento en que la trama se vea abocada a su desenlace, y será entonces, y sólo entonces, cuando todas las piezas encajen. Queda claro que no es precisamente vehículo para urgencias y montajes ágiles, sino todo lo contrario.

Advertido esto, quien consiga vencer las reticencias de una película que se parece más a un paseo por el lago que a un descenso por unos rápidos, se encontrará con una delicada y sensible obra de arte guiada por el más genuino canon oriental. Supieron apreciarlo en el Festival de Venecia, donde Hierro 3 recibió cuatro premios y optó al León de Oro; también fue galardonada en San Sebastián.

Kim Ki-Duk ha proseguido con su carrera, quizás algo ralentizada, aunque merecedora nuevamente del aplauso de la crítica (Soom, aquí Aliento, estuvo nominada a la Palma de Oro en Cannes en 2007). Curiosamente, no se puede decir lo mismo de la pareja protagonista de Hierro 3: ella no ha vuelto a rodar y él apenas se ha prodigado.

Como curiosidad: el “hierro 3″ que da nombre al título es el menos utilizado de todos los palos de golf; una metáfora asociada a Tae-suk, el protagonista.

Ocho sentencias de muerte


09 Apr

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Este blog tenía (entre muchas otras) dos deudas pendientes: una, con los años 40, marginados frente a los 50 y 60; otra, con los Estudios Ealing, que entre 1947 y 1957 produjeron un puñado de películas con un sello tan inconfundible que han pasado a la historia como “comedias Ealing”.

Genuinas representantes del mejor humor británico, está extendida la convicción de que es precisamente la cinta que cierra el período, El quinteto de la muerte (con aborrecible remake de los Coen ya en nuestros días), la más lograda de todas ellas. Personalmente, sin embargo, me quedo con la mucho más refinada y pintoresca Ocho sentencias de muerte (Kind Hearts and Coronets, 1949; título difícil de traducir extraído de un diálogo de la película y, a su vez, tomado de un poema de Alfred Tennyson).

Nuestro héroe, Louis Mazzini, vive en la Era Eduardiana (la siguiente a la Victoriana) junto a su madre entre considerables estrecheces económicas. Vista su modesta existencia poco hace imaginar que, en realidad, el desgraciado Louis pertenece a una familia noble, de rancio abolengo, los D’Ascoyne, y que si ha sido desterrado del árbol genealógico es porque su madre se deshonró al casarse con un cantante italiano de ópera. Muerta la madre, la familia se niega a enterrarla en la cripta familiar… y los años de humillación y ninguneo acaban por explotar en el corazón de Louis, que se entrega a una terrible venganza…

Este argumento, que podría fácilmente derivar en un dramilla de época, sirve sin embargo como base para una fantástica comedia (negra) donde asistimos a los imperturbables avances de la macabra tarea de nuestro anti-héroe: deshacerse de los ocho parientes que se interponen entre él y el ansiado ducado. Cada uno de esos parientes es un singular personaje al que Louis elimina de una forma diferente… y para echar más leña al fuego, todos ellos están encarnados (incluso la única mujer) por el genial e irrepetible sir Alec Guinness, para el que debería sobrar toda presentación. Recordemos, sin embargo, que ganó un Oscar por El puente sobre el río Kwai y que, entre otros roles emblemáticos, encarnó al primero y genuino Obi Wan Kenobi. Aquí, anticipando los maratones interpretativos de otro genio británico, Peter Sellers, se multiplica por ocho para dar la réplica al menos conocido Dennis Price, perfecto como el frío, remilgado y muy british Louis Mazzini.

Toda una lección maestra de cómo manejar los tiempos de la comedia, costumbrista en este caso, Ocho sentencias de muerte justifica en cada escena que esté considerada entre las mejores de su género de todos los tiempos, tanto en las Islas como en el panorama mundial. Irónica, tremendamente cruel (en el mejor sentido), cargada de malas intenciones hasta el insuperable final, se deja ver con absoluto deleite y deja al terminar el regusto un poco amargo de constatar que los mejores tiempos de la comedia pertenecen al pasado; a un pasado como el de los años de gloria de los Estudios Ealing.

Celuloides en su jugo

Recetas sencillas para degustar buen cine, sabroso y bajo en calorías.