by Pablo

En 1924, dos jóvenes estudiantes de Chicago (Nathan Leopold y Richard Loeb), de familia bien, superdotados, brillantes, llevaron demasiado lejos el dictado nietzscheano del superhombre: secuestraron a un niño, lo asesinaron y pidieron un rescate a la familia. Querían ejecutar el crimen perfecto. El caso conmocionó a la sociedad de la época… tal vez, hoy, no habría pasado de un titular. El mejor medidor de su impacto es que dio lugar a dos películas. Una es una pequeña joya de Alfred Hitchcock: La soga. Pero aquí nos ocuparemos de la otra: Impulso criminal (Compulsion, 1959).
Al igual que ocurría en la cinta del genio del suspense, y acorde con la época, se suavizan las aristas más polémicas. La muestra más clara, y 50 años después menos comprensible, es la sexualidad de los dos protagonistas. En 2009 es complicado no escuchar frases como “se comportan de un modo raro” y no esbozar una sonrisa. La relación entre Steiner y Strauss va, sin embargo, mucho más allá de su atracción mutua. Entre ambos se genera una dependencia morbosa, insana, llevada al extremo de un crimen disfrazado de motivaciones filosóficas. Arthur es quien dirige; Judd, quien obedece. El primero se enfurece ante los constantes fallos del segundo, se regodea en un tira y afloja sádico en el que retira y devuelve su amistad y protección al otro en función de los avances de la investigación policial. El doble interrogatorio prende la mecha definitiva que detona su relación.
Dando vida a los asesinos, dos actores jóvenes y prometedores que se llevaron, ex aequo, la Palma de Oro en Cannes. Como el manipulador Arthur, Bradford Dillman, que venía de deslumbrar en su estreno en Broadway y en Hollwyood, con Globo de Oro incluido a mejor debutante. Aquí compone un personaje sublime, desbordante, excesivo, que llega a poner los pelos de punta en escenas como esa inolvidable en la que finge hablar con un oso de peluche sólo para contrariar a su amigo. Cosas de la vida, Dillman tendría después una carrera totalmente obviable… La réplica se la da Dean Stockwell, cuyo introvertido, frágil, atormentado y aficionado a los pájaros asesino inmediatamente se asocia al mucho más mítico Norman Bates de (otra vez) Alfred Hitchcock y la genial Psicosis. Sin convertirse ni mucho menos en una estrella, Stockwell sí ha llevado una carrera más digna que Dillman. Obtuvo una segunda Palma de Oro, también compartida, y ya en su etapa madura, incluso estuvo nominado al Oscar como mejor secundario por su papel en… Casada con la mafia; sí, nadie es perfecto.
Sobre ellos gravita el peso de la función… hasta que irrumpe Orson Welles, que, anunciado en los títulos de crédito, demora su aparición misteriosamente. Welles, 18 años después de Ciudadano Kane, era ya ese personaje orondo y malencarado que, aquí, recuerda en parte, aunque sólo en apariencia, al policía corrupto de Sed de mal que había interpretado un año antes de Impulso criminal. Nada que ver, el personaje, con este abogado contrario a la pena de muerte, totalmente inspirado en el personaje real, que se marca un larguísimo alegato al final del juicio correspondiente en la que es su intervención fundamental (antes destila genialidad en breves intervenciones).
Dirige la función Richard Fleischer, cuya trayectoria apenas ha tenido reconocimiento, más allá de un Oscar… a mejor documental. Y, sin embargo, en su CV destacan películas más que interesantes: otro thriller, El estrangulador de Boston; una de sci-fi apocalíptica/denuncia en clave precursora, Soylent Green; y una sobre la mafia, también crepuscular: El Don ha muerto. Por Impulso criminal estuvo nominado a la Palma de Oro.
En conjunto, estamos ante una película que, para el espectador actual, resultará demasiado lenta como thriller. La introspección psicológica se impone a la acción. La tensión, más que aflorar, subyace. Debe leerse entre líneas. Es de esas cintas tal vez poco agradecidas que exigen cierto esfuerzo en el visionado; que, por decirlo así, no se dejan saborear sin más: hay que hincarle el diente y roer un poco. Pero vale la pena.
Enviar a Menéame