Deseando amar

Wong Kar Wai. La suya es una de las voces más personales, inconfundibles e intransferibles del panorama mundial. Viene siendo así desde los 90, cuando comenzó a ganarse un espacio propio entre crítica y público con títulos como Chungking Express y Happy Together. Pero es en Deseando amar (Fa yeung nin wa a.k.a. In the mood for love, 2000) donde mejor explota su lirismo silencioso y tranquilo, su desestructuración narrativa, su minimalismo formal y argumental.
Apenas un par de trazos. Dos personajes. Él, solitario, sin apenas coincidir con su mujer por culpa de los horarios de trabajo. Ella, solitaria, sin apenas ver a su marido por sus frecuentes viajes al extranjero. Ambos, viviendo casi puerta con puerta. Encuentros fugaces, ocasionales, poco más que saludos educados en el estrecho pasillo de la vivienda. Rutina que se repite premiosamente, poniendo a prueba la paciencia del espectador inquieto, exacerbando su ánimo, todavía, con una partitura tan escueta como el diálogo entre los protagonistas.
Lo que les rodea: sórdido. El amigo crápula de él, sus problemas económicos, sus bajas intenciones. El jefe hipócrita de ella, un regalo para la esposa y otro para la amante, la secretaria (la protagonista), cubriéndole las espaldas. Aislados por esa sordidez: un cerco que les va estrechando hasta prácticamente abocarlos a un oasis sin engaños en el que, he ahí la dolorosa paradoja, crece el árbol que da, a su vez, más manzanas que no deben morder para no convertirse, ellos también, en estafadores.
Escenas cortas. Dos temas musicales sonando casi en bucle. Lento, casi un goteo, el acercamiento entre ambos. La constatación de lo que ocurre entre sus respectivas parejas. El sentimiento de sentirse engañados. El otro, no menos fuerte, de sentirse atraídos. Un tira y afloja con más silencios que palabras, más miradas que contacto. Una relación triste, deprimente y, sin embargo, bella al mismo tiempo. Por momentos, un déja vu asfixiante, una espiral de la que pugnan por salir mientras desean zambullirse sin importar las consecuencias; dejando al margen los convencionalismos, las férreas disposiciones sociales de un país y una época.
Historia mínima, minúscula, sin discursos, sin largas parrafadas, diálogos que terminan abruptamente, cortados con cuchillo… y la paleta exuberante de Wong Kar Wai: el colorido del vestuario de ella, escenas que parecen pintadas, casi cuadros, la meticulosidad de la paleta cromática, el gusto por el encuadre perfecto, la iluminación exquisita.
Los actores, impecables. Él, Tony Leung, habitual de Wong Kar Wai, premiado en Cannes como mejor intérprete masculino por esta cinta. Sin duda, uno de los mejores de su generación en el escenario asiático: visto también en Infernal Affaires (el mismo papel copiado después para Di Caprio en Infiltrados) y en la soberbia Deseo, peligro. Aquí, contenido, casi imperturbable, hablando más con los ojos que con los labios. Ella, Maggie Cheung, también fetiche de Wong Kar-Wai, presente en cintas como Hero y, recientemente, Inglorious Basterds (última y por estrenar de Tarantino). Aquí, casi una estatua de sal, hierática en sus vestidos ceñidos, de cuellos interminables, los sentimientos corriendo al galope bajo una epidermis de piedra. Mejor actriz también en Cannes y en Berlín (no por esta cinta). El propio Wong Kar-Wai es de los idolatrados por la crítica. Ha vencido una vez en Cannes (Happy together) y en otras cuatro ocasiones ha estado nominado. Lo estuvo igualmente en Berlín.
Como en el caso de Hierro-3, Deseando amar es de digestión lenta, más de saborear que de engullir; como un buen vino que merece ser degustado con calma. No apta para todos los paladares. Para los que sepan apreciarla: una maravilla, un deleite para los sentidos. De obligada visión.
