Fuga de cerebros

by Carlos

Entré al cine a ver esta película creyendo, por culpa del título, que se trataba de un documental sobre el declive imaginativo del cine español. Craso error. Resulta que lo de “fuga de cerebros” alude al sacrificio incuestionable que tuvieron que hacer los guionistas de esta película antes de comenzar a escribir.

Con Fuga de cerebros (2009), que supone el debut del director Fernando González Molina, estamos ante lo que muchos críticos denominan comedia gamberra, y mencionan siempre al film Porky´s (1982) como la inspiración gamberril por excelencia, como si echar las culpas a los americanos justificara en algo que se invierta dinero (y subvenciones) en semejante basura. Realmente, el único gamberro es el que usa ese término para definir productos como éste. Comedias gamberras pueden ser Con faldas y a lo loco (Some like it hot, 1959), La princesa prometida (The princess bride, 1987), Acción mutante (1993) o Bubba Ho-Tep (2002), por poner cuatro ejemplos de comedias en géneros radicalmente diferentes y así, al menos, aprovechar este post para algo útil. O Teen Wolf (1985), si entramos en el subgénero adolescente. Es decir, comedias que de verdad dan la vuelta a los cliches y convencionalismos de manera irreverente.

Fuga de cerebros, sin embargo, es tan convencional, que hasta los múltiples actores del mundo televisivo que aparecen se dedican a hacer lo mismo que en sus respectivas series. Y para eso les pagan, claro. Ya saben, los de siempre, como Alex Angulo, Loles León, Antonio Resines, José Luis Gil, el chiquilicuatre… y después una representación de las series más vistas: El internado, Los hombres de Paco, Aida, Sin tetas no hay paraíso… Al menos se puede jugar al “quién es quién” para olvidarte de los euros perdidos con la entrada. Porque con la excusa de juntar a los “talentos” viejos y nuevos de la pequeña pantalla, han parido una película que, de tan mala, seguro que gana algún Goya.

Abro aquí un paréntesis para elogiar el trabajo de los dos únicos actores que hacen que eso que les dan escrito y que deben aprenderse para hacer ante la cámara (a ellos les dijeron que se llamaba guión), resulte medianamente divertido. Uno es el protagonista, Mario Casas, que realmente resulta cómico en su papel de chico apocado y metepatas que intenta salir con la chica del instituto de la que lleva toda la vida enamorado (de eso va la película, básicamente). El otro es Alberto Amarilla, que hace de un ciego que intenta hacer las mismas cosas que los demás, y que tiene las escenas más divertidas de la película. El ciego es uno de los amigos que ayuda al protagonista a llevarse a la chica, el resto son un gitano traficante de drogas, una persona en silla de ruedas que va por la vida metiendo descargas eléctricas, y un guaperas con la única obsesión de llenar una garrafa con su esperma. Tremendo.

Por lo demás, la película adolece incluso de un montaje en condiciones. Fernando González Molina, que anteriormente había dirigido episodios de Los hombres de Paco, se olvida que en el cine no hay pausas publicitarias, por lo que no esperen muchos planos de transición entre escena y escena. Por ver algo en positivo, la recreación de Oxford (allí acaban los sufridos personajes en busca de la chica) da bastante el pego, no así la estación de tren final, que se nota que es de RENFE de todas, todas.

Por cierto, la película incluye una escena de sexo entre Mario Casas y la chica en cuestión, interpretada por Amaia Salamanca, tan gratuita como subida de tono. Es decir, que el cámara sólo enfocaba a las tetas. Y eso que la escena está metida con calzador. Como el resto de la película, a decir verdad.

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