39 escalones

Pequeña joya del período británico de Alfred Hitchcok, 39 escalones (The 39 steps) contiene un puñado de valores añadidos para el cinéfilo en general y el amante del mago del suspense en particular. Ante todo, es una cinta precursora, que anticipa los pasos por los que discurrirán algunos de los trabajos más recordados del gran Hitch.
Richard Hannay, un canadiense en Londres, es erróneamente acusado de asesinato y se envuelto en una trama de espionaje para vender secretos de Estado al mejor postor. ¿Suena familiar? Por supuesto, y con razón: 39 escalones abre la veta de relatos de falsos acusados que, mientras huyen, luchan no tanto por salvar su pellejo como por demostrar su inocencia y, de paso, tumbar a los malos / responsables de su incriminación; esa clase de historia que tan magníficos réditos le dio a Hitchcock y que, posteriormente, armó películas sublimes como Extraños en un tren, El hombre que sabía demasiado y, sobre todo, Con la muerte en las talones.
Esta última es precisamente la que con más fuerza viene a la mente cuando hoy, más de 70 años después de su estreno, uno se sienta a disfrutar de 39 escalones. Cierto que las comparaciones son odiosas, y que ambas cintas están separadas por cinco lustros, pero en este caso no hay riesgo de que la precursora salga mal parada. Al contrario. Sirve para valorar en su justa medida que allá por 1935, con las limitaciones de la época, el gran Hitchcock pudiera ensamblar con semejante maestría una aventura (ojo, recordemos la época) adrenalínica, de constante huida, del tren a la campiña escocesa, siempre con los enemigos acechando… o pisando los talones, obligando al héroe a inventar identidades, improvisar fugas, forjar alianzas en principio imposibles e ir tirando del hilo para acabar con toda la madeja en su poder y salirse con la suya. Obvio: no hay aquí una escena del calibre de esa del avión que se abalanza sobre Cary Grant, ni la pugna final en el monte Rushmore… pero una vez más recordemos donde estamos, en los 30, en blanco y negro y sin apenas efectos especiales.
Hannay lo interpeta Robert Donat, un oriundo de Manchester que le presta su flema británica a un héroe carismático, un punto descreído, capaz de tomarse a guasa sus propias penurias, alejado del macho descamisado pero dispuesto a saltar de un tren en marcha; una lástima que Donat (ganador después de un Oscar y nominado a otro), muriera a los cincuenta y pico de un ataque de asma; aquí está perfecto.
La réplica se la da Madeleine Carroll, que compone en Pamela a la clásica chica que pasa de desconfiar a odiar y de odiar a terminar ayudando al héroe. Más importante: para Carroll quedará siempre el honor de haber sido la primera “rubia Hitchcock” (a la que seguirían las mucho más famosas Grace Kelly, Kim Novak, Tippi Hedren, etc). Algo ingenua, con carácter y sin asumir demasiado peso en la resolución del problema (de nuevo, la época).
Otro guiño al fan de Hitch: el primer McGuffin de su carrera, los 39 escalones del título. Y no olvidemos el teatro de variedades que abre y cierra la película, con el impagable Mr. Memory: un toque bizarro estupendo, similar a otros que volvería a usar el director londinense (véase: el circo de freaks de Sabotaje, y tantos otros).
39 escalones es un thriller con toques de comedia delicioso (desde hace un tiempo adaptado al teatro: Broadway, por favor, que nadie mencione a Patricia Conde), pero que requiere, como recordamos aquí tantas veces, un ejercicio de “adecuación”: en 2009, sus escenas de acción podrán parecer ridículas y su ritmo carente del frenesí al que ahora nos han acostumbrado. Pero si algo demostraba ya Hitchcock allá por 1935 es que se puede atrapar al espectador (incluso del siglo XXI) con un guión inteligente y, por supuesto, con esa maestría suya para el suspense. Y eso que el mago apenas acababa de empezar…
