Nominaciones a los Emmy 2009

by Pablo

Ya se ha hecho pública la lista, ya conocemos quiénes encaran la recta final de los premios de la tele en Estados Unidos. El titular es claro allí: 30 Rock consigue 22 candidaturas, compitiendo en la categoría de comedia, y Mad Men es el drama con mejor acogida, reflejada en sus 16 opciones de premio. Ambos, a no ser que se produzca un cataclismo, revalidrán los éxitos del año pasado. El reverso del titular sería este otro: los Emmy proponen más de lo mismo. O tal vez es que no hay más…

En cualquier caso, la lista se completa con los de siempre: House, Lost, Damages, Dexter, The office; pocas sorpresas. Por hurgar y ser malos, que siempre resulta gratificante, ¿qué pinta Simon Baker optando a mejor actor de drama por ese churro llamado El mentalista? En cuanto a la comedia, ¿no aburre ya Hugh Laurie con su Gregory House? En fin…

Barriendo para casa, es decir, para este blog, dos alegrías, otra a medias y dos decepciones. Las alegrías: Entourage como mejor comedia y Kevin Dillon por su papel de Johnny Drama en esta serie como mejor secundario; a medias: Kiefer Sutherland en la categoría de mini-serie por 24: Redemption y fuera de la gorda (actor dramático) suena a premio de consolación. Las dos decepciones: 24 no opta a mejor drama como tampoco Jeremy Piven le peleará el galardón a su colega Dillon; imperdonable que Ari Gold no reciba el amor de los Emmy. Ah: Lost sí competirá en drama. Pero lo dicho: 30 Rock y Mad Men parecen llamados a arrasar.

La lista completa, aquí. La solución: el 20 de septiembre.

Man on wire

by Pablo

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Torres Gemelas: 11 de septiembre de 2001, dos aviones se estrellan contra el World Trade Center, pilotados por terroristas de Al Qaeda, Estados Unidos sacudido por el horror islamista en su propio territorio, George Bush siente cómo la sangre le cae a los pies durante una lectura en un colegio antes de dar el OK a un proceso que incluirá dos guerras, en Afganistán e Irak, aún por concluir, y un recorte de derechos y libertades sin precedentes…

Pero también: la maravillosa aventura de Philippe Petit, un francés loco, un artista del alambre, un poeta (cómo le gusta llamarse) de las alturas, un adicto a los desafíos extremos; Petit: no contento con caminar sobre un hilo tendido en el cielo de Notre-Dame, con llamar la atención en Australia, se embarca en su proyecto definitivo: unir con un alambre las Torres Gemelas y pasear por las nubes.

Ocurría el 7 de agosto de 1974, hace casi 35 años. En 1995 el productor Simon Chinn comenzaba a convencerle para llevar la historia a la gran pantalla. El propio Petit lo hizo en 2002 en forma de libro (To reach de clouds; aquí, Alcanzar las nubes, publicado por Alpha Decay), y no es un detalle banal: Petit ha participado activamente, y ese fue uno de sus requisitos, en el film. La suya es una presencia constante en el documental; constante pero no abusiva.

Uno de los grandes aciertos de Man on wire, que tenía mucho ganado al narrar un acontecimiento asombroso, bellísimo, reside en su estructura narrativa: especialmente al comienzo, está ensamblado como si de una historia de ladrones se tratara; como si Petit y su equipo, en lugar de tender un alambre en el WTC, planeara robar un cargamento de oro oculto en la cima de las torres. La presentación de los personajes y los detalles de la trama se amoldan a esta técnica de forma innovadora y sugerente, saltando en el tiempo, aportando datos a cuentagotas. Una idea genial. Entreverados, metraje actual, con declaraciones de Petit y sus colegas, y tal vez lo más fascinante: imágenes de la época, de los 70, del loco del alambre practicando junto a su casa, ensayando sus increíbles performances.

James Marsh acumula su enésimo acierto al dotar al conjunto de una dualidad que oscila entre la fidelidad documental y el espíritu de la mejor pieza de arte y ensayo. Man on wire es pragmática y a la vez lírica, fruto de lo que narra: un acto que, desnudo, puede reducirse a un señor caminando sobre un cable, pero que respetando su esencia y hurgando en su núcleo más recóndito, se revela como una explosión grandiosa de hasta qué punto el ser humano ha pugnado a lo largo de los siglos por ir más allá de sus límites; o cómo dice Petit al final del documental, no amoldarse a las reglas y vivir siempre en el borde mismo de la vida.

Petit ganó fama mundial con aquel paseo. Fue arrestado, por supuesto, pero liberado inmediatamente y convertido en icono. El documental que narra su hazaña no se ha quedado atrás: el Oscar en la edición de esta año supuso el broche perfecto a una carrera arrolladora (BAFTA, Sundance y otra decena). Hoy las Torres Gemelas son tristemente recordadas por el plan criminal de Bin Laden. No se menciona nada de esto en el documental, y no por casualidad, sino con la intención de no ensuciar la poética aventura de Petit.

Entourage ha vuelto

by Pablo

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Vince, Eric, Tortuga… y, más importante, Johnny Drama y Ari Gold (ah, y Llyod, claro) han vuelto a la ciudad. Ayer se estrenó en Estados Unidos la sexta temporada de Entourage, aquí llamada El séquito.

La serie, que narra los primeros años de una estrella emergente de Hollywood, con sus aciertos y sus tropiezos, fue objeto de análisis en este blog. Además de zambullirse en los entresijos de la industra del cine, indaga en un aspecto poco conocido del séptimo arte: la vida de los actores detrás de las cámaras. Aquí, concretámente, con el “séquito” que da pie al título; esto es, su hermano y dos amigos de toda la vida que cubren sus necesidades, tanto a nivel de colegas como profesional (el mánager, el cocinero y el chófer).

Entourage es una serie que realmente merece la pena, cierto que lo dice un fan confeso. Destila humor inteligente, es ágil (episodios de 25′), ha sabido evolucionar y, mientras los guiones mantengan el nivel (alto), el entretenimiento está garantizado.

La pega: que en nuestro país no haya recibido mejor tratamiento que el de La Sexta, que la relegaba al post prime time.

Estrenos 10 de julio (y 3 de julio)

by Pablo

Aparcamos sombrilla, toalla y arena: el deber llama en forma de rápido vistazo a la última ola (disculpas por el símil veraniego) de estrenos; además, recordamos lo que trajo la marea (ídem) siete días atrás; pero empezamos por lo que todavía huele a fresco:

*10 de julio:

-Más allá de la duda: a pesar del título, la opción más apetecible; antes de enfundarse de nuevo el traje de Gordon Gecko en la secuela de Wall Street, Michael Douglas peina canas como el fraudulento fiscal al que un periodista intenta dejar con el culo al aire… auto-inculpándose de un asesinato; Michael intentará devolverle la moneda con las mismas artimañanas que el plumilla pretende desvelar: es decir, inventando pruebas para condenarle; retorcido pero sugerente.

-Brüno: aquí llega de nuevo Sacha Baron Cohen con el objetivo de crear la misma polémica que, en su día, generó el inclasificable periodista kazajo Borat; ahora es un peluquero austríaco gay, pero bajo un pelaje diferente vuelve a esconderse el mismo camaleónico bromista dispuesto a llevar sus chanzas hasta el límite… y superarlo si es necesario.

-Paranoid Park: Gus Van Sant, skaters, una mezcla extraña que no promete nada del otro mundo.

-Un novio para mi mujer: Argentina (como país) no pasa por su mejor momento y su comedia parece haber perdido aquella efervescencia de unos años atrás (Nueve reinas, El hijo de la novia y otras); con todo, siempre es una alternativa más que potable.

-La proposición: Sandra Bullock, esa señora bastante cargante, que juega a la ambigüedad de “no soy guapa, pero sí graciosa, aunque por otra parte pienso dejarme la piel para aparecer como un bellezón”, también estrena comedia veraniega como hicieron antes Zellwegger y otras de la cuadrilla; altamente prescindible.

-V.O.S; Paintball: la resaca deja dos españoladas; la segunda, una de terror cuyo título lo dice todo, es de traca.

*3 de julio:

-Ice Age 3: Adelantada al 2 (marketing), la pandilla del deshielo se da de bruces con los dinosaurios; un paso lógico en el camino por alargar la saga; está por ver si retoma el pulso de la primera entrega o termina en las fauces del T-Rex (sí, una metáfora desafortunada).

-Delta: drama húngaro-alemán con incesto servido a orillas del Danubio; suena durillo.

-Despedidas: drama musical japonés, como suena.

-La última casa a la izquierda: y el género de terror que, de alguna manera, consigue mantenerse a flote, fabricando títulos como churros aunque todo esté inventado y los críos, a los 5 años, dejan de tener miedo a nada; los seguidores de Entourage reconocerán a Rhys Coiro, aka Billy Walsh (esperemos que haya hecho esto por la pasta; Walsh se habría negado en redondo).

-¡Disparadme!: esta cinta italiana es de 2006, lo cual dice bastante; ver enrolado a Omar Sharif da un poquillo de grima.

-Pagafantas: españolada sobre un pringado sin suerte con las mujeres, que le utilizan únicamente como amigo; dirige Borja Cobeaga, que estuvo nominado al Oscar en la categoría de mejor corto; en fin, parece que hará algo de dinerillo para endulzar el verano a los señores de la industria casera.

A todo esto, Transformers 2 ya ha pasado de los 600 kilos; tremendo. Veremos cuando la semana que viene llegue Harry Potter 6. Se avecina un interesante choque de trenes.

Cinco para el infierno

by Carlos

Mucho antes de que Brad Pitt pidiera cabelleras nazis en la tarantoniana Inglourious Basterds, un grupo de soldados americanos (con un sospechoso acento italiano) ya había llevado el terror a las filas ratzis en una misión suicida llena de peligros.

Cinco para el infierno (5 per l´inferno, 1969), como tantas otras, no es mas que un film bélico que copia la fórmula creada por Robert Aldrich en Doce del patíbulo (Dirty Dozen, 1967), que a su vez bebía del western de John Sturges Los siete magníficos (The Magnificent Seven, 1960). Desde entonces, son incontables los films basados en la reunión de una serie de tipejos (el número varía según el presupuesto) que se reunen para hacer frente a una misión imposible en la que no todos vivirán para contarlo. Sturges creo la gallina de los huevos de oro, ya que, bajo esa premisa, los productores podían unir a múltiples actores de primera fila en películas en las que ninguno sobresalía por encima del otro y cuyas historias, aderezadas con la violencia más cruel, eran entretenimiento puro y duro. Yul Brynner, Steve McQueen, Charles Bronson y James Coburn formaron parte de los 7 magníficos, enfrentados a un genial Eli Wallach, y Lee Marvin, Ernest Borgnine, Telly Savalas, Donald Sutherland, Jim Brown y (otra vez) Charles Bronson eran la mitad de los Dirty Dozen. En clave de western, la formula se repitió en numerosas películas en los dos lados del charco (James Coburn repitió  en 1972 en la notable Una razón para vivir y una para morir, de Tonino Valerii, junto a Telly Savalas), y otro tanto le paso al género bélico.

En la película que nos ocupa, de producción italiana y estrenada dos años después que Dirty Dozen, es evidente que no sólo se alimenta de una fórmula en boga en aquella época, sino que además pretende arrastrar hacia sí el éxito del film de Aldrich sin ningún asomo de originalidad por su parte. La dirección de Gianfranco Parolini, escudado en el seudónimo de Frank Kramer, es tan funcional como molesta en algunos casos. El guión, firmado por él junto Renato Izzo sobre una historia de Sergio Garrone, es tan superficial como se espera de una película titulada Cinco para el infierno, y ni siquiera se preocupa en situar al espectador en un contexto histórico específico más allá de que se está produciendo la IIGM (algo que intuimos, ya que en la película las esvásticas se cuentan con los dedos de una mano). Un comando americano debe robar de una caja fuerte los papeles del Plan K, una operación nazi de gran envergadura. ¿Qué hace, pues, digna de ver a esta película?

En realidad, nada, si tienes una vida social digna de llamarse a sí. Y si no la tienes, tampoco, pues seguro que hay drogas menos nocivas para la salud. Pero si eres aficionado al cine de género europeo, lo cual lamentamos desde ya, reconocerás en su reparto grandes nombres del cine del viejo continente, como Gianni Garko, Klaus Kinski, Sal Borgese, Aldo Canti y Margaret Lee. Todos ellos sobresalieron en coproducciones europeas de serie B entre la década de los 60 y los 80, aprovechando las modas que se iban produciendo: peplum, spaghetti-western, giallo, erótico… No crean, es un gran reparto, sobre todo por sus protagonistas: Garko es uno de los actores más desconocidos y con mayor talento que dio el eurowestern; Kinski es un mito del cine alemán, famoso tanto por sus actuaciones y su hipnótica presencia en pantalla (Aguirre, la cólera de Dios o Nosferatu, por ejemplo) como por su truculenta vida y sus enfrentamientos con los directores. Garko es el oficial Glenn Hoffmann, encargado del grupo, y Kinski es el malvado coronel de las SS Hans Mueller, obsesionado con llevarse a la cama a Margaret Lee, una obsesión que le acerca al espectador, a pesar de ser nazi.

A este reparto hay que sumarle la aficióncon los gadgets del director. Parolini, había obtenido un tremendo éxito con el western Sábata (Ehi amico… c’è Sabata, hai chiuso!, 1969), protagonizado por un Lee Van Cleef que usaba los más extraños y mortiferos inventos para cargarse a sus enemigos. Su gran acogida propició la repetición de la jugada (y no sería la última vez). La afición por los gadgets, una moda que propició la saga Bond, la cumple con dos extravagantes artilugios: una bola de beisbol hueca para introducir en ella un proyectil, y con la cual Garko, a modo de pitcher, se carga a los nazis a base de balonazos; y una cama elástica que uno de los personajes usa para realizar toda serie de piruetas.

Desde luego, si algún mérito hay que darle a Parolini es el haber convertido la guerra en lo más parecido a una pista de circo.No se la pierdan.

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