Archive for August, 2009

Estrenos 28 de agosto


28 Aug

El verano no ha sido precisamente para tirar cohetes, salvo por la brillantísima excepción de Up… pero lo de este fin de semana es sencillamente indescriptible. Hacía mucho tiempo que la remesa no apestaba de tal manera. “Esto” es lo que tienen la desfachatez de arrojarnos:

-Mapa de los sonidos de Tokio: Isabel Coixet, emperatriz del gafapastismo español, se cree Sofía Coppola y nos vende “su” Tokio con la chica japonesa de Babel (Rinko Kikuchi) y el insufrible Sergi López en una historia rocambolesca de una pescadora que mata por encargo que, la verdad, no se cree ni ella.

-Año Uno: una chorrada como un piano a mayor gloria del cansino Jack Black, al que secunda Michael Cera (el sosito de Supersalidos y Juno; el chaval básicamente sólo sabe poner cara de acabar de echarse la siesta) en una mezcolanza imposible de épocas de la Antigüedad, culturas, países… todo ello supuestamente gracioso.

-Expediente 39: Renée Zellweger es otra que cree que va a relanzar su carrera protagonizando una de terror con crío diabólico. Pobrecita…

-Una mamá en apuros: ¿Uma Thurman arrastrándose por las pantallas con otro sub-producto, ahora “cómico”, por segunda semana consecutiva? ¡Dios, que alguien pare esto!

-American Playboy: Ashton Kutcher se parodia a sí mismo yendo de jovencito (no tanto) que engatusa a maduritas; no, no sale Demi Moore, no es un reallity sobre su vida.

-Shorts: Robert Rodríguez sigue jugando a hacer películas para sus cinco hijos (dice que uno de ellos tuvo la idea) y consigue lo que se merece, un castañazo en toda regla; 6 millones en USA el fin de semana de su estreno = este señor se empieza a cavar su propia tumba. Que siga así, encadenando fracasos (antes, Planet Terror).

El mariachi


27 Aug

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Antes de nada, una aclaración: decir que El mariachi (1992) es una buena película no se sostiene. Lo que no se puede poner en duda, en cambio, es que se trata de una cinta de culto. Buena parte de su mística reside en el insólito hecho de que Robert Rodríguez, entonces begginer y mejicano (aún mayor handicap en Hollywood), consiguiera sacarla adelante con sólo… 7.000 dólares de presupuesto. Por eso debería estudiarla cualquier aspirante a director que se precie. Y por eso es de obligada visión para el cinéfilo que se guía por algo más que los dictados del márketing, los premios y los grandes nombres.

Desde luego, no hace falta ser muy inteligente para intuir que una película puede hacerse con 7.000 dólares si no pagas, o apenas lo haces, a la gente. Robert Rodríguez se rodeó de actores amateur, sin carrera posterior salvo el protagonista, Carlos Gallardo; muchos de ellos ayudaban en las tomas cuando no aparecían en imagen. Además, dirigió lo que él mismo había escrito, lo produjo con Gallardo, lo montó. Economía de guerra. Rodaba escenas con una sola cámara… pero interrumpía cada dos por tres la acción para escoger ángulos diferentes, dando así la sensación de contar con un equipo mínimamente decente. Una locura. Como lo fue, sin duda, que la mitad de los famosos 7.000 dólares los consiguiera ofreciéndose como cobaya para probar medicamentos.

La historia que mereció tal acto de fe no puede ser más sencilla: un mariachi, con la guitarra como todo equipaje, llega a un pueblo tirando a chungo y desolado en busca de un trabajo. Su fracaso es rotundo, y aún así, no es lo peor que le ocurre: anda por allí un tal Azul, un matón, al que le gusta llevar un considerable arsenal… oculto en un estuche de guitarra. Lógicamente, al pobre mariachi lo confunden con el tal Azul, perseguido por los hombres del capo Moco, e incluso, en un momento dado, se confunden los estuches, de tal modo que el músico termina empuñando un arma automática en lugar de su instrumento. Entre malos entendidos, nefastas casualidades, disparos, sangre y alguna que otra canción avanza una trama tan simple como efectiva.

Rodríguez, con el entusiasmo del principiante, le pone buena cara al mal tiempo y lo reviste a su manera: con chulería formal (cámaras rápidas, primeros planos al estilo del spaghetti western, montaje casi frenético), un casting impecable por los fulanos que llenan la pantalla (de nuevo, Leone) y un permanente buen gusto a pesar de la obligada y pretendida chabacanería. Obviamente el resultado es carne (en principio) de video-club: la película rezuma falta de presupuesto por los cuatro costados. Pero aún así tiene ese algo que no vieron las distribuidoras mejicanas y sí, en cambio, Columbia, a la que Rodríguez, rechazado, presentó el producto en un arranque de coraje.

Ese algo podemos llamarlo encanto, gracia, toque… Podemos llamarlo como queramos. Lo que es seguro es que ninguna de las secuelas, ni Desperado ni Once upon a time in Mexico, con más recursos, con Banderas, Depp, Hayek y Rourke, consiguieron imitar ni de lejos. Una muestra de cómo de la necesidad puede hacerse virtud. He aquí la razón de que algunos, los que consiguen ver más allá de persecuciones poco creíbles y tiroteos chapucros, la veneremos como una pequeña muestra de genialidad y un canto al cine. La declaración de amor de un fánatico del celuloide.

Asalto al tren Pelham 123


25 Aug

Denzel Washington insiste en convertirse en el nuevo James Stewart con otro personaje apocado que se ve obligado a salvar multiples vidas ante el malo de turno. John Travolta insiste en querernos convencer de que su calidad interpretativa es mayor que sus dotes como bailarín. Tony Scott insiste en trasformar en tensión un duelo gestual entre dos estrellas supercotizadas. Y Hollywood insiste en coger ideas del pasado al revisionar el film de Joseph Sargent protagonizado con Walter Matthau. No queremos insitir, pero… ¿era necesario hacer una nueva versión de la novela de Morton Freedgood The taking of Pelham 123?

En Asalto al tren Pelham 123 (The taking of Pelham 123, 2009) hay oficio, mucho oficio. Denzel pone su perfecta cara de bueno sufridor. Travolta, que desde que resurgió de la mano de Tarantino sólo le van los papeles de villanos, aprieta mucho las mandíbulas para dar miedo. Y Scott les ofrece cientos de primeros planos en movimiento para que al espectador se le atraganten las palomitas al primer zoom. Además hay un tren secuestrado, muchos rehenes con ideas de lo más variopintas y James Gandolfini haciendo de un alcalde de Nueva York con mucho sarcasmo. Hay que reconocerlo: la película entretiene, y mucho. Tiene las dosis de acción justas y muchos tacos, aunque adolece de ese sabor policíaco que dejaba el film de Sargent, se antoja mucho menos realista y no tiene ese maravilloso final que sólo la grandiosa cara de Matthau podía hacer.

Tony Scott repite la misma fórmula de siempre, con idéntico resultado: la amnesia hasta la siguiente reposición en televisión.

Resacón en Las Vegas


25 Aug

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Corren malos tiempos para la comedia. No se trata tanto de que nunca vaya a recibir el amor de los Oscar. Esto es secundario. Lo verdaderamente grave es que, como género, está denostada. Hoy, en el mismo saco, se incluyen productos como Y entonces llegó ella (comedia romántica), Pequeños invasores (Comedia infantil), Sex Drive (comedia juvenil), Supersalidos (comedia gamberra) y Noche en el museo 2 (comedia familiar). En televisión es aún peor y se han inventado el término dramedia para etiquetar series del tipo Mujeres desesperadas. Ya no hay respeto para la comedia. Hoy sería impensable que cineastas como Billy Wilder y Frank Capra, que se hicieron grandes en este género, estuvieran considerados como los mejores de su profesión. Principalmente porque no harían comedias inteligentes como El apartamento y Vive como quieras. Harían memeces como Un trabajo embarazoso. No hay más que echar un vistazo a los considerados actores cómicos: Ben Stiller, Will Ferrell, Adam Sandler. Para echarles de comer aparte.

Partiendo de esta base, tampoco hay que rasgarse las vestiduras ante una cinta como Resacón en Las Vegas (The hangover, 2009; el título original, mucho más conciso y menos chorra: La resaca y punto). En cambio, hay que aplaudir que haya recaudado más de 400 millones de dólares con un presupuesto de risa que no llegaba a los 30. ¿Es para tanto? Seguramente no, pero Transformers 2 dobla esta cantidad y nadie se lleva las manos a la cabeza. Resacón en Las Vegas no engaña: desde el primer minuto, cuando uno de los personajes se quita el traje y se queda en suspensorio anuncia bien a las claras sus intenciones, como los letreros de neón de la capital del juego. Lo que sigue es una gamberrada sin pretensiones. Sin más pretensiones, se entiende, que hacer reír. Uno agradecería que las carcajadas fueran fruto de diálogos y situaciones más trabajados, con un trazo más fino, pero no está el horno para bollos. La “Industria” ha decidido que todo aquel que se acerca a una comedia espera algo que no le obligue a pensar demasiado. Nada de contar desde el humor miserias, sufrimientos e injusticias. Eso sería una estafa.

Resacón en Las Vegas es original porque su “viaje” argumental es hacia atrás. El trío de colgados de turno (el golfo familiar, el calzonazos responsable y el zumbado total) debe recordar, paso a paso, qué ocurrió la noche anterior, cuando celebraban la despedida de soltero del desaparecido cuarto amigo. Por el camino, situaciones a cuál más imposible/bizarra (Mike Tyson y su tigre, los niños aprendiendo a usar la pistola elétrica de los policías, el amanerado mafioso japonés) que alternan hallazgos con lugares demasiado comunes. El conjunto, con todo, respira unas sanas intenciones de inducir a la risa, lo cual siempre es bien recibido. Tal vez el error de bulto sea incluir a la infumable Heather Graham, que hace de tonta para variar y no aporta gran cosa más allá de figurar (y sacarse una teta). El trío de actores principales está muy bien y el director, Todd Philips, que es el de Starsky y Hutch, otra gamberrada, cumple con su labor.

A pesar de un bajón a mitad de metraje, del que la película no llega a recuperarse por completo, Resacón en Las Vegas está por encima de la (mediocre) media de sus compañeras de lo que queda de género. Es hasta cierto punto original, no se corta un pelo, tiene en general buen ritmo y su factura no admite ninguna tacha. Se deja ver. No es de lo peor que se ha estrenado últimamente.

Estrenos 21 de agosto


21 Aug

Sólo 4 películas aterrizan en la cartelera y sólo una de ellas dará que hablar, aunque sea mal (o no). He aquí el cuarteto en cuestión:

-Anticristo: Dice Lars Von Trier que parió esta historia para exorcizar su propia depresión. Sea como fuere, huele a ganas de provocar cuando en tu película los dos protagonistas se dedican a retozar y lesionarse bajo la excusa de la muerte de su hijo. ¿Una memez en toda regla de un fulano que sólo quiere llamar la atención, probablemente como resultado de algún complejo? Probablemente. O tal vez no. A buen seguro habrá más de uno y de dos que la ensalcen como rompedora y vanguardista y bla, bla, bla.

-El mundo de los perdidos: El cansino Will Ferrell, uno de esos tíos que sólo puede hacerles gracia a los americanos, viene ahora metido en el pack junto a un puñado de dinosaurios (!). Toda una incógnita: puede ser muy mala o infumable.

-La vida ante sus ojos: Desde Kill Bill, Uma Thurman no levanta cabeza. Lástima para ella.

-Ong Bak 2: Tony Jaa no actúa mucho pero reparte sus buenos mamporros y el tío no usa dobles, lo cual siempre es de agradecer. La secuela de su gran éxito la dirige él mismo, cuentan que con un paréntesis para meditar en las montañas incluido. Para diferenciarla de la anterior, ambienta la historia en un pasado medio salvaje. Patadas, brincos y poco más.

True blood


20 Aug

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No hagáis esto en casa. Reconozco que no está bien. No es ni serio ni profesional. No puedes juzgar toda una serie, ni siquiera una temporada, por un piloto. Repito: no lo hagáis en casa. Y aún así, yo lo he hecho. He visto el piloto de True Blood y he decidido que no necesito más. No me hace falta. He tenido bastante. Me ha servido para determinar que es una porquería de tal calibre que seguir sufriendo otros veintipico capítulos, a razón de una hora cada uno, sería del género masoca y no haría más que ahondar en ese problema vital conocido como “perder tu valioso tiempo”.

Primero, el contexto. Que hay una renovada fiebre por el vampirismo y sus aledaños es un hecho. Está ahí. Tampoco es nuevo. Más bien, cíclico: cada cierto tiempo surge como un sarpullido, sin que nadie sepa muy bien el porqué… salvo los que manejan el cotarro, que son mucho más listos de lo que pensamos (no nos dejemos engañar por la aparente falta de creatividad que da a entender la sobredosis de remakes, precuelas y secuelas; está todo estudiado). El fenómeno, ahora mismo, tiene dos arietes o puntas de lanza; a saber: la saga Crepúsculo, en libro y películas; y la serie que nos ocupa, True Blood. En un plano menor, por aquí Antena 3 prepara la tv movie No soy como tú. Repito: no es nada nuevo. Hace unos años fueron Blade y Underworld los que dieron la matraca. Previamente, Entrevista con el vampiro. Todas ellas a rebufo de la soberbia Drácula de Coppola. A su vez, renovación del género que vivió sus días de vino y rosas con Bela Lugosi, primero, y Christopher Lee, después.

¿Qué ofrece esta True Blood? Ante todo, una actualización: vampiros que viven aquí y ahora, bueno, en Estados Unidos, pero en el siglo XXI. Que no llevan ni capas ni el pelo cardado ni viven en castillos, sino en sitios peores como la América profunda. La supuesta gracia argumental: los japos han inventado una bebida, sangre sintética, la True Blood del título, que ha conseguido que dejen de matar a la gente y puedan convertirse en parte de eso que a los americanos les gusta tanto: la Comunidad. Vampiros buenos vecinos… o no, porque siempre hay excepciones. Este es uno de los ganchos. El otro, que para ser una serie americana enseña bastante carne y no escatima escenas de sexo; de hecho, la profusión es tal que por un momento uno piensa que la serie es española, hasta que advierte que los actores saben actuar.

Aunque no demasiado, en realidad. La protagonista, y aquí empieza el problema, no es otra que Anna Paquin, otrora niña precoz (El piano) y ahora adulta joven un tanto raruna a la que siempre encasquetan roles con poderes: muy en la línea de su papel en X Men, aquí es Sookie, una moza que tiene la habilidad de escuchar los pensamientos de los demás; todo, mientras atiende a los capullos paletos que acuden al bar donde trabaja como camarera con una coletita y una camiseta que no puede ser más ajustada. Sus compañeras, por cierto, parecen escapadas del Bar Coyote. Hasta el dueño lleva la barbita milimétricamente estudiada. Después está el hermano de Sookie, otro guaperas con pinta de modelo que va de bad boy por la vida. Ah, y el vampiro Bill, guapo pero en plan cool, misterioso, con caiditas de ojos y voz grave, pausada; incluso cuando dice que va a echar una meada detrás de un árbol suena profundo. Y ese es otro de los problemas: un casting que no se traga nadie, donde todos (excepto la pobre Paquin) parecen maniquíes, salvo algún que otro secundario feo para salvar las apariencias (al estilo Los vigilantes de la playa, donde todos lucían tableta Aznar menos el pringado de turno).

Ocurre, sin embargo, que todos estos problemas son menores comparados con el mayor: un guión sorprendentemente flojo para un producto HBO. Los diálogos no pueden ser más básicos. Los personajes, más planos. Las situaciones, peor resueltas. El nivel de exigencia al espectador es de -10. Algo aún más sangrante (la metáfora es casual) si se tiene en cuenta que ha montado el tinglado un señor como Alan Ball, creador de A dos metros bajo tierra y guionista de American Beauty. Qué bajo caen algunos…

De modo que, llegados a este punto, una pregunta es obligada: ¿por qué triunfa? Y desde luego, lo hace. Por una parte le ha salvado la papeleta a la HBO, cabizbaja al perder valores como Los Soprano, The Wire y Roma, series ya concluidas. Por otra, ha conseguido el reconocimiento de la crítica. En los últimos Globos de Oro estuvo nominada a mejor serie dramática y, aquí viene lo grave, ¡Anna Paquín se llevó el premio a mejor actriz en la misma categoría! Increíble… La pregunta era por qué triunfa: la respuesta, va de vampiros, los actores son guapetes y los guionistas hacen que retocen cada dos por tres, todo ello entreverado con muertes misteriosas y esa sospecha de que los chupasangre pronto harán de las suyas. A muchos parece no importarles que esté mal interpretada y peor contada. Desde aquí, no rompemos ninguna lanza por ella.

Brian cumple 30 años


20 Aug

La descacharrante comedia de los Monty Python (que, por cierto, celebran los 4o años de su unión) La vida de Brian (The life of Brian, 1979) tiene ya 30 años de vida y muchas carcajadas a su espalda. Brian, Pijus Magníficus, el Frente Judaico Popular y demás inolvidables personajes seguirán mirando el lado luminoso de la vida (Always Look On The Bright Side Of Life) y desafiando a los más retrogrados moralistas para que podamos vivir la religión con un poco de humor. Larga vida a los Monty Python.

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Enemigos públicos


19 Aug

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En 2002 se estrenó una película injustamente infravalorada: su título; Camino a la Perdición; su director, Sam Mendes; entre el reparto, Tom Hanks, Jude Law, Daniel Craig y, sobre todo, el gran Paul Newman en su último papel en la gran pantalla. Adaptación bastante libre de la novela gráfica homónima, recibió un Oscar a la mejor fotografía, un puñado de nominaciones (la última para Paul) y algunas buenas críticas. Eso fue todo.

La saco a colación porque siete años después su recuerdo ha acudido a mi mente recién visionada esta Enemigos públicos (Public Enemies, 2009) que supone el regreso de Michael Mann. Las comparaciones son odiosas. Y en este caaso, más. Porque tengo la sensación de que es el tono de la primera el que tanto he echado en falta en la segunda. Ocurre con esto un problema con un nombre propio: Michael Mann. Para ser un tío que se ha prodigado, básicamente, salvo en El dilema (su mejor cinta), en el ámbito de la acción, Mann no puede evitar ciertas ínfulas, ciertos tics que le llevan a caer en el terreno de lo pretendidamente poético, demasiado a menudo, en realidad, ampuloso, vacío, fatuo, hueco: el reflejo de unos árboles en la carrocería de un coche, una conversación supuestamente profunda y otras variaciones sobre el mismo tema. Mendes fue mucho más inteligente: sabía que tenía entre manos una historia de gángsters, quería retratar una época dura, más todavía en el mundillo del hampa, y lo hizo sin filigranas ni accesorios inútiles. Mann no ha podido resistir la tentación.

Ocurre que eso de adornarse tiene varios efectos negativos. Ante todo, la película se alarga innecesariamente: dos horas y veinte minutos, digámoslo ya, es excesivo. Esto se traduce, además, en que sobran escenas, y cuando sobran escenas se resiente la acción, el hilo narrativo, el tempo del relato. No todo van a ser tiroteos y persecuciones, por más que el protagonista sea un ladrón de bancos, pero no es de recibo que los momentos de mayor quietud castren (perdón por el verbo) el nervio del conjunto, en el que debería imperar un tono alto, de tensión. De acuerdo: la pretensión es la de recrear los últimos años del bandido John Dillinger (que existió en la vida real), pero hagámoslo sin caer en el tono documental y, menos aún, en el retrato contemplativo.

No ayuda tampoco otro tic de Mann: la cámara al hombro, la fotografía próxima al vídeo, que podía funcionar en Heat pero definitivamente no lo hace aquí. Volvemos al comienzo: el tono. Señor Mann, estamos en los años 30, en plena Depresión: nos gustan los atracos a punta de fusil, los garitos de los mafiosos, Diana Krall cantando en el escenario; no nos gusta que las redadas parezca que las ha grabado un tío de la CNN en Fallujah, los disparos recreados por ordenador.

Mann no es el Mendes de Camino a la perdición ni el Curtis Hanson (¿qué ha sido de este señor?) de L. A. Confidential, y su película tampoco. Claro que, siendo justos, tampoco ha contado con Hanks/Newman ni Crowe/Pierce/Spacey. Mann ha dirigido a Johnny Depp y a Christian Bale. Depp parece estar un poco desubicado, como si tanto papel de excéntrico sea un lastre a la hora de abordar a alguien todo lo normal que puede ser un gángster megalómano. Sigue siendo un buen actor, pero sólo está correcto, le falta carisma, no nos creemos que interprete a un tío que fue todo un héroe en la Depresión a pesar de robar bancos. En cuanto a Bale, siendo el suyo un rol más gris, el de “hombre de la ley”, y quizás por esto, defrauda menos. Cumple sin estridencias, está en su sitio. Tampoco tiene líneas de guión para lucirse; lo suyo es má bien el “vamos, chicos, cacemos a Dillinger, bla, bla”. Junto a ellos, Marion Cotillard, que es lo que es, una chica bastante sosita a la que tampoco vendrían mal mejores diálogos que el mero “tengo miedo de que te maten” o “aprovechemos el tiempo que nos queda juntos”.

Dicho (o escupido) todo esto, no se trata de que Enemigos públicos sea una mala película. Pero tampoco es una gran película. Uno la ve y echa en falta lo que podría haber llegado a ser. Y eso nunca es un síntoma positivo. No lo es que las carencias y los fallos brillen por encima de los hallazgos, que los hay. Aunque alguno (esa visita sorpresa, una muerte espectacular en el bosque) jamás ocurrieran así en la realidad.

Chapucero, querido Watson


18 Aug

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La liebre la soltó el Daily Mail y todos los medios se han tirado a la piscina, así que la daremos, a falta de desmentido, por buena: Brad Pitt aterriza en el Sherlock Holmes de Guy Ritchie. La noticia no tendría nada de raro, y podríamos simplemente debatir si es una buena o mala noticia, según las filias y fobias de cada cual, de no ser por un pequeño detalle: el rodaje ya había terminado. ¿Qué ha ocurrido entonces? Pues que a los que realmente mandan, los que ponen el dinero, los productores, no les debe de haber gustado un pelo lo que han visto y le han cantado las cuarenta al amigo Ritchie. ¿Qué ha hecho este? Dos cosas: una, darse cuenta de que necesita un antagonista en condiciones, y hablando de Holmes, ese es el profesor Moriarty; y dos, recurrir a un colega, Pitt, con el que trabajó tan efectivamente en Snatch. Así que el marido de la Jolie, siempre según el Daily Mail, deja New Orleans por London y aterriza en la capital británica para grabar unas escenitas. Se especula (?) con la posibilidad de que Robert Downey Jr. (Holmes) y Jude Law (Watson) tengan que ponerse ante la cámara junto a Pitt. Piensa un servidor que esto, más que una posibilidad, debería ser una certeza, al menos en el caso de Downey Jr.: si no es para que haya unas cuantas escenas potentes juntos, no se entiende la inclusión del personaje de Moriarty. Por cierto: ¿Pitt como Moriarty? Vale que se le dé un giro al personaje… pero la elección chirría bastante (uno se imagina a Moriarty como a un tipo bastante siniestro y físicamente menos exuberante).

En fin. Toca reescribir, filmar, retrasar el estreno… Personalmente me duele la noticia en la medida en que parece confirmar que el ex marido de Madonna no hace otra cosa que dar bandazos. Tras un arranque excelente, con dos títulos-referencia del calibre de Lock and stock and two smocking barrels y Snatch, más dura fue la caída con ese churro llamado Barridos por la marea, con la susodicha reina del pop, y la fallida Rocknrolla, que no cubrió las expectativas. El proyecto Holmes pintaba bien. No parecía del rollo de Ritchie pero el personaje es quien es, un caramelo, se nos prometía una interesante revisión/actualización y había óptimo material humano (Downey Jr., Law). Ahora parece obvio que fallaba, ay, ese minúsculo elemento tan molesto en toda cinta: un buen guión. No puede serlo (bueno) sin un villano en condiciones, una trama poderosa y un final de peso. Es de temer que no hubiera ni rastro de todo esto.

*Corrección: como todos habréis podido comprobar, finalmente no hubo nada de cierto en esta “noticia”. Brad Pitt no se unió al proyecto y Guy Ritchie estrenó sin problemas. Una muestra de la escasa credibilidad de medios como el Daily Mail. En nuestro descargo, numerosas publicaciones se hicieron eco del rumor.

Tarde de perros


16 Aug

Hay varias razones por las que Tarde de perros (Dog day afternoon, 1975) es una película diferente y, en consecuencia, ha pasado a la historia. Motivos que hacen que sea mucho más que una simple cinta de “atraco a un banco”.

En primer lugar, está basada en hechos reales. Este detalle, hoy en día, es quizás poco relevante:  después de 34 años se ha reducido considerablemente el porcentaje de espectadores que puedan recordar el verdadero atraco, y aún así, serían en su inmensa mayoría estadounidenses y, especialmente, neoyorquinos. Lo verdaderamente trascendente de esos “hechos reales” son las particularidades de los hechos en sí: un ladrón, Sonny, casado y con dos hijos, veterano de Vietnam, que decide robar el banco para que su amante, Leon, que se ha casado con Sonny vestido de mujer, pueda someterse a una operación de cambio de sexo. Tengamos en cuenta el contexto: 1975; la cuestión, entonces, era mcho más sensible; los productores, el director, Sidney Lumet, el propio Al Pacino, estaban genuinamente preocupados por la reacción del público. ¿Un atracador gay? ¿El botín para algo así, tan alejado del estándar de, simplemente, forrarse, huir al extranjero y darse la gran vida?

No adelantemos acontecimientos. El leit motiv del atraco no se revela hasta bien avanzado el metraje. Sin embargo, la cinta ya ha dado sobradas muestras de ser algo especial. Otra de las razones: Sidney Lumet. Lumet ya sabía lo que era firmar una película cuasi teatral con Doce hombres sin piedad. Salvando las distancias, Tarde de perros suponía un desafío similar. Lumet ensayó varias semanas con el grupo de actores que estarían encerrados en el banco (Pacino, su socio, Cazale, y los rehenes); les animó, en contra de su habitual proceder, a improvisar, y esas improvisaciones se plasmaron en el guión definitivo: improvisación bajo control, por así decirlo. El resultado es de una veracidad apabullante.

Desde luego, hacía falta un fuera de serie para soportar el peso de una función así. Al Pacino había demostrado serlo en las dos primeras entregas de El Padrino, que le catapultaron directamente al estrellato. Exhausto tras su segundo retrato de Michael Corleone, su participación en Tarde de perros se convirtió en un tira y afloja con amenaza de darle el papel a Dustin Hoffman incluida. Por suerte, Pacino dijo que sí. Hablamos del Pacino de los setenta, de un loco del Método, del actor probablemente más intenso de la historia del séptimo arte, de un animal de la interpretación. Lejos de la sobreactuación en la que terminó cayendo, aquí Pacino se merienda la pantalla de cabo a rabo sin caer en excesos; su rol de Sonny Wortzik es, sin duda, uno de los mejores que ha dado el cine: tan patético como tierno, impotente ante el deseo de contentar a todos, sus planes siempre fallidos, un corazón demasiado grande para triunfar en el crimen. No sólo eso: Pacino, además, arrastra consigo al malogrado Cazale y al resto del reparto, haciéndoles mejores; punto y aparte merece su conversación telefónica con Chris Sarandon, que interpreta a Leon. Impresionante.

Por supuesto, está el guión de Frank Pierson (merecido Oscar), digno de estudio por su asombrosa capacidad para diseccionar algo tan complicado como un atraco donde se desarrollan varios dramas al mismo tiempo: dentro del banco, con los rehenes, fuera, con el policía que lleva a cabo la negociación, y simultáneamente, la prensa, con su histeria por contar el acontecimiento segundo a segundo, y los curiosos, retenidos a duras penas por los agentes. Un guión con sólo dos disparos y de una comicidad tan maravillosa como inesperada, siempre con ribetes trágicos o patéticos, capaz de imprimir a cada personaje esa finura en los ragos que aborta cualquier posibilidad de caer en el tópico, en el trazo grueso. Sin establecer jamás juicios éticos, sin pretender sermonear: en ningún momento se atisba la tentación de la moraleja. Y todo ello, en un día, el tiempo que transcurre la acción.

Tarde de perros es una película que se gana a pulso los galones de mítica. Otras lo han conseguido con menos argumentos. El mejor Pacino podría bastar. Sidney Lumet a los mandos podría bastar. Unos hechos reales y, al tiempo, totalmente fuera de lo común, también podrían bastar. Su grandeza es que reúne esto y más.

Celuloides en su jugo

Recetas sencillas para degustar buen cine, sabroso y bajo en calorías.