8 1/2

Un hombre, apresado en su coche, en medio del tráfico, escapa por el techo del vehículo y echa a volar. Un arranque onírico que marca el devenir de 8 1/2, historia de la desazón de un director de cine en horas bajas, acechado por sus fantasmas, entregado con no poco masoquismo a los recuerdos, incapaz de abandonar una espiral egocéntrica que le devuelve una y otra vez imágenes del pasado, mientras presente y futuro se desmoronan al mismo ritmo que su fallida nueva película.
Espesa como los sueños, bufa como el humor de su creador, de una belleza extrema en las imágenes más líricas, siempre fiel a su estilo, tan italiana, 8 1/2 era “la siguiente”, la película que Federico Fellini rueda nuevamente con Marcello Mastroianni tras el éxito de La dolce vita, probablemente el título más mítico, por su simbología, de la amplísima y fructífera trayectoria del cineasa de Rimini. 8 1/2 es otra cosa, en muchos sentidos una vuelta de tuerca; aquí el galán, el dandy, el latin lover peina canas y pasea ojeras, su look es tan impecable como siempre pero desprende un aura perdedora, el éxito con las mujeres se ha transformado en un peligroso binomio de rechazo-dependencia que le induce a huir de los brazos de su amante para salir repelido del frío rechazo de su asqueada mujer. En medio, un rodaje, caótico, avanzando hacia ninguna parte, metáfora de la deriva vital del protagonista: mil pruebas a actrices hechas con desgana; un decorado mastodóntico con un cohete que jamás será disparado; un productor condescendiente que va perdiendo la paciencia…
Y constantemente los fantasmas: la educación férreamente religiosa, las primeras tentaciones, los padres, Claudia Cardinale como una Claudia inalcanzable, etérea frente al más palpable harén con el que Guido, el rol de Mastroianni, zanja de una forma pueril e ilusoria el muy real encuentro entre su mujer y su amante. Fantasmas que, llegado un punto, adquieren una consistencia mayor que esas personas de carne y hueso que acechan al desganado cineasta, cada vez más entregado a su suerte, rendido, acosado por la culpa, necesitado de comprensión, incapaz de amar, de ser fiel, de narrar una historia de amor.
Un monstruo del séptimo arte como Fellini presenta un currículum tan abrumador (12 nominaciones al Oscar para un director italiano son una buena muestra) que roza el atrevimiento señalar una como su mejor película. La strada, Las noches de Cabiria, la citada La dolce vita, Amarcord: títulos todos de obligada visión. Pero tal vez pueda elegirse 8 1/2 como el título crucial. Ese donde, a semejanza de su muy personal producción, vuelca en imágenes recuerdos y fantasmas para ensartarlos en el camino de un estupendo Marcello Mastroianni, otro gigante, aquí capaz de deformar su habitual rol de conquistador para servir de catalizador de las fascinantes, amargas y hasta enloquecidas visiones de Fellini.
