Harry Potter y el misterio del príncipe

No pocas veces resulta injusto valorar una película basada en material previo (aquí, un libro). A menudo, sus virtudes son las de la obra, y otro tanto de lo mismo ocurre con los defectos. Decir, por ejemplo, que Harry Potter y el misterio del príncipe (sexta entrega) es una antesala de la doble traca final, no es falso, pero como de ese pie ya cojeaba la novela que adapta, aquí la ventanilla de reclamaciones no deberían atenderla ni David Yates (dirección) ni Steve Kloves (guión) ni la Warner (pasta).
Ahora bien: hay formas y formas de convertir una novela en una película. Hablamos del guión. Hay mucho que descartar en un libraco como el sexto de Harry Potter, por encima de las 600 páginas. Eliminar significa seleccionar, tomar decisiones, hacer más hincapie en unas partes que en otras, subrayar unos aspectos, rebajar la importancia de varios personajes. O se puede optar por ser ecuánime… y morir en el intento. El talón de Aquiles de esta antepenúltima cinta de la saga Potter reside precisamente ahí: en lo que se ha dejado y lo que se ha borrado. ¿Qué se ha dejado? Ante todo, mucho Hogwarts. Los amoríos de los nenes, que ya se lanzan en serio. Las tribulaciones de Malfoy. El nuevo profesor de pociones. Vuelve el quidditch. ¿Qué ha perdido peso? El pasado de Voldemort. Las misiones de Dumbledore. La intriga. La adrenalina.
Hablemos de la intriga, matizando que se trata de un producto familiar: apenas se detecta en esta entrega; esa veta de “vamos a cargarnos al viejo” está aquí presentada a cuentagotas y ventilada en un par de escenas. La adrenalina. Poca. Escasas escenas de acción. Espectacular el arranque con el vuelo sobre Londres y un accidente bastante llamativo. ¿Después? Tan poco que la persecución en La Madriguera no está contada en el libro. A cambio, se cargan las tintas en los enredos sentimentales, a mayor gloria del personaje de Ron Weasley. El espectador más joven lo agradece, porque se identifica y le aporta ligereza al conjunto. El adulto demanda algo más de espesura en el libreto. No sobran los momentos cómicos, que siempre vienen bien, pero aquí sólo consiguen acentuar la carencia de los dramáticos.
Acaba El misterio del príncipe y deja escaso poso. No ha habido mordiente. Raro ha sido el momento en que la pantalla ha absorbido por completo nuestra atención. Y es una pena. Porque la cinta deja detalles muy elogiables. Empezando por su fotografía, obra de Bruno Delbonnel, todo un doble candidato al Oscar por Amelie y Largo domingo de noviazgo. Su trabajo es sobresaliente y se ve potenciado por unos espléndidos efectos especiales, que demuestran su verdadero potencial cuando se ponen al servicio de la creatividad y no son fines en sí mismos: véase la nueva forma de viajar a los recuerdos ajenos. Mención especial también para Jim Broadbent, el último fichaje, impecable como el profesor Slughorne. Como es habitual, son los secundarios los que salvan la función (no lo hace mal el pequeño Tom Riddle). Los principales han tenido cinco películas antes para demostrar hasta dónde pueden llegar. Aquí, el más expuesto a los focos es el protagonista, Daniel Radcliffe, que sólo se digna a interpretar con un pelín de alma en dos escenas cómicas (ya tiene narices que brille fuera de registro). Lo de Bonnie Wright, que interrpreta a Ginny, se resume en que una película así le viene demasiado grande: su varita tiene más expresividad que ella.
Algo de todo esto está teniendo su reflejo en la taquilla, donde no está llegando a las cotas que dejó su predecesora, La Orden del Fénix, que mostraba ya síntomas de desgaste. A estas alturas de la película, sin embargo, con seis despachadas y un díptico por aterrizar, parece lo de menos. La maquinaria seguirá funcionando. Que lo haga con brillantez se antoja pedir demasiado.
