Estrenos 14 de agosto

by Pablo

La cartelera había caído tan bajo la semana pasada que no era demasiado complicado que retomara el vuelo. Siendo justos, concedamos que hay un par de títulos que, por motivos bien distintos, merecen acudir a las salas de cine. Dicho lo cual:

-Enemigos públicos: Michael Mann regresa (tampoco es que se hubiera ido a ninguna parte) con esta gangster movie basada en un personaje real, John Dillinger, atracador de bancos y héroe de la plebe durante la depresión. A Dillinger lo interpreta Johnny Depp. Le da la réplica, del lado de la ley, Christian Bale. Completa el trío Marion Cotillard, última ganadora del Oscar a Mejor Actriz. Gran reparto, apetitoso argumento y, aún así, en Estados Unidos no ha mojado gran cosa… lo cual es un grandísimo reclamo para verla sin falta.

-Resacón en Las Vegas: Que sí, que será una comedia todo lo tonta que se quiera, pero concedámosle el mérito que se merece cuando ha recaudado la friolera de 385 millones de dólares sin haber llegado a todos los países… claro que 262 kilos los ha trincado en USA, donde no hace falta decir que ha arrasado. Y esto, con un presupuesto que da más risa que la propia película. Así que exitazo a base de lo que promete el título: Las Vegas, una resaca del quince, un tigre, un bebé, un diente perdido… en resumen, una despedida de soltero que se desmadra pero muy mucho. ¿Estoy recomendando esta película? ¿En serio? Sí, creo que acabo de hacerlo…

-Pequeños invasores: Esto ya no… a no ser que el espectador no rebase los doce años. En cuyo caso, si el crío ya ha visto HP6, Ice Age o Up, pues bueno, algo tendrá que echarse a la boca. Salen unos bichos que se supone que son alienígenas y, peor aún, se supone que son graciosos y tal.

-Versailes: Francesa; sale el hijo de Depardieu, que también es Depardieu, pero Guillaume, en lugar de Gerard.

-El año que mis padres se fueron de vacaciones: Brasileña, como suena.

¿Harry Potter pierde su magia?

by Pablo

El pobre Harry Potter tiene la varita mustia. Sus conjuros ya no son lo que era. Fue salirle granos y empezar a corretear detrás de sus compañeras de Hogwarts y aguársele las pociones. El niñ(at)o mago ha perdido parte de su magia. Al menos, en lo que a las versiones fílmicas se refiere, que los libros siempre se han vendido como rosquillas. Pero lo que es en la gran pantalla, su nueva aventura, la antepenúltima de la serie, Harry Potter y el misterio del príncipe, no presenta de momento las cifras que ni nosotros ni la Warner esperábamos.

Cierto es, dirán algunos, sus productores los primeros, que la cinta lleva un mes en cartel; para que nos hagamos una idea, las anteriores entregas aguantaron entre 20 y 25 semanas en la salas. Pero no es menos cierto que la mayor parte de la taquilla se consigue el primer fin de semana (larguísimo en este caso, pues se estrenó un miércoles). Fijémonos en los datos de Estados Unidos vía Box Office Mojo: primera semana, casi 160 millones de dólares; segunda, otros 60, que hacen 220; tercera, algo más de 30 para rondar los 255; y cuarta, menos de 20 para quedare en 273. Lo que es lo mismo: de una semana para otra, descensos del 60, el 40 y el 50 por ciento, respectivamente. Para ser justos, ninguna entrega previa había recaudado tanto a estas alturas, pero aquí entra un factor a tener en cuenta: lo que impera ahora son estrenos fulgurantes que aguantan poco y se desinflan enseguida.

Además, hay que ver el cuadro en su conjunto. Esas cifras se refieren al mercado USA. ¿Qué está pasando en el resto del mundo? Pues que, de momento, “sólo” ha conseguido 540 millones de dólares, exactamente lo mismo que la tercera entrega, Harry Potter y el prisionero de Azkaban, la que menos se ha embolsado de las seis. Un dato que se explica con este otro: El misterio del príncipe es, hasta la fecha, la peor “tratada” fuera de Estados Unidos. Porcentualmente, la taquilla “foránea” es la más baja de la saga con un 66 por ciento (en el otro extremo, La cámara de los secretos basó un 70 por ciento de su recaudación en la taquilla no estadounidense).

Todavía otro dato: esta sexta y última entrega es, de largo, la más cara de todas. Aunque estas cifras siempre hay que creérselas lo justo, supuestamente El misterio del príncipe ha costado 250 millones (ojo, que los efectos especiales lo han agradecido). Para que nos hagamos una idea: las demás oscilaron entre los 100 y los 150. ¿En qué se traduce esto? En que la Warner no sólo esperaría recaudar lo mismo que con el quinto episodio, sino recuperar ese plus que podemos cifrar en unos 100 millones.

De momento, la tarea se presenta complicada. Con 818 millones obtenidos hasta la fecha, ha superado a H. P. y el prisionero de Azkaban (795) y tiene a tiro a H. P. y la Cámara de los Secretos (878), pero mucho tendrán que cambiar las cosas para equipararse con H. P. y la Orden del Fénix (938) y H. P. y la Piedra Filosofal (974). De hecho, el pobre Harry no ha dejado de perder dinero conforme ha ido ganando en estatura y perdiendo la pinta de imberbe, con la única excepción, dolorosa ahora, de la entrega previa. Quizás esto animó a la Warner a poner más pasta sobre la mesa y ahora se vuelve en su contra. En todo caso, que nadie tema: ya se rueda la doble entrega final. Pero quizás se resienta de la inercia perdedora de este sexto episodio, en el que Daniel Radcliffe actúa tan mal como siempre, no sale Voldemort y hay más escarceos adolescentes que duelos mágicos.

Sucedió una noche

by Pablo

HappenedOneNight

En estos (malos) tiempos que corren para la comedia, no estaría de más que algún que otro pretendido director se dejara caer por la filmoteca más cercana, echara mano a una docena de títulos clásicos y tomara unos cuantos apuntes. En esa docena de películas, una elección obligada sería Sucedió una noche (It happened one night, 1934), de un tal Frank Capra, un señor que sólo ganó tres Oscar. Y si el nombre del realizador de origen siciliano aparece en escena, señal de que estamos ante algo grande.

Lo que sucedió una noche es que una niña pija (Claudette Colbert) decidió escapar de su confortable y anodina existencia y en su camino se cruzó un periodista caído en desgracia (Clark Gable). Lo que siguió es una estupenda comedia romántica, screwball comedy fundacional, historia de enredos, intercambio de golpes dialécticos, gags hilarantes, sutiles metáforas que escapan a la censura de la época, lección de timing, moraleja de cómo estamos siempre a tiempo de cambiar y cómo los demás influyen en esos cambios. La chica rica se ve arrojada a una vida de autobuses llenos de gente, colas para ducharse y ni una mala muda con la que cambiar de ropa. El curtido reportero va hurgando en la cáscara hasta descubrir que oculta gratas sorpresas bajo su apariencia superficial y malcriada. En el proceso, está de más decirlo, ambos se enamoran. La gracia está en ponérselo difícil. En que empiecen como el perro y el gato. En que choquen constantemente y las circunstancias tampoco les ayuden. Todo ello vertebrado en un formato cercano a la road movie… salvando las distancias del momento (años 30).

El resultado es una película tan redonda que sorprende que Robert Montgomery y Mirna Loy rechazaran los roles principales; que Clark Gable acudiera al set con un humor de perros; y que Claudette Colbert estuviera a punto de coger un tren cuando se anunció su nombre como ganadora en la gala de los Oscar. Aunque a los premios hay que concederles su justa importancia, algo tendrá Sucedió una noche para convertirse en la primera cinta que se llevó el Grand Slam, las cinco estatuillas grandes: actor, actriz, director, película y guión. Se cuenta que el de Gable estuvo amañado (sólo tres candidatos y Charle Laughton, el teórico favorito, ni siquiera nominado), pero eso pertenece a la leyenda negra de los Oscar.

Los cinco premios hacen justicia. Del guión, y por ende la película, ya se han señalado sus bondades (excelentes líneas de diálogo, excelente construcción de la trama, excelente manejo de los tiempos, excelente construcción de personajes). De Capra, poco se puede añadir al hecho de que ha pasado a la historia como uno de los realizadores más dotados para la comedia, quizás sólo comparable a Billy Wilder. En cuanto a los actores, funcionan por separado pero brillan excepcionalmente juntos: la química, eso tan díficil de lograr, que no se fabrica, que simplemente existe, brota entre ambos en cada línea del libreto, en cada mirada y gesto, situación imposible, ya sea en un lance cómico o romántico. Colbert y Gable resultan siempre creíbles y, al tiempo, brillantes, recordándonos que, lo que vemos, no deja de ser ficción, y además llevada al extremo.

Cuando se cumplen 75 años de su estreno, es difícil abstraerse a la obviedad de que es demasiado tiempo como para que el espectador actual no se sienta enfrentado a un producto “antiguo”, lo que no equivale a “anticuado”, y aquí reside su valor. Porque podrán detectarse convenciones y límites propios de entonces, reservas y líneas rojas que el guión no se atreve a traspasar, pero la esencia se mantiene pura, y la historia que narra (dos personas de mundos opuestos y aparentemente irreconciliables que terminan vencidos por una atracción irresistible) es universal e imperecedera. Ante todo, ¡qué gran lección de comedia y de cine!

The Italian Job

by Pablo

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La pregunta es casi obligada. ¿Tiene algo que ofrecer The Italian Job (2003) más allá de las archi-conocidas escenas de acción con los Mini? En parte, la respuesta es no. Y eso que los famosos cochecitos no entran en escena hasta bien avanzado el metraje, y su puesta de largo queda reservada para la traca final.

Así que, hasta entonces, hay que “rellenar” con algo. Ese algo es una historia de venganza. Donde hay venganza ha habido previamente traición. El traidor es Steve (Edward Norton), y los traicionados son John Bridger (Donald Sutherland) y Charlie Crocker (Mark Wahlberg); sobre todo John, que acaba muerto. Charlie, el hijo que nunca tuvo, decide que las cosas no pueden quedar ahí, sobre todo tras un arranque tan espectacular en Venecia, con persecución por los canales incluida (y, sin duda, lo mejor de toda la cinta). Así que Charlie reúne al viejo equipo e intenta reclutar a la auténtica hija de John, Stella (Charlize Theron), legal a diferencia del ladrón de su padre, pero dotada del don de reventar cualquier caja fuerte. Sobra decir que cada miembro del equipo cumple una función específica, muy al estilo de esta clase de argumentos con golpes corales (véase: saga Ocean); así que por ahí campan también Jason Statham como Rob El Guapo, Mos Def como Oído Izquierdo y Seth Green como el nerd Lyle. Juntos intentarán devolverle la jugada a Steve, que se quedó con toda la pasta del botín veneciano…

Y ahí, en Venecia, radica todo nexo con la película en la que se basa esta The Italian Job, es decir, la homónima de 1969 en la que Michael Caine era Charlie (sí, la comparación con Wahlberg no puede ser más odiosa) y Noel Coward era el señor Bridger. En la cinta cuasi-setentera, el golpe maestro, el de los Mini creando un caos de tráfico, transcurría en Turín. Aquí el toque italiano lo aporta la ciudad de los canales, pero más como preámbulo para que echen a andar los acontecimientos. Así que pocas más similitudes. Un detalle revelador: los guionistas de la nueva versión sólo vieron la original una vez, según ellos para no copiar demasiado. Quizás fuera hasta preferible, aunque no deja de tener un punto de desfachatez.

Así que ahí siguen los Mini y la idea del golpe a toda velocidad, pero no está Michael Caine y en su lugar tenemos que transigir con el señor Wahlberg, uno de los leading actors menos dotados de Hollywood, con la única excepción de su brillante secundario en Infiltrados. Cierto que no es aquí donde Wahlberg debe marcarse un papelón, pero se agradecería algo de expresividad en esos rasgos de palo. Del resto, Theron se limita a lucir palmito (lo que hacía antes de Monster, todo sea dicho) y a Edward Norton se le nota a las leguas que hizo esta película obligado por la Paramount, con la que tenía un contrato para hacer tres cintas. Otro problema es que los dirige un tipo, F. Gary Gray, al que no le importa contar que llegó a esto del cine sin tener demasiado interés por la historia del séptimo arte…

En líneas generales, The Italian Job es entretenida y, a su manera, diferente, todo lo que puede serlo una cinta de gángsters con coches rápidos. Véase: 59 segundos. Véase: A todo gas. Al menos, aporta cierto gusto por el detalle e inetnta fabricar una trama mínimamente inteligente que no insulta al espectador. En este sentido, está por encima de la media. Como vehículo (nunca mejor dicho) de acción también cumple. Así que, ¿dónde está el reparo? En que podía haberse hecho algo mejor, más digno de compararse del original y con un protagonista con un pelín de carisma, exactamente lo que le falta a Wahlberg.

Estrenos 7 de agosto

by Pablo

De repente, el horror, que diría el coronel Kurtz. A diferencia de semanas pasadas, con al menos un estreno potente, este viernes aterriza en la cartelera un puñado de títulos llamados a ser barridos por el olvido más cruel. Y se la habrán ganado. Esta es la pobre nueva hornada:

-G. I. Joe: Los que ya tenemos una edad (sin necesidad de peinar canas) todavía recordamos con cariño aquella serie de televisión y, más aún, los muñecos articulados cuya venta era el auténtico fin del tinglado. “Esto” que nos venden ahora, bajo la apariencia de una película, no consigue en cambio que la pulsaciones me pasen de 20. Ver a Dennis Quaid al frente de la función no sé si me produce más grima o pena. Sienna Miller, en cambio, no me dice nada en absoluto.

-Exorcismo en Connecticut: Nunca dejaré de sorprenderme por el increíble estado de salud del género de terror, que no se cansa de sacar títulos como churros; este en concreto me deja indiferente pero ahí está, uno más para la lista, y no será el último.

-N. Napoleón y yo: Aproximación en clave de comedia al emperador francés cuando ya estaba confinado en la isla de Elba; a estas alturas, la presencia de Mónica Bellucci tampoco altera mi pulso; lo siento, Mónica.

-Mein Führer: Sí, es el día de las parodias sobre personajes históricos discutibles; este señor, desde luego, fue mucho peor que Napoleón. Podría elogiarse como saludable que en Alemania ya se tomen a coña su pasado. Por mi parte, no lo haré.

-Mi hechizo de verano: Pues una de esas comedietas francesas que tanto gustan a tan pocos.

-Mi vida en ruinas: Nia Vardalos pegó un pelotazo descomunal con Mi gran boda griega, aquella comedia que se convirtió en el sleeper por antonomasia (en Estados Unidos se aplica ese término a los éxitos inesperados que cosechan películas de bajo presupuesto, con las que nadie cuenta). Ahora la buena mujer intenta volver a ordeñar la vaca de las ubres de oro con algo más de lo mismo… y, horror, nuevamente Kurtz, ¡actrices españolas!

Harry Potter y el misterio del príncipe

by Pablo

No pocas veces resulta injusto valorar una película basada en material previo (aquí, un libro). A menudo, sus virtudes son las de la obra, y otro tanto de lo mismo ocurre con los defectos. Decir, por ejemplo, que Harry Potter y el misterio del príncipe (sexta entrega) es una antesala de la doble traca final, no es falso, pero como de ese pie ya cojeaba la novela que adapta, aquí la ventanilla de reclamaciones no deberían atenderla ni David Yates (dirección) ni Steve Kloves (guión) ni la Warner (pasta).

Ahora bien: hay formas y formas de convertir una novela en una película. Hablamos del guión. Hay mucho que descartar en un libraco como el sexto de Harry Potter, por encima de las 600 páginas. Eliminar significa seleccionar, tomar decisiones, hacer más hincapie en unas partes que en otras, subrayar unos aspectos, rebajar la importancia de varios personajes. O se puede optar por ser ecuánime… y morir en el intento. El talón de Aquiles de esta antepenúltima cinta de la saga Potter reside precisamente ahí: en lo que se ha dejado y lo que se ha borrado. ¿Qué se ha dejado? Ante todo, mucho Hogwarts. Los amoríos de los nenes, que ya se lanzan en serio. Las tribulaciones de Malfoy. El nuevo profesor de pociones. Vuelve el quidditch. ¿Qué ha perdido peso? El pasado de Voldemort. Las misiones de Dumbledore. La intriga. La adrenalina.

Hablemos de la intriga, matizando que se trata de un producto familiar: apenas se detecta en esta entrega; esa veta de “vamos a cargarnos al viejo” está aquí presentada a cuentagotas y ventilada en un par de escenas. La adrenalina. Poca. Escasas escenas de acción. Espectacular el arranque con el vuelo sobre Londres y un accidente bastante llamativo. ¿Después? Tan poco que la persecución en La Madriguera no está contada en el libro. A cambio, se cargan las tintas en los enredos sentimentales, a mayor gloria del personaje de Ron Weasley. El espectador más joven lo agradece, porque se identifica y le aporta ligereza al conjunto. El adulto demanda algo más de espesura en el libreto. No sobran los momentos cómicos, que siempre vienen bien, pero aquí sólo consiguen acentuar la carencia de los dramáticos.

Acaba El misterio del príncipe y deja escaso poso. No ha habido mordiente. Raro ha sido el momento en que la pantalla ha absorbido por completo nuestra atención. Y es una pena. Porque la cinta deja detalles muy elogiables. Empezando por su fotografía, obra de Bruno Delbonnel, todo un doble candidato al Oscar por Amelie y Largo domingo de noviazgo. Su trabajo es sobresaliente y se ve potenciado por unos espléndidos efectos especiales, que demuestran su verdadero potencial cuando se ponen al servicio de la creatividad y no son fines en sí mismos: véase la nueva forma de viajar a los recuerdos ajenos. Mención especial también para Jim Broadbent, el último fichaje, impecable como el profesor Slughorne. Como es habitual, son los secundarios los que salvan la función (no lo hace mal el pequeño Tom Riddle). Los principales han tenido cinco películas antes para demostrar hasta dónde pueden llegar. Aquí, el más expuesto a los focos es el protagonista, Daniel Radcliffe, que sólo se digna a interpretar con un pelín de alma en dos escenas cómicas (ya tiene narices que brille fuera de registro). Lo de Bonnie Wright, que interrpreta a Ginny, se resume en que una película así le viene demasiado grande: su varita tiene más expresividad que ella.

Algo de todo esto está teniendo su reflejo en la taquilla, donde no está llegando a las cotas que dejó su predecesora, La Orden del Fénix, que mostraba ya síntomas de desgaste. A estas alturas de la película, sin embargo, con seis despachadas y un díptico por aterrizar, parece lo de menos. La maquinaria seguirá funcionando. Que lo haga con brillantez se antoja pedir demasiado.

¡Maldito Oscar! 2-Actores

by Pablo

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Lo prometido es deuda. Completamos nuestra aproximación a la supuesta maldición de los Oscar fijándonos ahora en los actores. El procedimiento es el mismo que seguimos en su día con las actrices: fijarnos en los diez últimos ganadores de estatuilla al mejor intérprete y en cómo se han desarrollado desde entonces sus carreras.

-2000: Kevin Spacey; previamente galardonado como mejor secundario, y con cuánto merecimiento, por Sospechosos habituales, Spacey subía un escalón gracias a un papel tan insuperable como el de Verbal Kint: el Lester Burnham de American Beauty; de hecho, entre ambos premios se condensa lo mejor de su carrera, con brillantes actuaciones también en L. A. Confidential y Se7en. ¿Después del segundo Oscar? Vuelve a dirigir (Beyond the sea), se convierte en Lex Luthor en la fallida Superman Returns, se involucra en proyectos del pelaje de K-Pax, se vuelca con el teatro… y muy, muy poquito más.

-2001: Russell Crowe; al neozelandés también le coge el Oscar en el mejor momento de su carrera; de hecho, es candidato en tres ediciones consecutivas: 2000 con El dilema, 2001 con Gladiador y 2002 con Una mente maravillosa. Saborea el éxito gracias a su rol como Máximo Décimo Meridio. Más que marcado por el Oscar, su carrera se ralentiza después de ese trienio explosivo: todavía rueda la infravalorada Master and Commander, pero Cinderella Man ya anuncia un cierto declive.

-2002: Denzel Washington; nada como hacer de malo, aunque malo con carisma, molón, para emular a Spacey y sumar un “mejor intérprete principal” a un galardón previo como secundario; Training Day le encumbra y le empuja por esa pendiente en la que, sin dejar de ser una referencia, se van sucediendo papeles y películas por debajo de lo esperado: Antowne Fisher (debuta como director), Deja vu, Asalto al tren Pelham son algunos ejemplos.

-2003: Adrien Brody; el equivalente a Swank; completo desconocido, deslumbra en la maravillosa El pianista; después se deja ver en El bosque, King Kong y otros productos con más nombre que lustre, y hasta protagoniza la todavía sin estrenar Manolete; estatus: más conocido por su romance con la Pataky que por su despliegue ante las pantallas.

-2004: Sean Penn; Mystic River confirma que el ex de Madonna se encontraba en estado de gracia; tres nominaciones después, finalmente el reconocimiento del Oscar que había rozado con Pena de muerte, Acuerdos y desacuerdos y Yo soy Sam; después de Mystic River su carrera, al margen de 21 gramos, pareció desinflarse… pero en seguida veremos que no exactamente.

-2005: Jaime Foxx; menudo añito el suyo, con nada menos que una doble nominación: no se la lleva al mejor secundario por Collateral, pero sí al mejor principal por Ray, biopic sobre Ray Charles; Foxx, hasta entonces buen secundario, vuelve a un plano más discreto (Jarhead, Miami Vice, Dreamgirls).

-2006: Philip Seymour Hoffman; he aquí el ejemplo de actor que se zambulle en un personaje, lo borda y arrasa; en el caso de P. S. H., lo hizo con el escritor Truman Capote, famoso por su novela A sangre fría; quizás mejor secundario que principal, ha alternado productos menores (Misión Imposible III, Antes que el demonio sepa que has muerto) con cintas de altura que le han brindado nuevas nominaciones (La guerra de Charlie Wilson, La duda).

-2007: Forest Whitaker; más conocido que Brody, no dejó de ser una sorpresa el Oscar por su rol como el tirano Idi Amin en El último rey de Escocia; después, poco que rascar (algo de tele: The Shield).

-2008: Daniel Day-Lewis; caso raro donde los haya, tras unos buenos años 90 (Oscar por Mi pie izquierdo, nominado por En el nombre del padre), se retira (a hacer zapatos) pero vuelve, aunque rueda poco, y tiene tiempo de volver a estar nominado (Gangs of New York) y ganar gracias a Pozos de ambición, donde sobreactúa más que nunca; a partir de ahí: nada reseñable.

-2009: Sean Penn; como Swank, dos veces ganador en los últimos diez años; habíamos dejado su carrera en la nevera, pero he aquí que el amigo Penn rebuscó en el estante de abajo, al fondo, y se sacó de la manga una brillante actuación en Mi nombre es Harvey Milk. Ha decidido tomarse un año sabático para arreglar su matrimonio.

*Análisis: salvo honrosas excepciones, a los actores les ocurre como a las mujeres, algo que era de esperar, por otra parte; sus trayectorias, a raíz de llevarse el Oscar, han sido más descendentes que ascendentes; de los diez analizados, el que mejor ha mantenido el tipo, aunque sin estridencias, es el amigo P. S. Hoffman; los demás han aflojado y se han dejado llevar, o no han tenido mejores opciones. Y siempre hay alguna excepción, como la de Sean Penn, coronado por segunda vez cuando parecía que su inmenso talento empezaba a colarse por el sumidero.

En definitiva: más allá de etiquetas como “maldición” o “marcado por”, si parece razonable establecer que llevarse una estatuilla a casa, en lugar de ser lanzadera hacia proyectos de igual o incluso mayor gloria, pone el listón tan alto que lo que sigue, por fuerza, obliga a rememorar tiempos mejores. Digerir el éxito es complicado. Tal vez sea por aquello de “coge fama… y échate a dormir”.

House of Saddam

by Pablo

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Tiene algo de placer culpable el saborear esta disección en cuatro capítulos de la ascensión, destrucción (ajena) y caída de uno de los tiranos más crueles y megalómanos de la historia, al menos de la reciente y documentada. A menudo se ha acusado a El Padrino de ensalzar la figura del mafioso, de rozar el panegírico en la descripción de la vida y milagros del capo; y aún así, Vito Corleone, aunque basado en auténticos mafiosi, era un personaje de ficción. Saddam Hussein existió en la vida real hasta que fue ahorcado el 30 de diciembre de 2006. Por el camino ordenó asesinar a miles de personas, se rodeó de un lujo propio de un sultán y estranguló a un pueblo, el iraquí, sumido en una pobreza atroz.

Ese “placer culpable” obedece a dos razones. Primera: siempre resulta fascinante observar hasta dónde puede llegar el ser humano en su crueldad y su locura, en su desprecio por la vida de los demás, en su afán de poder y su sed de reconocimiento personal. En este sentido, la comparación con El Padrino no es ni propia (muchos la han empleado) ni banal. El dictador no se aleja demasiado del mafioso. Este tiene su organización, volcada en el lucro económico a través de una trama de negocios, tanto legales como ilegales. El otro, más que dirigir, posee un país, al que acaba convirtiendo en empresa familiar, igualmente a través de métodos que a menudo eluden la ley a su antojo. Ambos se preocupan por la familia, el honor, la traición, la amistad, las rivalidades, las filias y las fobias, y demás códigos que a nosotros, gente normal y corriente, se nos escapan. Saddam no es un Don Vito a la iraquí, pero se rige por similares parámetros, la suya es también una vida de violencia y caos, de opresión y aplastamiento, lucha hasta la última gota de sangre por conservar lo conseguido a tiro limpio. En el tirano se añaden otros ingredientes, como el egocentrismo desatado y la asunción de la divinidad del poder (Don Vito se recubre de una pátina falsamente católica, pero no escribe el Corán con su propia sangre).

La segunda: House of Saddam es un producto excelente, una muy lograda mini-serie candidata a 4 Emmy. El sello HBO (aliada aquí con la BBC) se percibe en una cuidada recreación de la vida del tirano, su familia, sus colaboradores y sus súbditos; en un elenco donde muchos brillan y nadie desentona; en un guión trabajado, serio, sin fisuras, dosificado, adulto, preocupado por aportar detalles históricos pero sin aburrir, consciente de la necesidad de alternar con esos otros momentos forzosamente imaginados, los de la intimidad del déspota, confiando/jugando a que ocurrieran más o menos como se nos muestra. La duración, cuatro horas, una por capítulo, es adecuada al volumen de lo contado; cada parte abarca una franja de la dictadura: la primera, la llegada al poder y la guerra con Irán; la segunda, la invasión de Kuwait; la tercera, el Irak arrasado tras la guerra del Golfo; la última, la invasión de Estados Unidos, que desemboca en la captura y ejecución de Saddam Hussein.

El papel de Saddam Hussein es un caramelo para un buen actor, e Igal Naor lo es; su recreación del tirano transpira veracidad, precisamente el gran valor de la mini-serie, extensivo a todo el reparto. Con la función descansando sobre sus hombres, pese al carácter coral del elenco, Naor se mete a fondo en la piel de Saddam y brinda una actuación tremendamente precisa. Entre los secundarios destaca Shoreh Aghdashloo, nominada al Oscar por Casa de arena y niebla, y aquí mujer del dictador, pero lo relevante es que nadie rebaja el nivel, y eso es precisamente lo que han reconocido los Emmy al incluir la mini-serie entre las candidatas a mejor cast.

En apenas cuatro horas, House of Saddam brinda la posibilidad de aproximarse a una de las figuras más influyentes del siglo XX y al mismo tiempo una de las personas que han tenido acceso al poder desde una posición de mayor crueldad y despotismo. Lección de historia fiel (hasta donde es posible) y atractiva, en la que se mezclan con pericia acción y diálogo, introspección y adrenalina.

Up

by Pablo

UP

“El mérito de Píxar” suena a comienzo demasiado atrevido. Píxar atesora no un mérito, sino “méritos”, en plural, y muchos. Pero tal vez el mérito fundamental, el radical, el que imprime ese sello tan característico, es la capacidad de dotar a sus películas de varias capas, como pinceladas en un cuadro, que permiten lecturas descendentes: está la superficial, la destinada al público más infantil, con gags que son hallazgos excepcionales pero funcionan de forma automática, sencilla; escarbando un poco más se descubre una trama apta para todos los públicos pero cuidadosamente enhebrada, donde los tempos de comedia y drama se manejan con precisión de cirujano, de tal forma que no se noten las costuras de las puntadas: el resultado es una historia cautivadora y rebosante de entretenimiento; pero es que aún se puede hurgar un poco más y descubrir, al fondo, pinceladas que parecen impropias de una “cinta de animación”: brillantes construcciones de personajes, líneas de diálogo de tremenda sabiduría a pesar / gracias a su sencillez, momentos de una enorme envergadura según lo que demande la paleta: emoción, ternura, dolor, alegría.

Este mérito, que son varios en uno, alcanza su máxima expresión en Up. Aquí Píxar riza el rizo, dobla la apuesta: le entrega la función al personaje más insospechado, un viejo a punto de perder su casa, el último reducto de sus recuerdos, el eslabón con su mujer fallecida, el trampolín hacia aventuras jamás iniciadas. Un viejo, por encima, malhumorado y que habla poco. ¿Qué posibilidades reúne tal personaje para llegar a triunfar? Sobre la mesa, pocas o ninguna. En la práctica, Carl Fredricksen es uno de los mejores personajes (y vayamos aquí olvidando la etiqueta “cine de animación”) de los últimos años. Su historia, su afán por huir y al tiempo realizar el sueño compartido con su mujer, que nace conmovedora (la casa suspendida por los globos como metáfora de la libertad), va desplegando un abanico de asombrosas posibilidades a medida que nuevos personajes se suman al relato: Russell, el impagable y torpe explorador infantil; Kevin, el pájaro aficionado al chocolate; Dug, el perro hablador con pocas luces; y el héroe reciclado en villano, lleno de odio tras años de olvido.

Como toda película con viaje/descubrimiento de por medio, ese viaje acaba siendo hacia el propio interior de los personajes, y el descubrimiento implica valores y sentimientos bien enterrados bajo el polvo de los años, bien ocultos bajo una apariencia engañosa. La hazaña de Píxar, y en primera persona de su director, Pete Docter, consiste en servirnos todo lo descrito bajo la inocente apariencia de una película para críos tremendamente entretenida. Lo mejor es que es lo uno y lo otro.

Se nota, además, que la maquinaria, a estas alturas, está ya tan perfectamente engrasada que cada producto es más redondo que el anterior. En este sentido, Up, por ser la última cinta de la factoría Píxar, es la mejor de su producción. Una película total, todoterreno, capaz de hacer llorar y reír, dirigirse a todos los públicos, seducir a cualquiera y no dejar indiferente a nadie. Lástima que la mayoría, y algunos de forma interesada, seguirán empeñados en verla o hacer verla como una película de dibujos animados. Olvidemos el formato: Up es una gran película, a secas, nada más y nada menos. Formalmente, una joya, el fruto de muchísimos años de trabajo. Pero el corazón de toda cinta es su guión, y aquí es donde reside su verdadero éxito. El 99 por ciento de las producciones que llegan a nuestras pantallas deberían coger papel y bolígrafo y no parar de tomar apuntes.

8 1/2

by Pablo

8andhalf

Un hombre, apresado en su coche, en medio del tráfico, escapa por el techo del vehículo y echa a volar. Un arranque onírico que marca el devenir de 8 1/2, historia de la desazón de un director de cine en horas bajas, acechado por sus fantasmas, entregado con no poco masoquismo a los recuerdos, incapaz de abandonar una espiral egocéntrica que le devuelve una y otra vez imágenes del pasado, mientras presente y futuro se desmoronan al mismo ritmo que su fallida nueva película.

Espesa como los sueños, bufa como el humor de su creador, de una belleza extrema en las imágenes más líricas, siempre fiel a su estilo, tan italiana, 8 1/2 era “la siguiente”, la película que Federico Fellini rueda nuevamente con Marcello Mastroianni tras el éxito de La dolce vita, probablemente el título más mítico, por su simbología, de la amplísima y fructífera trayectoria del cineasa de Rimini. 8 1/2 es otra cosa, en muchos sentidos una vuelta de tuerca; aquí el galán, el dandy, el latin lover peina canas y pasea ojeras, su look es tan impecable como siempre pero desprende un aura perdedora, el éxito con las mujeres se ha transformado en un peligroso binomio de rechazo-dependencia que le induce a huir de los brazos de su amante para salir repelido del frío rechazo de su asqueada mujer. En medio, un rodaje, caótico, avanzando hacia ninguna parte, metáfora de la deriva vital del protagonista: mil pruebas a actrices hechas con desgana; un decorado mastodóntico con un cohete que jamás será disparado; un productor condescendiente que va perdiendo la paciencia…

Y constantemente los fantasmas: la educación férreamente religiosa, las primeras tentaciones, los padres, Claudia Cardinale como una Claudia inalcanzable, etérea frente al más palpable harén con el que Guido, el rol de Mastroianni, zanja de una forma pueril e ilusoria el muy real encuentro entre su mujer y su amante. Fantasmas que, llegado un punto, adquieren una consistencia mayor que esas personas de carne y hueso que acechan al desganado cineasta, cada vez más entregado a su suerte, rendido, acosado por la culpa, necesitado de comprensión, incapaz de amar, de ser fiel, de narrar una historia de amor.

Un monstruo del séptimo arte como Fellini presenta un currículum tan abrumador (12 nominaciones al Oscar para un director italiano son una buena muestra) que roza el atrevimiento señalar una como su mejor película. La strada, Las noches de Cabiria, la citada La dolce vita, Amarcord: títulos todos de obligada visión. Pero tal vez pueda elegirse 8 1/2 como el título crucial. Ese donde, a semejanza de su muy personal producción, vuelca en imágenes recuerdos y fantasmas para ensartarlos en el camino de un estupendo Marcello Mastroianni, otro gigante, aquí capaz de deformar su habitual rol de conquistador para servir de catalizador de las fascinantes, amargas y hasta enloquecidas visiones de Fellini.

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