Terror en el abismo

by Pablo

 sharkattack3

¿Quién es David Worth? ¿Qué tipo de persona es? ¿Es alguien capaz de mirarse en el espejo sin bajar la vista avergonzado? ¿De llegar a casa, besar a su esposa e hijos y relatar cómo ha sido su día? ¿Incluso si ese día ha formado parte del rodaje de Terror en el abismo? No son preguntas banales; son obligadas después de sufrir el visionado de una de las peores películas que hayan podido filmarse sobre tiburones asesinos a rebufo del clásico moderno de Spielberg (está en dura pugna con Sharks in Venice, con el abominable Stephen Baldwin). De hecho, el título patrio es demasiado poético; mucho mejor el original, más conciso y cutre: Shark Attack 3: Megalodon.

Título que, además, aporta dos informaciones valiosas. Primera: ha habido dos abortos de película previos. Segunda: el tiburón en cuestión, y aquí reside la supuesta gracia del tinglado, es prehistórico. ¿Para qué sirve esto? Para poder decir que mide 20 metros y derriba yates… y quedarnos tan anchos. El animalejo, en realidad, no aparece hasta la hora de metraje. Antes pulula por las paradisíacas playas donde patrulla el protagonista una cría de sólo 4 metros, lo cual no es óbice para que se zampe a unos cuantos incautos.

Pero la auténtica juerga viene de la mano del escualo gigante. Hasta el momento hemos padecido diálogos infumables (“los peores tiburones son mis abogados”, viene a soltar el empresario sin escrúpulos), actuaciones indignas de una representación escolar y un pastiche de planos de tiburones pirateados de National Geographic que no pegan nada con la estética telefilmera del resto. Hasta el momento, repito, en que aparece el bicho padre, el depredador definitivo, y entonces la locura se apodera de la pantalla. Lo que venía siendo un churro difícil de tragar pasa a ser una descacharrante sucesión de efectos… sí, muy especiales. Sin el menor sonrojo, los responsables de esta chapuza sobreimpresionan un bote ante la boca de un tiburón al que han ampliado para que parezca que mide no 20, sino 200 metros, y adiós bote. Le llega el turno más tarde a una moto acuática… engullida por el mismo tiburón ampliado, ahora puesto de canto para darle variedad a la cosa. De drama malo hemos pasado a comedia surrealista sin solución de continuidad y sin que, probablemente, nuestros corazones estén preparados para asumir transición tan brutal.

De ahí la pregunta de quién es David Worth y cómo puede tener las agallas de reconocer qué ha dirigido semejante basura. Aunque no menos inquietante es descubrir que el protagonista, el vigilante posturitas, lo interpreta un tal John Barrowman que en las Islas (Británicas) está muy bien considerado como actor teatral y de televisión, actualmente enrolado en la serie de culto Doctor Who. Vivir para ver.

Pages:«12