Mad Men
“La mejor serie dramática que se puede ver ahora mismo en la televisión”. Un eslogan perfectamente asumible (y mejorable) por los creativos publicitarios cuya vida recrea Mad Men, el formato televisivo no cómico más aclamado en Estados Unidos. Al menos, en lo que a premios se refiere. Y algo tendrá para que tanto los Globos de Oro como los Emmy, los dos galardones más prestigiosos, hayan encumbrado sus dos primeras temporadas.
Ese “algo tendrá” empieza por una cuidadísima producción, indispensable para recrear con garantías la época en la que se ambienta la trama, el comienzo de la década de los 60 en Nueva York; unos 60 que poco tienen que ver con lo que nos vendía Hollywood, empeñado (entonces) en edulcorar la realidad. Es difícil encontrar una serie en la que se empine más el codo, se enciendan más cigarrillos y se pongan más los cuernos. Vaya por delante que este proceso “desmitificador” es uno de los aciertos de Mad Men.
En esos salvajes 60 pululan los empleados de una agencia de publicidad más bien pequeña, con su mejor creativo, Don Draper, a la cabeza. A Draper lo interpreta Jon Hamm, el nuevo galán no efebo, una apuesta por la vuelta al macho frente a actores de líneas más melifluas. Un tío más parecido a George Clooney que a Leonardo Di Caprio, por poner dos ejemplos. De Clooney le separa un aire más “judío”, o si se quiere, menos “irlandés”. Hamm es menos socarrón y más misterioso. Vendería peor una Nesspresso pero impacta mil veces más con un sombrero y un cigarrillo humeante entre los labios. Quizás sea por la estética, pero uno cree ver en Hamm a un sucesor mucho más próximo a Cary Grant que el propio Clooney, que nunca le ha hecho ascos a la comparación. Draper es un triunfador, pero sólo en la superficie. Oculta un pasado tan terrible que es como una montaña de mierda oculta bajo una alfombra que amenaza siempre con brotar como un geisher; Draper se pasa los días tapando esa alfombra. No es de extrañar que los títulos de crédito lo presenten en un despacho que se desintegra, antes de caer al vacío. Draper deslumbra a propios y extraños, es uno de los mejores creativos en una época en la que la publicidad ostenta un poder avasallador. Es el fulano que te hace fumar Lucy Strike y votar a Nixon con una sonrisa y sin que te enteres siquiera de que él mueve los hilos.
El universo Draper empieza en la agencia y termina en su casa. En el trabajo pululan una serie de impagables personajes: dos jefes, uno tan excéntrico como vividor el otro; y unos subordinados que van del trepa hijo de papá al aspirante a Orson Welles, pasando por el ambiguo dibujante y la secretaria venida más. En el hogar esperan una esposa no tan perfecta, ocultamente desquiciada, y dos niños. Es el sitio en el que no necesariamente termina la jornada de Draper, quien frecuenta otras camas cuando no duerme en su despacho, contradiciendo esa apariencia de refugio idílico que dura, de hecho, bastante poco. Su mujer no está tan cuerda como parece, pero tampoco es tan tonta. De hecho, más que una casa es una bomba de relojería a punto de estallar. Así es la vida de Don Draper: mientras acumula triunfos, jamás desaparece la sensación de que todo está a punto de irse a pique, de que el pasado volverá como una avalancha que se lo llevará todo por delante, ese pasado perfectamente dosificado del que sólo vamos sabiendo fugaces pinceladas que saben a poco.
Apoyada en unas potentes interpretaciones (Jon Hamm está soberbio) y en un guión magnífico, pulido, medido, de diálogos escritos con talento, esmero y buen gusto, no es de extrañar que Mad Men haya acumulado premios desde su puesta en escena. De hecho, parece diseñada para eso mismo, llevarse premios. En cambio, es difícil que enganche a una audiencia amplia. Probablemente, porque tampoco es su guerra. Es un producto exclusivo y esto queda claro bien pronto. El espectador tipo de Mad Men es alguien que lee la New Yorker, va al teatro y bebe vino importado. Alguien a quien no le importa esa aureola fría, estirada, incluso snob, que irradia en todo momento la serie. No es un producto fácil, exige un cierto compromiso, el esfuerzo de sentarse pacientemente a esperar, esperar a que prenda la mecha y estalle la bomba. No aburre pero tampoco se apresura. Su digestión es lenta.
Pero una vez hecho el esfuerzo, se descubre que ha valido la pena. Siempre que se valoren ese tipo de intangibles: estética, interpretaciones, tempos narrativos. Siempre que optemos por saborear en lugar de tragar sin apenas masticar. Mad Men, digámoslo de una vez, no puede verla cualquiera. Ahora bien: quien la ve, y lo hace con los ojos adecuados, no se arrepiente.

