Estrenos 9 de octubre

by Pablo

Siguiendo una tónica que empieza a convertirse en rutina, nos topamos con un estreno potente y un puñado de películas menores, algunas de ellas para olvidar:

-Ágora: Vuelve Amenábar y lo hace con una de época, para contarnos la historia de la astrónoma Hypatia de Alejandría. 50 millones puestos al servicio del director de Los Otros, que debería hacer maravillas con toda esa pasta. Sin embargo, uno no puede despojarse del temor de que el resultado sea algo soso, algo tibio, quizás por los mimbres argumentales: la protagonista enfrentada al fanatismo y la incomprensión, bibliotecas, constelaciones… Además, y lo digo desde ya, Rachel Weisz me cae bastante gorda. Pese a todo, es El Estreno con diferencia de este fin de semana.

-Moon: Proyectada en Sitges, narra la paranoia de un astronauta. Dirige el hijo de Bowie. Como suena.

-G-Force: Una memez para críos con hámsters como protagonistas. En efecto: los señores de Hollywood ya no saben qué hacer.

-Imagine: Malas noticias, Eddie Murphy ha vuelto. Luego no digáis que no os hemos avisado.

-Katyn: Una polaca sobre la Segunda Guerra Mundial.

-París: Tïtulo rompedor, rabiosamente original, para… sí, una comedia francesa. Peligro: sale la Binoche.

-Mónica del Raval: Documental español.

Celuloides en su jugo en la revista Expresión Económica

by Carlos

expresión económica

Tenía que pasar. A punto de cumplir nuestro segundo aniversario, siendo uno de los blogs de crítica cinematográfica de habla hispana punteros en la blogosfera, con más fans en nuestra página de facebook que “Yo también llenaba una bolsa con golosinas a escondidas al ir al cine” (bueno, realmente no), los medios tradicionales por fin han dirigido su atención hacia en fenómeno Celuloides en su jugo. Expresión Económica nos dedica, en su último número (el 30), una amplia reseña en su apartado de Ocio. Sí queridos lectores, porque Celuloides en su jugo ha conseguido que leer este blogs sea una actividad de ocio comparable a ir al cine (y desde luego, mucho más barata).

Expresión Económica nos ha destapado. Nos damos cuenta de que, a pesar de nuestra modestia y timidez, ya no podemos seguir pasando inadvertidos. El cine necesita a tipos que guarden en una nevera sus manjares más deliciosos y sacudan el mantel para librarlo de caspa, esnobismo y teen movies. Es un trabajo duro, pero alguien debe hacerlo.

Por cierto, podeís ver la página completa de nuestra primera aparición en medios aquí. Y descargar la revista entera aquí.

Furia de titanes

by Pablo

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A unos meses de que se estrene el remake de Furia de Titanes (Clash of the titans, 1981), la nostalgia es un argumento tan válido como cualquier otro para revisar este curioso pastiche mitológico de espíritu aventurero y con la sana intención de entretener sin ofrecer excesivas lecciones de Historia.

Y es que poca enjundia histórica adorna a la trama por más que esté ambientada en la Antigua Grecia, la de los dioses  y semi-dioses, criaturas excepcionales que tenían como pasatiempo interferir en la vida de los humanos; a menudo, para complicarles las cosas. Los helenos tenían una visión de la divinidad bastante poco condescendiente: Zeus y compañía son capaces de incurrir en las pasiones más bajas y utilizar al mismísimo hijo del jefazo del Olimpo como ariete de sus disputas. Sí, los dioses son envidiosos, rencorosos, vengativos. Y si Zeus se empeña en proteger a Perseo, castigando a su padre y a quien haga falta, Tetis se venga a través de su propio retoño, Calibos, al que Zeus ha deformado convirtiéndolo en un ser tan despreciable que ha montado su guarida diabólica en los pestilentes marismas, donde nadie se acerca. Por medio, como es habitual, anda una chica, la princesa Andromeda, a cuya mano aspira Perseo. La tarea, sin embargo, tendrá su miga. Por el camino habrá de vérselas con las tres Brujas Estigias, cruzar en la barca de Caronte, medirse a un Cancerbero de dos cabezas (problemas de presupuesto) y a la Medusa… ¡y enfrentarse al Kraken! Como suena. Un miembro de otra mitología, la escandinava, utilizado recientemente en Piratas del Caribe, aparece en escena, y no en un papel precisamente menor. Cosas de Hollywood, aunque el guión lo firme un estudiante de Mitología.

El collage resultante se articula de forma tan entretenida como ingenua, y al tiempo, poco original. Al período de aprendizaje del héroe siguen el desafío y el posterior viaje en el que ir superando una prueba tras otra, hasta el enfrentamiento final con el “malo” de turno que se traduce en recompensa (la princesa). Un esquema básico sazonado con diálogos facilones, cuando no ramplones, enfrentamientos coreografiados de forma tirando a elemental y poco trabajo de trilla en el guión más allá de reunir personajes mitológicos e ir dándoles cabida de forma más o menos coherente.

El mayor mérito reside en que el director, Desmond Davis, y su equipo no se arredraron ante los enormes desafíos que, para la época (1981), suponía un buen puñado de escenas. Es de esperar que en la inminente nueva versión, prevista para 2010, las nuevas tecnologías finiquiten esos problemas de un plumazo. Hace 28 años, que la cosa saliera más o menos creíble recayó prácticamente en una sola persona, o quizás algo más, pues hoy ya posee el estatus de mito: Ray Harryhausen, inspiración de tantos que siguieron sus pasos en el entonces arduo campo de los efectos especiales. Todo un tour de force debieron de suponer el mencionado Kraken, emergiendo del mar; los vuelos a lomos de Pegaso; Medusa, el buitre de Calibos y, básicamente, toda criatura no humana que pulula por la pantalla. Hoy, las imágenes de Poseidón abriendo a pulso la guarida del titán marino mueven más a la risa que al asombro, pero la clave está en no perder la perspectiva.

Furia de titanes, más que una maravilla, es una pequeña joya del género aventurero con ribetes de ciencia-ficción en la Prehistoria de los efectos especiales como hoy los entendemos, y como tal hemos de valorarla. Concedámosle también el mérito de no haber incurrido en demasiados excesos trash, más allá de los rayos que brotan de la cabeza de Zeus. Y olvidemos que, empezando por el protagonista, Harry Hamlin, muchos de sus integrantes acabaron siendo pasto de telefilm, salvo las honrosísimas excepciones de sir Laurence Olivier y Maggie Smith. Veámosla con ojos condescendientes y un afán, como decíamos, nostálgico, y sabremos disfrutarla.

Estrenos 2 de octubre

by Pablo

Otra hoja que cae en el calendario. El clima lo desdice pero ya estamos en otoño. Las hojas se van marchitando (si al cambio climático le da la gana) igual que nuestras ilusiones de que este pobre 2009 cinematográfico remonte el vuelo. Lo que ella este fin de semana no contribuye demasiado a insuflarnos optimismo:

-Si la cosa funciona: Menudo peligro tiene el título de la nueva de Woody Allen. Si la cosa funciona como en Vicky Cristina Barcelona, Scoop y El sueño de Casandra, apague y vayámonos, señor Allen. Tómese un respiro. Descanse, viaje, lea. Madure bien su próximo proyecto. Pero haga lo que haga, deje ese propósito absurdo de sacar película todos los años… Lo peor es que ya prepara la siguiente, de vuelta a Londres, con Anthony Hopkins, Naomi Watts y… sí, lo siento, Antonio Banderas. Esta Si la cosa funciona incide en la táctica reciente de Woody Allen de procurarse alter egos, ahora que ya va un poco mayor y concentra sus fuerzas en escribir y dirigir. El turno es para Larry David, venerado en Estados Unidos por su serie Curb your enthusiasm, pero bastante poco conocido en nuestro país. El propio David ha reconocido en alguna entrevista que intentó convencer a Allen de que no era el más adecuado para el papel… Mal fario, ¿no?

-REC 2: Jaume Balagueró y Paco Plaza dejaron una grata impresión con la primera entrega, una rara avis en el deplorable panorama nacional bastante bien ensamblada y con algunos momentos verdaderamente logrados. Lo más probable es que esta segunda parte no esté a la altura. Ojalá nos sorprendan.

-The Damned United: Michael Sheen (que no tiene nada que ver con Martin, Michael y Emilio Estévez) demostró su potencial en Frost contra Nixon. Ahora se pone en la piel de un mánager del Leeds en una comedia muy british que bien puede ser la opción más entretenida.

-Vicky el Vikingo: Adaptación de la serie animada.

-Los límites del control: Jim Jarmusch, uno de los tíos más raros que pululan por el mundo del celuloide, rodó aquí, en España, este thriller difícilmente predecible.

-Además: Dos españoladas, La felicidad perfecta y La máquina de pintar nubes; un documental español, Màscares; y una uruguaya-argentina, Gigante.

Mad Men

by Pablo

“La mejor serie dramática que se puede ver ahora mismo en la televisión”. Un eslogan perfectamente asumible (y mejorable) por los creativos publicitarios cuya vida recrea Mad Men, el formato televisivo no cómico más aclamado en Estados Unidos. Al menos, en lo que a premios se refiere. Y algo tendrá para que tanto los Globos de Oro como los Emmy, los dos galardones más prestigiosos, hayan encumbrado sus dos primeras temporadas.

Ese “algo tendrá” empieza por una cuidadísima producción, indispensable para recrear con garantías la época en la que se ambienta la trama, el comienzo de la década de los 60 en Nueva York; unos 60 que poco tienen que ver con lo que nos vendía Hollywood, empeñado (entonces) en edulcorar la realidad. Es difícil encontrar una serie en la que se empine más el codo, se enciendan más cigarrillos y se pongan más los cuernos. Vaya por delante que este proceso “desmitificador” es uno de los aciertos de Mad Men.

En esos salvajes 60 pululan los empleados de una agencia de publicidad más bien pequeña, con su mejor creativo, Don Draper, a la cabeza. A Draper lo interpreta Jon Hamm, el nuevo galán no efebo, una apuesta por la vuelta al macho frente a actores de líneas más melifluas. Un tío más parecido a George Clooney que a Leonardo Di Caprio, por poner dos ejemplos. De Clooney le separa un aire más “judío”, o si se quiere, menos “irlandés”. Hamm es menos socarrón y más misterioso. Vendería peor una Nesspresso pero impacta mil veces más con un sombrero y un cigarrillo humeante entre los labios. Quizás sea por la estética, pero uno cree ver en Hamm a un sucesor mucho más próximo a Cary Grant que el propio Clooney, que nunca le ha hecho ascos a la comparación. Draper es un triunfador, pero sólo en la superficie. Oculta un pasado tan terrible que es como una montaña de mierda oculta bajo una alfombra que amenaza siempre con brotar como un geisher; Draper se pasa los días tapando esa alfombra. No es de extrañar que los títulos de crédito lo presenten en un despacho que se desintegra, antes de caer al vacío. Draper deslumbra a propios y extraños, es uno de los mejores creativos en una época en la que la publicidad ostenta un poder avasallador. Es el fulano que te hace fumar Lucy Strike y votar a Nixon con una sonrisa y sin que te enteres siquiera de que él mueve los hilos.

El universo Draper empieza en la agencia y termina en su casa. En el trabajo pululan una serie de impagables personajes: dos jefes, uno tan excéntrico como vividor el otro; y unos subordinados que van del trepa hijo de papá al aspirante a Orson Welles, pasando por el ambiguo dibujante y la secretaria venida  más. En el hogar esperan una esposa no tan perfecta, ocultamente desquiciada, y dos niños. Es el sitio en el que no necesariamente termina la jornada de Draper, quien frecuenta otras camas cuando no duerme en su despacho, contradiciendo esa apariencia de refugio idílico que dura, de hecho, bastante poco. Su mujer no está tan cuerda como parece, pero tampoco es tan tonta. De hecho, más que una casa es una bomba de relojería a punto de estallar. Así es la vida de Don Draper: mientras acumula triunfos, jamás desaparece la sensación de que todo está a punto de irse a pique, de que el pasado volverá como una avalancha que se lo llevará todo por delante, ese pasado perfectamente dosificado del que sólo vamos sabiendo fugaces pinceladas que saben a poco.

Apoyada en unas potentes interpretaciones (Jon Hamm está soberbio) y en un guión magnífico, pulido, medido, de diálogos escritos con talento, esmero y buen gusto, no es de extrañar que Mad Men haya acumulado premios desde su puesta en escena. De hecho, parece diseñada para eso mismo, llevarse premios. En cambio, es difícil que enganche a una audiencia amplia. Probablemente, porque tampoco es su guerra. Es un producto exclusivo y esto queda claro bien pronto. El espectador tipo de Mad Men es alguien que lee la New Yorker, va al teatro y bebe vino importado. Alguien a quien no le importa esa aureola fría, estirada, incluso snob, que irradia en todo momento la serie. No es un producto fácil, exige un cierto compromiso, el esfuerzo de sentarse pacientemente a esperar, esperar a que prenda la mecha y estalle la bomba. No aburre pero tampoco se apresura. Su digestión es lenta.

Pero una vez hecho el esfuerzo, se descubre que ha valido la pena. Siempre que se valoren ese tipo de intangibles: estética, interpretaciones, tempos narrativos. Siempre que optemos por saborear en lugar de tragar sin apenas masticar. Mad Men, digámoslo de una vez, no puede verla cualquiera. Ahora bien: quien la ve, y lo hace con los ojos adecuados, no se arrepiente.

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