Estrenos 13 de noviembre

by Pablo

Lo de este fin de semana puede leerse como un anticipo de lo que viene: películas familiares, superproducciones, productos para todos los públicos… y sí, aunque estemos todavía a mediados de noviembre, cine navideño. Así que nada: al que no le guste, ya se puede ir preparando, porque hasta que avance enero y nos metamos en febrero, y lleguen en aluvión las cintas que mojarán en los Oscar, esto es lo que hay:

-2012: Roland Emmerich vive muy, pero que muy feliz con el cartelito de “director de películas de catástrofes”. A ellas se entrega con fruición y pasión. Con la excusa del calendario maya vuelve a cargarse el mundo. Enrola en su mastodóntico proyecto a tipos acabados como John Cusack (qué cansino, el pobre), Woody Harrelson y Danny Glover, y a otros de difícil etiquetado como Chiwetel Ejiofor y Amanda Peet. Pues eso: palomitas, refresco, efectos digitales por un tubo, adrenalina y carreras, edificios emblemáticos a tomar por saco y poquito más.

-Cuento de navidad: El que decidió estrenar esta cinta a mes y pico de la época que le da título, o bien es un genio, o un tonto rematado. Vistos los 30 millones que ha recaudado en USA en su primer fin de semana, en fin, parece más bien lo segundo. Nos prometen una revisión del cuento de Dickens donde tienen mucho que decir los efectos digitales y las muecas de Jim Carrey; básicamente, los dos factores en los que se resume la ecuación de esta cinta. Disney ha empezado a presionar para que se reconozca el fantástico, dicen, trabajo desplegado por Carrey, ante el temor de que quede sepultado bajo tanto ordenador. Vaya con Disney… En fin, gustará a los niños.

-Triage: Colin Farrell, Christopher Lee y ¡argh!, que dirían en la Cuore, Paz Vega en una de fotógrafos de guerra con mucho tormento interior.

-50 hombres muertos: Thriller británico-canadiense con Ben Kingsley.

-Partir: Una francesa con extraña pareja, Kristin Scott-Thomas y Sergi López.

-El viaje de la tortuga: Documental.

Si la cosa funciona

by Pablo

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En el fondo, tiene un mérito tremendo rodar una película de hora y media con 73 inviernos. Es innegable. El problema es que la firma un tal Woody Allen que, a su edad, no se da cuenta de que seguir facturando a ese ritmo, una cinta por año, es tan insensato como contraproducente. Lo único que consigue es añadir títulos anodinos a un currículum hasta hace poco brillantísimo.

Aquí ya dimos cuenta de cómo su carrera se deslizaba por un tobogán de mediocridad a base de trabajos como El sueño de Casandra y, aún peor, Vicky Cristina Barcelona. Ni siquiera la huelga de guionistas impidió a Allen acudir fielmente a su obsesiva cita en este 2009: y así, hace algún tiempo (pedimos disculpas por el retraso en la crítica), despachó esta Si la cosa funciona (Whatever Works), a partir de un guión de los 70. O eso dice él, porque el libreto podrá ser de hace 30 años… pero esta película habla, desde el primer minuto, el balbuceante idioma de los últimos films del neoyorquino. Sí desprenden un sabor añejo el constante hablar a la cámara del protagonista, o el regreso al personaje arquetípico tan alleniano del hipocondríaco, intelectualoide, misántropo, cobarde y muy judío sujeto que vive encerrado en un mundo paralelo poblado de microbios, prejuicios, disertaciones eternas y desplantes verbales. Ahí sí detectamos al Allen de tiempos pasados.

Ocurre, sin embargo, que la historia no es buena. No seducen los padecimientos de este alter ego en cuya monótona existencia irrumpe un buen día una joven paleta sureña (el doblaje en español es nefasto, salpicando el diálogo de “-aos” por “-ados”), que trastoca sus planes, y a la que siguen la mamá, primero, y el papá, después, ambos para experimentar cambios radicales. Hay unas cuantas líneas de diálogo graciosas, marcas de la cosa, especialmente cuando el protagonista, Boris Yelnikoff, saca a relucir su vena más borde y rancia, pero no consiguen elevar un vuelo que tiende a ser más bien rasante.

Y ese es el gran problema de Si la cosa funciona: que transcurre sin pena ni gloria. ¿Está mal? No. ¿Está bien? Tampoco. Es sencillamente prescindible, y eso es algo que asusta. ¿Podemos prescindir de Woody Allen? Tal vez sí. Tal vez el recurso del DVD, de volver a sus obras maestras de siempre, sea la mejor opción. El problema es que él no se da por enterado. Y pone la función sobre los hombros de Larry David, famosísimo en USA por crear Seinfield y, ahora, la serie de culto Curb your enthusiasm, donde hace de sí mismo; pero todo un desconocido (o casi) fuera de su país. Un tipo bastante alleniano pero también no poco cargante. Le da la réplica la aún verde Evan Rachel Wood y sale además Henry Cavill, visto en Los Tudor y, tal vez, propuesto por Johnny Rhys-Meyers.

¿Es necesario ver Si la cosa funciona? Lamentablemente, no demasiado. Puede verse, pero se olvidará pronto, salvo para los auténticos fans de Allen que, pobres de nosotros, seguimos acudiendo, año tras año, a la sala de cine con la esperanza de que otra Match Point, otro fogonazo de brillantez, sea aún posible. En esta ocasión, no ha habido suerte…

Aquel maldito tren blindado

by Carlos

Enzo G. Castellari siempre fue un poco copiota. Cuando Sergio Leone se consagró definitivamente con El bueno, el feo y el malo (Il buono, il brutto, il cattivo, 1966), él no dudo en copiar la fórmula para su primera película, Voy… lo mato y vuelvo (Vado… l’ammazzo e torno, 1967), en la que tres pistoleros persiguen un fabuloso tesoro. Cuando San Peckinpah recurrió a la slow motion para Grupo Salvaje (The Wild Bunch, 1969), también se apuntó a la moda con su propio western crespuscular, Keoma (1976) [Nota: Keoma es una de las películas preferidas de mi socio Pablo. Hace cinco años se la presté en DVD y desde entonces no sé nada de él]. Y cuando Steven Spielberg aterrorizó a bañistas de medio mundo con Tiburón (Jaws, 1975), él se propuso hacerlo mejor con L’ultimo squalo (estrenada en 1981, fue demandada al instante por Universal al considerar que copiaba la  saga de Spielberg. Los tribunales dieron la razón a la productora, que se quedó con los derechos del film y todavía hoy no puede exhibirse en los Estados Unidos. A pesar de ello, José Frade, su distribuidor en España, la estrenó con el título de Tiburón 3). Lo que nunca hubiera podido imaginar Castellari es que una película suya, Aquel maldito tren blindado (Quel maledetto treno blindato, 1978), iba a ser versionada, treinta años después, por otro gran copiota de la historia del cine: Quentin Tarantino.

¡Ojo! Cuando hablamos de copiotas nos referimos cariñosamente a esa inclinación, a veces patológica, que tienen algunos directores con “homenajear” en sus films. Y parece que esa era la intención de Tarantino con Malditos bastardos (Inglorious bastards, 2009), cuyo título es el mismo que el que se dio en Estados Unidos a la película de Castellari. El propio Tarantino ha reconocido que Aquel maldito tren blindado es su película de guerra favorita. Pero como Pablo ya dio un repaso al último film del director de Tennessee, centrémonos en la obra de la que surgió todo.

Aquel maldito tren blindado es la historia del peor grupo de militares americanos visto nunca. Ladrones, desertores, asesinos… todos presos por délitos de guerra en la Francia ocupada, es decir, en todo el meollo de la II Guerra Mundial. Cuando son conducidos a una prisión militar, un avión alemán tirotea el convoy que les escolta y ellos aprovechan para escapar. De pronto, se encuentran entre dos fuegos: delante, los alemanes, y detrás, sus propios compatriotas. Deciden emprender la marcha hasta Suiza, pero un desafortunado incidente les pondrá al frente de una misión suicida, quizás la única oportunidad que tienen para rehabilitarse.

No se preocupen que no es para tanto. A pesar de la gravedad del asunto, Aquel maldito tren blindado no está destinada a encoger los corazones y mostrar la cara más amarga de la guerra. Todo lo contrario. Para Castellari, la guerra es un escenario perfecto para que sus personajes corran, golpeen, disparen y maten sin mayor pretensión que la de conseguir el sonrojo del espectador por estar pasándolo teta con tanta carnicería. Una fórmula mil veces trillada desde Doce en el patíbulo (Dirty Dozen, 1967), pero pasada por la freidora italiana, mucho más frívola y caricaturesca que la hollywoodense, como ya vimos con Cinco para el infierno (5 per l´inferno, 1969).

Sin embargo, Aquel maldito tren blindado resiste a los años porque Castellari era, y es, un buen director, un mago con chistera que sabe que, cuando no hay fondo, hay que sacar a relucir la forma. Y para ello utiliza todos los trucos posibles: acrobacias, explosiones, maquetas, chicas desnudas y la ya citada slow motion. Su estilo visual, ausente cualquier carga dramática, sí es al menos efectista y acorde con el ritmo trepidante que impone en la película. Los efectos especiales son bastante decentes para el presupuesto, la época y las dificultades en las que se vio envuelto el rodaje (una ley prohibió usar armas de fogueo en las películas, por lo que tuvieron que recurrir a armas de madera y realizar planos en los que no se viera el disparo), al igual que los decorados y el vestuario. Por cierto, las múltiples maquetas creadas para esta película son excepcionales, obra de Emilio Ruiz del Río, diez veces nominado a los Goya (ganó tres) recientemente fallecido y responsable de efectos especiales en Espartaco, Patton, Conan el Barbaro, Acción Mutante o El laberinto del fauno, entre otras. Un lujo, vamos.

Fred Williamson interrogando a un nazi bajo la atenta mirada de Bo Svenson.

Mucha culpa del éxito de la película radica también en sus protagonistas. Como era típico en estas coproducciones, se llamó a actores americanos, para dar caché y luego vender más en Estados Unidos. Los elegidos fueron Bo Svenson (recuperado ahora por Tarantino en Kill Bill v.2 y la propia Inglorius Bastards) y el símbolo de la blackexplosion Fred “the hammer” Williamson. Su química en pantalla es nula, pero parecen realmente pasárselo en grande. Sobre todo Williamson, que protagoniza los momentos más divertidos del film (esa caída de culo en el techo del tren es memorable) junto al entonces famoso Dj Michael Pergolani, que con su melena y su bigotazo interpreta a un gracioso soldado ladrón y falsificador.

Para muchos, Aquel maldito tren blindado, al son de la magnífica banda sonora de Francesco de Masi, es ya un clásico de cine bélico. Otros consideraran esta película más propia de Celuloide Bizarro. Ni una cosa ni la otra: es un gran ejemplo de cine sin pretensiones del que puedes llegar a enamorarte cuando posee personalidad propia. Y sin duda esta película tiene personalidad para dar… y disparar.

Moon

by Pablo

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Para abrirse camino en esa jungla que es la industria del cine, no vienen mal ni una mano amiga ni una pizca de suerte. Duncan Jones se topó con la segunda y un servidor no está del todo seguro si contaba con la primera. Digamos que, siendo hijo del cantante David Bowie, es posible que o bien papá le abriera alguna puerta o su parentesco con un famoso del artisteo obrara a modo de primer empujón. O tal vez no: tal vez el pobre Duncan ha tenido que luchar toda su vida (38 años tiene) contra el prejuicio de ser “hijo de”. En cuanto a la suerte, al parecer la ya superada huelga de guionistas, que coincidió con su rodaje, le vino de perlas: con el resto de proyectos paralizados, y a pesar de ser el suyo de modesta envergadura, pudo disponer de algunos de los mejores efectivos del departamento de efectos especiales de los Estudios Shepperton.

Y no es cuestión baladí esta última, teniendo en cuenta que Moon (2009), como su nombre ya nos hace barruntar, discurre por los senderos de la ciencia-ficción. Por cierto que los citados efectos son impecables y, sin duda, contribuyen a elevar la categoría del producto. Dicho de otra forma: lo que era un buen guión, con un interesante planteamiento y un más que sugerente desarrollo, creció exponencialmente al no verse obligado el amigo Duncan a colocar unas cuantas cajas de cartón a modo de base lunar. Ahí, en la base, es donde vive nuestro protagonista, Sam Bell, el único encargado de supervisar la extracción del material con el que la Tierra ha solucionado sus problemas de energía y, de paso, de polución. El hombre lleva una vida aburrida que consiste en comprobar que todo va bien y, de cuando en cuando, enviar el producto a nuestro planeta. Su única compañía es un robot, Gertie, más bien un par de brazos y un armazón con emoticono (original detalle), nada de C3POs, al que en la versión original pone voz Kevin Spacey (!).

Sentadas las bases, el primer tramo del film apunta dos ideas: una, la de que estamos ante una one-guy movie, lo cual no deja de ser cierto pero da pie a un giro argumental inesperado y que no desvelaremos porque ahí está el meollo de Moon; y dos, que eso de que al protagonista le entre la vena paranoica y empiece a ver / oír cosas está un pelín manido y amenaza con arrastrar la cinta al fango de lo previsible… algo que, mediante ese giro ya citado, no llega a ocurrir. Resumiendo, Moon no es lo que parece y ahí reside la gracia.

Parte de la culpa, buena parte, la tiene Sam Rockwell, un tipo más conocido en el mundillo indie que en el mainstream, por más que de vez en cuando se enrole en producciones al más puro estilo Hollywood, como aquella vez en que encarnó a un preso loco en La Milla Verde. Rockwell, actor de carácter, es perfecto para soportar sobre sus hombros el peso de la función y, más aún, su fisonomía, con cierto aire entre despistado y chalado, viene al pelo para los propósitos de Duncan Jones. Su papel tiene aún mayor mérito por culpa de ese giro en la trama que, insisto, no vamos a destapar, pero vaya por delante que le obliga a un sobreesfuerzo del que sale muy bien parado.

Para Moon fueron la mayoría de los premios en el reciente Festival de Sitges, donde causó sensación. No es 2001 ni Alien, por supuesto, tampoco Blade Runner, pero como primera película, Duncan Jones puede sentirse más que satisfecho porque, más allá del resultado formal, que es encomiable, demuestra algo que escasea desde hace años en la Meca del Cine: ganas de arriesgar e innovar, de ser original, por más que el punto de partida tampoco sea nada del otro mundo. Moon se ve con agrado y no es coto exclusivo de fans de la ciencia-ficción. En sus imágenes se reconocen buen gusto y saber hacer. Dos pilares que hablan de una carrera, a poco que se lo curre, prometedora para el hijo de Bowie; perdón, Duncan Jones.

Celda 211

by Carlos

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Para los que siempre han defendido (entre ellos, este humilde blog) que otro cine español no sólo es posible, sino necesario, Celda 211 es un soplo de aire fresco que justifica por sí sólo la adquisición de una entrada de cine. Y no es poco, porque realizar un thriller carcelario en España y hacerlo bajo las premisas de una película de género, con un estilo valiente y a la vez sincero con el espectador, tiene mucho mérito. Un mérito que le corresponde enteramente a su director, Daniel Monzón, que lleva ya algún tiempo atrayéndonos a la gran pantalla con propuestas atractivas ya sea en el género de la fantasía (El corazón del guerero, 2000) o de la ciencia ficción (La Caja Kovax, 2006). Algo tendrá que ver también que, para los guiones de sus películas, cuente con la colaboración de Jorge Guerricaecheverrría, un habitual en las películas de Alex de la Iglesia y de cuyas manos han salido guiones como Acción Mutante (1993), El día de la bestia (1995), La comunidad (2000) o Nos miran (2002). Es decir, cine de género, aunque sea made in spain.

Para Celda 211, Monzón y Guerricaecheverría adaptan la obra homónima de Francisco Pérez Gandull, para atraparnos en la pesadilla de un funcionario de prisiones que se ve envuelto en un motín de presos en su primer día de trabajo en la cárcel. Para sobrevivir, el funcionario se hará pasar por presidiario, y tendrá que alimentar ese engaño mientras espera que los de fuera le rescaten. En este conflicto se mueve (bien) la película en la primera parte del metraje, con tensión creciente, personajes y diálogos bien construidos y una efectista puesta en escena. En la segunda parte un giro bastante inesperado cargará las tintas de la película hacia el drama, provocando una perdida de ritmo pero incrementando la intensidad de la historia.

Este cambio de orientación es, quizás, lo mejor y lo peor de la película. Por un lado, eleva la calidad del film al no encorsetarse sólo con escenas de acción y obliga a los actores a un sobreesfuerzo que cumplen, por lo general, con creces. Por el otro, rompe con ese maravilloso suspense inicial para instalarse en lo melodramático, y deja sin sentido cualquier happy end (que es, en definitiva, lo que el espectador espera de un thriller). Los buenos dejan de ser buenos y los malos ya no son tan malos, y en esa dicotomía la película sólo produce insatisfacción.

A pesar de ello, Celda 211 es una película con muchos argumentos a su favor. Monzon dirige al espectador a un laberinto sin salida con el aplomo y  la seguridad de un John McTiernan. Los actores están estupendos, empezando por el grandioso Luis Tosar, que interpreta al líder de los amotinados, y su dupla, Alberto Amman, el sufrido funcionario, que no desmerece en nada el trabajo de Tosar. De hecho, Amman acaba monopolizando el film en su recta final, en la que explota su faceta más dramática, mientras que Tosar parece más cómodo en la primera parte, más visual. Antonio Resines, en un papel sin duda controvertido, Carlos Bardém, Marta Etura y Vicente Romero, destacan también entre la multitud de personajes del film.

No es cine de Hollywood, pero es buen cine de género. Muchas veces tampoco hace falta más.

Estrenos 6 de noviembre

by Pablo

Esto puede ser histórico: habría que repasar los anales de Celuloides, pero al margen de Ágora, que al fin y al cabo es una superproducción, por una vez abriremos nuestra previa a los estrenos del fin de semana apostando por una película española. Sí, como suena. A bote pronto, es posible que El Orfanato y REC gozaran de igual privilegio, pero en ambos casos llegaron precedidas de importante bombo mediático. Lo dicho: histórico. He aquí las causas:

-Celda 211: Daniel Monzón, un tío que desde el principio demostró ganas por hacer cosas diferentes, y salirse de la adocenada cadena de montaje del cine patrio, se saca de la manga un thriller carcelario y, de pronto, todo el mundo, incluido el sr. Boyero, bebe los vientos por esta película. Aunque suene a broma, que te digan que “no parece una pelícua hecha en este país” es para encajarlo como un enorme elogio. Pues eso. Los que la han visto no dudan en asegurar que es de lo mejorcito que se ha parido por estos pagos en mucho tiempo. Cine de verdad, al fin. Con el gallego Luis Tosar como reclamo, haciendo de tío muy chungo, se nos cuenta a golpe de adrenalina la historia de un funcionario de prisiones que, por accidente, queda recluido con lo peorcito de cada casa. Muy buena pinta. Pegas: Resines y Carlos Bardem, sí, el hermanísimo de Javier.

-The Box: Richard Kelly era prácticamente un crío, un veinteañero, cuando parió la estupenda Donnie Darko, una rara avis, una friquez de difícil clasificación con un Jake Gyllenhaal que lo bordaba (y Patrick Swayze haciendo de un pavo que daba bastante mal rollito), un guión para enmarcar y una historia que deslumbraba como un fogonazo en la noche. Después se echó a perder o a dormir o directamente aquello era todo, y nunca más volvería a estar a la altura… El caso es que vuelve con este, digamos, thriller con ribetes de terror, en el que tenemos a una parejita (Cameron Díaz, buf, y James “Cíclope” Marsden) enfrentada al durísimo dilema de abrir una caja (de ahí el título) que les puede reportar mucha pasta pero implicará la muerte de alguien. Se supone que, de ahí en adelante, vendrá el despiporre… pero en muchos casos lo que sucede es que el bizcocho se desinfla y lo que sale del horno es un guiñapo. Habrá que esperar a verla.

-Pandorum: Hablando de cosas raras… Una de ciencia-ficción a bordo de una nave en la que suceden cosas que dan muy mala espina. Por ahí danda Dennis Quaid, el hombre, que se resiste a dejarlo por el bien del cine. Le acompaña Ben Foster, visto en X-Men 2 con unas alitas, y no precisamente de pollo.

-Siempre a tu lado: Vaya, Richard Gere, otro que no estaba “muerto”, que estaba de parranda… con un perrito muy mono, sí, que ahora le ha dado por los animalitos. ¿Introducirá al chucho en la sabiduría budista el bueno de Richi?

-Julie y Julia: Esta señora sí que es incombustible. Se quejan las demás de su quinta que todos los papeles buenos se los lleva Meryl Streep. Por eso Glenn Close tiene que triunfar en televisión (Damages) y las demás se quedan a dos velas. Aquí la Streep encarna a una mujer que existió, Julia Child, famosa por su libro de recetas. Una chica quiere emularla y escribirlo en un blog… por aquello de darle a la cosa una apariencia 2.0.

-Ahora sí, morralla española: Eloise; A la deriva.

Ser o no ser

by Pablo

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Hace cosa de mes y medio analizábamos cierta película, Malditos Bastardos, con la que Quentin Tarantino volvía a demostrar que sus mejores días han pasado. El director de Pulp Fiction alardeaba de haber bastardizado la Segunda Guerra Mundial, el nazismo, Hitler y todo el/lo que le había venido en gana. Tremendo mérito el suyo en pleno 2009, más de 60 años después de acabada la guerra y con la mismísima Alemania parodiando al Führer. Cuando realmente tuvo mérito enfrentarse, mediante el finísimo estilete de la comedia, al Tercer Reich y sus atrocidades, fue en pleno auge de la locura nazi. ¿1942, por ejemplo? Pues ese es precisamente el año del estreno de Ser o no ser (To be or not to be).

He aquí la premisa argumental: Alemania invade Polonia y cambia para siempre la plácida existencia de los polacos; incluida la de una compañía teatral. Un admirador de la actriz más famosa de Varsovia, a la sazón aviador de la RAF, detecta un complot para terminar con la resistencia, personificado en un cierto profesor que lleva consigo una lista de nombres de mortales consecuencias. El aviador contacta con la actriz y esta, a su vez, con su marido, de tal forma que el plan acaba siendo conocido por la compañía en pleno. La comedia está servida. Disfraces, confusiones, equívocos, malentendidos y, sobre todo, mucho teatro, enredan una trama que avanza a golpe de sublimes líneas de guión y logradísimos gags, siempre con los nazis como objetivo de los dardos y siempre mediante humor del bueno, del fino, del inteligente; sí, de ese del que debería tomar buena nota Tarantino.

A Ernst Lubitsch podríamos estarle eternamente agradecidos por el mero hecho de haber servido de inspiración para el gran, grandísimo (parafraseando una línea de Ser o no ser) Billy Wilder, quien profesaba una admiración sin límites por el cineasta berlinés. Pero este se ganó con creces su lugar en el Olimpo con un puñado de películas estupendas, entre las cuales brilla esta que nos ocupa con luz propia. Parodiar el nazismo con tanta sabiduría y buen gusto está al alcance de pocos. En su propósito le ayudó un elenco de brillantes actores con dos por encima del resto. La legendaria Carole Lombard, que falleció poco después en un accidente de avión, pero tuvo tiempo de dejar uno de los sensuales e inteligentes despliegues con los que se merendaba la pantalla; y Jack Benny, una estrella en Estados Unidos por sus papeles en la televisión y la radio, pero que aquí demostró toneladas de talento a la hora de meterse en el pellejo del desconfiado, algo socarrón y un pelín acomplejado (sobre la tablas) Joseph Tura.

Ser o no ser es una de esas películas que se proyectan constantemente en las aulas, bien como ejemplo de hacer cine, bien para explicar la historia de nuestro tiempo, concretamente ese período tan execrable que fue el nazismo. Viva muestra del impacto de la película de Lubistch, que no debe medirse en premios (sólo una nominación al Oscar, que no fraguó, y por la música) sino en cómo, hoy en día, sigue conmoviendo, deleitando y, sobre todo, haciendo pensar. Pensar: exactamente lo que hacían el director alemán y otros hombres con talento que contribuyeron a levantar Hollywood…

Sí, lo que otros, ahora, tratan de derribar a base de mediocridad.

Roma

by Pablo

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Si es cierto, como decía el anuncio (tal vez no de forma literal), que la primera impresión es la que cuenta, la primera impresión al ver Roma es la de una serie de altísimo presupuesto y encomiable vocación de resultar lo más fiel posible a la realidad que describe, en este caso, el Imperio Romano entre los años 52 y 30 antes de Cristo, dividos en dos períodos, los correspondientes a las dos temporadas que se rodaron.

La fidelidad, lógicamente, es más sencilla con un buen presupuesto, pero se adivina una ardua labor de investigación. No en vano, llama la atención la profusión de ritos y ceremonias con que se salpica la trama, que podrán resultar accesorios, pero que enriquecen tremendamente el conjunto.

Lo del presupuesto no es ninguna tontería: para Roma se construyó el mayor set jamás concebido al aire libre para una producción de ficción. El resultado es brutal. El Foro impacta a pesar de que su tamaño es un 60 por ciento del original. Para la escena del triunfo de César se utilizó a 750 personas, entre actores y extras: palabras mayores si hablamos de una serie. Cifras que dan una medida del poderío económico que respaldaba esta ficción… y que ayudan a entender la tragedia que supuso que ardiera parte del set en los míticos estudios romanos de Cinecittá.

Yendo al meollo de la serie, ya se ha adelantado que el sustrato argumental es la riquísima historia de Roma a lo largo de algo más de dos décadas, con el asesinato de César como bisagra entre temporadas. Riquísima porque incluso en tan pequeña porción tienen cabida infinidad de batallas, asesinatos, intrigas y escarceos amorosos como para que el resultado sea un fresco poderosamente atractivo y atrayente. Pocas civilizaciones tienen tanto que contar como la romana, porque el suyo fue un ejemplo de triunfo… y derrota, de ascensión y caída, éxito y fracaso. Los excesos de los ricos y poderosos contrastaban viva/violentamente con las miserias de los pobres y débiles. Roma, como lo fue la Antigüedad, fue un crisol de contrastes. Fue el Imperio que, en su afán por dominarlo todo, dio entrada, en tan remota época, a la tan traída y llevada hoy en día globalización. Decenas de nacionalidades comenzaron a pulular por las calles del epicentro del Imperio, el corazón podrido de una manzana menos sana de lo que los bienpensados pudieran sospechar: prostitutas, legionarios licenciados, ladrones, asesinos, intrigantes, esclavos, libertos… esos eran los vecinos de la auténtica Roma; junto a ellos, las capas humildes de trabajadores; y por encima, la nobleza. Un cuadro que Roma pinta a la perfección.

El triunvirato creador y escritor (Heller, MacDonald y Millius, este último director de Conan el Bárbaro y ¡guionista de Apocalypse Now!) acierta al entregar las riendas de la trama a las grandes figuras, sí, a los Julio César, Marco Antonio, Cleopatra, Cicerón y compañía, pero sobre todo, a los legionarios Lucio Voreno y Tito Pullo, comedido e inteligente uno, visceral y algo torpe el otro, perfectos contrapuntos respectivos y pareja excepcional. Suyos son los ojos que asisten a buena parte de los dramas y comedias que engarzan el devenir de los acontecimientos, lo cual, es cierto, obliga a situarles en prácticamente todos los hechos reseñables, y si bien esto sería difícil de sostener desde un punto de vista histórico, su presencia está resuelta de forma cuando no ocurrente, sí imaginativa, de tal forma que nunca llega a chirriar.

Roma sólo gozó dos temporadas, y es una lástima, porque funciona tanto como vehículo de ficción como herramienta didáctica. Se saborea la inmersión que proporciona en tan fascinante época en la misma medida en que se gozan los tremendos sucesos en que se ven envueltos los protagonistas. No en vano, lo que estaba en juego era la existencia y supervivencia de una de las civilizaciones más convulsas de la Historia. Excelentes guiones y excelentes interpretaciones para una serie de obligada visión.

Adiós a José Luis López Vázquez

by Pablo

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Nos deja uno de los grandes, uno de los mejores, de los buenos actores que ha dado este país. Ha muerto José Luis López Vázquez a los 87 años. En su currículum, más de 200 películas, tanto comedias como dramas, así como papeles en teatro y televisión.

Con una labor tan extensa e intensa, resulta complicado y arriesgado destacar unos títulos por encima de otros, pero los que siguen no defraudarán: El pisito (1959), Plácido (1961), Atraco a las tres (1962), El verdugo (1963), Mi querida señorita y La cabina (1972) y La Escopeta Nacional (1978). Películas en las que brilló y demostró su talla como actor, aunque todo es más fácil trabajando con gente como Berlanga, Azcona, Forqué, Mercero y Armiñán.

En pleno 2009, el único lunar que podríamos detectar es que su figura pase desapercibida para las nuevas generaciones, las que no han crecido con su cine o, en su defecto, las que no se acercan a él por esa lejanía tanto formal como conceptual que impone el tiempo. El consuelo es saber que bastan cinco minutos de alguna de sus memorables interpretaciones para que desaparezcan los prejuicios.

Descanse en paz.

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