Generation Kill

by Pablo

David Simon es un hombre (obvio) cuyo nombre no dirá nada a la inmensa mayoría, pero que se está forjando una solídisima reputación a base de meter el dedo en el ojo de los poderosos, y de hacerlo con sabiduría, buen gusto  y toneladas de talento. Aquellos que amamos The Wire le estaremos eternamente agradecidos por haber creado una de las mejores series que ha alumbrado la televisión mundial. Si parir aquel fresco sobre la decadencia de Baltimore como paradigma de la podredumbre de los mismísimos Estados Unidos de América, en cinco entregas, resultó ejemplar, no es menor el ejercicio de olvidar por un momento las loas y alabanzas (Obama: “mi serie favorita”) y embarcarse en otro proyecto, si cabe, aún más arriesgado.

Porque Generation Kill, mini-serie de la HBO de 7 episodios de 1 hora de duración, gestada a la conclusión de The Wire, es un torpedo que va directo a la línea de flotación del Imperio. Estos días que se habla tanto de Afganistán, de los 40.000 soldados adicionales que enviarán Estados Unidos y la OTAN, resulta de lo más saludable y conveniente presenciar el relato de los primeros días de otra invasión, la de Irak, segunda por orden cronológico en la Guerra contra el Terror en la que embarcó George W. Bush a su país. Cierto: Bush ya no está, su despacho lo ocupa Obama, y por muy demócrat y yes-we-can que sea Barack, sigue apretando con la misma fruición el botón de enviar tropas. Pero de los errores se aprende. Y de errores, muchos errores, se habla en Generation Kill.

La base del relato es la experiencia de un reportero de la revista Rolling Stone, que en contra de lo que pudiera pensarse aquí, en España, no sólo cubre información musical, de la misma forma que Playboy también publica contenidos que van más allá de lo esperado. Ese reportero, Evan Wright, se “empotró” en una unidad de los marines durante el arranque de la campaña iraquí. Se calzó el uniforme, se subió a un humbee y acompañó a la élite del Ejército de Estados Unidos en misiones que iban de lo rutinario a lo arriesgado, pasando por lo estúpido y lo mal planificado. Lo que vio lo cuenta aquí sumando otras cuatro manos, las de David Simon y Ed Burns, el ex poli de Baltimore que ya contribuyó a parir The Wire. Y lo que cuenta es tremendo.

Porque entre esos errores de los que hablábamos cabía anticipar muertes de civiles, prepotencia, subestimación del enemigo, desconocimiento del territorio, prisas y alguna que otra cagada de índole militar. Pero lo que Generation Kill pone al descubierto va mucho más allá: cuando la crema de tus Fuerzas Armadas, los tíos mejor preparados, gente cuyo solo entrenamiento cuesta millones de dólares, no disponen siquiera de lubricante para engrasar sus armas, apañados vamos, que diría el otro. Y quien dice lubricante dice gafas de visión nocturna o mandos que, en lugar de buscar colgarse medallas, planifiquen la invasión con cabeza en lugar de desperdiciar tiempo y recursos. Así, Generation Kill se convierte en una incisiva aunque sintética explicación (7 episodios) de por qué la guerra de Irak empezó mal y estuvo destinada a acabar peor.

Impecable en el aspecto técnico, con una producción cuidadísima y un grado de veracidad que raya siempre el sobresaliente, el verdadero valor de la mini-serie reside en lo que ocurre entre misión y misión, cuando cesan los disparos, se hace el silencio y los soldados comparten sus frustraciones, miedos, bromas y esperanzas. A destacar, aquí, las interpretaciones de Alexander Skarsgard, como el sargento Brad Colbert, brillante y frío, y su subordinado Ray Person, un genial y lenguaraz James Ransone al que ya pudimos disfrutar como el chalado Ziggy Sobotka en la segunda (y menos potente) temporada de The Wire.

Aunque la guerra de Vietnam tuvo un impacto que tal vez no llegue a repetirse, las de Afganistán e Irak son lo más parecido que tenemos en este principio de siglo XXI. Generation Kill es como una rendija a través de la cual se nos brinda la impagable oportunidad de presenciar cómo ocurrieron realmente las cosas, aunque sea poniendo la lupa en un grupo de marines durante los primeros días de invasión, y extrapolando después su ejemplo.