Muerte de un ciclista

by Pablo

Los primeros fotogramas de Muerte de un ciclista (1955) revelan que estamos ante una buena película. Juan Antonio Bardem es de lo poco salvable del celuloide patrio. Junto a Berlanga y Buñuel, los tres solitos, se encargaron de enarbolar la bandera de ese cine que era posible hacer en este país, pero que sin embargo no se hacía, ni se sigue haciendo, salvo alguna honrosísima excepción. Aquí bastan un par de escenas para advertir un grato saber hacer, un reconfortante buen gusto, unas maneras que van más allá de colocar la cámara en este lugar y en este otro y hacer que los actores, con una dicción pésima, reciten perogrulladas.

Desde el arranque, que da título a la película, con el atropello del ciclista, Bardem consigue que olvidemos la nacionalidad de la cinta y nos sumerjamos gustosos, aunque con no poca aprensión, en esta historia de crímenes, infidelidades, mentiras, insatisfacción, diferencias sociales y amargura. En la muerte de ese ciclista podrán rastrearse todos los símiles que se quiera (los ricos pasando por encima del indefenso obrero), pero ante todo sirve de golpe en la espoleta de un proyectil que va directo a la línea de flotación de una forma de vida, de un status quo, el de una clase alta entregada a veladas divertidas y pasatiempos ociosos, ajena a la realidad de un país masacrado por la guerra más allá de alguna donación hipócrita en la iglesia de turno.

Es en el primer tramo donde Muerte de un ciclista despliega todo su potencial, con una planificación modernísima y un montaje audaz, siempre en busca del ritmo vivo y ágil, huyendo de las transiciones pesadas, valiente al acudir al primer plano, culminando en la escena del tablao flamenco, digna de estudio para todo aquel que quiera dedicarse al negocio. Una escena que lleva a su máxima expresión la tensión que ha venido atenazando a los protagonistas. Juan y María José han matado a un hombre, sí, pero ese no es su único pecado: son amantes; ella le pone los cuernos al rico de turno, el señor Castro. Rafa, crítico y animador de las fiestas de la alta sociedad, les hostiga con lo que sabe o dice saber, en un juego a tres bandas que ofrece la veta argumental más rica de todas.

Después está la que realmente interesa a Bardem. Bardem no quiere centrarse tanto en esa vertiente de cine negro como en la del cine social. Juan es profesor adjunto en la Universidad, y un tipo brillante, pero su puesto se lo debe a su insigne cuñado, ese con cuya esposa se ve a escondidas. Juan es un infeliz. Se siente incómodo en los saraos de los ricos, pero también juntándose con la plebe. Mientras María José teme que se descubra el pastel ante el riesgo de perderlo todo (dinero, poder, posición social), a él lo que verdaderamente le atormenta es el hecho en sí de haber asesinado a un hombre. La tensión le lleva a cometer otra injusticia, en este caso en su puesto de trabajo, que es la que finalmente le hace abrir los ojos.

Muerte de un ciclista podría haber sido el Sed de mal de Bardem, de habérselo propuesto Bardem. Pero ya superado el ecuador de la película se ve a las claras hacia donde quiere llevarnos. Juan empieza a soltar discursos y a mirar al horizonte, a declamar más que a hablar, y sólo el hecho de que el guión está bien escrito salva la papeleta, porque es innegable que Bardem alcanza en algunos momentos un nivel de pedantería que cuesta cierto esfuerzo digerir. A ratos, lo elegante e inteligente se transforma en presuntuoso y accesorio. En un ejercicio de sobreexplicación, pone demasiadas frases en boca de Juan para que nos quede claro que, efectivamente, se ha dado cuenta de que su vida es una mentira y una mierda, y que el atropello del ciclista no es sino el summum de la degradación en la que vive sumido, él, otrora un soñador y ahora encadenado por los caprichos de los ricos (en los que juega un papel no precisamente menor la pija María José, encarnada por una Lucía Bosé que luce más por su físico que por su interpretación).

Conociendo el perfil político de Bardem, cabía esperar esa deriva en la trama. Aún así, Muerte de un ciclista no deja de ser, en ningún momento, una película dirigida con gusto exquisito y una factura que desmiente el año (1955) en que fue rodada. Las imágenes del atropello, y el corolario cuando ambos revisitan el lugar de los hechos, son de una potencia y una factura (con ese entorno desolador, un árbol, un coche y ellos dos, solos, llenando el encuadre) que habría firmado el mejor Fellini. Es cierto que la primera hora se impone a la última media, y que cuando busca ser un retrato del remordimiento y de la hipocresia social funciona mejor que cuando el protagonista se quita la venda de su pobre existencia. Por algo, sin embargo, fue premiada en Cannes cuando apenas se sospechaba que en España sabíamos hacer cine. Y no neguemos tampoco la valentía de parir un film con tantas denuncias en pleno Régimen.