Dollhouse

by Pablo

Siempre me ha parecido patético/lamentable empezar algo con la muletilla “el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española…” Aún así, el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española no recoge, en ninguna de sus ocho acepciones para el término “piloto”, que este signifique “primer episodio de una serie de ficción para televisión de cuyo resultado, en términos de audiencia, depende que se rueden y emitan los siguientes episodios, hasta conformar una y sucesivas temporadas”.

Pues bien: que la Real Academia no lo recoja no significa, como ocurre tan a menudo, que no exista. Existe, y vaya si existe. De hecho, en el 80 por ciento de los casos (cifra totalmente aleatoria), basta su visionado para saber si una serie valdrá o no la pena. En el caso de Dollhouse, desgraciadamente, no es así. Es contemplar esos primeros 40 minutos y cerciorarse de que el señor Joss Whedon, su creador, tiene poco que vender más allá de humo y carne, el humo con el que están escritos sus guiones y la carne de su protagonista, Eliza Dushku.

De Whedon sabemos unas cuantas cosas, la fundamental que es el hombre detrás de Buffy, la cazavampiros, serie a mayor ¿gloria? de su star absoluta, esa actriz de nombre anti-comercial, Sarah Michelle Gellar. Serie que consiguió vivir 145 episodios y generar un spin-off, Ángel, a pesar de que sus libretos no eran nada del otro mundo, de que sus efectos especiales era aún peores y de que sus interpretaciones eran dignas de una obra de teatro de instituto. En Buffy, Whedon anticipaba ya algunas señas de identidad que ha repetido en Dollhouse: protagonista femenina, atractiva pero dura, con un físico que oculta un cerebro privilegiado, enfrentada a un grupo de hombres hostiles y saliendo airosa gracias a su amplia gama de habilidades.

De Dushku, otra con apellido durillo, sabemos que se dio a conocer como hija de Schwarzenneger en Mentiras arriesgadas, que salió en casi 30 capítulos sumando Buffy y Ángel, repitiendo rol, y que, al igual que la Gellar, es esa chica guapa y con buen tipo que nunca llegará a bellezón, resultona pero sin glamour, no demasiado dotada en lo interpretativo y con un sempiterno aroma a B-list, a segundona, a carne de series flojas y peliculillas para adolescentes o telefilms.

Con Whedon en los mandos y Dushku al frente, se nos sirve un plato tibio en el que vemos a nuestra protagonista convertido en uno de los activos de una empresa que ofrece un curioso servicio de chicas para todo; de ahí el título, Casa de muñecas en castellano. A las chicas les lavan el cerebro antes de cada “misión”, que incluyen variopinto despliegue de habilidades. El problema es que jugar con la mente tiene sus riesgos, y no me refiero aquí a la posibilidad de un tumor cerebral, sino a la de recordar.

Los primeros minutos del piloto, todo el capítulo, amenazan con llevarnos por unos derroteros propios de un sub-producto que no pasará, en el mejor de los casos, de entretenimiento facilón y sin atisbo de pretensiones, por más que Whedon sea de esos que piensan que sus deposiciones huelen mejor que las de los demás. A Dollhouse le costó vivir más allá de su primera temporada, pero los señores de FOX cedieron ante la presión de los fans. Como contábamos no hace mucho, no han tardado en arrepentirse, vista la audiencia, y ya le han ordenado a Whedon que maquine un final medio digno y eche la persiana.

Totalmente prescindible, Dollhouse, a pesar de una premisa argumental no del todo mala, será pronto pasto del olvido más cruel.