Sombras y niebla

by Pablo

Orson Welles adaptó El proceso. Woody Allen prefirió homenajear a Franz Kafka en una rara avis dentro de su filmografía que lleva por título Sombras y niebla (Shadows and fog, 1991), un cuento de miedo vintage que respira por todos sus poros el absurdo del escritor austríaco; eso sí, pasado por la batidora judía y pusilánime del director neoyorquino.

Allen, por entonces en plena forma, venía de servir la magnífica Delitos y faltas, idea sobre la que volvería, en cierto modo, con una capa de barniz y ya sin actuar, en la igualmente soberbia Match Point. Todavía le quedaban dos años para estrenar una pequeña perla, Misterioso asesinato en Manhattan. A caballo entre ambas (aunque, siendo estrictos, por ahí se colaron Alice y Maridos y mujeres) alumbró una cinta que no figura en las listas de los críticos, pero que se visiona con una sonrisa en los labios y ese placer añadido que sólo posee lo diferente.

Y es que en Sombras y niebla no hay ni rastro de Manhattan, ni de psicoanalistas, ni de neuras, ni de gafapastas. Lo que hay es una localidad (el aspecto es europeo; la época histórica, difícil de calcular; hay quien habla de un Berlín en los años 20) que vive atemorizada por un asesino que aprovecha la bruma para liquidar a sus víctimas, un sujeto enorme y calvo, inquietante, que va despachando uno a uno a los desprevenidos vecinos. Hartos de que la Policía no resuelva el caso, varios de ellos forman patrullas callejeras con el fin de darle caza, aunque acaban enfrentándose entre sí en el momento en que surgen discrepancias. En medio de este follón, el pobre Kleinman, es decir, Allen, y por ende, un personaje muy alleniano, el del judío cobardón y enclenque arrastrado por los acontecimientos; que, desde el momento en que le sacan de la cama en plena noche, y aquí huele a Kafka, para involucrarle en un “plan” del que nadie le cuenta nada, se ve impelido a ir sorteando cada obstáculo que se le presenta: desde una tragasables de un circo ambulante reciclada en prostituta a una (falsa) acusación de ser él el asesino.

Las peripecias de Kleinman se siguen con el deleite propio de los trabajos de ese Woody Allen que seguía en plena forma, tanto delante como detrás de la cámara. Delante, haciendo su papel de siempre, pero de forma brillante, y encabezando un reparto con protagonismo para Mia Farrow (era la época), John Malkowich y el cargante John Cusack (que repetiría en Balas sobre Broadway). Reparto de lujo completado por Jodie Foster, Kathy Bates y hasta Madonna, que tiene un par de frases. Detrás de la cámara, manejando con pulso firme e inteligente lo que no deja de ser un capricho, el de rodar una historia cuasi atemporal y sin apenas referencias, en un decorado del que, a través de la niebla, sólo distinguimos fachadas, farolas y algún que otro establecimiento. La fotografía es estupenda, por cierto.

Podrá ser injustamente catalogada de obra menor, pero para el amante del cine de Allen es motivo de regocijo encontrarse un producto tan alejado del resto de su producción, al menos de la que le granjeó fama y a la que se entregó ya establecido en el estrellato. Y no sólo eso: Sombras y niebla es diferente y, además, muy buena. La clase de frivolidad que sólo puede permitirse un director de su talla. Menos profunda, tremendamente divertida, magníficamente rodada y, gracias a Dios, tremendamente alleniana.