2009 no pasará a la historia

by Pablo

Una cosa son los premios. Otra, la taquilla. Y otra, muy distinta, el poso que deja un año de cine. En los premios, cada vez es más complicado creer. La taquilla sólo debería interesar a los que viven de la recaudación de las películas, y en todo caso, está deformada por unas entradas cuyo precio no deja de subir y, en la mayoría de los casos, más salas en las que estrenar. El poso, amigos míos, ya es harina de otro costal. Algo tan subjetivo que depende de la percepción de cada uno. Caprichoso, etéreo y perfectamente opuesto al de cualquiera que se haya sentado ante una pantalla grande, con cierta regularidad, durante el año que estamos a punto de cerrar. Si 2007 nos pareció pobre en su propuesta, y 2008 lo encontramos todavía más frustrante, de 2009 lo mejor que se puede decir es que no dejará una gran huella en los anales del séptimo arte.

Los primeros meses vivieron de los réditos de las películas estrenadas con la vista puesta en los Oscar. Algunas mojaron, como Slumdog Millionaire, y otras se la pegaron, como El curioso caso de Benjamin Button: dos caras de una misma moneda, porque, a mi modo de ver, se cometieron sendas injusticias, inflando el éxito de una y aumentando el fracaso de la otra. Dos buenas películas, en todo caso, como lo fueron también Mi nombre es Harvey Milk, que le granjeó el Oscar a Sean Penn (discutible…); El luchador, que sacó del ostracismo a Mickey Rourke; La clase, sorprendente cinta francesa con aire documental; y, por supuesto, Gran Torino, la excelente última película, antes de la inminente Invictus, de Clint Eastwood. Otras, como Valkiria, véase Tom Cruise, y Watchmen no alcanzaron el impacto que se preveía, aunque personalmente ninguna me disgustó.

Llegó la primavera, estrenó Pedro Almódovar Los abrazos rotos, sin demasiada polvareda, y fuimos sufriendo el desfile de precuelas y secuelas al que nos hemos habituado durante los últimos años: que si la nueva de Underworld, que si la cuarta de Fast and Furious, el spin-off de Lobezno, la segunda de Noche en el museo, Star Trek, en su undécima entrega, ahí es nada, Terminator 4, Transformers 2, Ice Age 3 y, por supuesto, Harry Potter 6, y alguna me dejo. Ninguna de ellas valió demasiado la pena, por más que se inflaran a hacer millones de euros y dólares. Mejores opciones: el documental ganador del Oscar Man on wire y el último de Michael Moore, Sicko.

Y entonces vimos la luz. Porque llegó Up. Probablemente, la mejor película de 2009, animada o sin animar, por más que vayan a menospreciarla en los premios. Una cinta increíble, un nuevo regalo de Píxar, capaz de hacer brotar lágrimas de tristeza y alegría con un par de fotogramas de diferencia. Una joya. Una obra de arte.

Con el listón demasiado alto, Enemigos públicos tuvo un paso discreto, al igual que el Anticristo de Lars Von Trier. Resacón en Las Vegas supuso todo un soplo de aire fresco, y bastante agradable, aunque fenómeno fue sólo en USA. Distrito 9 se erigió en brillante debut, el de Neil Blomkamp, al igual que Moon, de Duncan Jones. Quentin Tarantino me defraudó con Malditos bastardos, aunque el resto del mundo no parece pensar lo mismo. No fue un chasco, porque era de temer, lo último de Woody Allen, Si la cosa funciona, un fallido intento por regresar a las comedias de sus mejores tiempos, con Nueva York como socorrido telón de fondo. Luna Nueva y las dos entregas de Millennium demostraron que arrasar en las librerías no es sinónimo de conseguirlo también en las salas de cine (la que no lo consiguió, Millennium, sabido es).

Sorpresas gratas: Celda 211, lo mejor del cine español en años, con Luis Tosar enorme; y El secreto de sus ojos, con Ricardo Darín en estado de gracia en una espléndida cinta de Campanella. Ágora, el regreso de Amenábar, resultó notable, pero no sobresaliente; tendría que haber sido su mejor película, si nos atenemos a su presupuesto, y no llegó al nivel de anteriores trabajos suyos. De Avatar se esperaba que revolucionara el cine, pero de momento lo que hace es amasar mucho dinero, aunque no parece, ni mucho menos, capaz de superar a Titanic.

Se va 2009 y le decimos adiós sin apenas prestarle atención, como quien despide a alguien a quien conoce simplemente de vista. No nos apena que nos deje, tampoco nos alegra. El cine ha entrado en unos derroteros donde ganar dinero es el único leit motiv. Siempre lo ha sido, dirán los más cínicos. Cierto. Pero hay maneras y maneras. Las del siglo XXI pasan por el menor esfuerzo creativo posible. Por eso irrupciones como la de Up son tan deslumbrantes, porque el resto es cada vez más oscuro.

Es habitual cerrar este repaso deseando que el año que sigue, en este caso 2010, mejore al presente. Ha llegado un punto en que ya casi ni nos molestamos en elevar nuestras plegarias al Dios Celuloide. Adiós, 2009. 2010: si no tienes algo interesante que ofrecer… no nos hagas perder el tiempo.