Pe, Pedro y los Globos

by Pablo

Este martes se ha dado a conocer la (interminable) lista de candidatos, que no nominados, a los Globos de Oro. Cada vez creo menos en los premios que se entregan en el mundillo del cine y la tele. Y es difícil que te importe aquello en lo que no crees. Los nombres son siempre los mismos. La premisa, que las películas sean americanas. Como mucho, británicas.  Para el resto del planeta ya está la categoría de cinta extranjera. En fin. Como es insufrible dar la lista completa, y ahí aparece mucho más bonito, ordenado y con fotos y enlaces, dejo el socorrido enlace a IMDB, base de datos de sobra conocida por todos.

Por destacar algo, a estas alturas de día, metidos ya en la madrugada del miércoles, lo obvio sería reseñar que Pe y Pedro, esto es, Penélope Cruz y Almodóvar, vuelven a ser candidatos. Ella, por el musical Nine, en la categoría de mejor actriz de reparto. Él, en la citada sección de película extranjera, por Los abrazos rotos. Película en la que también sale Pe y que España no seleccionó como candidata a los Oscar. Error, pensará Pedro, porque los americanos siempre están deseando darme candidaturas, y hasta premios. Otro tanto de lo mismo empieza a ocurrirle a Pe. No he visto de su papel en Nine más que imágenes donde aparece dando brincos y retozando en lencería. Esta chica, hasta donde yo sé, no es que cantara como los ángeles, como puso de manifiesto el ridículo doblaje de Volver. Pues ahí la tenemos, en un musical. Mire usted qué bien. En cambio, el señor Luis Tosar, que se merienda a Penélope con los ojos cerrados, por América no saben ni quién es: cosas de que tu película, Celda 211, sea española y no se haya estrenado al otro lado del charco. Lo dicho: difícil creer en los premios con estos agravios comparativos.

Por reseñar cosas, no puedo compartir las varias candidaturas de Inglorious Basterds, al considerarla la última tomadura de pelo de Tarantino. Y el resto es difícil valorarlo, porque la mayor parte de las cintas ni se han estrenado por aquí. Visto lo visto, además de los bastardos tarantinianos, Avatar, Invictus, The Hurt Locker y Up in the air se repartirán el pastel de los premios en 2010. De nuevo Up sufre la injusticia de verse relegada a la categoría de animación. Vuelvo sobre mis pasos: difícil creer en los premios.

En el apartado televisivo, que casi me interesa más, me agrada tanto que se reconozca el talento de Mad Men, Entourage y Jeremy Piven, como me desagrada que le den bola a True Blood, Anna Paquin y El mentalista. En general, pocas sorpresas, o lo que es lo mismo, diferencias con los Emmy.

Resumiendo: los Globos de Oro se entregan el 17 de enero… y no me quitan el sueño.

Dollhouse

by Pablo

Siempre me ha parecido patético/lamentable empezar algo con la muletilla “el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española…” Aún así, el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española no recoge, en ninguna de sus ocho acepciones para el término “piloto”, que este signifique “primer episodio de una serie de ficción para televisión de cuyo resultado, en términos de audiencia, depende que se rueden y emitan los siguientes episodios, hasta conformar una y sucesivas temporadas”.

Pues bien: que la Real Academia no lo recoja no significa, como ocurre tan a menudo, que no exista. Existe, y vaya si existe. De hecho, en el 80 por ciento de los casos (cifra totalmente aleatoria), basta su visionado para saber si una serie valdrá o no la pena. En el caso de Dollhouse, desgraciadamente, no es así. Es contemplar esos primeros 40 minutos y cerciorarse de que el señor Joss Whedon, su creador, tiene poco que vender más allá de humo y carne, el humo con el que están escritos sus guiones y la carne de su protagonista, Eliza Dushku.

De Whedon sabemos unas cuantas cosas, la fundamental que es el hombre detrás de Buffy, la cazavampiros, serie a mayor ¿gloria? de su star absoluta, esa actriz de nombre anti-comercial, Sarah Michelle Gellar. Serie que consiguió vivir 145 episodios y generar un spin-off, Ángel, a pesar de que sus libretos no eran nada del otro mundo, de que sus efectos especiales era aún peores y de que sus interpretaciones eran dignas de una obra de teatro de instituto. En Buffy, Whedon anticipaba ya algunas señas de identidad que ha repetido en Dollhouse: protagonista femenina, atractiva pero dura, con un físico que oculta un cerebro privilegiado, enfrentada a un grupo de hombres hostiles y saliendo airosa gracias a su amplia gama de habilidades.

De Dushku, otra con apellido durillo, sabemos que se dio a conocer como hija de Schwarzenneger en Mentiras arriesgadas, que salió en casi 30 capítulos sumando Buffy y Ángel, repitiendo rol, y que, al igual que la Gellar, es esa chica guapa y con buen tipo que nunca llegará a bellezón, resultona pero sin glamour, no demasiado dotada en lo interpretativo y con un sempiterno aroma a B-list, a segundona, a carne de series flojas y peliculillas para adolescentes o telefilms.

Con Whedon en los mandos y Dushku al frente, se nos sirve un plato tibio en el que vemos a nuestra protagonista convertido en uno de los activos de una empresa que ofrece un curioso servicio de chicas para todo; de ahí el título, Casa de muñecas en castellano. A las chicas les lavan el cerebro antes de cada “misión”, que incluyen variopinto despliegue de habilidades. El problema es que jugar con la mente tiene sus riesgos, y no me refiero aquí a la posibilidad de un tumor cerebral, sino a la de recordar.

Los primeros minutos del piloto, todo el capítulo, amenazan con llevarnos por unos derroteros propios de un sub-producto que no pasará, en el mejor de los casos, de entretenimiento facilón y sin atisbo de pretensiones, por más que Whedon sea de esos que piensan que sus deposiciones huelen mejor que las de los demás. A Dollhouse le costó vivir más allá de su primera temporada, pero los señores de FOX cedieron ante la presión de los fans. Como contábamos no hace mucho, no han tardado en arrepentirse, vista la audiencia, y ya le han ordenado a Whedon que maquine un final medio digno y eche la persiana.

Totalmente prescindible, Dollhouse, a pesar de una premisa argumental no del todo mala, será pronto pasto del olvido más cruel.

Muerte de un ciclista

by Pablo

Los primeros fotogramas de Muerte de un ciclista (1955) revelan que estamos ante una buena película. Juan Antonio Bardem es de lo poco salvable del celuloide patrio. Junto a Berlanga y Buñuel, los tres solitos, se encargaron de enarbolar la bandera de ese cine que era posible hacer en este país, pero que sin embargo no se hacía, ni se sigue haciendo, salvo alguna honrosísima excepción. Aquí bastan un par de escenas para advertir un grato saber hacer, un reconfortante buen gusto, unas maneras que van más allá de colocar la cámara en este lugar y en este otro y hacer que los actores, con una dicción pésima, reciten perogrulladas.

Desde el arranque, que da título a la película, con el atropello del ciclista, Bardem consigue que olvidemos la nacionalidad de la cinta y nos sumerjamos gustosos, aunque con no poca aprensión, en esta historia de crímenes, infidelidades, mentiras, insatisfacción, diferencias sociales y amargura. En la muerte de ese ciclista podrán rastrearse todos los símiles que se quiera (los ricos pasando por encima del indefenso obrero), pero ante todo sirve de golpe en la espoleta de un proyectil que va directo a la línea de flotación de una forma de vida, de un status quo, el de una clase alta entregada a veladas divertidas y pasatiempos ociosos, ajena a la realidad de un país masacrado por la guerra más allá de alguna donación hipócrita en la iglesia de turno.

Es en el primer tramo donde Muerte de un ciclista despliega todo su potencial, con una planificación modernísima y un montaje audaz, siempre en busca del ritmo vivo y ágil, huyendo de las transiciones pesadas, valiente al acudir al primer plano, culminando en la escena del tablao flamenco, digna de estudio para todo aquel que quiera dedicarse al negocio. Una escena que lleva a su máxima expresión la tensión que ha venido atenazando a los protagonistas. Juan y María José han matado a un hombre, sí, pero ese no es su único pecado: son amantes; ella le pone los cuernos al rico de turno, el señor Castro. Rafa, crítico y animador de las fiestas de la alta sociedad, les hostiga con lo que sabe o dice saber, en un juego a tres bandas que ofrece la veta argumental más rica de todas.

Después está la que realmente interesa a Bardem. Bardem no quiere centrarse tanto en esa vertiente de cine negro como en la del cine social. Juan es profesor adjunto en la Universidad, y un tipo brillante, pero su puesto se lo debe a su insigne cuñado, ese con cuya esposa se ve a escondidas. Juan es un infeliz. Se siente incómodo en los saraos de los ricos, pero también juntándose con la plebe. Mientras María José teme que se descubra el pastel ante el riesgo de perderlo todo (dinero, poder, posición social), a él lo que verdaderamente le atormenta es el hecho en sí de haber asesinado a un hombre. La tensión le lleva a cometer otra injusticia, en este caso en su puesto de trabajo, que es la que finalmente le hace abrir los ojos.

Muerte de un ciclista podría haber sido el Sed de mal de Bardem, de habérselo propuesto Bardem. Pero ya superado el ecuador de la película se ve a las claras hacia donde quiere llevarnos. Juan empieza a soltar discursos y a mirar al horizonte, a declamar más que a hablar, y sólo el hecho de que el guión está bien escrito salva la papeleta, porque es innegable que Bardem alcanza en algunos momentos un nivel de pedantería que cuesta cierto esfuerzo digerir. A ratos, lo elegante e inteligente se transforma en presuntuoso y accesorio. En un ejercicio de sobreexplicación, pone demasiadas frases en boca de Juan para que nos quede claro que, efectivamente, se ha dado cuenta de que su vida es una mentira y una mierda, y que el atropello del ciclista no es sino el summum de la degradación en la que vive sumido, él, otrora un soñador y ahora encadenado por los caprichos de los ricos (en los que juega un papel no precisamente menor la pija María José, encarnada por una Lucía Bosé que luce más por su físico que por su interpretación).

Conociendo el perfil político de Bardem, cabía esperar esa deriva en la trama. Aún así, Muerte de un ciclista no deja de ser, en ningún momento, una película dirigida con gusto exquisito y una factura que desmiente el año (1955) en que fue rodada. Las imágenes del atropello, y el corolario cuando ambos revisitan el lugar de los hechos, son de una potencia y una factura (con ese entorno desolador, un árbol, un coche y ellos dos, solos, llenando el encuadre) que habría firmado el mejor Fellini. Es cierto que la primera hora se impone a la última media, y que cuando busca ser un retrato del remordimiento y de la hipocresia social funciona mejor que cuando el protagonista se quita la venda de su pobre existencia. Por algo, sin embargo, fue premiada en Cannes cuando apenas se sospechaba que en España sabíamos hacer cine. Y no neguemos tampoco la valentía de parir un film con tantas denuncias en pleno Régimen.

Estrenos 11 de diciembre

by Pablo

Insulso fin de semana en las salas de cine. Lo que aterriza es flojo y no parece destinado a dejar una gran huella. Pero cumplamos con nuestro deber notarial:

-Algo pasa en Hollywood: Pasa que vuelve Robert De Niro y ya no es la gran noticia de hace… ¿15 años? Desde Casino no hemos vuelto a saborear al gran De Niro, el actor portentoso que llenaba él solito la pantalla. Desde entonces vive entregado a una plácida existencia familiar sólo alterada, de vez en cuando, por peliculillas intrascendentes, habitualmente comedias infumables. Enterarse de que prepara Los padres de ella III con Harvey Keitel… es una puñalada en pleno corazón. La alternativa: echar mano al DVD y montarse una sesión de continua de peliculones como Taxi Driver, Toro Salvaje, El Padrino II y un largo etcétera. Por cierto, la torta que le mete Boyero en El País es de campeonato…

-Blindado: Thriller protagonizado por un grupo de vigilantes de seguridad a los que la codicia arrastra al delito. Opción palomitera con Matt Dillon encabezando un reparto que completan los veteranos Jean Reno y Laurence Fishburne y los televisivos Amaury Nolasco (Prison Break) y Milo Ventimiglia (Héroes).

-El erizo: Cinta francesa que intentan colarnos como la nueva Amelie.

-Mal día para pescar: Candidata uruguaya a los Oscar.

-El camino de los sueños: Documental… español.

Generation Kill

by Pablo

David Simon es un hombre (obvio) cuyo nombre no dirá nada a la inmensa mayoría, pero que se está forjando una solídisima reputación a base de meter el dedo en el ojo de los poderosos, y de hacerlo con sabiduría, buen gusto  y toneladas de talento. Aquellos que amamos The Wire le estaremos eternamente agradecidos por haber creado una de las mejores series que ha alumbrado la televisión mundial. Si parir aquel fresco sobre la decadencia de Baltimore como paradigma de la podredumbre de los mismísimos Estados Unidos de América, en cinco entregas, resultó ejemplar, no es menor el ejercicio de olvidar por un momento las loas y alabanzas (Obama: “mi serie favorita”) y embarcarse en otro proyecto, si cabe, aún más arriesgado.

Porque Generation Kill, mini-serie de la HBO de 7 episodios de 1 hora de duración, gestada a la conclusión de The Wire, es un torpedo que va directo a la línea de flotación del Imperio. Estos días que se habla tanto de Afganistán, de los 40.000 soldados adicionales que enviarán Estados Unidos y la OTAN, resulta de lo más saludable y conveniente presenciar el relato de los primeros días de otra invasión, la de Irak, segunda por orden cronológico en la Guerra contra el Terror en la que embarcó George W. Bush a su país. Cierto: Bush ya no está, su despacho lo ocupa Obama, y por muy demócrat y yes-we-can que sea Barack, sigue apretando con la misma fruición el botón de enviar tropas. Pero de los errores se aprende. Y de errores, muchos errores, se habla en Generation Kill.

La base del relato es la experiencia de un reportero de la revista Rolling Stone, que en contra de lo que pudiera pensarse aquí, en España, no sólo cubre información musical, de la misma forma que Playboy también publica contenidos que van más allá de lo esperado. Ese reportero, Evan Wright, se “empotró” en una unidad de los marines durante el arranque de la campaña iraquí. Se calzó el uniforme, se subió a un humbee y acompañó a la élite del Ejército de Estados Unidos en misiones que iban de lo rutinario a lo arriesgado, pasando por lo estúpido y lo mal planificado. Lo que vio lo cuenta aquí sumando otras cuatro manos, las de David Simon y Ed Burns, el ex poli de Baltimore que ya contribuyó a parir The Wire. Y lo que cuenta es tremendo.

Porque entre esos errores de los que hablábamos cabía anticipar muertes de civiles, prepotencia, subestimación del enemigo, desconocimiento del territorio, prisas y alguna que otra cagada de índole militar. Pero lo que Generation Kill pone al descubierto va mucho más allá: cuando la crema de tus Fuerzas Armadas, los tíos mejor preparados, gente cuyo solo entrenamiento cuesta millones de dólares, no disponen siquiera de lubricante para engrasar sus armas, apañados vamos, que diría el otro. Y quien dice lubricante dice gafas de visión nocturna o mandos que, en lugar de buscar colgarse medallas, planifiquen la invasión con cabeza en lugar de desperdiciar tiempo y recursos. Así, Generation Kill se convierte en una incisiva aunque sintética explicación (7 episodios) de por qué la guerra de Irak empezó mal y estuvo destinada a acabar peor.

Impecable en el aspecto técnico, con una producción cuidadísima y un grado de veracidad que raya siempre el sobresaliente, el verdadero valor de la mini-serie reside en lo que ocurre entre misión y misión, cuando cesan los disparos, se hace el silencio y los soldados comparten sus frustraciones, miedos, bromas y esperanzas. A destacar, aquí, las interpretaciones de Alexander Skarsgard, como el sargento Brad Colbert, brillante y frío, y su subordinado Ray Person, un genial y lenguaraz James Ransone al que ya pudimos disfrutar como el chalado Ziggy Sobotka en la segunda (y menos potente) temporada de The Wire.

Aunque la guerra de Vietnam tuvo un impacto que tal vez no llegue a repetirse, las de Afganistán e Irak son lo más parecido que tenemos en este principio de siglo XXI. Generation Kill es como una rendija a través de la cual se nos brinda la impagable oportunidad de presenciar cómo ocurrieron realmente las cosas, aunque sea poniendo la lupa en un grupo de marines durante los primeros días de invasión, y extrapolando después su ejemplo.

Estrenos 4 de diciembre

by Pablo

Ya está aquí diciembre, el último mes del año, el de las Fiestas Navideñas, el del turrón, Papá Noel y los Reyes Magos… y, por supuesto, el de las películas familiares, para todos los públicos, un poco tontorronas, un bastante de insustanciales, muy olvidables, palomiteras y entrañables ellas. O tal vez todavía no, a juzgar por lo que llega este fin de semana. Más pinta de hornada navideña tenían otras precedentes, las que nos trajeron títulos con ese tufo, y hablo de 2012 y Cuento de Navidad. En lo que al 4 de diciembre se refiere… apenas rastro de “estas entrañables fechas”:

-Spanish Movie: Es muy preocupante, pero volvemos a recomendar un título español. En este caso, tenemos coartada: se ríe de las últimas producciones que han visto la luz en nuestro país. Es probable que todo se limite a las cuatro gracias del trailer, y que hora y media resulte cansina y hasta coñazo, pero las ganas de verla, de momento, no nos las quita nadie.

-Lluvia de albóndigas: Esto sí huele a Navidad. Una cinta de animación para todos los paladares que cuenta las peripecias de un científico que, como la chavala de la piscina, la acaba liando parda. El título original, Cloudy with a chance of meatballs, es muy superior a la insulsa traducción.

-Dos canguros muy maduros: Aquí lo del título es de juzgado de guardia. Del Old Dogs americano a… eso que se han sacado de la manga, median unas cuantas neuronas. Lo malo es que, si ya presenciar las tontunas que se montan Robin Williams y John Travolta se hace cuesta arriba, con semejante reclamo se vuelve un imposible. Absolutamente prescindible.

-In the loop: Comedia con James Gandolfini aka Tony Soprano que parece destinado a comerse los mocos.

-Hermandad de sangre: Otra de terror teen made in USA.

-Españoladas: Las dos vidas de Andrés Rabadán; Vivir de pie; La ventana; Garbo.

Los críticos americanos abren la veda

by Pablo

Empieza el carrusel de premios de la temporada al que pondrá el broche la gala de los Oscar, allá por marzo, cuando tengan a bien los señores de la Academia y de las teles. Los primeros en abrir el fuego han sido los críticos de Estados Unidos, cuya asociación responde al pomposo nombre de National Board of Review. Tremendo.

Estos señores dicen haberse visto todo el (paupérrimo) cine de 2009, y tienen los arrestos para marcarse esta valoración del añito, y menudo añito, que acaba: “las voces y las visiones de los cineastas fueron innovadoras, apasionantes y eclécticas”. ¿Cómo? Me lo expliquen, señores del NBR.

A su (inestimable) juicio, la mejor película es Up in the air, del canadiense Jason Reitman, dado a conocer en 2007 con la comedia indie Juno. El protagonista: un ejecutivo solitario. Su intérprete: George Clooney, agasajado como mejor actor ex aequo con Morgan Freeman por encarnar a Nelson Mandela en Invictus, de Clint Eastwood, reconocido como mejor director. Completan el panel de honor: Carey Muligan (?) como mejor actriz, Woody Harrelson como mejor secundario y Anna Kendrick como mejor secundaria; Jeremy Renner y Gabourey Sibide, como actores revelación.

Además, el NBR considera que las siguientes cintas conforman lo mejor del año:

-An education. Sin estrenar en España.

-500 days of summer. Estrenada en España pero no la he visto.

-The Hurt Locker. Sin estrenar en España.

-Inglorious Basterds. La demostración de que Tarantino se ha echado a perder.

-Invictus. Sin estrenar en España. De obligada visión cuando llegue; al frente, Matt Damon y Morgan Freeman.

-The Messenger. Sin estrenar en España.

-A serious man. Sin estrenar en España. Los Coen vuelven.

-Star Trek. Entretenida, sin más.

-Where the wild things are. Sin estrenar en España. Curiosa y atrevida. Firma Spike Jonze.

-Up. Designada mejor cinta de animación, es mucho más que eso: una joya.

Si los Emmy son la antesala de los Oscar, los premios de la Crítica van anticipando cosas. Una de ellas, que como ocurrió con Wall-E, volverán a equivocarse y relegarán Up a la categoría de animación. Los señores del NBR son muy libres de premiar a quien quieran, y a ello se dedican. Pero a mí, estos premios, a entregar el 12 de enero, nos cogen en frío, muy en frío.

Paul Naschy no volverá a asustarnos

by Pablo

Se llamaba Jacinto Molina Álvarez pero respondía artísticamente al nombre de Paul Naschy. Con él se labró una reputación en el cine, especialmente en el género del terror, que le llevó a ser etiquetado como “el Lon Chaney español” o “el Boris Karloff español”. Naschy ha muerto en Madrid a los 75 años, víctima de un cáncer.

No soy el mayor conocedor de su carrera como actor, director y guionista. Reconozco que siempre he experimentado cierto recelo ante el pelaje de las producciones en las que se embarcaba, serie B que, en ocasiones, hasta rozaba la Z. Pero es innegable su impacto en el segmento del terror.

Es curioso bucear en su biografía. Naschy, cuando aún era Jacinto Molina, se licenció en Arquitectura y, lo que es aún más sorprendente, fue siete veces campeón de España de halterofilia. En 1967, con 33 años, debutó en el celuloide, protagonizando La marca del hombre lobo; primera pero, ni mucho menos, última ocasión en la que se embutió en el pellejo de un licántropo. Protagonizó igualmente títulos cómicos, policíacos y de aventuras, pero fue en el terror donde se movió como pez en el agua, sumando roles de vampiro, momia y jorobado al que le dio mayor fama, el de hombre lobo.

Presidente del Círculo de Escritores Cinematográficos y Medalla de Oro al Mérito en Bellas Artes, rodó documentales durante sus seis años de estancia en Japón, demostrando una versatilidad que se convirtió también en una de sus señas de identidad. Nos deja Paul Naschy y lo lamentamos en la medida en que nos deja un referente del cine.

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