Archive for February, 2010

Estrenos 26 de febrero


27 Feb

Hay que reconocer que el fin de semana que acaba de comenzar no viene nada mal en términos cinéfilos. Títulos más que interesantes y propuestas variadas. Así debería ser más a menudo. Pero no nos acostumbremos: en cuanto pasen los Oscar volveremos a la mediocridad habitual…

-Un profeta: El título debe de ser de lo poco flojo de esta cinta francesa, dirigida por Jacques Audiard, que parece la única en condiciones de arrebatarle a La cinta blanca la estatuilla a mejor cinta extranjera el 7 de marzo. Dos horas y media para narrar cómo un chaval entra en la cárcel hecho un membrillo y sale convertido en el rey del mambo. Galardonada en Cannes y en un sinfín de festivales, es la opción más apetitosa.

-An education: Su protagonista, Carey Mulligan, opta al Oscar a mejor actriz de reparto. Nick Hornby, el hombre detrás de dos libros de culto, Fiebre en las gradas y Alta fidelidad, hace lo propio en la categoría de guión adaptado. Años 60, una chica que se enfrenta al reto de decidir hacia dónde va su vida. Alternativa algo más durilla, para paladares exigentes.

-The lovely bones: Basada en una novela que ha arrasado en USA, supone el intento de Peter Jackson, tras la polvareda de ESDLA y King Kong, de regresar a unos orígenes en los que el título por excelencia es la brillante y desconcertante Criaturas celestiales. A juzgar por el tratamiento de la taquilla y la crítica, el amigo Peter no ha dado en el blanco con la historia de una chica que nos cuenta, desde el más allá, como terminó sus días a manos de un asesino.

-Al límite: Vuelve a ponerse Mel Gibson ante las cámaras 8 años después. Un hombre que intenta desentrañar la muerte (violenta) de su hija. Suena a trillado pero dicen que Mel está bien como maduro fatigado, rozando el arquetipo del anti-héroe. Una incógnita.

-Daybreakers: Otra de vampiros, sí, pero sin almíbares crepusculares. Salen Willem Dafoe y Ethan Hawke.

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El valor de un fan (o cómo Celuloides da las gracias a todos sus seguidores en facebook)


24 Feb

Ya somos 100 fans… mejor dicho, 101… lo que significa que Celuloides en su jugo ha superado el centenar de seguidores/admiradores/fans en Facebook. ¡TACHAN! Bueno y qué, diréis algunos… si cien fans los consigue cualquier señora que guarde las mejores bragas para cuando va al médico, se pelee por los caramelos en las cabalgatas, se asome al patio para hablar con las vecinas en voz alta, cante en alto en misa, compre los plátanos en el Lidl, comente indignada lo que tarda el autobús o pegue con el bolso a Llamazares creyendo que es Bin Laden. Eso es verdad, pero en cuanto a blogs, la cosa no es tan fácil. Vale, Blog de cine tiene 1336 fans, y Directo al paladar 2513, pero la página de Pixel y Dixel tiene 148, y El Blog Salmon 185. Los cuatro son bitácoras especializadas que se sitúan siempre, puesto arriba puesto abajo, entre los 15 más visitados de la blogosfera hispana (es decir, que triplican o cuatriplican en visitas a este humilde blog) según Alianzo.

¿Y qué significa esto? Pues que ni siquiera en los blogs profesionales (los cuatro mencionados lo son) hay una idea clara de para qué sirve tener una página en facebook. Y para comprobarlo sólo tenéis que pasaros por sus muros… ¿Para alimentar el ego? ¿Para competir con otros blogs? ¿Para captar nuevos lectores? ¿Para enlazar los contenidos del blog?

Nosotros lo tenemos claro… queremos conversar con todo aquel que le guste el cine, entre más o entre menos a nuestro blog, así que planteamos temas de conversación, da igual que sean generados por un post nuestro que del vecino. Y tenemos la gran suerte que nuestros 100 fans… perdón otra vez… 101 fans participen tanto o más que nosotros en cada ida de olla que proponemos en facebook. En Internet se ha convertido ya en un axioma la famosa regla del 90-9-1: un 90% de los usuarios son pasivos, un 9% genera algún contenido y 1% genera la mayor parte del contenido más visto. Pues bien, en nuestro pequeño universo, casi sería un 50-49-1. Y esa es nuestra mayor alegría.

Quizás esta reflexión nos llevaría a una pregunta crucial… ¿qué valor tiene un fan? Para nosotros, no es algo que se pueda medir cuantitativamente. Gaby Castellanos escribía hace poco que “un fan vale lo que la empresa este dispuesta a preocuparse por su consumidor, lo que la empresa este interesada por entender sus necesidades, su importancia y su valor”, y entendía que ese valor venía de una decisión muy simple: “antes tenerlos era facil, ahora no, ellos deciden”. Por eso, porque vosotros decidisteis darnos vuestra confianza, para nosotros sois lo más importante.

Así que vamos a celebrar que ya somos 100… quiero decir, 101, y sigamos hablando de cine.

(Ah, y si quieres pertener a nuestra pequeña familia, no lo dudes y ¡hazte fan! aquí)

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Harrison lo hace por la pasta


23 Feb

Amigo Harrison… ya lo sabíamos. Lo has confesado en el Daily Mail, que no es precisamente The Times, pero no nos ha cogido por sorpresa. Sin cortarte un pelo, Harrison Ford, te has marcado una frase para los anales: “estoy en esto por el dinero”. Luego has querido matizarlo: “lo digo de la mejor manera posible, es mi trabajo”.

En la mencionada entrevista, el hombre que interpretó a Indiana Jones, Han Solo y Rick Deckard habla largo y tendido sobre su verdadera motivación para seguir actuando: la pasta, señores, la pasta. “Quiero que me paguen bien porque, de otra manera, estaría siendo irresponsable, no estaría valorando lo que hago”, comenta el amigo Ford. Y abunda sobre esta cuestión: “Cuando llegué a este negocio no sabía ni los nombres de los estudios, tenía un contrato de 150 dólares a la semana. Una cosa que he aprendido es que los estudios no tienen respeto por una persona que está dispuesta a trabajar para ellos por esa cantidad. Me di cuenta de que el valor que yo mismo le diera a mi trabajo sería el valor y respeto que obtendría a cambio”.

El Daily Mail recuerda que la fortuna de Ford asciende a unos 300 millones de dólares (que se sepa). Aquí ya nos hicimos eco en su momento de lo saneadas que estaban sus cuentas. El resto de la charla con Harrison tiene poca chicha, más allá de postularse para una hipotética nueva entrega de Indiana Jones (¡argh!): “dado que estoy vivo, me haré disponible para el nuevo I. J.”

Si decíamos al comienzo que no nos extraña que este hombre sigan en el cine por la pasta es por el nivel de sus últimos títulos: Air Force One, Seis días y siete noches y Hollywood: Departamento de Homicidios hablan a las claras de que no es nivel artístico lo que va buscando Ford en las cintas que protagoniza.

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Gran Bretaña es tierra hostil


22 Feb

Gran Bretaña es “tierra hostil”… para Avatar, a juzgar por lo despachado en los premios BAFTA, el equivalente a los Oscar en las Islas. La cinta más taquillera de todos los tiempos ha sufrido un serio revolcón a manos del film con el que Kathryn Bigelow podría convertirse en la primera mujer que se lleva la estatuilla a casa. O no… Lo sabremos el 7 de marzo.

Lo que ya es seguro es que en UK han decidido que la película del año no ocurre en Pandora, sino en Irak, y no es Avatar, sino En tierra hostil. Ojito al resultado, porque no tiene desperdicio:

-En tierra hostil: mejor película, mejor directora, mejor guión original, mejor fotografía, mejor montaje, mejor sonido (6).

-Avatar: mejor diseño de producción, mejores efectos especiales (2).

6-2: sobran los comentarios. Al margen del que, sin duda, será el duelo de los Oscar (no olvidemos que Cameron y Bigelow, para más inri, estuvieron casados), los BAFTA han premiado las interpretaciones de Colin Firth, Carey Mulligan, Christoph Waltz y Mo’Nique. Para Up, mejor cinta de animación y mejor BSO. Mejor cinta extranjera: Un prophète. Y el premio al novato más prometedor, para Duncan Jones, director de la muy estimable Moon.

La lista completa, cortesía de IMDb, puede consultarse pinchando encima de estas mismas palabras.

Estrenos 19 de febrero


20 Feb

El tío Marty y el primo Leo llegan para elevar el nivel de una cartelera que, por lo demás, baja su perfil. Pasado el subidón de estrenos pre-Oscar, la taquilla se enfría considerablemente:

-Shutter Island: Pese a lo que digan las malas lenguas, no le damos un 8,5 a cualquier película. Lo último de Scorsese se merece esa nota, como mínimo. El realizador de Taxi Driver o Toro Salvaje prolonga su alianza con Leo Di Caprio para servir una cinta que arranca en clave de cine negro y evoluciona hacia un psico-thriller inquietante, con un sanatorio mental ubicado en una isla inhóspita como escenario de extraños acontecimientos. Excelente arranque y briosa continuación para una película de visión obligada.

-El solista: Mano a mano del omnipresente Robert Downey Jr. y Jaime Foxx, en los roles de un periodista y su amigo, el vagabundo virtuoso del violín. Basada en hechos reales.

-Percy Jackson y el ladrón del rayo: No vamos a ser, ni mucho menos, los primeros en decirlo… pero esto huele que apesta a Harry Potter pasado por un pseudo-filtro de leyenda griega. Un crío aparentemente normal que encierra secretos impactantes: vaya, vaya… Por si fuera poco, dirige Chris Columbus, el de las dos primeras entregas de HP. Cómo se nota que las aventuras del niño mago van tocando a su fin (le quedan dos todavía, calma) y hay quien ya quiere recoger el testigo… o hacer caja aprovechando el rebufo.

-I’m not there: Con muchísimo retraso, la cinta coral que homenajea a Bob Dylan. Muchos rostros conocidos. Lo tendrá crudo, crudo en taquilla.

-Arthur y la venganza de Maltazard: Nueva entrega de la saga de dibujos animados.

-Amores locos: Españolada.

Shutter Island


19 Feb

Debo reconocer que cuando Martin Scorsese anunció que Leonardo Di Caprio era su nuevo Robert De Niro, toda una declaración de amor de las que escasean en el mundillo del séptimo arte, no pude evitar esbozar una sonrisa entre incrédula y sarcástica. “¿Di Caprio a la altura del gran De Niro? ¿Qué se ha bebido el pobre y viejo Marty?”, pensé. Y, sin embargo, al salir del visionado de Shutter Island (2010) no me quedó más remedio que reconocer que el viejo, sí, pero sabio Scorsese se había enamorado de Leo por algo. Di Caprio no es De Niro, por más que sus apellidos delaten un origen común e italiano, pero es un gran actor; y bajo la batuta de un tipo como Scorsese, aún más brillante.

El tándem adapta aquí una novela de Dennis Lehane que a punto estuvo de caer en las zarpas de Wolfgang Petersen para convertir la historia en una action movie. También se barajó el nombre de David Fincher dirigiendo a Pitt y Wahlberg. A la luz de lo que han hecho Scorsese y Di Caprio, el libreto acabó en las manos adecuadas: sin haber leído la novela, da la impresión de que se han pulsado todas las teclas adecuadas para servir un intenso, inquietante y absorbente drama de notable carga psicológica, que nos retrotrae a 1954 y nos muestra los denodados esfuerzos de un marshall y su compañero por desentrañar una misteriosa desaparición; para más inri, producida en la isla que da título a la cinta y que alberga un sanatorio mental turbio como poco, con federales patrullando armados y un misterioso pabellón en el que se consumen, recluidos, los locos más peligrosos.

Bajo esta premisa, la historia se articula en dos partes separadas por un eje perfectamente engrasado y que nunca chirría. La primera de esas partes es soberbia y modélica en su presentación del caso, con los marshalls llegando al sanatorio y topándose con las tretas de los doctores al mando (estupendo Ben Kingsley, inquieante Max Von Sydow) y las reticencias de enfermeros y enfermos. El desarrollo de las pesquisas, a pesar de seguir los cánones más clásicos (interrogatorios, pistas, hallazgos), no puede estar rodado/contado con mayor brillantez. Algunas escenas, como la que nos brinda un fantástico duelo verbal a tres bandas entre el personaje de Di Caprio y los dos doctores, es sencillamente sensacional.

Y después está la segunda parte, esa en la que se cargan más las tintas en lo que podríamos denominar “thriller psicológico”, con Scorsese modificando la partitura para que suene menos a Hitchcock, dejando en un segundo plano la propia investigación para mostrarnos las tribulaciones del protagonista, el sufrido Teddy Daniels, al que la línea entre lo real y lo irreal se le empieza a desdibujar en el peor sitio posible: rodeado de locos… y de médicos que se dedican a encerrar locos.

Apoyada en una banda sonora que pone la piel de gallina, con preponderancia de la cuerda, Shutter Island va tejiendo una telaraña asfixiante en la que Di Caprio, perfecto, tremendamente creíble, demostrando que lo de Titanic fue un sambenito, aparece como una pobre mosca que bate sus alas en vano. El guión, excelente, está trufado de giros y sorpresas, especialmente en la recta final, que van estrechando el círculo y cambiando el radar de nuestro atención. Los más escépticos encontrarán aquí, seguramente, el mayor escollo a la hora de quedar satisfechos, pero Scorsese se cuida muy mucho de no dejar ningún cabo suelto (aunque es imposible contentar a todos).

Shutter Island, película magnífica, que lamentablemente no ha llegado a tiempo para los Oscar, es la demostración de hasta dónde pueden llegar un director más que consagrado y un actor de garantías  cuando trabajan sobre un libreto potente. Habrá quien arrugue el morro al toparse con Scorsese lejos de sus historias de gángsters y tipos al límite, pero sí algo prueba Marty con esta película es que, frisando los 70 años, es capaz de arriesgarse; y aquí, no me cabe la menor duda, la influencia de un tío como Di Caprio, que lo absorbe todo como una esponja, ha jugado un papel decisivo.

Veredicto: 8,5

Lo mejor: El arranque de la película, soberbio.

Lo peor: Que se tache de tramposo al guión.

El Caso Smith


18 Feb

(Aviso: la siguiente entrada es de temática absolutamente frívola y carece de valor informativo).

La noticia saltó el pasado lunes: a Kevin Smith, director de cintas estimables como Persiguiendo a Amy y Clerks, pero más conocido por chorradas como Jay y Bob el Silencioso contraatacan, le bajan de un avión… por gordo. Así, lisa y llanamente. El realizador no cabía en el asiento que le había asignado Southwest Airlines, lo que llevó a la compañía a ubicarle en otro vuelo. El revuelo (valga la redundancia) se produjo en el momento en que el asunto dio el salto a Twitter, red social que empieza a adquirir usos tan novedosos como este: que un cineasta de Hollywood y una aerolínea se pongan a parir. Y es que si el cineasta afirmó en su cuenta que está “gordo, pero no tanto”, la compañía no se quedó atrás y se refirió a Smith como el “no tan silencioso Bob”, en referencia a su personaje.

En fin. Este lamentable incidente ha llevado a Celuloides a reflexionar sobre la gordura en el mundo del cine; en concreto, en el campo de la dirección. La del séptimo arte es una de las empresas que más privilegian el físico, por lo que es raro encontrar actores gordos, aunque también los hay (véase ilustres como Charles Laughton y otros no tanto como John Candy o John Goodman). Los directores, en principio, tienen plena libertad para poseer cuantas lorzas deseen. Y, sin embargo, parece haberse extendido una fiebre por el adelgazamiento que amenaza con dejar a Kevin Smith sólo en su atalaya de obesidad.

Y si no nos creéis, ahí van un par de ejemplos. Peter Jackson, aparte de llevarse Oscar y millones a puñados por la trilogía de El Señor de los Anillos era un señor de oronda figura hasta que le dio por adelgazar de forma bestial. En el ámbito casero, Álex De la Iglesia, más allá de su pax académica con Pedro Almódovar (también entrado en kilos), también atrae miradas por los muchos kilos que se ha quitado últimamente.

Smith siempre se podrá reivindicar a sí mismo como digno sucesor de dos célebres directores de generosas carnes: el gran Alfred Hitchcock y el también genial pero irregular Orson Welles. Lástima que su cine no les llegue a estos dos caballeros a la altura de los zapatos. Para arreglarlo, ahora ya rueda material que no es suyo (Cop Out se estrena este fin de semana en Estados Unidos).

Moraleja: no existe; esta entrada no aporta nada, más allá de una reflexión personal bastante traída por los pelos.

Contracrítica: Invictus


17 Feb

El género deportivo siempre es complicado; podría decirse, incluso, que es poco agradecido. Exige ciertos peajes, como bien saben todos aquellos que se han atrevido a hincarle el diente. En el caso de Invictus, el peaje era necesario. Clint Eastwood llevaba años queriendo rodar una película sobre Nelson Mandela. El personaje es fascinante: un hombre negro sometido por una minoría de hombres blancos que lo confinan a una presión durante cinco lustros, y cuando sale, lejos de buscar venganza, se convierte en presidente de su país y predica el perdón con su ejemplo. Tremendo. Demasiado tremendo para una película: las propias memorias de Mandela no servían. El factor humano, libro de John Carlin, se convirtió en un rayo de luz en medio de la oscuridad: un evento deportivo, el Mundial de rugby, como metáfora de la complejidad y alcance de lo que logró Mandela… y de Mandela en último término.

Aún así, comprimir ese material en dos horas no iba a resultar sencillo. No lo es. La película es un reflejo de esa dificultad: no hay tiempo para profundizar en los logros de Mandela, extenderse en su vida personal. El Mundial de rugby se come demasiado metraje. Es posible que Eastwood hubiera podido sacrificarlo hasta cierto punto, especialmente en la final, que se hace larga. Pero no lo hizo, tal vez deseoso de concederle al evento la importancia que tuvo. Después de todo, Invictus no es una cinta política. Tampoco deportiva, de acuerdo. Volviendo al comienzo, es el relato de cómo un hombre inteligente utiliza los acontecimientos a su favor: en el rubgy, deporte de los blancos por excelencia, vio la ocasión improbable, casi imposible, de unir a opresores y oprimidos, a vencedores y vencidos. Detectar maniqueísmo en algo que ocurrió realmente, que un equipo, el de Sudáfrica, al que no se concedían grandes posibilidades, se alzó con el triunfo, es ir demasiado lejos. Esas cosas ocurren: de hecho, ocurrió así; tal vez cargando las tintas, con exceso de cámara lenta y metáforas visuales facilonas… pero es un hecho histórico.

Invictus dista mucho de ser una película perfecta. Vive, en gran medida, de dos activos: la potencia de lo que cuenta y Morgan Freeman. La historia es tan poderosa, tiene tal alcance, que incluso un guión que es mejorable es incapaz de tirarla por tierra. Un ejemplo: la visita de los Springboks a los niños toca la fibra sin grandes alardes. Y después está Morgan Freeman, un actor de esos que nunca fallan, el hombre al que el propio Mandela designó como el único que podría interpretarle. El trabajo de Freeman es sobresaliente y está justamente en la lista de candidatos al Oscar (para apreciar plenamente su trabajo conviene acudir a la versión original). Con Matt Damon quizás cueste llegar tan lejos. No está mal, no desentona, pero queda el poso de que el suyo no ha sido un papel difícil o complejo. Se limita a poner cara de buen chico, de deportista, y queda claro que la mayor parte de su trabajo ha sido en el gimnasio, antes del rodaje. ¿Encarna con garantías a un jugador de rugby? Sin duda; en ese sentido, nada que objetar. Que esté igualmente nominado por un papel con tan pocas aristas… discutible.

Y en cuanto a Eastwood, es obvio que no es el trabajo en el que se ha empleado más a fondo. No es, está a millones de kilómetros de serlo, una película de director. No deja una impronta, un sello. Se limita a rodar y rueda, con eficacia y solvencia, aunque cayendo en algunos momentos en el recurso fácil. Quizás, por aquello de que las comparaciones ayudan, se echa en falta el brío de Steven Spielberg en Munich, película injustamente infravalorada y con la que guarda ciertos paralelismos (política y deporte, aunque el deporte, en Munich, no es más que el leit motiv, el punto de arranque). Munich tiene otro brío, pero no perdamos de vista que Invictus es un biopic más al uso, sin los agradecidos asideros que proporciona un trhiller de caza al terrorista.

Seguramente, Invictus no es la gran película que la mayoría esperábamos. Pero no es una mala película. Está hecha por un buen director, a partir del guión de un sudafricano (importante detalle), e interpretada por buenos actores. El material es de tal calidad (el material histórico, entiéndase) que uno aguarda una obra maestra, una cinta que impacte en cada fotograma. En este sentido, puede llegar a defraudar, porque uno no sale del cine dándole vueltas a lo que acaba de ver, conmocionado, calado. No: uno sale, admite que ha estado bien y piensa en la próxima película de su lista. Pero no es una mala película; y desde luego, no es un bodrio.

Veredicto: 7.

Lo mejor: Morgan Freeman.

Lo peor: Eastwood no le exprime todo el jugo al limón.

Invictus


17 Feb

Que una buena historia no garantiza una buena película creo que es algo sobradamente demostrado, incluso aunque esa historia se base en hechos reales. Y esa verdad no puede cambiarla ni Clint Eastwood, que ofrece una de sus peores películas en años. O, mejor dicho, en décadas.

Da la impresión que con Invictus (2009), Eastwood ha confiado demasiado en las bondades del libro El factor humano (de John Carlin, no confundir con la obra maestra de Graham Greene). El libro documenta cómo el recién elegido presidente de Sudáfrica, Nelson Mandela, utiliza a la legendaria selección de rugby, otrora símbolo del apartheid, cómo herramienta para la pacificación y unificación del país. Todo en el marco de la Copa del Mundo de Rugby que organizó y ganó Sudáfrica allá por 1995. Es, por tanto, una historia política sobre el fin de las leyes raciales y una historia de superación por el triunfo de los llamados springboks.

En el primer contexto la película fracasa estrepitosamente: Eastwood sólo traza una visión de la Sudáfrica de aquellos tiempos muy edulcorada, con referencias muy esporádicas a la crisis económica o el desempleo, y cargando todas las tintas en un Mandela digno de una película de Disney. Como digno de estudio es la subtrama familiar de Mandela o, mejor dicho, el esbozo que hace de ésta Eastwood, tan breve y confusa como complaciente.

Sobre el tema deportivo, la película es tan buena como pudiera serlo cualquiera con esa temática mil veces vista: equipo más malo que la música de los coches de choque se encuentra con su mesías (ya sea un entrenador con malas pulgas, un jugador en horas bajas dispuesto a reivindicarse o, en este caso, un presidente con un gran poder de convicción), realiza su catarsis (en este caso, la reconciliación del equipo con la población negra) y gana el campeonato. Tal que así.

Si no fuera firmada por Eastwood, lo más probable es que esta película hubiera ido directa a una sesión de sobremesa de la tele. Porque además del edulcoramiento histórico, lo manido del argumento y lo simplón del mensaje, la película está hecha con desgana. Algunos personajes, como la mayor parte de los guardaespaldas con los que Eastwood se empeña en crear un paralelismo con la sociedad sudafricana, son insufribles, más allá de que alguno tenga gracia. Otros son desaprovechados de una forma increíble, como el del padre del capitán de los springboks, un personaje con muchas posibilidades pero sin ningún tipo de fuerza, que sirve  sólo de altavoz para mostrar una evolución social que ni se ve ni se siente. Un palo de padre, que ni se abraza a su hijo cuando éste le trae las entradas para ver la final de la copa del mundo. En definitiva, un ejemplo de la poca profundidad que, en rasgos generales, trasmiten todos y cada uno de los personajes.

Pero lo más grave es el sopor que desprende la película. Hay secuencias que son para cortarse las venas de largas e innecesarias (las secuencias, no las venas, que nadie se confunda por favor). La previsibilidad, más allá de que se traten de hechos históricos más o menos conocidos, es tal, que Eastwood, al final, intenta crear algo de suspense para despertar a la platea juntando un avión con un tío con Ray Ban. El as en la manga es tan ridículo que me abstengo de encontrarle una explicación. Y entre tanta desidia Matt Damon y Morgan Freeman. Damon pasaba por allí con una caja de anabolizantes, por lo que no vamos a tenérselo en cuenta, y Freeman… Freeman parece que es el único que se lo toma en serio, y con un Mandela mejor construido, con más dobleces y más personalidad casi hubiera conseguido convencernos de que era Mandela. Pero se quedó en Teresa de Calcuta. Vaya por Dios.

Veredicto: 4

Lo mejor: Que puedes abandonar el cine sin preocuparte por cómo acaba.

Lo peor: Que Clint Eastwood no es Dios. Ni Freeman su profeta.

Ah, sí, los Goya…


15 Feb

 

Anoche se entregaron los Goya. Unos premios que son como los Oscar pero en plan casero y con Buenafuente como presentador. A veces, los galardonados, cuelan morcillas políticas en sus discursos; depende del gobierno de turno: ayer no hubo. En los Oscar te dan una estatuilla de un tío calvo y desnudo; aquí, un busto de Goya, que como todo el mundo sabe, tuvo un papel muy relevante en el cine de este país…

Hoy, en los periódicos, ocupan las fotografías y los textos el señor Almodóvar, que hizo acto de presencia en plan “regreso del hijo pródigo”; Álex De la Iglesia, que al parecer lo ha hecho fantástico; y Pe y Bárdem, que se mostraron muy sonrientes ante las cámaras. Precioso todo.

Ah, y también se entregaron premios. El titular, básicamente, es que Celda 211 se pasó a Ágora por la piedra. Para el thriller carcelario, mejor película, mejor director, mejor actor, mejor actriz secundaria, mejor actor revelación… y los técnicos, para el drama histórico-astronómico. Monzón le pintó y bien la cara a Amenábar.

Capítulo aberraciones: a la argentina Soledad Villamil, ocho cintas, aparte de televisión, en su currículum, le endilgan el Goya a actriz revelación; Slumdog Millionaire, triunfadora en la edición de los Oscar ¡de hace un año! es elegida mejor cinta extranjera. En fin, cosas que sólo pasan en los Goya…

Celuloides en su jugo

Recetas sencillas para degustar buen cine, sabroso y bajo en calorías.