Precious

Podríamos plantear el debate (aunque sería absurdo) acerca de qué películas contribuyen más al cine, y cuáles menos. ¿A quién le debe más el cine, a James Cameron o a Lee Daniels? ¿Qué pesa más, los 2.000 millones de dólares para arriba que ha recaudado Avatar, o la capacidad de remover entrañas de Precious? Hay quien dice que los Oscar deben y van a premiar las aventuras de Pandora por haber devuelto a la gente, en masa, a los cines. ¿Estamos entonces premiando la taquilla? ¿No se trataba de contar historias mediante imágenes? Lo dicho: es un debate estéril. Por mi parte, prefiero resumirlo así: por cada Avatar, hace falta, al menos, una Precious. Una forma de garantizar el equilibrio entre blockbusters y cintas independientes.
Precious, basada en la novela Push de Sapphire, es lo mejor que ha parido el cine indie en mucho tiempo. Se dieron cuenta en Sundance y se dio cuenta una mujer tan avispada como Oprah Winfrey, que ha hecho de su visión de negocio un auténtico fortunón. Advirtieron su rara capacidad para convertir lo que podía ser el argumento de un telefilm lacrimógeno en una película que te sacude y zarandea como un huracán.
Precious: chica de dieciseis años, negra, obesa mórbida, analfabeta, esperando su segundo hijo ¡de su padre!, progenitor también de su primer crío, que padece síndrome de Down, esclavizada por una madre déspota y adicta a la televisión, una chica a la que despojan de su único refugio, las clases, por culpa del embarazo. En manos de otro, carne de bodrio a emitir un domingo a las cuatro de la tarde. Título: Adolescencia truncada. En manos de Lee Daniels, un retrato demoledor de la marginalidad, de a dónde puede llegar el ser humano cuando la vida no hace otra cosa que arrojarle mierda… y, a partir de ahí, cómo existen otras personas, altruistas y desprendidas, que pueden ayudarnos a revertir la situación y salir adelante.
Precious, sin querer destripar la trama, es ante todo una historia de superación personal. Por el camino, claro, asistimos a tal sucesión de zancadillas que, sencillamente, nos preparamos para lo peor. Así es, en realidad, en la novela original. Daniels ha preferido matizar el argumento con dosis de optimismo; el resultado es óptimo, porque no oculta los padecimientos del principio y consigue, además, acentuar la oscuridad a base de claridad.
De todas formas, si Precious funciona es gracias a su reparto, con doble mención: para Gabourey Sidibe, que interpreta a Precious; y para Mo’Nique, que encarna a su madre. Una película como esta, de guión puro y duro, de intérpretes, llega tan lejos como lo hagan sus actores; en este caso, actrices. Y la actuación de ambas es, sencillamente, sensacional. A Sidibe le toca una papeleta difícil, la de meterse en la piel de una chica casi límite, de pocas palabras y menos gestos. A Mo’Nique le cae en suerte un papel más agradecido, el de una mujer amargada y déspota; más agradecido pero también más arriesgado. Ambas, en cualquier caso, salen tan bien paradas del lance que optan a sendos Oscar. La cinta, por cierto, está incluida en otras cuatro candidaturas. Seis opciones que hablan bien a las claras de lo que ha conseguido Precious.
Y por si fuera poco, aparecen en pantalla Mariah Carey, con un papel nada circunstancial, y Lenny Kravitz, éste en un cuasi-cameo, y no desentonan en absoluto.
En definitiva, Precious es de esas películas que te reconcilian con el séptimo arte. De las que te recuerdan, y no quiero con esto parecer demagogo, que con una cámara, un guión y unos actores, es posible rodar un gran film. Que la tecnología 3-D y los efectos digitales de última generación están muy bien; que Pandora apabulla y los Na’Vi impactan. Pero, sin querer desmerecer a Cameron, cuánta falta hacen trabajos como Precious: cine en esencia, en estado puro, de ese que sabe contarnos una historia, hacernos partícipe de ella y dejarnos sin palabras.
Veredicto: 8.
Lo mejor: Que consiga que Mariah Carey parezca una actriz de verdad.
Lo peor: Que hiciera falta que Oprah Winfrey apostara por ella.
