Sherlock Holmes

El de Guy Ritchie, salvando las (enormes) distancias, es un caso parecido al de Quentin Tarantino: directores que deslumbran con sus dos primeras películas, entran después en una fase acomodaticia casi obscena y acaban emergiendo (?) con una película que les devuelve el fervor de las masas sin que en el proceso, aparentemente, se les haya cuestionado en exceso.
Ciñéndonos al caso concreto de Ritchie, su fulgurante aparición (Lock, stock and two smocking barrels y Snatch) dio paso a una época insípida en la que su matrimonio con Madonna fagocitó su carrera, incluyendo Barridos por la marea, la cinta que unió/hundió sus vidas conyugal y profesional. Despachadas después la casi invisible Revólver y la fallida RocknRolla, claro y desesperado intento por volver a ser el de los inicios, a Ritchie no le ha temblado para nada el pulso a la hora de coger las riendas de un proyecto que, a priori, tenía difícil llevar su sello, más allá de un par de jugadas marca de la casa. Y, sin embargo, nadie le ha pedido explicaciones.
Aunque mediaban un par de décadas desde la última adaptación, Sherlock Holmes ostenta el récord de mayor número de versiones para la gran pantalla, con más actores que ningún otro personaje de ficción encarnando al detective privado más famoso de todos los tiempos y, de paso, a su fiel escudero, el doctor Watson. Ritchie, por tanto, le hincaba el diente a un hueso tan roído que no había más remedio que, como se dice ahora, customizarlo. Unas cuantas manos de pintura y un cambio de chapa para que el viejo Holmes pareciera menos viejo y los adolescentes, el nuevo target de los gerifaltes de Hollywood, se sintieran atraídos a las salas de cine.
A Ritchie, desde luego, no se le puede negar que ha conseguido el objetivo: con más de 400 millones de dólares recaudados en el momento de redactar esto, con la taquilla condicionada por el boom Avatar, los mandamases de Warner bien pueden darse con un canto en los dientes y saborear la posibilidad de una o varias secuelas. ¿Y el espectador? Aquí intervienen ya las expectativas de cada uno. Quien acuda sin mayores pretensiones que las de pasar un rato entretenido y no le cueste digerir al nuevo Holmes, quedará satisfecho. Quien, conocedor del currículum del cineasta británico, acuda esperando algo más, corre el riesgo de sentirse defraudado.
Robert Downey Jr está bien (aunque el Globo de Oro parece exagerado). Jude Law y Rachel McAdams cumplen. El malo, Mar Strong, resulta algo flojo. La trama no es nada del otro mundo, y se decanta por la senda conspiratoria cuando, si por algo se hizo famoso Holmes, es por resolver asesinatos intrincados. Visualmente poderosa, la candidatura a la mejor dirección artística en los Oscar se antoja justa, como ocurre con la banda sonora. ¿Y Guy Ritchie? Pues está ahí, tras la cámara, aunque apenas se deja sentir en alguna que otra de esas narraciones desordenadas que tanto le gustan, o en las coreografías de las peleas (en fin, más humo que otra cosa).
Irregular, no demasiado espectacular, correcta, brillante por momentos, aburrida en otros, es dudoso que Sherlock Holmes vaya a dejar huella. Conseguido lo más difícil, que aceptemos esta nueva versión pendenciera y chaparra del detective, y es algo que consigue pronto, falla en cambio en lo que debería ser más sencillo: despachar una buena historia a la altura de dos personajes y una época que son un caramelo. Pero ni Ritchie ni sus guionistas dan plenamente con la tecla. Una lástima.
Veredicto: 6.
Lo mejor: Su factura visual.
Lo peor: Ritchie se vende al cine más comercial y a nadie parece importarle.
