Dóberman

El género de acción en Europa tiene algo que, definitivamente, lo diferencia y aleja del que se cocina en Estados Unidos. Como dice en un momento de Dóberman (Dobermann, 1997) el estupendo personaje del inspector Cristini, “esto no es Hollywood”.
Efectivamente, no es Hollywood, sino Francia, Europa. Y como no es Hollywood flota en el ambiente la sensación de que todo está permitido, de que no hay por qué rodar con las ataduras que impone la moral estadounidense: por supuesto, los desnudos están más que bienvenidos, pero es incluso en la parte violenta, donde en los USA están un poco más dispuestos a hacer la vista gorda, donde las cosas se llevan mucho más al extremo. Existe como una raya imaginaria que delimita, en América, hasta qué punto es aconsejable llegar. Por eso “los malos”, de una u otra manera, acaban pagando, y por eso “los buenos” se salen siempre con la suya; niños, mujeres y mayores quedan fuera de la ecuación; y sí, es posible que la sangre corra a chorros, pero respetando ciertas convenciones: desde luego, nada de introducir una granada en el casco de un poli motorista que acaba reventando tras pedir a los transeúntes que no se acerquen a ayudarle…
En esencia, lo que ocurre con la acción a la europea, y especialmente con la francesa, es que el resultado, avance por el camino que avance, parece tender al desmadre. Lo cómico se encuentra a flor de piel, los personajes son más histriónicos y todo se encara con cierto desparpajo, con cierta conciencia de que tampoco lo que hay entre manos (unos ladrones robando bancos, unos polis intentando meterlos en la cárcel) es como para tomarlo demasiado en serio. No se buscan las motivaciones: el protagonista, Dóberman, no tiene ninguna trauma, más allá de que le regalaran su primera pistola el día de su bautizo. Es un cabronazo, y punto. Un tipo que disfruta robando y matando. Su némesis, el mencionado Cristini, tampoco es un santo: es uno de esos maderos a los que no les gusta “seguir el libro”, por traducir una expresión muy de USA; un sujeto filonazi al que deleitan los interrogatorios extremos y que está tan pasado de rosca que sus métodos no difieren demasiado de los que usan los maleantes. Así que en lugar de tener, como suele ocurrir, las dos caras de un mismo espejo, lo que tenemos es un psicópata y su reflejo.
Orquestada en forma de golpe-persecución-golpe-persecución, con traca final en discoteca claustrofóbica, Dóberman destaca por su anfetamínica puesta en escena, su ánimo transgresor y su caudal adrenalínico. Películas desfasadas hay unas cuantas, pero con un director detrás que consiga que no se le desboque el caballo… si lo pensamos, no tantas. A Jan Kounen hay que reconocerle eso. Del resto se encargan un Vincent Cassel sorprendentemente comedido y el desatado Tchéky Karyo, bien secundados por una galería de personajes-límite (“El abad”, “Mosquito”, “Pitbull”) de la que la menos interesante es “la chica”, Monica Bellucci, ya por entonces pareja de Cassel, a la que Kounen acierta entregando el rol de sorda, de tal forma que no tiene ni una línea de diálogo y se limita a lucir palmito.
Aquellos que esperen ortodoxia y cumplimiento de las normas, renegarán de Dóberman. Comulgarán, en cambio, quienes agradezcan unas cuantas dosis de locura y una estética más cercana al cómic, que si bien sacrifica el realismo, aumenta considerablemente el entretenimiento.


que ser consciente de que lo que está viendo responde a una época, un cine y un público totalmente diferente al de hoy en día. Hay que esforzarse por comprender un lenguaje cinematográfico distinto, nacido por unas limitaciones técnicas evidentes (el sonido), una tradición más teatral en la composición de escena y en el trabajo de los actores y unos gustos orientados al público de hace casi cien años. Eso sin contar el deterioro casi generalizado de las copias y la manipulación de la velocidad de proyección, lo que suele ser común en estos casos. Demasiadas dificultades, dirán algunos. Pues a veces, dice este humilde crítico, vale la pena. Con El Maquinista de la General (The General, 1926), estamos ante una de esas veces.




