Dóberman

by Pablo

El género de acción en Europa tiene algo que, definitivamente, lo diferencia y aleja del que se cocina en Estados Unidos. Como dice en un momento de Dóberman (Dobermann, 1997) el estupendo personaje del inspector Cristini, “esto no es Hollywood”.

Efectivamente, no es Hollywood, sino Francia, Europa. Y como no es Hollywood flota en el ambiente la sensación de que todo está permitido, de que no hay por qué rodar con las ataduras que impone la moral estadounidense: por supuesto, los desnudos están más que bienvenidos, pero es incluso en la parte violenta, donde en los USA están un poco más dispuestos a hacer la vista gorda, donde las cosas se llevan mucho más al extremo. Existe como una raya imaginaria que delimita, en América, hasta qué punto es aconsejable llegar. Por eso “los malos”, de una u otra manera, acaban pagando, y por eso “los buenos” se salen siempre con la suya; niños, mujeres y mayores quedan fuera de la ecuación; y sí, es posible que la sangre corra a chorros, pero respetando ciertas convenciones: desde luego, nada de introducir una granada en el casco de un poli motorista que acaba reventando tras pedir a los transeúntes que no se acerquen a ayudarle…

En esencia, lo que ocurre con la acción a la europea, y especialmente con la francesa, es que el resultado, avance por el camino que avance, parece tender al desmadre. Lo cómico se encuentra a flor de piel, los personajes son más histriónicos y todo se encara con cierto desparpajo, con cierta conciencia de que tampoco lo que hay entre manos (unos ladrones robando bancos, unos polis intentando meterlos en la cárcel) es como para tomarlo demasiado en serio. No se buscan las motivaciones: el protagonista, Dóberman, no tiene ninguna trauma, más allá de que le regalaran su primera pistola el día de su bautizo. Es un cabronazo, y punto. Un tipo que disfruta robando y matando. Su némesis, el mencionado Cristini, tampoco es un santo: es uno de esos maderos a los que no les gusta “seguir el libro”, por traducir una expresión muy de USA; un sujeto filonazi al que deleitan los interrogatorios extremos y que está tan pasado de rosca que sus métodos no difieren demasiado de los que usan los maleantes. Así que en lugar de tener, como suele ocurrir, las dos caras de un mismo espejo, lo que tenemos es un psicópata y su reflejo.

Orquestada en forma de golpe-persecución-golpe-persecución, con traca final en discoteca claustrofóbica, Dóberman destaca por su anfetamínica puesta en escena, su ánimo transgresor y su caudal adrenalínico. Películas desfasadas hay unas cuantas, pero con un director detrás que consiga que no se le desboque el caballo… si lo pensamos, no tantas. A Jan Kounen hay que reconocerle eso. Del resto se encargan un Vincent Cassel sorprendentemente comedido y el desatado Tchéky Karyo, bien secundados por una galería de personajes-límite (“El abad”, “Mosquito”, “Pitbull”) de la que la menos interesante es “la chica”, Monica Bellucci, ya por entonces pareja de Cassel, a la que Kounen acierta entregando el rol de sorda, de tal forma que no tiene ni una línea de diálogo y se limita a lucir palmito.

Aquellos que esperen ortodoxia y cumplimiento de las normas, renegarán de Dóberman. Comulgarán, en cambio, quienes agradezcan unas cuantas dosis de locura y una estética más cercana al cómic, que si bien sacrifica el realismo, aumenta considerablemente el entretenimiento.

Estrenos 12 de febrero

by Pablo

Se apacigua la cartelera. Amaina el torrente de estrenos potentes pre-Oscar y este fin de semana sólo tenemos cuatro novedades, de las que únicamente una estará representada en la gala del 7 de marzo. He aquí el póker de films:

-Un hombre soltero: Tom Ford, diseñador famoso por salvar a Gucci, se pasa a la dirección y sorprende por sus buenas maneras. Bastante pretencioso, nadie puede negarle un gusto soberbio y pulso firme, muy firme para tratarse de su debut. Colin Firth, candidato al Oscar, borda su papel. Aquí ya dimos nuestra opinión.

-El hombre lobo: Benicio del Toro sigue los pasos de Jack Nicholson, aunque poco tiene que ver esta nueva adaptación de la historia del licántropo con aquel fallido Lobo del amigo Jack: el look, aquí, es más de cuento gótico con aroma victoriano. A Benicio lo secundan el siempre grande Anthony Hopkins y Emily Blunt. Para desgustar con el habitual pack refresco+palomitas.

-Historias de San Valentín: Mucho nombre conocido, con Julia Roberts a la cabeza, para un producto diseñado exclusivamente para romper la cartelera en estas fechas. Esperemos que no lo consiga.

-Nacidas para sufrir: españolada.

En tierra hostil

by Carlos

Aunque la crítica suele presentar a Kathryn Bigelow como la ex-mujer de James Cameron (mierda, lo acabamos de hacer), lo cierto es que atesora un currículum como directora de los más envidiable y variopinto: de la interesante Los viajeros de la noche (Near Dark, 1987) a la trepidante Le llaman Bodhi (Pont Break, 1991), pasando por el fiasco de K-19: the widowmaker (2002) o la arriesgada Días extraños (Strange Days, 1995). En definitiva, una mujer acostumbrada a manejar testosterona y que con su último trabajo, En tierra hostil (The hurt locker, 2008), optará por vez primera al Oscar a la mejor dirección y a la mejor película. Por supuesto, no seremos nosotros los que recurramos al morbo al recordar que se enfrentará en estos dos apartados a su ex-pareja (mierda, lo hemos vuelto a hacer), el flamante creador de Avatar. A nuestro juicio, es mucho más relevante resaltar que puede ser la primera directora de cine en ganar el Oscar. Para empezar, ya se ha llevado el premio del sindicato de directores.

Pero hablemos de En tierra hostil, film con nueve nominaciones al calvo de oro y que ha sido la gran sorpresa del año con una historia tan simple como efectiva: el día a día de una brigada estadounidense de desactivación de explosivos en Irak. Dividida en actos, esta brigada de tres hombres se verá envuelta en diversas situaciones, a la cual más peliaguda, que tendrán en vilo al espectador. La sensación es la de estar viendo varios capítulos seguidos de una serie de televisión: escenarios más o menos iguales, un trío protagonista con muy pocos secundarios y la misma fórmula en cada acto: aviso de bomba, la cosa se complica y final feliz (casi siempre). En este aspecto, el trabajo es encomiable: con cada nueva bomba, no sólo aumenta la dificultad para los personajes, sino que les expone al límite para ofrecernos más información sobre ellos. Se podría hablar de una larga presentación de personajes aderezada con una narración ágil, una factura bella y hasta poética en algunos casos, y una acertada ausencia de crítica o propaganda. No hay puntos de giro, ni enrevesadas subtramas… simplemente la vida de unos hombres esperando llegar vivos al día de su reemplazo.

Precisamente en el guión está lo mejor y lo peor de esta película. Si bien estos episodios de violencia funcionan perfectamente como pequeñas historias, globalmente la película gira en espiral sin nada que empuje a los personajes, aparte de sus obligaciones como soldados. Esa larga presentación termina con un final de lo más abrupto que nos lleva justo al principio. Además, las subtramas tienen muy poca fuerza y no aportan casi nada. Estamos, en definitiva, ante una estructura no clásica con un desarrollo sobresaliente pero rematado de forma imprecisa.

Los actores, en su mayoría desconocidos, hacen un  trabajo muy convincente. Tanto como el Bagdad retratado en la película (que se rodó en Jordania), un moderno salvaje oeste con una atmósfera agobiante y caótica en la que acechan los peligros. Y es que En tierra hostil recuerda muchas veces a un western en el que tres sheriff intentan imponerse en una ciudad sin ley, una sensación que se acentúa con el desierto, las estrechas calles y las emboscadas que sufre la unidad de desactivación de explosivos. Porque más que en tierra hostil, lo que están es solos ante el peligro.

Veredicto: 7,5

Lo mejor: Acción bien rodada sin ataduras morales. Y que Evangeline Lilly aparece en un minúsculo papel.

Lo peor: El final. ¿Y por qué sale tan poco Evangeline Lilly?

Un hombre soltero

by Pablo

Mentiría si dijese que el salto de Tom Ford del mundo de la moda al del cine a todos los efectos, escribiendo un guión y rodándolo, cuando toda su experiencia previa residía en el vestuario de Quantum of Solace, no me hizo desconfiar. Sabedor de lo que ocurre cuando un director de vídeo-clips da el salto al celuloide, me temí algún tipo de experimento que guardaría con una película al uso poca o ninguna similitud. El resultado de Un hombre soltero (A single man, 20o9) es, en cambio, mucho más que digno. Cierto que ayuda sobremanera el haberse apoyado en una novela como sustrato argumental. Medida inteligente y acertada para un debut ante las cámaras.

Ante todo, el film está rodado con un gusto exquisito, lo esperable del tipo que rescató a Gucci de la bancarrota. Un buen gusto reñido, a menudo, con una tendencia considerablemente acusada hacia lo pretencioso, siempre con un punto de amaneramiento que también cabía esperar del diseñador. Escenas como la que abren la película, y me refiero al cuerpo nadando ¿sugerentemente? en el agua, como si bailara; o la del beso en la nieve, buscan ser líricas, poéticas, y resultan, sin embargo, cargantes, artificiales y, lo dicho, pretenciosas.

De hecho, cuando mejor funciona Un hombre soltero es cuando Ford se deja de chorradas y rueda una película al uso: cuando nos muestra a ese profesor británico de Universidad al que la pérdida de su compañero sentimental (es gay) supone una losa tan tremenda que es incapaz de encarar el día con una sonrisa. Sí, la cinta sigue siendo lenta y despaciosa, pero ya no artificial, y permite recrearse en las buenas maneras de Ford, en ese buen gusto del que sabe hacer gala.

Desde luego, es una suerte contar con un señor como Colin Firth, al que admito haber cogido tirria en las películas de Bridget Jones, pero que aquí borda el papel, en una interpretación medida y muy lograda, de las que consiguen soportar sobre sus hombros todo el peso del metraje, justamente reconocida con la Copa Volpi en Venecia y una candidatura en los Oscar. Su George tiene un aire, con el traje y las gafas de pasta, al Guido de 8 1/2 de Fellini. Firth despliega su talento y está bien secundado tanto por Julianne Moore como por el novato Nicholas Hoult, que interpreta al posible nuevo amante. En la intensa jornada que abarca el arco argumental del film (salpicado de flashbacks, el recurso de Ford para explicarnos el ahora pasando por el antes y expandir la trama) también hay tiempo para que emerja, a modo de pasajero objeto de deseo, el modelo Jon Kortajarena, en una irrupción más bizarra que otra cosa, como remedo ¿madrileño? de James Dean. “Me llamo Carlos”, suelta…

Si algo hay que agradecerle al diseñador Ford es que Un hombre soltero no sea un capricho, la veleidad de un tío con demasiado dinero y demasiadas ínfulas. Nada de eso: estamos ante una película trabajada, a la que lastran los excesos oníricos y un pelín de metraje, pero que pasa holgadamente el corte.

Veredicto: 7.

Lo mejor: Colin Firth.

Lo peor: Esas escenas de desnudo acuático…

El maquinista de la General

by Carlos

Cuando uno se dispone a visualizar una película de la época muda, tiene que ser consciente de que lo que está viendo responde a una época, un cine y un público totalmente diferente al de hoy en día. Hay que esforzarse por comprender un lenguaje cinematográfico distinto, nacido por unas limitaciones técnicas evidentes (el sonido), una tradición más teatral en la composición de escena y en el trabajo de los actores y unos gustos orientados al público de hace casi cien años. Eso sin contar el deterioro casi generalizado de las copias y la manipulación de la velocidad de proyección, lo que suele ser común en estos casos. Demasiadas dificultades, dirán algunos. Pues a veces, dice este humilde crítico, vale la pena. Con El Maquinista de la General (The General, 1926), estamos ante una de esas veces.

Escrita y dirigida por Clyde Bruckman y la famosa estrella Buster Keaton, también protagonista del film, El Maquinista de la General fue un intento (acertado) de hacer buen cine, un objetivo que, por aquellos años, perseguían más cineastas y actores que hoy en día. Ambientada en los comienzos de la Guerra Civil americana, Keaton interpreta a Johnnie Gray, un maquinista del ferrocarril enamorado hasta los huesos de la bella Annabelle Lee (Marion Mack). Lee le pide a Gray que se aliste para servir al ejército confederado, pero a este, después de unas divertidas peripecias en el centro de alistamiento, se le deniega entrar en la milicia. Despechado por Annabelle, Gray sigue trabajando para el ferrocarril hasta que se ve envuelto en el robo de la locomotora por parte de espías de la Unión (que de paso secuestran a Annabelle). Comienza entonces una loca persecución entre las líneas de los dos bandos de la que Gray saldrá victorioso doblemente: ganará la admiración del ejército y el amor de su chica.

Lo primero que sorprende de éste clásico es su montaje: ágil, dinámico y con multitud de planos en diferentes perspectivas. La composición espacial de las escenas está estudiada al milímetro, no dejando nada a la improvisación del actor, como pudiera parecer en algunas películas de otro genio: Chaplin. La planificación en las secuencias en las que varias locomotoras se persiguen es especialmente buena, pasando de una a otra unas veces con travellings panorámicos , otras con planos frontales desde el ferrocarril de delante… en definitiva una variedad de recursos tan grande como perfectamente utilizados. Tampoco se abusa de los carteles (elemento propio del cine mudo donde se insertaban diálogos o explicaciones del contexto), ya que una vez presentados los personajes, la acción se hace dueña de la película entre persecuciones, batallas y divertidos gags. La sencillez de algunos de estos gags físicos (caídas, tropezones, etc) contrasta con la espectacularidad de los combates y la perfecta ambientación de la época, ya sea en escenografía como en vestuario. La batalla final, con dos verdaderos  ejércitos disparándose el uno al otro, no tiene desperdicio. Por poner un ejemplo del enorme despliegue de medios, no hubo reparos en gastar más de un millón y medio de dólares para rodar una escena en la que una de las locomotoras cae al río junto al puente por donde pasaba.

Y llegados a este punto hay que hablar del gran protagonista, Buster Keaton, un cómico peculiar y con un estilo tan propio que fue apodado “cara de piedra”. No se equivoquen: para Keaton la inexpresividad era un arma para hacer reír a carcajadas, y no para presumir de cara como hacen los actores de hoy en día. Tenía una sutil delicadeza que lo hacía único hasta en las más aparatosas caídas.  No rehusaba las escenas peligrosas (y en esta película tiene unas cuentas). Y si quizás como cómico no superaba a Chaplin, sí demostró hacerlo como cineasta. No por nada El maquinista de la General está considerada la mejor película de la época muda del cine (por ejemplo para el portal especializado The Silent Era). No conozco tanto esta época como para asegurarlo, pero a todas luces es una obra destinada a perdurar, tanto por lo que avanzó como por lo que todavía puede aportar al espectador de hoy en día que salte por encima de las dificultades citadas al principio: diversión, entretenimiento y, quizás, una pizca de envidia sana… ¡Cómo se lo debían pasar nuestros abuelos con estas películas!

Las peores películas de la década (by Pablo)

by Pablo

Azuzado por mi socio Carlos, que vomitó su odio sobre diez títulos muy prescindibles, procedo a consignar mi lista con otras tantas películas, proyectadas en la última década, que no volvería a visionar ni obligado como el protagonista de La naranja mecánica. Advierto que la lista es totalmente arbitraria, aleatoria y poco trabajada.

1.- Terror en el abismo (2002): La pregunta es: ¿quién es capaz de tragarse semejante atentado no ya al cine, sino a la inteligencia, al ser humano y a la Convención de Ginebra? Un servidor lo hizo y a duras penas sobrevivió a uno de los insultos más zafios jamás perpetrados con una cámara. Los efectos ”especiales”… inenarrables. 

2.- Sangre de mayo (2008): José Luis Garci nos tomó el pelo y se quedó tan a gusto con esta ¿recreación? del 2 de mayo, a mayor gloria (¡ja!) de la historia de los madrileños y, por extensión, los españoles. Una chapuza tremenda que se dio en la taquilla el batacazo que se merecía.

3.- El incidente (2008): Otro que se burló del personal. M. Night Shyamalan, un tío capaz de despachar buenas películas, frescas, diferentes y originales, como El sexto sentido y El protegido, se marca de pronto una aberración que, en lugar de inquietar, mueve a la carcajada. Hay líneas de guión que incitan a la estupefacción pasando por la incredulidad y terminando en el cabreo, fruto de la estafa de haber pagado una entrada por ver tamaña chorrada.

4.- Ultraviolet (2006): Lo admito: fui incapaz de terminar de verla. Milla Jovovich capitaneando una ¿historia? futurista sin pies ni cabeza, con una estética entre patética y lamentable. Terrible.

5.- Van Helsing (2004): Hugh Jackman no debe de guardar grato recuerdo de este pastiche de monstruos a menor gloria del género fantástico. Ah, también supuso el debut en Hollywood de Elena Anaya (para esto, que se hubiera quedado en casa). La ausencia de guión, quién lo hubiera dicho, se torna un lastre excesivo.

6.- Pisando fuerte (2004): Dwayne “The Rock” Johnson encarna a un militar que vuelve a su pueblo, no le gusta cómo van las cosas, y se lía a guantás, el muy garrulo, ya sea a puño descubierto o con baté de béisbol. Un truño disfrazado de action movie que engrandece (risas) el CV del intérprete de esa otra maravilla llamada El Rey Escorpión.

7.- Catwoman (2004): Otra que se debió de dar un golpe en la cabeza: Halle Berry. ¿Ganas un Oscar y te metes en esto? ¿Fue tu agente quien te engañó con eso de “las pelis de super-héroes están de moda y no pueden fallar”? ¿Ves que el director se llama Pitof y no desconfías? De lo peor del género. Triste, chapucera, paupérrima. Ni entretiene ni hace pasar el rato. Otra que dejé a los diez minutos.

8.- Lobezno (2009): Otro tanto se puede decir de esta castaña. Y van dos, Hugh. La soporté un cuarto de hora, hasta que aprecié nítidamente los cables que sujetaban a un “actor” que volaba de una punta a otra de la escena. ¡Qué cosa tan mala, por favor! La demostración de que la mayoría de los spin-offs son un craso, craso error.

9.- El Bar Coyote (2000): ¿Cómo pudo dar tanto que hablar esta pamplina? ¡Si ni siquiera sus archipublicitadas camareras calentorras enseñan la rodilla! Y ese era el gran reclamo… así que, a partir de ahí, imagínense ustedes. Piper Perabo, de lo peor que ha dado la Meca del Cine, competía con un depresivo John Goodman por ensuciar la pantalla. Infumable.

10.- Matrix Revolutions (2003): Para cerrar, una bofetada a los hermanos Wachowsky y la película que terminó de echar a perder la saga. La saga que jamás debió existir: Matrix fue tan buena como pésimas sus continuaciones. Esta tercera parte demostró lo que parecía imposible: que la segunda era empeorable.

Ahí queda mi lista. En el momento de publicar esta entrada se agolparán en mi cabeza otras tantas películas rastreras, piojosas y vomitivas, igual de dignas, o más, de ser retratadas en este espacio. Se admiten críticas, halagos, sugerencias y llamadas amenazantes a altas horas de la madrugada (tendré el móvil en silencio).

Sherlock Holmes

by Pablo

El de Guy Ritchie, salvando las (enormes) distancias, es un caso parecido al de Quentin Tarantino: directores que deslumbran con sus dos primeras películas, entran después en una fase acomodaticia casi obscena y acaban emergiendo (?) con una película que les devuelve el fervor de las masas sin que en el proceso, aparentemente, se les haya cuestionado en exceso.

Ciñéndonos al caso concreto de Ritchie, su fulgurante aparición (Lock, stock and two smocking barrels y Snatch) dio paso a una época insípida en la que su matrimonio con Madonna fagocitó su carrera, incluyendo Barridos por la marea, la cinta que unió/hundió sus vidas conyugal y profesional. Despachadas después la casi invisible Revólver y la fallida RocknRolla, claro y desesperado intento por volver a ser el de los inicios, a Ritchie no le ha temblado para nada el pulso a la hora de coger las riendas de un proyecto que, a priori, tenía difícil llevar su sello, más allá de un par de jugadas marca de la casa. Y, sin embargo, nadie le ha pedido explicaciones.

Aunque mediaban un par de décadas desde la última adaptación, Sherlock Holmes ostenta el récord de mayor número de versiones para la gran pantalla, con más actores que ningún otro personaje de ficción encarnando al detective privado más famoso de todos los tiempos y, de paso, a su fiel escudero, el doctor Watson. Ritchie, por tanto, le hincaba el diente a un hueso tan roído que no había más remedio que, como se dice ahora, customizarlo. Unas cuantas manos de pintura y un cambio de chapa para que el viejo Holmes pareciera menos viejo y los adolescentes, el nuevo target de los gerifaltes de Hollywood, se sintieran atraídos a las salas de cine.

A Ritchie, desde luego, no se le puede negar que ha conseguido el objetivo: con más de 400 millones de dólares recaudados en el momento de redactar esto, con la taquilla condicionada por el boom Avatar, los mandamases de Warner bien pueden darse con un canto en los dientes y saborear la posibilidad de una o varias secuelas. ¿Y el espectador? Aquí intervienen ya las expectativas de cada uno. Quien acuda sin mayores pretensiones que las de pasar un rato entretenido y no le cueste digerir al nuevo Holmes, quedará satisfecho. Quien, conocedor del currículum del cineasta británico, acuda esperando algo más, corre el riesgo de sentirse defraudado.

Robert Downey Jr está bien (aunque el Globo de Oro parece exagerado). Jude Law y Rachel McAdams cumplen. El malo, Mar Strong, resulta algo flojo. La trama no es nada del otro mundo, y se decanta por la senda conspiratoria cuando, si por algo se hizo famoso Holmes, es por resolver asesinatos intrincados. Visualmente poderosa, la candidatura a la mejor dirección artística en los Oscar se antoja justa, como ocurre con la banda sonora. ¿Y Guy Ritchie? Pues está ahí, tras la cámara, aunque apenas se deja sentir en alguna que otra de esas narraciones desordenadas que tanto le gustan, o en las coreografías de las peleas (en fin, más humo que otra cosa).

Irregular, no demasiado espectacular, correcta, brillante por momentos, aburrida en otros, es dudoso que Sherlock Holmes vaya a dejar huella. Conseguido lo más difícil, que aceptemos esta nueva versión pendenciera y chaparra del detective, y es algo que consigue pronto, falla en cambio en lo que debería ser más sencillo: despachar una buena historia a la altura de dos personajes y una época que son un caramelo. Pero ni Ritchie ni sus guionistas dan plenamente con la tecla. Una lástima.

Veredicto: 6.

Lo mejor: Su factura visual.

Lo peor: Ritchie se vende al cine más comercial y a nadie parece importarle.

Las peores películas de la década (by Carlos)

by Carlos

Tal y como prometimos al hablar de los Razzies, vamos a repasar las peores películas que nos ha dejado la primera década del siglo XXI desde el punto de vista del que esto escribe. Hay mucho por donde elegir, y no sólo voy a limitarme a la industria americana. El cine patrio está representado debidamente. En definitiva, aquí están las películas que, durante la pasada década, me provocaron unas ganas terribles de quemar la sala de cine, ya sea por su incompetencia visual, su pésimo guión, sus terribles actuaciones o porque, simplemente, no estuvieron a la altura de las expectativas.

1. Scooby-Doo: la película (2002), de Raja Gosnell: esta adaptación a carne y hueso de los dibujos de la Hanna-Barbera ha conseguido que no pueda volver a ver la serie original que tanto me gustaba. Es más, ha conseguido que odie a cualquier perro de ficción con capacidad para hablar. Infumable y ridícula desde todos los puntos de vista.

2. Salir pitando (2007), de Álvaro Fernández Armero: comedia alrededor de un árbitro de fútbol que no se sostiene, entre otras cosas, por la pésima actuación de Guillermo Toledo y Javier Gutiérrez, la atroz dirección de Fernández Armero y un guión tan manido como aburrido.

3. Hollywood: departamento de homicidios (Hollywood Homicide, 2002), de Ron Shelton: no sabemos quién engañó a Harrison Ford para que participase en semejante desatino. Si en La sombra del diablo (1997) ya tuvo que cargar con un pipiolo Brad Pitt, ahora le toca aguantar a Josh Hartnett, un actor del que sólo distinguimos que no está dormido porque mueve la boca. Y el guión es tan dinámico como una partida de bingo.

4. Norbit (2007), de Brian Robbins: Eddie Murphy desatado en una película que guioniza junto a su hermano Charlie, y en la que tiene tres papeles, todos ellos tan graciosos como una patada en los huevos.

5. Los managers (2006), de Fernando Guillén Cuervo: semejante bodrio nunca es  esperable de un actor tan eficaz como Cuervo, aunque fuera su primera película. De Fran Perea mejor no hablar. Su incapacidad para expresar emoción alguna es aún más evidente al lado de Paco León, lo único salvable de la película.

6. Rollerball (2002), de John McTiernan: el remake del film de 1972, además de ser un sonoro fracaso en taquilla con 20 millones de dólares recaudados frente a los 70 invertidos, es una estupidez de película de la que no se salva ni Jean Reno. Y si no me creen, atrévanse a verla.

7. Torrente 2: Misión en Marbella (2002), de Santiago Segura: nunca segundas partes fueron tan malas, decía la publicidad del film. Y qué razón tenía. Toda la mala leche de la primera película se trasforma en una sucesión de cameos sin sentido que evidecia lo flojito de la historia.

8. Torrente 3: el protector (2005), de Santiago Segura: y más de lo mismo, pero con menos gracia.

9. Superman Returns (2006), de Bryan Singer: aunque no es una mala película, sí es una pésima película sobre Superman, y eso es ya más que suficiente. Con un personaje tan bueno no se puede hacer semejante… En fin, ¡espabila, Synger!

10. Los padres de él (Meets the Fockers, 2004): la continuación de la exitosa (y buena) comedia Los padres de ella constituye el ejemplo perfecto de cómo no deben hacerse secuelas de películas de éxito. Con la única intención de amasar dinero, Los padres de él deja a un lado la esencia de su antecesora para ir directamente al humor grueso con ayuda de un desmelenado Dustin Hoffman, que hace el peor papel de su carrera. Lamentable.

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Estrenos 5 de febrero

by Pablo

La cartelera huele a cine independiente. También a Disney. Es lo que tienen las fechas previas a los Oscar: hay más nivel, y se agradece.

-Precious: Lo mejor que ha dado el cine indie en años. Aquí ya hemos expresado nuestra opinión, dejando bien claro que nos ha gustado mucho. Dramón tremendo, de esos que te sacuden y te pegan a la butaca. Una de las cintas de 2010.

-La carretera: Si la película de John Hillcoat, protagonizada por Viggo Mortensen y un crío que, según dicen, lo borda, es la mitad de buena que la novela de Cormac McCarthy… su visión es obligada. Un futuro apocalíptico, un padre y su hijo en una épica batalla por la supervivencia, cruda y sin adornos. Tremendo que no le haya caído nada en los Oscar.

-Tiana y el sapo: Disney vuelve al 2-D. No ha arrasado en la taquilla USA, pero tampoco tiene mala pinta. Una princesa negra, un sapo parlanchín, Nueva Orleans… Se agradecen las ganas de innovar.

-El padrastro: El argumento no puede sonar más trillado: crío al que no le gusta un pelo su padrastro y, cuanto más escarba en el pasado del sujeto, más mierda aparece. El tal padrastro se supone que da miedito. Quién sabe…

-Loca obsesión: Sandra Bullock es candidata al Razzie por su papel en esto. ¿Hace falta añadir algo?

-Luna caliente: Españolada de Vicente Aranda.

Precious

by Pablo

Podríamos plantear el debate (aunque sería absurdo) acerca de qué películas contribuyen más al cine, y cuáles menos. ¿A quién le debe más el cine, a James Cameron o a Lee Daniels? ¿Qué pesa más, los 2.000 millones de dólares para arriba que ha recaudado Avatar, o la capacidad de remover entrañas de Precious? Hay quien dice que los Oscar deben y van a premiar las aventuras de Pandora por haber devuelto a la gente, en masa, a los cines. ¿Estamos entonces premiando la taquilla? ¿No se trataba de contar historias mediante imágenes? Lo dicho: es un debate estéril. Por mi parte, prefiero resumirlo así: por cada Avatar, hace falta, al menos, una Precious. Una forma de garantizar el equilibrio entre blockbusters y cintas independientes.

Precious, basada en la novela Push de Sapphire, es lo mejor que ha parido el cine indie en mucho tiempo. Se dieron cuenta en Sundance y se dio cuenta una mujer tan avispada como Oprah Winfrey, que ha hecho de su visión de negocio un auténtico fortunón. Advirtieron su rara capacidad para convertir lo que podía ser el argumento de un telefilm lacrimógeno en una película que te sacude y zarandea como un huracán.

Precious: chica de dieciseis años, negra, obesa mórbida, analfabeta, esperando su segundo hijo ¡de su padre!, progenitor también de su primer crío, que padece síndrome de Down, esclavizada por una madre déspota y adicta a la televisión, una chica a la que despojan de su único refugio, las clases, por culpa del embarazo. En manos de otro, carne de bodrio a emitir un domingo a las cuatro de la tarde. Título: Adolescencia truncada. En manos de Lee Daniels, un retrato demoledor de la marginalidad, de a dónde puede llegar el ser humano cuando la vida no hace otra cosa que arrojarle mierda… y, a partir de ahí, cómo existen otras personas, altruistas y desprendidas, que pueden ayudarnos a revertir la situación y salir adelante.

Precious, sin querer destripar la trama, es ante todo una historia de superación personal. Por el camino, claro, asistimos a tal sucesión de zancadillas que, sencillamente, nos preparamos para lo peor. Así es, en realidad, en la novela original. Daniels ha preferido matizar el argumento con dosis de optimismo; el resultado es óptimo, porque no oculta los padecimientos del principio y consigue, además, acentuar la oscuridad a base de claridad.

De todas formas, si Precious funciona es gracias a su reparto, con doble mención: para Gabourey Sidibe, que interpreta a Precious; y para Mo’Nique, que encarna a su madre. Una película como esta, de guión puro y duro, de intérpretes, llega tan lejos como lo hagan sus actores; en este caso, actrices. Y la actuación de ambas es, sencillamente, sensacional. A Sidibe le toca una papeleta difícil, la de meterse en la piel de una chica casi límite, de pocas palabras y menos gestos. A Mo’Nique le cae en suerte un papel más agradecido, el de una mujer amargada y déspota; más agradecido pero también más arriesgado. Ambas, en cualquier caso, salen tan bien paradas del lance que optan a sendos Oscar. La cinta, por cierto, está incluida en otras cuatro candidaturas. Seis opciones que hablan bien a las claras de lo que ha conseguido Precious.

Y por si fuera poco, aparecen en pantalla Mariah Carey, con un papel nada circunstancial, y Lenny Kravitz, éste en un cuasi-cameo, y no desentonan en absoluto.

En definitiva, Precious es de esas películas que te reconcilian con el séptimo arte. De las que te recuerdan, y no quiero con esto parecer demagogo, que con una cámara, un guión y unos actores, es posible rodar un gran film. Que la tecnología 3-D y los efectos digitales de última generación están muy bien; que Pandora apabulla y los Na’Vi impactan. Pero, sin querer desmerecer a Cameron, cuánta falta hacen trabajos como Precious: cine en esencia, en estado puro, de ese que sabe contarnos una historia, hacernos partícipe de ella y dejarnos sin palabras.

Veredicto: 8. 

Lo mejor: Que consiga que Mariah Carey parezca una actriz de verdad.

Lo peor: Que hiciera falta que Oprah Winfrey apostara por ella.

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