4 razones por las que no quieres que llegue la primavera

by Carlos

Primavera de 2010. Ese es el arranque, el inicio, el punto de partida de la temporada cinematográfica. Acabado el resacón de los Goya y de los Oscar (aunque todavía estamos esperando The Blind Side), llegan a la gran pantalla lo peor, lo más infame, aquello por lo que, gustosamente, alargarías el invierno un poquito más. Porque con el calor llega la locura, el desenfreno, el despelote cinematográfico padre. Películas que nos intentarán vender hasta en el Cola Cao, pero de las que tenemos que huir como de la peste. Aquí va un avance.

Tensión sexual no resuelta (Miguel Ángel Lamata).
Del director de Isi/Disi y Una de zombis, producida por Santiago Segura, y con el típico casting de figuras televisivas de siempre, el 18 de marzo llega una ¿comedia? de las que te sube la tensión, pero por el humor grueso que destila. Contraprogramación: para evitar cualquier tentación de ceder a la inevitable propaganda con el que el bueno de Segura inundará la TV, Celuloides aconseja desconectar la señal de la TDT de tu comunidad de vecinos y realizar una maratón de comedias de Rock Hudson y Doris Day.

Vaya par de polis (Cop Out, Kevin Smith).
El poco predicamento que le quedaba a Kevin Smith viaja por el retrete después de firmar una buddy movie en la que ni siquiera firma el guión. Por Bruce Willis todavía puede valer la pena, pero.. . ¿quién coño es Tracy Morgan? Como diría Amy Winehouse: “no…no… no.”. Contraprogramación: hagan algún plan para el 21 de mayo que conlleve salir del país.

Campamento Flipy (Rafa Parbus).
Creo que no necesita comentario alguno. Y si lo necesita, vean el teaser y desearán que un meteorito caiga sobre la Tierra el 11 de junio de 2010. Contraprogramación: por supuesto, nada de ver El hormiguero al menos desde un mes antes del estreno. Y si hay mono, vean El profesor chiflado (The nutty professor, 1963) del gran Jerry Lewis.

The Karate Kid (Harald Zwart).
¿De verdad hacía falta este remake? ¿De verdad era necesario ensuciar la memoria del venerable Pat Morita? ¿De verdad era imprescindible que la protagonizara el hijo de Will Smith? ¿Y qué es eso de quitarse/ponerse la chaqueta? En fin… 23 de julio. Contraprogramación: irse a China, paradójicamente el único país del mundo en el que la censura no dejará que se estrene la peli.

Que no se diga que no se lo advertimos…

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Los Soprano

by Pablo

Quienes detectan un poso elogioso/complaciente en el cine mafioso no están exentos de cierto grado de razón; especialmente en lo que se refiere a la magna saga de El Padrino, si bien es cierto que tampoco otros títulos, véase Uno de los nuestros o El precio del poder, destacan por su crítica a la Mafia, por más que sus protagonistas, de una forma u otra, acaben escarmentados.

En este sentido, una serie como Los Soprano supone, hasta un punto no excesivo, un ajuste de cuentas. Aunque no es esta su única característica sobresaliente, pronto se percibe ese distanciamiento que huye de la presentación del personaje principal, Tony Soprano, cual héroe a la altura de Michael Corleone. Principalmente, porque Tony Soprano dista mucho de ser esa figura recia, totémica, ese chico al que nadie espera y que acaba heredando el imperio mafioso y dominándolo con astucia. El Padrino es, en definitiva, una historia de superación, la de la familia Corleone. La familia Soprano emprende el camino opuesto: el de la deconstrucción.

El mayor mérito de esta serie, por tanto, radica en su capacidad para desnudar a su nutrido elenco de personajes. Empezando, sin duda, por quien los encabeza, Tony Soprano, uno de los cabecillas de la mafia de New Jersey que pronto hereda el puesto de capo máximo. Tony Soprano es un tipo agobiado, un tipo al que puede la presión, que un buen día empieza a desplomarse (literalmente) en los momentos más inoportunos y que acaba recurriendo (en secreto, pues está mal visto en su negocio) a los servicios de una psiquiatra (mujer, para más inri). Se aprecia en seguida que poco de laudatorio va a tener su retrato. A Tony no dejan de crecerle los enanos, bien sea por culpa de un tío peleón, una madre insoportable, unos hijos curiosos o unos subordinados que meten la pata por torpeza o por querer sacar más tajada de la que les corresponde.

Considerada la mejor serie de todos los tiempos, es de justicia reconocer que su galería de personajes ocupa un puesto de honor: empezando por el propio Tony, pero sin desmerecer los secundarios, cuyo protagonismo está perfectamente dosificado; si inicialmente la madre emerge como figura enorme, capaz de atormentar a su hijo hasta límites insospechados, después recogen el testigo el tío Junior, el siempre ansioso por ascender Christopher y el psicópata Richie. Todos juegan un papel importante y todos están retratados de forma soberbia.

Lejos de ofrecer un espectáculo pirotécnico de disparos y sangre, Los Soprano es más bien el resultado, llevado al terreno de la ficción, de colocar una cámara en la vida de un mafioso de nuestros días. Un sujeto que vive una vida radicalmente diferente a la del resto de mortales. Lo que aparecía esbozado en El Padrino (Michael cerrándole a Kate en los morros la puerta de su despacho, separando la vida familiar de los “negocios”) es aquí palanca fundamental de la acción. Tony Soprano, y quienes le rodean, no se levantan, fichan en el trabajo, y vuelven a sus casas por la noche. Ellos tienen otro tipo de problemas: el FBI, clanes rivales, soplones que se van de la lengua, partidas de póker, gente a la que hay que apretar las tuercas o, incluso, dar pasaporte… Una existencia que se sale de los márgenes de la legalidad y, por tanto, de la normalidad. En la consulta de la psiquiatra, precisamente, es donde esa diferencia se dibuja con mayor exactitud, donde mejor contemplamos la colisión de esos dos mundos.

Con todo esto debe lidiar el pobre Tony Soprano, interpretado por James Gandolfini en el papel de su vida. No le va a la zaga Edie Falco, quien demostró interpretando a la mujer de un mafioso (confinada a los límites de su casa, engañada por un tipo machista y mujeriego) de lo que era capaz. La familia es, desde luego, la piedra angular de la trama; no en vano, la serie se llama Los Soprano.

Aunque tal vez una afirmación tan tremenda como la ya reseñada de “la mejor serie de todos los tiempos” pueda resultar excesivamente dogmática, pocos podrán cuestionar la calidad de sus guiones y el papel que ha jugado en la era dorada de la televisión. Los Soprano es televisión con mayúsculas.

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