17th May2010

Man on the moon

by Pablo

Dentro de unos años, cuando se haya retirado, Jim Carrey será recordado por sus papeles en películas como Dos tontos muy tontos o La máscara. Sin embargo, alguien que diseccione (y hay gente para todo) su carrera se encontrará tres tipos de cintas: las ya citadas, caracterizadas por la ausencia de guión y la profusión de muecas y gags de dudosa gracia; las “serias fallidas”, como The Majestic y Number 23; y las raras pero valiosas perlas. Entre estas últimas, la mayoría optará por destacar Eternal sunshine of the spotless mind; película, por otra parte, estupenda. Algunos, por lo que de novedoso tuvo en su momento, se decantarán por El show de Truman. Pero la auténtica rareza salvable de su filmografía (hasta la fecha) es Man on the moon.

Estrenada en 1999, narra, a modo de biopic, la trayectoria del excéntrico cómico Andy Kaufman, que tuvo una carrera corta, apenas una década, desde mediados de los setenta hasta mediados de los ochenta, cuando con 35 años, muy joven, murió a causa de un cáncer de pulmón. Fogueado inicialmente en el circuito de los escenarios cutres de garitos, a menudo improvisando sus actuaciones, Kaufman no tardó en llamar la atención de un agente, George Shapiro, que vio en él algo así como un diamante en bruto: un fulano tremendamente peculiar, en permanente estado de ebullición mental, cuya existencia parecía consagrada a no tomarse en serio, precisamente, su existencia, y por extensión, la de los demás. Todo, para Kaufman y su socio Bob Zmuda, era susceptible de convertirse en un gag. Disfrutaban especialmente tomando el pelo a la gente, colocándolos al borde del precipio, siempre ante la duda de si lo que estaban viendo era real o no, si era fruto de la preparación o sucedía de manera espontánea. Juegos mentales bizarros y con la malsana intención de dejar al espectador en perpetuo estado de inferioridad, uno o dos pasos por detrás.

Kaufman tuvo su momento en la televisión, a través de shows como Saturday Night Live y programas como Taxi, pero su carácter excéntrico acabó siendo su peor enemigo: llevó demasiado lejos sus ansias por descolocar al público y se obsesionó con la lucha libre hasta el punto de organizar combates sólo contra mujeres (con ring y todo), y siempre después de haber caldeado el ambiente con un comportamiento chulesco y machista. Llegó a involucrar en su broma a un luchador profesional, fingieron una disputa agria con golpes de por medio, y Kaufman acabó viendo cómo productores y audiencia se hartaban de sus gracietas.

Paradójicamente, la muerte del cómico estuvo envuelta de ese aura de incertidumbre que le rodeó durante su carrera, hasta el punto de que más de uno asegura que fue su último y más brillante/retorcido montaje. El caso es que Kaufman murió y lo hizo en una situación no poco patética, casi humillante, con todos dudando de su palabra. En este sentido, su final entroncó con toda su existencia: desde que era un niño y se encerraba a “actuar” en su cuarto, la suya fue en cierto modo una vida triste, de incomprensión, si exceptuamos a su colega Bob. Kaufman sentía a todos lejos y por debajo de su sentido del humor y de su forma de encarar las cosas. Era un tío raro, un outsider. Hoy le habrían llamado freak.

Sorprende averiguar que a Kaufman lo interpretó Carrey, que parece nacido para el personaje, después de que un buen puñado de actores probaran para el papel. Milos Forman, el director, lejanos ya sus mejores años (Alguien voló sobre el nido del cuco; Amadeus) dudó seriamente entre dárselo a Carrey o a Edward Norton (parecidos como un huevo y una castaña) y dejó la decisión en manos de los productores. Pero es que gente como John Cusack y Kevin Spacey también estuvieron entre los candidatos. Donde debió de haber menos dudas fue en la elección de los secundarios: Danny De Vito está soberbio como Shapiro y tanto Paul Giamatti como Courtney Love funcionan en sus roles.

Película que no pasará a la Historia por aportar nada ni en la forma ni en el fondo, Man on the moon tiene el apreciable valor de mostrarnos a Carrey en su punto más trágico. Es la vida de Kaufman la que se recrea en la pantalla, pero uno no puede evitar pensar en el propio Carrey cuando ve cómo las muecas, las gracias, los gags se van esfumando y quedan reducidos a polvo. La historia de Kaufman es una historia triste, como la de cualquier payaso. Suele decirse de ellos, de los payasos, que lloran por dentro mientras hacen reír por fuera. Algo así fue la vida de Kaufman. No necesariamente la de Carrey. Pero reconozcamos el valor del cómico que se mete en la piel de otro cómico que tuvo un final tan poco amable.

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