Cosecha del 60

by Pablo

Viendo la cantidad de estupendas películas que este año cumplen medio siglo, uno constata que 1960 fue un buen año (además de redondo) para el cine. Arrancaba una década difícil de etiquetar: atrás quedaban los 40-50 del star system y el western, y era pronto para la llegada de ese Nuevo Hollywood que aterrizó en los 70. Aún así, 1960, como año, deparó grandes títulos, y no sólo en Estados Unidos; nada que ver, desde luego, con lo que ocurre cinco décadas después…

-El apartamento: Para un servidor, la mejor comedia de Billy Wilder y, por extensión, su mejor película. Respeto a los fans de Con faldas y a lo loco, otra cinta soberbia, pero digamos que El apartamento es la película total, ya que aúna comedia y drama con una sutileza pocas veces vista. El personaje de C. C. Baxter es uno de los mejores que ha dado la historia del cine.

-Psicosis: Alfred Hitchcock se adelantó a su tiempo con esta película. En el imaginario colectivo ha quedado para siempre la famosa y compleja escena del asesinato en la ducha, pero es este un trabajo con muchísimas capas adicionales. Para su época, insisto, rompedora: jamás se había visto morir a la protagonista antes de llegar al ecuador del metraje. Anthony Perkins es otro de esos personajes inolvidables, en su caso por perturbado y turbador. Inspiró infinidad de películas de psycho-killers que no le llegaron a la suela de los zapatos al gran Hitch.

-Espartaco: La gran perdedora en los subsiguientes Oscar, los de 1961. Cierto, tenía enfrente a El apartamento, pero la Academia fue injusta con Stanley Kubrick. Peliculón y dramón con mayúsculas. Peplum del bueno.

-La Dolce Vita: Cuando el título de una película trasciende el ámbito del séptimo arte para implantarse en el acervo cultural… es que ha calado profundamente. Lo consiguió Fellini con las peripecias del reportero que encarna el enorme Marcello Mastroianni. Otra escena mítica: la de Anita Ekberg en la Fontana di Trevi. ¿Quién no se ha acordado al visitar Roma?

-Rocco y sus hermanos: Poco que ver con la anterior esta otra película del neorrealismo italiano que encumbró a su realizador, Luchino Visconti, y lanzó al estrellato a Alain Delon.

-Los siete magníficos: Otro de esos westerns míticos. Le perdonamos que fuera un plagio de Los siete samuráis de Kurosawa.

-El Álamo: Y hablando de westerns, no olvidemos esta película protagonizada ¡y dirigida! por el mito entre los mitos, John Wayne, que fue candidato al Oscar pero no se llevó la estatuilla.

-Otras: El fotógrafo del pánico, La pequeña tienda de los horrores, Éxodo, A pleno sol, El sindicato del crimen, etc.

Kick-Ass

by Pablo

He aquí una película que corre el riesgo de ser etiquetada como una cinta para a) adolescentes o b) frikis o c) adolescentes frikis. He aquí una película diferente, original y fresca que se aparta de lo trillado. He aquí una película difícil de vender: en Estados Unidos le fue bien, con casi 50 kilos para 30 de presupuesto; en España se colocó en 6º lugar de la taquilla… superada por La última canción de Miley Cirus/Hannah Montana.

Kick-Ass no responde bien a las etiquetas porque no es un film que deba ser etiquetado. Es un producto distinto. Es un homenaje a los superhéroes que no cae en ninguno de los dos extremos: ni en el de tomarse demasiado en serio, ni en el de lo paródico. Por tratar de explicar lo que sólo se explica viendo la película, digamos que no es, en absoluto, una Scary Movie dedicada a los justicieros enmascarados. Es más bien (la idea no es mía, es ajena) una suerte de cruce entre Kill Bill y Spiderman. Es la historia de un chaval, todavía en edad de instituto, que decide emular a Peter Parker y compañía y fabricarse un personaje con el que combatir delitos cotidianos. Su traje es cutre; sus movimientos, torpes; sus primeras hazañas, un absoluto desastre. Todo ello contado sin contemplaciones pero desde una perspectiva desmitificadora cercana al cachondeo. Algo así como: “¿pensábais que ir por la vida de superhéroe iba a ser tan fácil y tan glamuroso?” Nuestro héroe, digámoslo ya, tiene más de pringado que de triunfador, tanto con los maleantes como con las chicas.

Pero insisto: Kick-Ass no es una parodia ni de Spiderman ni de Batman. Es Mark Millar, genio del cómic, haciéndose la pregunta que pone en boca de su protagonista, la de qué ocurriría si un chico obsesionado con los cómics decidiera emular a sus personajes. Lo bueno es que Millar en su cómic y Matthew Vaughn en la traslación al celuloide deciden ir un paso más allá: deciden que la función la presidan el cachondeo y el desmadre. Cachondeo en forma de buenos y malos inverosímiles colocados en situaciones que mueven a la carcajada y desmadre vía enfrentamientos que no escatiman en miembros cortados y armas de munición pesada. Kick-Ass no se anda con rodeos, no es una cinta mojigata: las bromas corren al mismo ritmo que la sangre.

La gracia, la genialidad del asunto reside en que todo esto, que por sí solo resulta muy atractivo, está además muy bien ensamblado y perfectamente contado, desde la génesis del héroe a sus primeros escarceos con la nueva profesión, desembocando en el combate final. El relato es coherente y sólido, no se limita a salpicar hallazgos felices entreverados con momentos insustanciales; en absoluto.

Del reparto, lo mejor son los chavales, desconocidos en su mayoría, salvo el genial Christopher Mintz-Plasse, visto en Supersalidos, donde se llevaba la cinta de calle y de tapadillo. El protagonista, Aaron Johnson, hace un trabajo irreprochable. Los mayores no desentonan, empezando por el villano Mark Strong, últimamente ubicuo (Sherlock Holmes, Robin Hood). Al amigo Nicolas Cage, al que cada vez se le ven más el cartón y las carencias, se le perdona que figure en el cast, y se entiende que hacía falta algún nombre mínimamente familiar para la audiencia; encomiable, por otra parte, que aceptara enrolarse en una película de este pelaje.

Rompedora como es, Kick-Ass corre el riesgo de no ser bien comprendida ni aceptada. Ni vendida, como ha sido el caso en España. Que un tío como Brad Pitt haya decidido poner parte de su pasta en este negocio, contribuye a alejar la idea de que se trata de una patochada. Kick-Ass deja un sabor de boca gratísimo, especial. Es lo más original que ha pasado por la cartelera en 2010 y en mucho tiempo. Verla es liberador y gratificante. Y altamente recomendable.

Veredicto: 8

Lo mejor: La escena del coche, sonando “Crazy” de Gnarls Barkley.

Lo peor: Que le caiga la etiqueta equivocada.

Duelo de revivals

by Pablo

Tenía que acabar pasando. Con tanto remake y tanto rebuscar en el baúl de los recuerdos, en ese viajar desesperado hacia atrás en el tiempo, en busca de ideas, que ha infectado a Hollywood, este fin de semana colisionan en Estados Unidos dos puestas al día de dos productos ochenteros, uno en la gran pantalla y otro en la pequeña: Karate Kid y El Equipo A.

Karate Kid se estrenó en 1984 con Pat Morita en el papel del maestro de artes marciales y Ralph Macchio en el de aprendiz adolescente. Gozó del éxito suficiente para ser objeto de sucesivas secuelas (una aún más exitosa en el 86 y dos que se la pegaron, en el 89 y en el 94, esta última con la novedad de que Morita adiestraba a una cría interpretada por Hillary Swank, ganadora más tarde de dos Oscar). Ahora, con Will Smith poniendo la pasta, su hijo Jaden emula a Macchio mientras Jackie Chan asume el rol de maestro.

El Equipo A arrancó su andadura un año antes de que se estrenara Karate Kid, en 1983, y duró cinco temporadas. George Peppard, Mr T, Dirk Benedict y Dwight Schultz conformaban el equipo de veteranos de la guerra de Vietnam, perseguidos por un crimen que no habían cometido, se reciclaban en buenos samaritanos que iban sacando a la gente de apuros varios mientras recorrían los States en una furgoneta negra tan inconfundible como el peinado y las cadenas de M. A. Baracus. Gracias a las reposiciones televisivas, sólo comparables a las de El coche fantástico, se ha convertido en una serie mítica en nuestro país. El remake fílmico lo encabezan Liam Neeson, Bradley Cooper, Quinton Jackson y Sharlto Copley; con el añadido de Jessica Biel, que aportará… en fin, no hace explicar lo que aportará la Biel.

Karate Kid y El equipo A. Cada una en su estilo fueron iconos de los 80. Ahora miden fuerzas en las salas de cine en lo que para una es su quinta entrega y, para la otra, su salto al celuloide. Los datos del fin de semana de la web especializada Box Office Mojo dan una victoria clara al hijo de Will Smith, que dobla en recaudación a los cuatro veteranos. Pero no es la pasta lo que interesa en este blog. Lo que interesa es reflexionar acerca de la coincidencia de estos dos remakes en la cartelera. Obviamente, es el reflejo del devenir de los tiempos: a falta de ideas, se acude a material viejo al que se da una capa de barniz, se añaden efectos modernos y se lanza sin excesivo esfuerzo, como si fueran chuletas, a unos espectadores tan hambrientos como poco exigentes.

Es preocupante y triste a partes iguales. Alguien, además de nosotros, debería pensarlo detenidamente. Aunque nos tememos que pensar, precisamente, es lo que no quieren los señores de Hollywood: ni quieren pensar ellos, ni quieren que pensemos nosotros…

Buscando a Eric

by Pablo

Que no os engañe el título. Que no os engañe la presencia del ex futbolista Eric Cantona. Que no os engañe, tampoco, que dirija Ken Loach. Buscando a Eric (Looking for Eric, 2009) es una cinta de visión obligada y agradecida, en absoluto uno de esos huesos duros de roer que son marca de la casa del cineasta inglés.

La trayectoria de Loach se ha forjado a golpes, golpes en el yunque de la conciencia social a base de martillazos de un socialista convencido que busca, a través de cada película, denunciar las injusticias que salpican el día a día del ciudadano medio. A Loach nunca le han interesado la opulencia o el glamour: lo suyo es el barrio obrero, el inmigrante que lucha por tener algo que llevarse a la boca, el adolescente que intenta sacar a flote a su madre presidiaria; el hogar desestructurado, los problemas para llegar a fin de mes, para mantenerse alejado de las pandillas y los problemas. Cine duro, comprometido, solidario. En ocasiones, retrocediendo en el tiempo: Tierra y libertad, ambientada en la Guerra Civil española.

Buscando a Eric no supone una traición a los principianos de Loach, pero esta vez ha sabido o querido facilitarnos la tarea, hacer más fácil la digestión del mensaje. Sí, hay está ese protagonista tan del agrado del director de Warwickshire: Eric, cartero de Manchester cuya vida ha tocado fondo, años sin hablarse con su mujer, un hijo adolescente empeñado en meterse en líos. La existencia de Eric se está yendo por el desagüe sin que sus amigos sean capaces de hacer nada por ayudarle. Hasta que acude a su rescate un héroe inesperado: con la hierba como catalizador, el cartero se imagina de pronto a sí mismo contándole sus penas al mismísimo Eric Cantona, su ídolo, el controvertido, polémico y peculiar delantero del Manchester United que alcanzó fama por sus goles y acciones geniales… casi tanto como por sus salidas de tono. La más famosa, cuando agredió con una patada de artes marciales a un hincha rival. Con Cantona como guía, el cartero Eric empieza a enderezar su vida, reencontrándose con su mujer y ayudando a su hijo a deshacerse de las asfxiantes exigencias de un matón local.

Apoyado en el buen guión de Paul Laverty, el hombre que en los últimos años escribe los libretos de sus películas, Loach sirve una interesante metáfora acerca de la necesidad de referencias para salir adelante cuando estás a punto de tirar la toalla. Tal vez, como única pega, la historia sufre un ligero bajón hacia el final, cuando se trata de cerrar el resurgir del protagonista cual ave fénix. Nada que objetar al excelente trabajo del poco conocido Steve Evets, perfecto como el cartero anti-héroe, y tampoco al de Cantona, al que obviamente ayuda interpretarse a sí mismo.

Despejado el temor al socialismo duro y militante de Loach, echemos abajo también el de que Buscando a Eric pueda resultar poco atractiva para el espectador al que no le interese el fútbol en lo más mínimo. Para nada. No es este un film sobre fútbol, por más que el protagonista exorcice sus demonios a través de una ex estrella. Es una buena película que sorprendió en el festival de Cannes y sorprende también al espectador.

Estrenos 11 de junio

by Pablo

Hoy arranca el Mundial. En unas dos horas, de hecho. Buenas noticias para los amantes del fútbol… y malas para los señores del cine, que saben que esta época es de todo menos propicia para sus intereses. Para más inri, España parte este año como favorita, lo nunca visto, lo que difumina sus esperanzas de que caigamos en octavos y volvamos a las salas como ovejas al redil. Parece que habrá Mundial para largo y no ayuda que la cartelera siga exhibiendo un nivel preocupante:

-The Cove: Ganadora del Oscar al Mejor Documental en la última edición de los premios de la Academia, es la mejor opción del fin de semana, aunque muchos se lo pensarán dos veces antes de hincarle el diente a esta historia dura, la que narra los esfuerzos de un grupo de activistas por exponer la crueldad de Japón en la caza de delfines. Los nipones han prohibidio su emisión. Nosotros, que sí tenemos el privilegio de que nos abran los ojos, deberíamos aprovecharla. El mundo es un lugar bastante podrido en el que se cometen peores barbaridades, con seres humanos como víctimas, pero no hace daño, al contrario, que si un grupo de gente comprometida se juega el físico para denunciar prácticas salvajes, nosotros les correspondamos contemplando su trabajo.

-La última estación: Christopher Plummer, como León Tolstoi, y Helen Mirren, como su esposa, fueron candidatos a los Oscar, en las categorías de mejor secundario y mejor actriz, respectivamente. Ha tardado un tiempo en llegar a nuestro país esta cinta del desconocido Michael Hoffman que retrata los últimos años del escritor ruso, cuando abrazó una religión que él mismo había inventando, renunciando a todo lo que tenía. Completan el reparto dos buenos actores: Paul Giamatti y James McAvoy.

-El retrato de Dorian Gray: Por algún motivo le tengo miedo a esta adaptación de una de las obras más famosas de Oscar Wilde; el relato, sublime, de ese hombre que no envejece porque ya lo hace su retrato por él, y del precio que ha de pagar a cambio. Dudo que esta película esté a la altura, especialmente con ese protagonista, carne de reparto de Crepúsculo, y visto un trailer que deja bien claro a qué tipo de público va dirigido: más bien adolescente. La presencia como secundario de Colin Firth, actor sólido, actúa a modo de pequeño imán. Insuficiente, en todo caso.

-Campamento Flipy: Gamberrada a mayor gloria de Flipy, que reproduce, en parte, su personaje de El hormiguero y al que rodean medio equipo de Muchachada Nui, Pablo Carbonell y Pedro Reyes. Pues eso: pocas pretensiones y mucho chiste garrulo.

-Vincere: Dramón italiano que concursó en Cannes. Ni el director ni los actores nos aportan demasiadas referencias.

-El dios de madera: Vicente Molina Foix dirige, protagoniza Marisa Paredes.

Aldo Sambrell, en estado crítico

by Carlos

Quizás a muchos de vosotros el nombre de Aldo Sambrell (Madrid, 23/02/1937) no os diga nada, y eso a pesar de que, con toda seguridad, le hayáis visto en decenas de producciones europeas y norteamericanas. Sí, porque Sambrell, vallecano de nacimiento, fue uno de los secundarios de lujo del cine de género de los años 60 y 70, y todo un icono del subgénero llamado spaghetti-western, donde se especializó en los papeles de villano y compartió plano con actores de la talla de Clint Eastwood, Burt Reynols, Lee van Cleef, Eli Wallach, Henry Fonda y un largo ecétera.

Pues bien, Sambrell, con cerca de  doscientas películas en su currículum, se encuentra ingresado en el Hospital General de Alicante con pronóstico reservado al sufrir tres microinfartos cerebrales. Después de morir en la gran pantalla cientos de veces, Sambrell se enfrenta al momento más decisivo de su vida sin que la Academia de Cine le haya rendido el más mínimo tributo.

Pase lo que pase en los próximos días, desde este blog queremos mandar todo nuestro apoyo a Sambrell y su familia en estos momentos, y para todos aquellos que queráis saber más sobre este currante del cine, os recomendamos el siguiente artículo, firmado por Andrés Valdés, de La Información de Alicante, del que extractamos un párrafo:

En 1975, el actor escocés Sean Connery se comía las madrugadas almerienses con su partenaire español Aldo Sanbrell. Rodaban El viento y el león y la costa almeriense se rendía a los encantos de dos actores famosos que partían la noche juntos. En el desierto de Tabernas todavía quedan amigos, admiradores y viejos compañeros de quien fuera el secundario de lujo del western europeo, el malo despiadado de las películas de Sergio Leone o Mario Camús, un actor querido y respetado en todo un sureste español que respiraba cine internacional. Aún hoy abundan en Internet los tributos a Sanbrell, a esa mirada negra como el lomo de un insecto que desafiaba a las de Clint Eastwood, Burt Reynolds, Lee Van Cleef o Charles Bronson sosteniendo un revólver entre el polvo y la épica de Ennio Morricone. Todos ellos han aplaudido su muerte: era el malvado derribado a balazos, el gringo cruel que viajaba al infierno con el cráneo partido por un tomahawk navajo. Pero ahora, 40 años después del ocaso del spaghettii western, su vida se extingue lejos del escenario y con el único calor de su público más fiel: su mujer y su representante. Aldo Sanbrell se apaga a los 79 años, tras sufrir tres microinfartos cerebrales, en una habitación del Hospital General de Alicante, ciudad donde consumó su desengaño con la misma industria que le llevó a lo más alto del cine. Actor en más de 170 películas desde que debutara como extra en Rey de reyes en 1961, no ha conocido más reconocimiento en su país que una humilde mención en el festival de cortometrajes de Sax del año 2007.

25 años de Los Goonies

by Pablo

Hoy cumple medio siglo una película que seguramente ha envejecido mal, como casi todas; una película que desdeñarán los críos de la generación de la Playstation 3, esos que han perdido la capacidad de sorpresa y asisten con displicencia al más impactante despliegue de efectos especiales, no digamos ya los “artesanales” de una cinta de 1985. En cambio, los que nacimos y crecimos en los 70 y los 80 recordamos con cariño esa pequeña joya, maravilloso vehículo de aventuras que destila inocencia y sano espíritu de diversión por todos sus poros. Sí, esa película es Los Goonies.

Se cumplen este lunes 25 años de su estreno y hay quien viaja a Astoria, Oregón, donde fue filmada, para rendirle tributo, como recoge este reportaje del Washington Post. Habrá quien les tache de locos, de frikis. Sin llegar al extremo de subirme a un autobús, ataviado con una camiseta conmemorativa, creo poder decir que les entiendo.

Entiendo la pasión por esta cinta dirigida por Richard Donner, producida por Steven “El Rey Midas” Spielberg y escrita por Chris Columbus (el mismo que dirigió las primeras de Harry Potter, correcto), que recoge las aventuras de una pandilla de críos de lo más variopinta (el líder, su hermano guaperas, el bocazas, el gordito, el chinito con sus inventos) que se topan con un mapa del tesoro y se embarcan en una peripecia con sabor añejo mientras huyen de una familia de facinerosos de regusto mafioso, los Fratelli, con la grandísima mamma a la cabeza.

25 años después, la suerte que han corrido sus protagonistas puede calificarse de dispar. Al que mejor le ha ido es a Josh Brolin, el hermano mayor guaperas, candidato al Oscar por su rol secundario en Mi nombre es Harvey Milk y trabajos sólidos en cintas como No es país para viejos. Ahora estrena Jonah HexYou will meet a tall dark stranger (la última de Woody Allen) y la secuela de Wall Street; no está nada mal. Sean Astin, el protagonista, cayó en el olvido, regresó y ha vuelto a cierto grado de anonimato: rescatado para la causa por Peter Jackson como el Sam de El Señor de los Anillos, desde entonces ha gozado de un rol secundario en 24 y trabajos menores. El resto de los críos no han tenido suerte. De los malos, al que más ha sonreído la fortuna es Joe Pantoliano: visto en Los Soprano como el impagable Ralph Cifaretto, ha dejado su sello en producciones como Matrix y Memento; ahora se gana la vida con cosillas más olvidables.

Más allá de la trayectoria de los protagonistas, quienes disfrutamos de Los Goonies durante la infancia o primera adolescencia difícilmente podremos borrar aquella sensación. Me atrevo a postular que uno y hasta varios revisionados no le restan un ápice de deleite, como ocurre con otra cinta estrenada ese mismo año: Regreso al futuro; salvando, claro, las enormes distancias. Con ambas, como decía al principio, sucederá seguramente que las generaciones posteriores la verán con otros ojos, con otra sensibilidad, condicionados por su aire ochentero y su avejentada factura visual. Una lástima.

Los maduros de mi quinta y anteriores celebramos con una sonrisa los 25 años de Los Goonies.

Las dos caras de Miley

by Pablo

Reconozco que ando medio obsesionado con el fenómeno Miley Cyrus. Todos los productos o ex productos Disney tienen un lado (o ambos) morboso que merece la pena explorar, y si no me creéis, ahí está Britney Spears y sus horas más chungas, con rapado radical y fiestas depravadas incluidas. Miley es otro de esos productos Disney que intentan dejar de ser Disney para ser otro tipo de productos. Miley quiere dejar atrás el personaje de Hannah Montana, su alter ego ¿rockero? para dedicarse en cuerpo y alma a sí misma: una niñata de 17 años que proclama que ya no necesita su anillo de castidad porque ahora el amor es su religión. Miley quiere ser adulta sin pasar antes por la etapa adolescente y nos aparece ligera de ropa en películas, videoclip y la vida real.

El papá de Miley, el mítico Billy Ray Cyrus, una especie de parodía de sí mismo y de la América profunda, al que te imaginas mascando tabaco mientras se deleita con un buen rodeo, el sombrero tejano calado hasta las orejas, los calzoncillos con estampado de barras y estrellas (como las que salen en el escalofriante videoclip de Party in the USA), debe de mandar bastante cuando ha hecho coincidir el estreno en España de La última canción, la peli de su niñita, y la intervención ¿estelar? de este en el prestigioso (ejem) festival Rock in Rio.

Pues bien: tecleando sobre ese y otros estrenos, e imbuido de la ya citada obsesión por el fenómeno Miley Cyrus, me topé con una circunstancia no poco curiosa. He aquí lo que me ocurrió durante el pertinente rastreo de imágenes.

Cartel de La última canción:

Y ahora, cartel americano de The last song:

¿Curioso, no? ¿Por qué Miley está como deprimida en los States y sonríe en España? ¿Es más feliz aquí, comiendo paella y bebiendo sangría? ¿Acabará afincándose en Madrid, o en Barcelona, o en Marbella? ¿Irá a los toros en minifalda? ¿Será carne de Sálvame Deluxe o de Mujeres ricas? Por su bien, espero que se lo piense dos veces y vuelve a la América profunda de la que jamás debió salir.

Estrenos 4 de junio

by Pablo

Último fin de semana previo al Mundial de fútbol. Los estudios miran a Sudáfrica con una mezcla de odio y miedo. Las cifras del mes pasado fueron malas; tan malas como las películas que se estrenaron. De lo que llega, separando el grano de la paja, todavía hay algo rescatable:

-Kick-Ass: El mundo de los superhéroes a través del prisma del mejor homenaje imaginable: el de un chaval de Nueva York que decide, cual Quijote, enfundarse él mismo un traje y, como da a entender el título, salir a patear unos cuantos culos. Por el camino descubre que hay otros como él. Cinta cachonda y más violenta de lo que muchos padres se podrán imaginar cuando, confiados, lleven a sus hijos a verla pensando que es un producto inofensivo, tipo Transformers. Para nada. Tiene tan buena pinta que hasta disculpamos que ronde por ahí el amigo Nicolas Cage.

-Mamut: Un sueco dirige a Gael García Bernal y a Michelle Williams, la ex de Heath Ledger, en lo que venden como una especie de versión nórdica de la pretenciosa y fallida Babel de Iñárritu.

-The good heart: Otra mezcla rara, un islandés dirigiendo al irlandés Brian Cox y al joven americano Paul Dano, visto en Little Miss Sunshine; Cox es un valor seguro y el tándem con Dano puede resultar interesante.

-Fragmentos: Multi-reparto para este drama coral en el que sobresalen los nombres de Forest Whitaker y Guy Pearce. Sale la prometedora Dakota Fanning.

-Sexo en Nueva York 2: Admito que no he visto la serie. Tampoco la primera película. Partiendo de la base de que ya el trasvase inicial a la gran pantalla cosechó pésimas críticas, ¿era necesario repetir? Los señores con traje y corbata que mandan en los estudios hicieron un par de cálculos y decidieron que sí, que la cosa rentaba. SENY2 promete hora y media de petardeo insufrible. Ya la venden como antídoto femenino contra el Mundial y puede que les funcione.

-La última canción: A Miley Cirus, la niñata detrás de Hannah Montana, uno de los productos de la inagotable factoría Disney, la tenemos estos días por Madrid. Viene a ¿cantar? al Rock in Rio y, de paso, a promocionar esta peliculilla que (se supone) debe marcar el paso de su niñez a la edad adulta, porque así son en Hollywood: de hacer de payasa en una serie para críos salta a retozar en la arena con su rollete. Uno piensa que se dará de bruces con la dura realidad como Britney Spears en su momento, con aquel bodrio llamado Crossroads. Quién sabe.

-Estación del olvido: ¿Por qué, con no poca frecuencia, las películas españolas tienen dos directores? ¿Para ser el doble de malas? ¿Será esta la excepción? La cosa tiene pinta de dramón, con la relación que se establece entre un viejo lobo de mar y un chavalito con problemas.

-La última cima: Documental español.

Instinto básico

by Pablo

Emulando a Silvester Stallone y su febril escritura del libreto de Rocky, el guionista Joe Eszterhas parió Instinto básico (Basic instinct, 1992) en unas dos-tres semanas en las que no dejó de escuchar a los Rolling Stones. Es posible que a este húngaro cuya familia se mudó a Cleveland cuando tenía seis años le duela comprobar que, casi 20 años después, si por algo es recordada la cinta es por una simple escena: la de Sharon Stone, en pleno interrogatorio, dejando a los policías sin habla con el cruce de piernas (sin ropa interior) más famoso de la historia del cine; escena que, para más inri, no estaba en ese guión por el que recibió tres millones de dólares, cifra escandalosa por aquel entonces.

Haciendo justicia con el amigo Eszterhas (cuyo impronunciable apellido no volveré a teclear), Instinto básico fue y es mucho más que esa escena, sin duda todo un hallazgo del director holandés, Paul Verhoeven, quien a su vez será más recordado por truños del calibre de Starship Troopers y Showgirls, esta última con guión, también, del inmigrante húngaro. Fue, y es menos ya, ante todo, una película valiente por su elevada carga sexual: Michael Douglas y Sharon Stone se pasan buena parte del metraje en pelota picada y retozando, con el aderezo de que ella no oculta su bisexualidad al tiempo que existen poderosos argumentos para sospechar que ha despachado a su anterior amante con un punzón para picar hielo.

Y es la trama policiaca, por seguir haciendo justicia, lo que verdaderamente merece la pena de Instinto básico. Aunque siempre caminando sobre el desfiladero que separa lo brillante de lo cutre, el guión del húngaro engancha gracias a la historia de esa fría y calculadora presunta asesina cuya vida es una sucesión de asesinatos no aclarados (sus padres, un profesor, su amante) que, por si fuera poco, encuentran parangón en las novelas que ella misma publica. El razonamiento es el siguiente: ¿sería tan tonta de describir en mis libros mis propios crímenes? Al mismo tiempo, ¿no se convierte esto en una coartada cojonuda? Constantemente en el alambre, la fascinante y seductora Catherine Tramell va de juego en juego, manejando a su antojo a hombres y mujeres, desinhibida y manipuladora, psicópata y peligrosa, una carta guardada en la manga y una intención perversa bajo una máscara de inocencia.

El estupendo personaje de Tramell le debe muchísimo a Stone, hasta entonces casi una perfecta desconocida con papeles en su CV como Loca Academia de Policía IV, pero cuyo nombre había empezado a sonar gracias a Desafío total, donde ya demostraba hasta dónde podía llevarla un físico si no espectacular, sí subyugante. En Instinto básico explota todas sus cualidades y está totalmente creíble en la piel de un personaje increíble. Sus juegos tienen por destinatario favorito al detective Nick Curran, poli camorrero, siempre metido en líos, al que su adicción a la coca y su gatillo fácil le han puesto en serios apuros, con varios turistas muertos de forma ¿accidental? en su haber. Presionado por Asuntos Internos, el hiperactivo y adrenalínico Curran se zambulle de cabeza en el enigma Tramell, convirtiéndose en su amante/perseguidor, jugando al peligroso juego que le propone la rubia explosiva. Su personaje es otro caramelo y otro hallazgo del guionista húngaro, y de nuevo, se beneficia del buen trabajo del actor que lo encarna, un Michael Douglas fogueado en la tele y conocido por roles en Atracción fatal, Wall Street y Black Rain.

Aunque la sombra del telefilm de sobremesa, de la serie B, planea constantemente sobre la película, Instinto básico engancha porque sus dos personajes principales están construidos de forma soberbia y porque la premisa es original: asesina (presunta) en lugar de asesino y policía que es de todo menos trigo limpio. La trama, es cierto, puede pecar de algo tramposilla, y algún que otro requiebro está cogido con pinzas, pero actualiza a su manera poco ortodoza el género de las historietas hard-boiled con no poca maestría. Y sí: incluye además la famosa escena del cruce de piernas.

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