Fringe

by Pablo

He aquí un buen ejemplo de serie que no debe ser juzgada a la ligera, a partir de la primera impresión. Ves un puñado de capítulos, calculas por dónde irá la trama, calas a los personajes (este se ajusta a tal arquetipo, este a tal otro) y llegas a una conclusión precipitada: Fringe es la versión 2.0 de Expediente X. Y no, señores, afortunadamente no lo es.

Digo afortunadamente porque Expediente X sólo hay una y así debe ser. Fringe, al cabo de unos episodios iniciales de tanteo, se revela como algo diferente dispuesto a contar su propia historia. De acuerdo: hay casos paranormales, hay agentes del FBI, una de ellas es la clásica mujer dura y, al principio, algo descreída… pero hasta ahí las coincidencias. Cierto que el arranque, como ya se ha dicho, alienta esa confusión. El piloto lleva el sello de la factoría J. J. Abrams: espectacular, sin escatimar en alardes pirotécnicos, casi una película por su duración y despliegue, tremendamente adrenalínico y capaz de cumplir la función asignada: enganchar al espectador, convencerle de que debe ver la serie. Vienen entonces esos capítulos de ajuste, de presentación de personajes, bajo el clásico esquema de: caso extraño – investigación no menos heterodoxa – resolución espectacular. Y uno, en plan listillo, piensa: “vale, un día será el niño que ve muertos y otro el hombre que se vuelve loco y mata a sus vecinos, pero siempre con la misma dinámica; otra serie repetitiva de tantas”. Craso error: pronto la trama de fondo (que no revelaré) deja de actuar a modo de palanca para convertirse en el auténtico eje, en el corazón de Fringe, abriendo nuevas e insospechadas perspectivas.

Además, la comparación con Expediente X no deja de ser forzada. Uno de los secretos de la serie pionera era el tándem Mulder-Scully, con sus distintos niveles de creencia y su fricción sexual; una pareja de protagonistas bien rodeada por sólidos secundarios, buenos y malos. En Fringe hay una protagonista clara, la agente Olivia Dunham, que forma equipo con dos personajes estrafalarios: el científico Walter Bishop, que se ha pasado una buena temporada en el psiquiátrico; y su hijo Peter, que bajo su apariencia cándida esconde un pasado turbio. No hay un malo arquetípico, un Fumador, pero sí una organización, Massive Dynamics, que actúa a modo de ente maligno. Y, digámoslo ya, aquí la gracia no está en perseguir ”hombrecitos verdes”, sino que lo paranormal, lo raro, camina en otra dirección bien distinta… que tampoco desvelaremos.

Fringe constituye una grata sorpresa, y es que, pesa a contar con el aval de Abrams, al tufillo a Expediente X se une un reparto, a priori, no demasiado potente. La protagonista la interpreta la desconocida Anna Torv, capaz de poner nervioso a cualquiera con sus muecas y su voz grave (la voz original), pero que encaja como la seda en el perfil de “mujer fuerte en un mundo de hombres”. Walter Bishop es John Noble, visto en El Señor de los Anillos: Las dos torres, pero igualmente poco conocido: pues bien, el señor Noble borda un papel fantástico, memorable. Y su hijo es, ni más ni menos, Joshua Jackson, miembro del elenco de ese productillo infame llamado Dawson crece: sí, él es el otro, no el guaperas; de nuevo, sorpresa: el amigo Joshua no sólo no cae gordo, sino que consigue caer bien. Además, los amantes de The Wire nos felicitamos por la presencia de Lance Reddick, aunque el suyo es un rol más bien oscuro y con pocos matices.

Por si todo esto no fuera suficiente, añadamos dos alicientes. Uno: Fringe no es ni la mitad de la mitad de tramposa que Perdidos, y eso, en una serie que juega con lo paranormal, se agradece, y de qué manera. Y dos: la segunda temporada es aún mejor que la primera. Puede que no sea Mad Men o Los Soprano, pero tampoco es necesario: proporciona un placer menos intelectual, si se quiere, pero resulta tremendamente entretenida y está estupendamente bien hecha. Y el personaje de Walter Bishop es impagable.