Choque generacional en los Emmy

by Pablo

Ya conocemos las series de televisión candidatas a los premios Emmy, los más prestigiosos de la cada vez peor llamada “caja tonta”. Incluir la relación al completa sería tan arduo para un servidor como cansino para el sufrido lector, de modo que todos acabamos antes si os obsequio con el habitual enlace a la inefable IMDb (gracias, chicos).

Escudriñando la lista, larga lista, se topa uno con cierto choque generacional. A saber: concurren series de considerable duración, como Curb your enthusiasm (2000; todas las fechas se refieren al estreno en USA) y recién llegadas como Glee (2009); y por extensión, intérpretes curtiditos como Larry David y recién llegados como Matthew Morrison.

En la categoría de drama, mi apuesta, mi debilidad es Mad Men, que ha alumbrado ya tres temporadas; los publicistas que más fuman y beben de la pequeña pantalla se les verán, sobre todo, con The good wife (2009). No descartemos el guiño a Lost, por aquello de que la criatura de J. J. Abrams acaba de decir adiós; no ha habido amor, en cambio, para 24, otra que nos ha dejado. En cuanto a actores, mi apuesta sería Jon Hamm (Mad Men) y Julianna Margulies (The good wife).

No tengo grandes filias ni fobias en la categoría de comedia. Las veteranas The Office, Curb your enthusiasm y 30 Rock tendrán que frenar el empuje de productos estrenados en 2009 y que han gustado a la audiencia y la crítica: Glee y Modern Family, especialmente, pero también Nurse Jackie. Apostaré por Modern Family. Actores y actrices: me quedo con Edie Falco (Nurse Jackie) y Jim Parsons (The bing bang theory).

En el siempre proclive a las sorpresas terreno de los secundarios, a los losties les gustará saber que tienen opciones Terry O’Quinn (John Locke) y Michael Emerson (Benjamin Linus). Aquí ni me atrevo ni me apetece zambullirme en el proceloso mundo de las apuestas.

La respuesta a todas las incógnitas, el 29 de agosto.

En la cuerda floja

by Carlos

Nueva Orleans, años 80. Una ciudad costera que, al caer la noche, se convierte en un callejón de almas perdidas atraídas por el sexo fácil. Allí coinciden Wes Block, un policía y amantísimo padre de dos niños, y el asesino en serie que aterroriza a la ciudad con sus brutales crímenes sexuales. Block, encargado del caso, se verá acorralado por sus vicios cuando el asesino empiece a perseguirle a él… y a sus mujeres. ¿Un nuevo caso para Harry el sucio? No, una película de Clint Eastwood.

En 1984, a sólo seis años de que  adquiriera esa pose de autor gracias a Sin Perdón, Clint Eastwood afrontaba su carrera como un indiscutible astro del cine que llenaba cines sólo con su presencia, pero sin el reconocimiento de la crítica. Normal, por otro lado. A sus 54 años y después de treinta años de carrera, en su hoja de servicios sólo destacaban dos grandes directores: Sergio Leone (que le catapultó a la fama con su personaje del Hombre sin Nombre) y Don Siegel (que le hizo inmensamente rico gracias a Harry el sucio). El resto, incluidas sus películas como director, eran repeticiones de sus famosos clintismos (como diría Patrick McGillian): pocas pero contundentes frases de diálogo (él mismo exigía que fuese así), peleas, persecuciones, chicas  calentorras y algo de jazz para aliñar la ensalada de conservadurismo. De hecho, sólo sus westerns (Cometieron dos errores, Joe Kidd, El fuera de la ley) sustentaban la etiqueta de “heredero de John Wayne”. El resto simplemente estaba destinado a su gran masa de fans, como demuestran Licencia para matar, Ruta suicida, Duro de pelar, Bronco Billy, La gran pelea o Firefox.

Sin embargo, para Eastwood los 80 fueron una larga travesía de fracasos y éxitos destinada a conseguir la reputación que Hollywood siempre le había negado. Y la primera piedra en el camino fue En la cuerda floja (Tightrope, 1984), que inauguró el Festival de cine de Montreal y recaudó más de sesenta millones de dólares sólo en Estados Unidos. La idea era sencilla: había que sacar a Eastwood de la imagen de policía sin escrúpulos (o directamente fascista, según quien lo mire) que Dirty Harry, sus secuelas y sus pastiches habían forjado una década antes. Había que imprimir profundidad a sus personajes, darles humanidad, sin abandonar, claro está, la imagen de macho. Wes Block, nacido de un guión de Richard Tuggle (a la postre también director del film), le otorgó esa oportunidad.

Block es el verdadero motor de la historia, o al menos la parte más interesante. Abandonado por su esposa y a cargo de dos hijos (la hija mayor interpretada por la propia hija de Clint, Allison), el policía se esfuerza en ser un padre modélico por el día mientras que, al caer la noche, se hunde en la lujuria del barrio francés mientras investiga las muertes de atractivas mujeres a manos de un asesino en serie. Rápidamente la película se divide en tres escenarios: la comisaria, (y sus eficientes policías) el domicilio familiar (llenos de perros recogidos de la calle) y los antros de perversión que visita Block por la noche. A su personaje, bien construido desde el guión, se le escapa inevitablemente esa dosis de culpabilidad y doble moral por mucho que Clint se esfuerce en contenerlo bajo una mirada de piedra. Al menos lo compensa con escenas impropias de él unos años antes: recibiendo una felación, restregándose en aceite con una imponente rubia o practicando el sado en un club de alterne. Nada que pueda escandalizarnos hoy, pero para la época no estaba mal.

Con un arranque algo tedioso y un final demasiado largo (una de las típicas persecuciones de Clint), En la cuerda floja es uno de esos films de los 80 repletos de primeros planos, chicas sexys y psicoanálisis barato, que hoy puede parecer algo desfasado, pero que aún conserva su fuerza en la frialdad del montaje, casi sin acompañamiento musical. O cuando, en algunos planos,  el asesino, al que sólo identificamos con una máscara o por sus zapatillas, se presenta en las correrías de Block sin que éste se dé cuenta. De hecho, los recursos a veces recuerdan a las películas policiacas de los años 30 y 40 (los pasos en la noche, las sombras) e incluso al suspense hitchconiano (Block convertido en asesino en su propio sueño, los flashback de las mujeres muertas) pero con peor factura técnica y una horrorosa iluminación, como si Eastwood, productor además de protagonista, se hubiera olvidado de pagar la factura de la luz.

Clint sigue siendo un tipo duro, aunque con algunas concesiones a la galería. Sus mejores escenas son las que comparte con su propia hija, mientras que en la comisaría se le ve acartonado y sin que el personaje refleje ninguna evolución, a pesar de que están salpicadas por todo el film (seguramente porque se rodaron todas a la vez). Coprotagoniza la actriz Genevieve Bujold, aunque su personaje se diluye con el paso de los minutos hasta ser totalmente prescindible.

Con todos sus defectos, una película interesante en la filmografía del Clint pre-Oscar que contentará tanto a los fans más acérrimos como a los que busquen algo más que un “alégrame el día”.

Fringe

by Pablo

He aquí un buen ejemplo de serie que no debe ser juzgada a la ligera, a partir de la primera impresión. Ves un puñado de capítulos, calculas por dónde irá la trama, calas a los personajes (este se ajusta a tal arquetipo, este a tal otro) y llegas a una conclusión precipitada: Fringe es la versión 2.0 de Expediente X. Y no, señores, afortunadamente no lo es.

Digo afortunadamente porque Expediente X sólo hay una y así debe ser. Fringe, al cabo de unos episodios iniciales de tanteo, se revela como algo diferente dispuesto a contar su propia historia. De acuerdo: hay casos paranormales, hay agentes del FBI, una de ellas es la clásica mujer dura y, al principio, algo descreída… pero hasta ahí las coincidencias. Cierto que el arranque, como ya se ha dicho, alienta esa confusión. El piloto lleva el sello de la factoría J. J. Abrams: espectacular, sin escatimar en alardes pirotécnicos, casi una película por su duración y despliegue, tremendamente adrenalínico y capaz de cumplir la función asignada: enganchar al espectador, convencerle de que debe ver la serie. Vienen entonces esos capítulos de ajuste, de presentación de personajes, bajo el clásico esquema de: caso extraño – investigación no menos heterodoxa – resolución espectacular. Y uno, en plan listillo, piensa: “vale, un día será el niño que ve muertos y otro el hombre que se vuelve loco y mata a sus vecinos, pero siempre con la misma dinámica; otra serie repetitiva de tantas”. Craso error: pronto la trama de fondo (que no revelaré) deja de actuar a modo de palanca para convertirse en el auténtico eje, en el corazón de Fringe, abriendo nuevas e insospechadas perspectivas.

Además, la comparación con Expediente X no deja de ser forzada. Uno de los secretos de la serie pionera era el tándem Mulder-Scully, con sus distintos niveles de creencia y su fricción sexual; una pareja de protagonistas bien rodeada por sólidos secundarios, buenos y malos. En Fringe hay una protagonista clara, la agente Olivia Dunham, que forma equipo con dos personajes estrafalarios: el científico Walter Bishop, que se ha pasado una buena temporada en el psiquiátrico; y su hijo Peter, que bajo su apariencia cándida esconde un pasado turbio. No hay un malo arquetípico, un Fumador, pero sí una organización, Massive Dynamics, que actúa a modo de ente maligno. Y, digámoslo ya, aquí la gracia no está en perseguir ”hombrecitos verdes”, sino que lo paranormal, lo raro, camina en otra dirección bien distinta… que tampoco desvelaremos.

Fringe constituye una grata sorpresa, y es que, pesa a contar con el aval de Abrams, al tufillo a Expediente X se une un reparto, a priori, no demasiado potente. La protagonista la interpreta la desconocida Anna Torv, capaz de poner nervioso a cualquiera con sus muecas y su voz grave (la voz original), pero que encaja como la seda en el perfil de “mujer fuerte en un mundo de hombres”. Walter Bishop es John Noble, visto en El Señor de los Anillos: Las dos torres, pero igualmente poco conocido: pues bien, el señor Noble borda un papel fantástico, memorable. Y su hijo es, ni más ni menos, Joshua Jackson, miembro del elenco de ese productillo infame llamado Dawson crece: sí, él es el otro, no el guaperas; de nuevo, sorpresa: el amigo Joshua no sólo no cae gordo, sino que consigue caer bien. Además, los amantes de The Wire nos felicitamos por la presencia de Lance Reddick, aunque el suyo es un rol más bien oscuro y con pocos matices.

Por si todo esto no fuera suficiente, añadamos dos alicientes. Uno: Fringe no es ni la mitad de la mitad de tramposa que Perdidos, y eso, en una serie que juega con lo paranormal, se agradece, y de qué manera. Y dos: la segunda temporada es aún mejor que la primera. Puede que no sea Mad Men o Los Soprano, pero tampoco es necesario: proporciona un placer menos intelectual, si se quiere, pero resulta tremendamente entretenida y está estupendamente bien hecha. Y el personaje de Walter Bishop es impagable.

El dudoso gusto de Woody Allen

by Pablo

Definitivamente, a Woody Allen no le ha sentado bien la vejez. Lo viene demostrando con sus últimas películas, trabajos que no están, ni remotamente, a la altura de sus mejores cintas. Y lo ha refrendado con una entrevista concedida al diario británico The Times, aunque nosotros hemos accedido a través de otro medio que no cobra, Joblo.com. Entrevista en la que, entre otras cosas, elige, de sus películas, las que considera mejores.

Reconozco que he tenido que leer la lista varias veces antes de creer lo que veía. He aquí su Top 6:

-La Rosa púrpura del Cairo.

-Match Point.

-Balas sobre Broadway.

-Zelig.

-Maridos y mujeres.

-Vicky Cristina Barcelona (!!!).

Lo de VCB me ha roto todos los esquemas: es floja, está llena de tópicos y, desde luego, es indigna de Allen. Todo lo contrario que Match Point, soberbia, su último chispazo de genio. Zelig, lo confieso, dejé de verla a la mitad: demasiado pesada la broma pseudo-intelectual. Me gustó Balas sobre Broadway, es notable. Las otros dos las tengo por correctas. Pero, ¿y sus grandes cintas? ¿Dónde están Delitos y faltas; Annie Hall; Misterioso crimen en Manhattan; Hannah y sus hermanas; La última noche de Boris Grushenko? Incluso El dormilón y Bananas o la más reciente La maldición del escorpión de jade creo que son más dignas de figurar en esa lista. Me siento timado.

En la citada entrevista, Allen se muestra tremendamente autocrítico y llega a afirmar que su producción es mediocre, que debería haber rodado 30 obras maestras, pero que es un tío normal y que hizo lo que pudo. ¿Chochea? Tal vez no, pero tampoco atraviesa un momento demasiado lúcido. Y si no, ahí están decisiones recientes como contar con Carla Bruni para su última película, Midnight in Paris.

El jefe es el mejor empleado

by Pablo

Todo queda en casa. Álex De la Iglesia, presidente de la Academia de Cine desde hace un año, ha sido galardonado con el Premio Nacional de Cinematografía. Así, a bote pronto, la noticia chirría lo suyo. No porque De la Iglesia no se lo merezca, que un servidor cree que sí, que está bastante por encima de la media del celuloide patrio, pero el timming no puede estar peor elegido. Darle al jefe del tinglado el premio al mejor empleado suena a peloteo cutre.

Considera el Jurado que su trayectoria “innovadora y transgresora”, además de incuestionable, “ha enriquecido el lenguaje de nuestro cine”. Ningún pero hasta ahí, salvo, insisto, que se aprecie esa trayectoria ahora, cuando mueve los hilos del cine. ¿No era transgresor, no era innovador hace un año? ¿No lo seguirá siendo cuando deje el cargo?

Aún así, lo mejor viene ahora: el Jurado, es decir, el ICAA, que depende del Ministerio de Cultura (la cartera de la ex guionista y directora Ángeles González Sinde), le premia igualmente por “su papel al frente de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España, y su clara labor a favor del consenso y acercamiento entre todos los que forman parte del cine español y de ellos con la sociedad”. Al margen del jabón que destilan estas palabras, roza lo indignante que un galardón de esta naturaleza venga a recompensar una labor “política”, de gestión, por encima de lo artístico.

Preguntado por El País, De la Iglesia aseguró que “objetivamente” se sentía avergonzado. También que le venían muy bien los 30 mil euros que acompañan al premio. Al propio agraciado le cuesta ocultar lo obvio, que la decisión huele lo suyo. Aunque insisto: creativamente, De la Iglesia es de lo poco salvable del cine patro. Ahí están El día de la bestia, La comunidad o Los crímenes de Oxford. Visto desde fuera, que el jefe sea elegido “mejor empleado”, produce sorpresa y hasta cierta indignación.

Estrenos 2 de julio

by Pablo

Cambio de mes pero no de tendencia. Sigue aterrizando morralla en la cartelera, Mundial mediante, por más que uno de los estrenos esté llamado, así es este juego, a recaudar mucha, mucha pasta. Al menos, se agradece que haya remitido el aluvión de bodrios infumables y que, por primera vez en mucho tiempo, las nuevas incorporaciones se cuenten con los dedos de una mano:

-Eclipse: Tercera entrega de la saga Crepúsculo, esa oda al vampirismo adolescente y paliducho que ha provocado riadas de público (teenagers, en su mayoría) y riadas de millones. Sobre el valor artístico de estas películas no puedo pronunciarme por el mero hecho de no haberlas visto. No es algo circunstancial: es una auto-imposición. Pero vivimos en un mundo libre. Quien desee ir a regodearse, entre gritos y sollozos de quinceañeras desfasadas, con los amores y desamores de Pattinson y compañía… libre es de hacerlo. Los demás haremos acopio de ajos, crucifijos y crema bronceadora.

-La boda de mi familia: La protagonista de Ugly Betty, la serie original, la americana, interpreta aquí a la chica latina que se casa con el chico negro para asistir al enfrentamiento entre los respectivos padres. Absolutamente prescindible. El único guiño al espectador es la presencia de Forest Whitaker, aunque por sí sólo no amortiza el precio de la entrada.

-Madres e hijas: Annette Bening y Naomi Watts encabezan esta producción dirigida por completo al público femenino, ese que no es ajeno, sino que directamente huye del Mundial de fútbol. Anda también por ahí el señor Samuel L. Jackson, que parece tomarse un respiro después de un puñado de truños de acción.

-Mujeres de El Cairo: Drama egipcio. ¡Toma ya!

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