by Carlos
Nueva Orleans, años 80. Una ciudad costera que, al caer la noche, se convierte en un callejón de almas perdidas atraídas por el sexo fácil. Allí coinciden Wes Block, un policía y amantísimo padre de dos niños, y el asesino en serie que aterroriza a la ciudad con sus brutales crímenes sexuales. Block, encargado del caso, se verá acorralado por sus vicios cuando el asesino empiece a perseguirle a él… y a sus mujeres. ¿Un nuevo caso para Harry el sucio? No, una película de Clint Eastwood.

En 1984, a sólo seis años de que adquiriera esa pose de autor gracias a Sin Perdón, Clint Eastwood afrontaba su carrera como un indiscutible astro del cine que llenaba cines sólo con su presencia, pero sin el reconocimiento de la crítica. Normal, por otro lado. A sus 54 años y después de treinta años de carrera, en su hoja de servicios sólo destacaban dos grandes directores: Sergio Leone (que le catapultó a la fama con su personaje del Hombre sin Nombre) y Don Siegel (que le hizo inmensamente rico gracias a Harry el sucio). El resto, incluidas sus películas como director, eran repeticiones de sus famosos clintismos (como diría Patrick McGillian): pocas pero contundentes frases de diálogo (él mismo exigía que fuese así), peleas, persecuciones, chicas calentorras y algo de jazz para aliñar la ensalada de conservadurismo. De hecho, sólo sus westerns (Cometieron dos errores, Joe Kidd, El fuera de la ley) sustentaban la etiqueta de “heredero de John Wayne”. El resto simplemente estaba destinado a su gran masa de fans, como demuestran Licencia para matar, Ruta suicida, Duro de pelar, Bronco Billy, La gran pelea o Firefox.
Sin embargo, para Eastwood los 80 fueron una larga travesía de fracasos y éxitos destinada a conseguir la reputación que Hollywood siempre le había negado. Y la primera piedra en el camino fue En la cuerda floja (Tightrope, 1984), que inauguró el Festival de cine de Montreal y recaudó más de sesenta millones de dólares sólo en Estados Unidos. La idea era sencilla: había que sacar a Eastwood de la imagen de policía sin escrúpulos (o directamente fascista, según quien lo mire) que Dirty Harry, sus secuelas y sus pastiches habían forjado una década antes. Había que imprimir profundidad a sus personajes, darles humanidad, sin abandonar, claro está, la imagen de macho. Wes Block, nacido de un guión de Richard Tuggle (a la postre también director del film), le otorgó esa oportunidad.
Block es el verdadero motor de la historia, o al menos la parte más interesante. Abandonado por su esposa y a cargo de dos hijos (la hija mayor interpretada por la propia hija de Clint, Allison), el policía se esfuerza en ser un padre modélico por el día mientras que, al caer la noche, se hunde en la lujuria del barrio francés mientras investiga las muertes de atractivas mujeres a manos de un asesino en serie. Rápidamente la película se divide en tres escenarios: la comisaria, (y sus eficientes policías) el domicilio familiar (llenos de perros recogidos de la calle) y los antros de perversión que visita Block por la noche. A su personaje, bien construido desde el guión, se le escapa inevitablemente esa dosis de culpabilidad y doble moral por mucho que Clint se esfuerce en contenerlo bajo una mirada de piedra. Al menos lo compensa con escenas impropias de él unos años antes: recibiendo una felación, restregándose en aceite con una imponente rubia o practicando el sado en un club de alterne. Nada que pueda escandalizarnos hoy, pero para la época no estaba mal.
Con un arranque algo tedioso y un final demasiado largo (una de las típicas persecuciones de Clint), En la cuerda floja es uno de esos films de los 80 repletos de primeros planos, chicas sexys y psicoanálisis barato, que hoy puede parecer algo desfasado, pero que aún conserva su fuerza en la frialdad del montaje, casi sin acompañamiento musical. O cuando, en algunos planos, el asesino, al que sólo identificamos con una máscara o por sus zapatillas, se presenta en las correrías de Block sin que éste se dé cuenta. De hecho, los recursos a veces recuerdan a las películas policiacas de los años 30 y 40 (los pasos en la noche, las sombras) e incluso al suspense hitchconiano (Block convertido en asesino en su propio sueño, los flashback de las mujeres muertas) pero con peor factura técnica y una horrorosa iluminación, como si Eastwood, productor además de protagonista, se hubiera olvidado de pagar la factura de la luz.
Clint sigue siendo un tipo duro, aunque con algunas concesiones a la galería. Sus mejores escenas son las que comparte con su propia hija, mientras que en la comisaría se le ve acartonado y sin que el personaje refleje ninguna evolución, a pesar de que están salpicadas por todo el film (seguramente porque se rodaron todas a la vez). Coprotagoniza la actriz Genevieve Bujold, aunque su personaje se diluye con el paso de los minutos hasta ser totalmente prescindible.
Con todos sus defectos, una película interesante en la filmografía del Clint pre-Oscar que contentará tanto a los fans más acérrimos como a los que busquen algo más que un “alégrame el día”.