Toy Story 3

by Pablo

Vaya por adelantado que no es de mi agrado escribir en primera persona. Los motivos no son tanto de manual como de convicción propia. Pero veo complicado, muy complicado, explicar los motivos por los que Toy Story 3 no me ha enamorado sin hacer alusión a condicionantes de índole personal. Mi más rendida admiración a la factoría Píxar. Del estudio absorbido por Disney han salido en los últimos años joyas no ya del cine de animación, sino del cine a secas: Los increíbles, Wall-E y, por encima de todas, Up, para mi gusto la mejor cinta de todo 2009. Uno, sin embargo, tiene sus filias y sus fobias. Toy Story, definitivamente, no es mi saga favorita.

Me gustó la primera entrega, aunque la encontré un tanto infantil, con menos capas que productos como los ya citados, o como Shrek; sin esa habilidad para llegar a los pequeños, sí, pero también a los mayores. La segunda parte me decepcionó rotundamente. Me aportó poco, por no decir nada. Por tanto, ante el estreno de esta Toy Story 3, o Toy Story 3D, no sentí un gran interés, no digamos ya un pálpito especial. Algunas críticas (como la de Carlos Boyero en El País) hicieron que se dispararan mis alarmas cinéfilas: al fin y al cabo, no soy un talibán y me reservó una capacidad de maniobra para decir: “de acuerdo, concedámosle una oportunidad a esta película; veamos si es tan buena”.

Concedida la oportunidad, acepto que Toy Story 3 es un buen filme, un más que digno cierre de la saga, que atesora momentos impagables. Pero no comulgo con esa corriente que ha venido en etiquetarla de “gran película” o, incluso, “obra maestra”. Tenemos a los juguetes en un punto novedoso y de (casi) no retorno: Andy, su dueño, el niño, ya no es tan niño y está a punto de entrar en la universidad. Su madre (por la que no pasan los años, vaya) le insta a decidir: o los juguetes van al desván, o acaban en la basura o los dona a otros niños. Una serie de malentendidos y coincidencias terminan con toda la pandilla (Andy, Buzz, los Señores Patata, etcétera) en una guardería regida por un oso bonachón. Una especie de retiro dorado que, aquí viene la miga del asunto, se acaba revelando no tan dorado (y no tan retiro).

Los señores Unkrich (dirección), Lasseter y Stanton (historia) inyectan a esta tercera entrega una dosis extra de vitaminas, por no hablar directamente de adrenalínica, para convertirla en la más excitante. Nunca el vaquero, el guardián espacial y sus colegas se habían visto tan exigidos para salir bien parados de una aventura que es prácticamente a vida o muerte. Nunca tan mal lo habían pasado ni tan negras habían pintado las cosas. Una negritud que agradece la saga y permite remontar el vuelo rasante de su antecesora. Salpicando la trama, mensajes, subtextos: el momento de tomar decisiones, la amistad, la unión, la pertenencia al grupo, la familia, la democracia, la libertad… Bien dosificadas y agradecidas por el espectador adulto, siempre al borde de la saturación de carreras y golpes. Gana la película cuando más fea se pone: cuando los juguetes pelean por su supervivencia y lo hacen a base de coraje e ingenio.

Se ve con agrado Toy Story 3. Se llega a disfrutar. Pero no le entran ganas a un servidor de abrir la caja de los fuegos artificiales. Bien por Píxar. Resultaba más que dudosa la necesidad de desempolvar los juguetes, pero se ha hecho con gusto y criterio. De ahí a hablar de obra maestra, el trecho es largo. El que va de Toy Story 3 a Up. O a Wall-E. Incluso, a Los increíbles.

Veredicto: 7.

Lo mejor: El mono-guardián.

Lo peor: Que Píxar se empeñe en perpetuar sagas, en lugar de primar las ideas nuevas.