
Puristas, abstenerse. Los que rechinaron los dientes ante el atrevimiento transgresor de Los Tudor encontrarán argumentos más que fundados para echar a los leones a los creadores de Sherlock, la última revisión de las andanzas del detective privado más famoso de todos los tiempos. La diferencia entre ambas propuestas, no obstante, no es menor: en la primera se respetaba la época histórica pero se transformaba a Enrique VIII en un joven fogoso y engreído que, especialmente en lo físico, poco tenía que ver con el nada agraciado monarca; en la segunda, en cambio, perviven las líneas maestras del personaje pero muta el cuándo, que pega un salto de un siglo para situarse en el Londres de 2010.
Los que aplaudimos la valentía necesaria para tunear Los Tudor saboreamos en idéntica o mayor medida que Sherlock Holmes y su inseparable compañero, el doctor Watson, se hayan subido a la máquina del tiempo. Ahí siguen las huellas inconfundibles: el genio misántropo y melancólico (Holmes) y el resignado y fiel escudero (Watson); las deducciones brillantes, aparentes trucos de magia; los casos enrevesados, a priori irresolubles; la caza del villano/asesino. Todo esto pasado por la batidora del siglo XXI, con todo lo que este brinco temporal entraña, especialmente a nivel tecnológico.
Ver a Holmes tecleando furioso en su móvil de cuarta generación o solicitando un análisis de ADN puede chirriar al principio. Ídem para el estrés post-traumático de un Watson, recién regresado de la guerra de Afganistán, que trata de encontrar empleo en el servicio de salud británico. ¿Mareados ante tanta novedad? Tranquilos: no tardan en aparecer el 221b de Baker Street, la señora Hudson y el inspector Lestrade de Scotland Yard. La cuestión es dejarse llevar y no perder de vista, en ningún momento, que pervive la esencia: el adictivo quehacer detectivesco en manos de una de las mejores parejas que nos ha dado jamás la ficción.
Un personaje de la trascendencia de Holmes no podía caer en las manos de cualquiera, y los responsables de Sherlock no lo han permitido: encarna al mítico detective Benedict Cumberbatch, actor de nombre imposible que, en cuanto uno se acostumbra a sus rasgos un tanto peculiares y su aire pijo, despliega todo su potencial, que es mucho, y resulta perfecto en el rol. Martin Freeman compone a un Watson quizás un tanto mustio, pero la química con su compañero es tan innegable que el resultado no se resiente en absoluto.
¿Que todo esto no es suficiente y es necesario añadir algún otro aliciente? De acuerdo. Sólo tres letras: BBC. Sabido es que esta gente, cuando le hinca el diente a un proyecto, dificilmente mete la pata. No lo hace con Sherlock, al que dota de una factura visual tan transgresora como la decisión de llevar al personaje a 2010. La única pega: que es una mini-serie de tan sólo 3 capítulos, aunque de hora y media de duración, como una película. Filmes en miniatura que, a buen seguro, tendrán continuidad. Y nosotros que nos alegramos.
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