Estrenos 6 de agosto

by Pablo

Dios salve a Christopher Nolan. Aunque, visto lo visto, tal vez Nolan sea Dios, y la frase anterior constituya una enorme incongruencia. Desde luego, si Nolan no es Dios sí ha sido tocado por Él. Para prueba, la película con la que salvó el verano:

-Origen/Inception: El pasado viernes, sin poder esperar más, fuimos a verla. Nos encantó, nos maravilló, nos pegó a la butaca. Salimos del cine con la impresión de no haber visto nunca nada parecido. Tal vez Matrix, aunque aquellas escenas famosas con las balas a cámara lenta poco tienen que hacer frente a las peleas ingrávidas de esta cinta. Con Shutter Island, y un peldaño por encima, lo mejor de 2010.

-Repo Men: Cinta futurista que llega de tapadillo, sin apenas hacer ruido, con Jude Law y Forest Whitaker en los roles principales. Crudito lo va a tener con la competencia de Origen.

-Zombies Nazis: El de los muertos vivientes es un subgénero de terror que goza de una sorprendente buena salud. Después de Zombieland llega esta entrega cuya gracia, se supone, reside en la ambientación (Tercer Reich, esvásticas, etc).

-The Girlfriend Experience: La ex actriz porno Sasha Grey (no es una broma) encarna, cómo no, a una puta de lujo. Dirige el desaparecido Steven Soderbergh, uno que anda de capa caída después de malgastar su talento con la trilogía de los ladrones molones (Ocean’s Eleven y sucesivas).

-Airbender, el último guerrero: El señor Night Shyamalan no es que ande de capa caída, es que, desde El protegido, no ha vuelto a hacer una película decente. Lo suyo fue flor de un día, día y medio como mucho. Esta difícilmente clasificable cinta de aventuras y fantasía lo tendrá crudo para atraer al público.

-Los dos caballos de Genghis Khan: Documental alemán. Vaya.

Origen/Inception

by Pablo

En la carrera de Christopher Nolan (al menos, en la más sustancial y original) se puede rastrear una obsesión por los resortes más recónditos de la mente humana. Si en Memento el eje argumental era la memoria, y más concretamente cómo su pérdida abocaba a un hombre a una indefensión paranoica, en Origen (Inception, 2010) nos traslada Nolan al universo de lo onírico, de los sueños, ese territorio nebuloso y paralelo al que tanta atención prestó la escuela freudiana.

Origen amanece como un thriller donde un grupo de extraños personajes se ganan (y muy bien) la vida infiltrándose en mentes ajenas, aprovechando la fase del sueño, para robar preciadas y preciosas ideas. Al frente de esa suerte de comandos de asaltantes durmientes se sitúa el personaje de Leonardo Di Caprio, al que vemos en los primeros minutos correr, esquivar y pegar tiros tras adueñarse de las posesiones mentales de un acaudalado oriental en lo que parece el arranque de una ambilicada vuelta de tuerca de productos de factura similar, como Matrix.

Pero es sólo el amanecer de la cinta. Ese hombre, ese ladrón de recuerdos e ideas, es un alma torturada, un ser cuyo único deseo es volver a casa junto a sus hijos, a los que no ve desde que huyó precipitadamente de Estados Unidos por problemas con la Justicia. Su última carta, la de “vuelva a la casilla de salida” se la brinda, irónicamente, ese mismo empresario oriental, que prendado de las habilidades del extractor Di Caprio le engatusa para embarcarlo en una última misión que es todo un tour de force: no se trata ya de sustraer, sino de implantar; quiere este hombre que su ahora empleado deje en la mente de un rival una semilla, la de una idea que, en último término, contribuirá a hacerle más poderoso.

El resultado es una suerte de thriller metafísico en la que, a medida que el comando profundiza en su misión, atravesando sucesivos y peligrosos niveles de ensoñación, como parte de un complejo y casi mareante proceso, asistimos igualmente a un descenso a los infiernos privados del extractor. Infiernos habitados por su mujer, su tortuosa relación y sus extraños viajes al subconsciente. Lo que propone Nolan es algo así como una versión 2.0 de El hombre que fue jueves: a una secuencia de disparos le sigue una discusión sobre los riesgos de bucear en los sueños, que precede a una escena donde los personajes caminan entre edificios que se desmoronan, y vuelta a disertar sobre cómo diseñar universos oníricos con los que engañar a la víctima del plan.

Nolan confirma con Origen que es una de las voces más auténticas, frescas y atrevidas de los últimos diez o quince años. Esta película difícilmente tiene parangón con nada de lo visto hasta ahora. Más aún: algunas escenas de los sueños, con los personajes luchando mientras flotan, dejan a la altura del betún aquellas de Matrix que contemplamos con la boca abierta y que fueron plagiadas después hasta la saciedad. En el reparto, Leo Di Caprio brilla como lo hizo en Shutter Island con otro personaje atormentado (más cuerdo aquí) y denso, despejando cualquier duda (si es que persistía a estas alturas) acerca de su inmensa capacidad interpretativa. Le rodea un estupendo elenco de jóvenes secundarios (Ellen Page, Joseph Gordon-Levitt, Cillian Murphy) y veteranos (Michael Caine, Tom Berenger, Ken Watanabe) que consiguen que un servidor olvide la inquina que le produce la oscarizada Marion Cotillard. Muchos de ellos han trabajado ya con Nolan, que se revela hombre fiel a quienes han funcionado bien bajo sus órdenes. La soberbia partitura de Hans Zimmer, omnipresente, turbadora y absorbente, se erige en un personaje más, y no menor, precisamente.

Es difícil predecir el impacto que tendrá Origen en años (o incluso décadas) venideros, pero difícilmente podrá pasar desapercibida su atrevida apuesta. Cine arriesgado e inteligente, que vuela muy por encima del radar, a kilómetros del encefalograma plano por el que discurre últimamente el séptimo ¿arte? Por el momento, aplaudamos a Nolan y recemos para que no levante el pie del acelerador.

Veredicto: 9

Lo mejor: Las peleas ingrávidas.

Lo peor: Que algunos no vean más allá de la apariencia de thriller.

Toy Story 3

by Pablo

Vaya por adelantado que no es de mi agrado escribir en primera persona. Los motivos no son tanto de manual como de convicción propia. Pero veo complicado, muy complicado, explicar los motivos por los que Toy Story 3 no me ha enamorado sin hacer alusión a condicionantes de índole personal. Mi más rendida admiración a la factoría Píxar. Del estudio absorbido por Disney han salido en los últimos años joyas no ya del cine de animación, sino del cine a secas: Los increíbles, Wall-E y, por encima de todas, Up, para mi gusto la mejor cinta de todo 2009. Uno, sin embargo, tiene sus filias y sus fobias. Toy Story, definitivamente, no es mi saga favorita.

Me gustó la primera entrega, aunque la encontré un tanto infantil, con menos capas que productos como los ya citados, o como Shrek; sin esa habilidad para llegar a los pequeños, sí, pero también a los mayores. La segunda parte me decepcionó rotundamente. Me aportó poco, por no decir nada. Por tanto, ante el estreno de esta Toy Story 3, o Toy Story 3D, no sentí un gran interés, no digamos ya un pálpito especial. Algunas críticas (como la de Carlos Boyero en El País) hicieron que se dispararan mis alarmas cinéfilas: al fin y al cabo, no soy un talibán y me reservó una capacidad de maniobra para decir: “de acuerdo, concedámosle una oportunidad a esta película; veamos si es tan buena”.

Concedida la oportunidad, acepto que Toy Story 3 es un buen filme, un más que digno cierre de la saga, que atesora momentos impagables. Pero no comulgo con esa corriente que ha venido en etiquetarla de “gran película” o, incluso, “obra maestra”. Tenemos a los juguetes en un punto novedoso y de (casi) no retorno: Andy, su dueño, el niño, ya no es tan niño y está a punto de entrar en la universidad. Su madre (por la que no pasan los años, vaya) le insta a decidir: o los juguetes van al desván, o acaban en la basura o los dona a otros niños. Una serie de malentendidos y coincidencias terminan con toda la pandilla (Andy, Buzz, los Señores Patata, etcétera) en una guardería regida por un oso bonachón. Una especie de retiro dorado que, aquí viene la miga del asunto, se acaba revelando no tan dorado (y no tan retiro).

Los señores Unkrich (dirección), Lasseter y Stanton (historia) inyectan a esta tercera entrega una dosis extra de vitaminas, por no hablar directamente de adrenalínica, para convertirla en la más excitante. Nunca el vaquero, el guardián espacial y sus colegas se habían visto tan exigidos para salir bien parados de una aventura que es prácticamente a vida o muerte. Nunca tan mal lo habían pasado ni tan negras habían pintado las cosas. Una negritud que agradece la saga y permite remontar el vuelo rasante de su antecesora. Salpicando la trama, mensajes, subtextos: el momento de tomar decisiones, la amistad, la unión, la pertenencia al grupo, la familia, la democracia, la libertad… Bien dosificadas y agradecidas por el espectador adulto, siempre al borde de la saturación de carreras y golpes. Gana la película cuando más fea se pone: cuando los juguetes pelean por su supervivencia y lo hacen a base de coraje e ingenio.

Se ve con agrado Toy Story 3. Se llega a disfrutar. Pero no le entran ganas a un servidor de abrir la caja de los fuegos artificiales. Bien por Píxar. Resultaba más que dudosa la necesidad de desempolvar los juguetes, pero se ha hecho con gusto y criterio. De ahí a hablar de obra maestra, el trecho es largo. El que va de Toy Story 3 a Up. O a Wall-E. Incluso, a Los increíbles.

Veredicto: 7.

Lo mejor: El mono-guardián.

Lo peor: Que Píxar se empeñe en perpetuar sagas, en lugar de primar las ideas nuevas.

Estrenos 30 de julio

by Pablo

Los estrenos siguen desprendiendo un inconfundible aroma veraniego. Entre remakes, comedias bobas y alguna que otra rareza discurre una taquilla que sigue esperando la llegada de Inception/Origen de Christopher Nolan:

-El Equipo A: La adaptación a la gran pantalla de esta serie ochentera ya se dio de bruces en Estados Unidos con otro producto de su época, Karate Kid. Veremos cómo funciona en nuestro país este remake que da la impresión de ser de todo menos necesario.

-Splice: De puntillas y con retraso aparece lo nuevo de Vincenzo Natali, el creador de Cube. De su retorcida mente ha surgido esta historia de científicos y manipulación genética. Encabeza el reparto Adrien Brody. Tiene todas las papeletas para ser un fracaso considerable.

-La vida en tiempos de guerra: Uno de esos títulos que seguramente proporcionan al espectador más pistas erróneas que indicios fiables de lo que se encontrarán en la pantalla. Todd Solondz, uno de esos cineastas “personales”, por ser suave, vuelve sobre los pasos de Happiness, cinta que le puso en el mapa.

-Niños grandes: Maduros que se comportan como niños y se dedican a hacer el imbécil sin atender a sus años, kilos y falta de pelo. El pelotón de actores goza de mejor predicamento en USA que aquí: Adam Sandler, Kevin James, Chris Rock, Rob Schneider y David Spade nunca han acabado de cuajar fuera de su país por la sencilla razón de que su humor es demasiado americano. Ah, y anda por ahí Salma Hayek.

-Mi segunda vez: Hablando de maduras, abran paso a Catherine Zeta Jones. Lo último decente que hizo fue Traffic. Más conocida ahora como la mujer de Michael Douglas, hela aquí echándose en brazos de un jovencito para recuperar el tiempo perdido.

-El silencio de Lorna: Los hermanos Dardenne sirven otro de esos dramones tan de su gusto, ahora a cuenta de una inmigrante que hará lo posible por conseguir los papeles.

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