Celda 211 dice adiós a los Oscar

by Pablo

Pues no: la Academia española de cine (el nombre exacto es más rimbombante, pero qué más da) no repescó a Celda 211 para que represente a nuestro país en los Oscar. Tras la discutida y esperpéntica decisión de incluir la cinta de Daniel Monzón en la terna previa, finalmente la elegida ha sido También la lluvia, de Icíar Bollaín. Lope, sobra decirlo, apenas contaba como opción seria.

Lo de Celda 211 ya lo criticamos en su momento. El estupendo thriller carcelario que ha visto al mejor Luis Tosar bordando el papel de Malamadre tendría que haber sido la elegida por la Academia, sí, pero hace un año. No tenía sentido que se colara en los Oscar de 2011.

Dicho esto, una vez preseleccionada, un servidor, seguramente en un exceso de ingenuidad, creyó que el premio no terminaría aquí, y que llevarían lo que interpreté como un sinsentido hasta las últimas consecuencias. Y, sin embargo, no. La Academia ha debido de considerar que con la preselección iba que chutaba. Se han decantado, entre otras cosas, por el hecho de que Icíar Bollaín se convierte en la primera mujer que representará a España en los Oscar.

¿Mi opinión? Sin haber visto También la lluvia, que no se estrena ¡hasta enero!, pero por las referencias que tengo, poco tiene que hacer la película de Bollaín y crudo lo tendrá para contentar los gustos de los académicos de Hollywood. Una cosa es el cine que gusta aquí y otra el que triunfa al otro lado del charco. Parecen no saberlo.

Vía Twitter le pregunté su valoración a alguien con más peso que yo, el especialista en cine de El País Gregorio Belinchón: “[la veo] como lógica, visto lo visto. Y me gustó Celda 211, pero era del año pasado”.

El cabo del miedo

by Pablo

No, amigos: Infiltrados (The departed, 2006) no fue el primer remake de Martin Scorsese. 15 años antes, en 1991, el bueno de Marty decidió adaptar otra película, El cabo del miedo (Cape Fear), de la que respetó el título, los personajes y la esencia. Venía Scorsese de entregar la estupenda Uno de los nuestros cuando le llegó, rebotado de Spielberg, el guión que nos ocupa. El hombre tuvo sus dudas, hasta el punto de pasar un año hasta que aceptó ponerse a los mandos. Debía de pensar él que habiendo filmado maravillas como Taxi Driver o Toro salvaje, podía manchar su currículum algo tan poco de auteur como es trabajar sobre algo ya rodado.

Vencidas las dudas, Scorsese acabó volviendo sobre los pasos de J. Lee Thompson, quien, a su vez, había funcionado a partir de la novela The Executioners, de John D. McDonald. Novela que narraba la historia de venganza del ex presidiario Max Cady, un analfabeto que en la cárcel no sólo aprende a leer y escribir, sino que descubre que su abogado defensor, Sam Bowden, no puso toda la carne en el asador para lograr una condena más corta. Bowden antepuso sus escrúpulos a su deber como letrado de oficio; algo que Cady, de vuelta a las calles después de tres lustros, decide que no está dispuesto a perdonarle. Lo que sigue es un toma y daca en el que el convicto le hace la vida imposible al abogado, de forma insidiosa, en un primer momento, pero cada vez más violenta. A cada giro de tuerca de Cady, Bowden reacciona elevando el listón, hasta que opta por las soluciones desesperadas e, incluso, al margen de la ley (con los consiguientes dilemas morales).

Como las comparaciones son odiosas, resulta imposible, y además es menos divertido, no colocar en la balanza ambas cintas, la de 1962 y la de 1991. La primera cuenta con un director de trayectoria modesta, frente al laureado y reconocido Scorsese de la segunda. En el apartado de los actores, a Bowden lo interpretan Gregory Peck y Nick Nolte, por orden cronológico; y, de la misma forma, a Cady lo encarnan Robert Mitchum y Robert De Niro. Aquí reside la principal diferencia. Si en la entrega del 62 Cady era más bien palurdo aunque bastante cabronazo, De Niro lleva su personaje un paso más allá. Todavía en la época en que era capaz de pegar al espectador a la pantalla, en El cabo del miedo desarrolla, por un lado, una de sus famosas transformaciones físicas, aquí ganando kilos y kilos de músculo; y, por otra, se entrega tan a fondo que sirve uno de los mejores villanos de todos los tiempos. Su Cady está loco, obviamente, pero de una forma genuina: su paso por la cárcel ha hipertrofiado tanto su cuerpo como su mente, y al tiempo que es una máquina de matar algo no acaba de funcionar del todo bien en su cabeza, convertida en una sopa de letras donde nadan versículos de la Biblia, renglones de Arthur Miller y sentencias de filósofos.

Con toda justicia, De Niro fue candidato al Oscar. Lo fue también Juliette Lewis como la hija de Bowden, Danielle, excelente en su recreación de una particular mocosa de 15 años con la sensualidad a flor de piel, siempre deseosa de dar rienda suelta a sus instintos, y que desarrolla con Cady una relación similar a la de Caperucita Roja con el Lobo Feroz. Completa el cuadro la madre, Leigh, papel que interpreta Jessica Lange con un punto ausente y mucho de desquiciamiento. Scorsese tenía muy claro que deseaba un hogar desestrucurado y para nada idílico, en el que pudieran aflorar, con la tensión provocada por Cady como detonante, viejas disputas transformadas en reproches. En este sentido, Cady es el catalizador de los fantasmas familiares. Las pasadas infidelidades de Sam reviven ante la amenaza del ex presidiario: obligados a apoyarse los unos en los otros, recluidos en las cuatro paredes del hogar, estallan las hostilidades y se fractura la familia.

La principal virtud del remake, frente al original, está precisamente en que se propone y consigue llevar las cosas al extremo. Propiciado, cierto es, por la censura de la época, la primera El cabo del miedo resulta pacata y conservadora frente a la segunda. El Cady del 91 es mucho más excesivo e impactante, como lo son sus torturas a los Bowden y la respuesta de estos. La segunda El cabo del miedo es más dura, más áspera, más sucia, violenta y descarnada. Es la historia sin concesiones del hombre que lucha por salvar su pellejo frente a la voracidad del otro una vez el sistema se ha probado insuficiente. Como explica el personaje del detective privado, ese mismo sistema es demasiado lento e ineficaz. Al ojo por ojo del bíblico Cady, Bowden se ve abocado a responder tomando la justicia por su mano, él, profesional de la Justicia.

En el debe, Scorsese parece descuidarse en algunos momentos que, de poco creíbles, resultan hasta risibles. Es esto especialmente notorio en la traca final. Sin ánimo de desvelar la trama a quien no haya visto la cinta, algunas escenas, por chapuceramente resueltas, y sobre todo, por poco verosímiles, recuerdan a una (mala) película de terror.