Archive for November, 2010

Adiós al cómico maduro


29 Nov

Leslie Nielsen (1926-2010) ha muerto esta madrugada. Una neumonía se ha llevado al cómico canoso, al patoso maduro, al hombre que hizo del despiste y la chapucería todo un arte cuando se suponía que su carrera entraba en una vía secundaria. No fue el mejor actor pero jamás le olvidaremos gracias al giro de 180 grados que dio su trayectoria.

Hoy sorprende descubrir que hasta casi mediada la cincuentena este intérprete curtido en la televisión alternó papeles tan diferentes como el de galán, agente de la ley o militar, desde Planeta prohibido a El virginiano. Personalmente tardé unos segundos en asimilar su papel serio en uno de los episodios de Alfred Hitchcock Presenta, descubierto en una vieja cinta VHS que contenía una película del rey del suspense.

El giro de tuerca en la vida de Nielsen se produce en 1980. Título: Aterriza como puedas. Personaje: el descacharrante y absolumante no de fiar doctor Rumack. Resultado: la pista de por dónde irá desde entonces la carrera del actor. Con 54 años ya a las espaldas, pelo cano y rostro impasible, en adelante se dedicó a repetir, con éxito, el mismo perfil. De todos sus papeles, el más famoso, con perdón de Rumack, fue el del teniente Frank Debrin, que gozó de tres películas en la saga Agárralo como puedas (nacidas de una serie de televisión) de 1988 a 1994. Lo que siguió fue una sucesión de calcos en películas más mediocres, a las que en España, fuera cual fuese el título original, siempre se le añadió la coletilla “como puedas”. Últimamente había aterrizado en la saga Scary Movie, donde perpetuaba su larguísima carrera.

Tal vez sea duro para un actor que 30 años de carrera queden sepultados por un cambio radical de género, pero seguramente Nielsen, en su fuero interno, agradecía haber salido del anonimato para ser recordado, por generaciones venideras, como uno de los policías más lamentables y desastrosos, pero tronchantes, que han pasado por la gran pantalla.

El buscavidas


27 Nov

Paul Newman solo interpretó el mismo papel dos veces en su larga y magnífica carrera: el del timador y genio del billar ‘Fast’ Eddie Felson. Lo hizo en dos películas separadas 25 años: El buscavidas (1961) y El color del dinero (1986). Recibió su único Oscar por la segunda, aunque mereció el mismo reconocimiento por la primera, cuando se quedó a las puertas de la gloria.

El buscavidas, bajo su apariencia de hagiografía del billar, es en realidad una película de perdedores. Eddie Felson merece tributo como uno de los primeros arquetipos de antihéroe de Hollywood. El director y guionista Robert Rossen tenía muy claro que quería escarbar en la vida y miserias de un chico con tanto talento como falta de carácter, un truhán nacido para embocar bolas en una mesa de billar que se ha ganado siempre la vida timando a los incautos. La habitual pésima traducción del título original, The hustler, no acaba de ponernos sobre la pista de la historia que nos van a contar, pero, afortunadamente, Rossen diseñó un magnífico prólogo en el que vemos a Felson en plena acción y descubrimos a qué nos enfrentamos: a uno de esos pillos que se dejan perder durante un rato, hasta que elevan la apuesta y, entonces, sacan su genio y dejan al incauto rival con un palmo de narices.

Para Felson no hay otro horizonte que medirse al grandísimo Minnesotta Fats, jugador legendario que ha convertido una sala de billar en su particular feudo, siempre bajo la atenta e inquietante mirada de un fulano trajeado y con gafas de sol que responde al nombre de Bert Gordon. Felson reta a Fats a una interminable partida de día y medio en la que, tras vencer con claridad al veterano, gracias a su talento, acaba mordiendo el polvo, borracho y, en el fondo, desesperado por encontrar una razón para perder. Autodestructivo, un perdedor nato, como le echa en cara Gordon, Fast Eddie decide quemar puentes con su socio de toda la vida, Charlie, y acaba encontrando en su camino a otra alma descarriada, Sarah, a la que conoce en la estación de autobús. Alcohólica, mentirosa, coja y tan perdida como él, acaban compartiendo un pequeño apartamento en el que se dedican a beber y retozar, sin conversar ni conocerse el uno al otro, como ella le termina reprochando.

Eddie va tirando a base de pequeñas trampas en garitos de tercera, hasta que una mala experiencia y la acechante presencia de Gordon, una suerte de buitre que vuela en círculos sobre el moribundo futuro de Felson, llevan al genio del billar a permitir al otro que se convierta en algo así como su chulo. Eddie solo quiere volver a medirse a Fats, demostrarle que es superior, pero necesita el dinero. El dinero lo tiene Gordon, pero el precio a pagar, como le advierte Sarah, va mucho más allá de desplumar a un rico incauto adicto a las sensaciones fuertes: el precio es el alma de Eddie.

Auténtico boom para el billar en Estados Unidos desde su estreno, medio siglo después, con la perspectiva necesaria, se advierte con facilidad, en cuanto entran en colisión Eddie y Sarah, dos perdedores autodestructivos de manual, que la intención de Rossen no fue, en absoluto, la de filmar la mejor película sobre este deporte, que lo es también. Sin pasar por alto que todas las partidas están rodadas de forma magnífica; sin dejar de asombrarse por cómo golpea las bolas Paul Newman, quien no tenía ni idea a unas semanas del rodaje; sin poder escapar a la mística de esta práctica de salón, por más que uno sea un lego en la materia… Sin obviar todo esto, quitémonos el sombrero ante una de las más incisivas y demoledoras relaciones de pareja jamás llevadas a la gran pantalla. Paul Newman despliega su inmenso talento desde el primer minuto y regala un papel inolvidable. Piper Laurie, como Sarah, conmueve y remueve a partes iguales. George C. Scott está insuperable como el despiadado y cínico Bert Gordon. Y Jackie Gleason brilla como Minnesotta Fats.

Cerrando con Newman, la Academia quiso premiar su Felson maduro, el que guía a Tom Cruise, después de no hacerlo con el joven. Pero pocas veces como en El buscavidas ha llenado hasta tal punto la pantalla este representante del Método. Y hablando de alguien como Newman, eso son palabras mayores.

Estrenos 26 de noviembre


26 Nov

Fin de semana que no pasará a la historia por el nivel de sus estrenos. Vamos, ni mucho menos:

-Chloe: El señor Atom Egoyan coge la película francesa Nathalie X y la tunea a mayor gloria de Julianne Moore y Amanda Seyfried, con Liam Neeson completando el triángulo. Erotismo y cuerpos retozones para una cinta de infidelidades llevadas al extremo, con abundante ración de cama.

-Ladrones: El título es horrible. Infame. Seguramente la película no será mucho mejor. Vehículo de acción con casting más o menos molón de tíos malos pero guays que se dedican a robar. La banda la interpretan actores tan dispares como Hayden Christensen, el hombre que se cargó a Darth Vader, e Idris Elba, Stringer Bell en The Wire, pasando por Paul Walker, visto en la saga A todo gas, y Matt Dillon; ah, también sale el reparo Chris Brown, el que salía con y pegaba a Rihanna.

-Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas: Palma de Oro en el último Festival de Cannes, llega precedida de una fama de coñazo bastante preocupante. Dirige uno de nombre imposible: el tailandés Apichatpong Weerasethakul.

-Poesía: Surcoreana. Otra no apta para corazones débiles.

-Skyline: Una más de invasiones alienígenas. Reparto desconocido para una cinta con aroma a subproducto difícil de masticar, incluso, entre palomita y palomita.

-Entrelobos: Juan José Ballesta siempre será El Bola, le guste o no. Cierto que él tampoco pone demasiado de su parte. Además de deleitarnos (?) con su rol en la serie Hispania, aquí se mete en la piel de un chico que existió y que vivió, como dice el título, entre lobos y otros animalejos. Se ha alabado su producción. Concedamos que es una apuesta diferente dentro del panorama nacional.

-Las aventuras de Don Quijote: Cinta de animación española que no requiere mayores aclaraciones.

-Más españolas: Propios y extraños; El idioma imposible.

Harry Potter y las reliquias de la muerte (parte I)


22 Nov

El séptimo Potter se presenta como el Potter menos Potter; el Potter más tenebroso, triste y oscuro; y también el Potter más adulto. Harry Potter y las reliquias de la muerte parte I juega a sacar al mago y sus fieles amigos del familiar y protector entorno de la escuela; lanzarlos campo a través, a un mundo inhóspito donde son las presas, los perseguidos, fugitivos que, a su vez, van en busca del alma de Voldemort. El problema: haber escindido en dos partes el episodio final.

Mastodonte de dos horas y media, como nos vienen acostumbrando desde el arranque de la saga, el talón de Aquiles de HP7 (por abreviar) es su condición de falso final. Si HP6 pecaba de insustancial, de mero capítulo de transición que nos preparaba para el clímax, esta primera parte de la última parte (parafraseando a Groucho) muere antes de llegar a la orilla porque es un final castrado. Apoyado en el guión del habitual Steve Kloves, David Yates va colocando sus piezas y preparando el terreno para el grandioso colofón. Mientras, debemos conformarnos con un más que potable ejercicio de despiste.

Con Voldemort en plena forma, aunque insatisfecho porque no dispone de la tecnología punta en artefactos malignos, al segundo aviso (el primero, huyendo de su casa muggle; el segundo, en un bodorrio bastante inoportuno) Harry decide no esperar a que le fulmine un conjuro y emprende la huida junto a los inseparables (de él y entre ellos) Hermione y Ron. Tras una breve estancia en Londres, visita al Ministerio de Magia incluido, los chicos deciden poner tierra de por medio y lanzarse a la campiña, brindándonos una bonita panoplia de paisajes ingleses. El terreno se convierte en una metáfora de sus sentimientos: cuanto más pedregoso y árido, más canutas las pasan nuestros héroes, a los que portar cierto objeto que contiene parte del alma de Voldemort les pone de tan mal humor como… ¡vaya, el Anillo Único a Frodo Bolsón!

Con altibajos entre ellos (tres fueron siempre multitud) los magos se escapan de los malos al tiempo que van tras los secretos de “El Que Ya Puede Ser Nombrado”. Lo hicen sin un plan concreto y dando palos de ciego, en la parte más tediosa del filme: como dispone de 5 horas para adaptar el último libro, Yates se lo toma con calma y se regodea en lo mal que lo pasan Harry, Hermione y Ron. Por momentos, uno llega a olvidar que estamos ante un capítulo de la saga Potter. En cambio, detalles más farragosos (cómo los mortífagos se hacen con el gobierno; de dónde salen los carroñeros, una suerte de rockers que andan a la rapiña de incautos) quedan poco o nada explicados.

HP7 ennegrece aún más la paleta y sí, es mucho menos infantil que su predecesora. Fuera los artículos de broma y los chistecillos escatológicos. Dentro los conflictos sexuales y la angustia existencial. Lástima que nos lo despachen en dos largas horas y media. Acción hay la justa y está bien resuelta (en efectos especiales no se les habrá ido sustancialmente el presupuesto). El poso, sin ser malo, no rompe moldes. Con bastante menos, Alfonso Cuarón nos brindó la mejor entrega de la saga en El prisionero de Azkaban. Está por ver si HP8, el demorado final, el final del final, supera la aproximación al universo Potter del director mejicano. Yates, en su segundo intento, no lo ha conseguido.

Veredicto: 6

Lo mejor: La secuencia animada para “El cuento de los tres hermanos”.

Lo peor: Dos horas y media de película.

Estrenos 19 de noviembre


19 Nov

Algunos fines de semana sudas cuando alguien te pregunta: ¿alguna película que pueda ir a ver al cine? Este viernes, sin embargo, la cosa está bastante clara.

-Harry Potter 7: De acuerdo, el que haya ignorado al chaval mago durante las 6 películas precedentes, difícilmente (sería un error severo) se subiría al carro a estas alturas. Pero a quien haya llegado hasta aquí le costará bastante no saciar su curiosidad. Si la 6ª parte atufaba a capítulo de transición, no es menos cierto que esta Las reliquias de la muerte parte I no es otra cosa que la previa de la grand finale. Dicho esto, saber que la paleta se ha oscurecido y los protagonistas las pasan muy canutas le hace ganar muchos puntos. Sentimientos encontrados para la película llamada a arrasar hasta nuevo aviso.

-Cyrus: Comedia agridulce (o dramedia, que dicen ahora) con John C. Reilly y Jonah Hill, y en medio, la semi-desaparecida Marisa Tomei. Llega precedida de muy buenas críticas que advierten de que hace reír y embajona a partes iguales.

-El camino: Emilio Estévez dirige a su padre, Martin Sheen, en esta cinta con el Camino de Santiago de telón de fondo. Muy oportuno estrenarla en Año Xacobeo, aunque un poco más y no llegan. Tendría otra gracia sí saliera el otro Sheen, Martin. Borracho, a poder ser.

-Flamenco, flamenco: Carlos Saura en un documental cuya temática huelga que precisemos. ¿O no? Paco de Lucía, Sara Baras, Tomatito. En fin, lo mejor de lo mejor. Ah, y Farruquito…

-My father, my lord: Cinta israelí con conflicto de fe de fondo que no todo el mundo llegará a tolerar.

-Circuit: Española. Curiosidad 1: sale Sophie Auster la hija del escritor. Curiosidad 2: también sale Nacho Duato. Curiosidad 3: y, ojo, sale Jorge Lorenzo, el campéon de Moto GP.

-Planes para mañana: Hale, no hay dos españolas sin tres. Cómo fluyen las subvenciones.

¿Qué hay de nuevo, Harry Potter?


18 Nov

Es posible que la nueva entrega de la saga Harry Potter, la séptima y penúltima, resulte una cinta más que potable. Rotten Tomatoes, web de referencia, apunta en esa dirección. Las señales, sin embargo, marcan la dirección opuesta. Digamos que H. P. y las reliquias de la muerte I peleará contra los elementos.

Estos elementos:

-Actores sin evolucionar: Cuando aún eran unos mocosos, cabía pensar que Daniel Radcliffe, Ruper Grint y Emma Watson, el trío protagonista, tenían carencias interpretativas fruto de su edad. Han pasado los años y los tres siguen siendo igual de limitados.

-Séptimas partes…: Nunca fueron buenas… o sí. Las sagas no suelen pasar de la trilogía. Esta ha doblado ya el presunto límite.

-Adiós al apoyo de los libros: Mientras JK Rowling publicaba, novelas y películas se retroalimentaban. La última entrega llegó a las librerías hace dos años y medio. La fiebre potteriana se apagó hace tiempo.

-Director consolidado: David Yates conoce la casa. Es la tercera vez que se pone tras las cámaras para contar las andanzas del crío mago. Ha rodado también la octava entrega, la que cierra Las reliquias de la muerte

-…pero falto de chispa: Yates no es Cuarón, que demostró en El prisionero de Azkaban su capacidad para darle una vuelta de tuerca al personaje, dentro de las limitaciones de Hogwarts.

-Secundarios todavía potentes: Se ha ido Gary Oldman pero han llegado Bill Nighy y Brendan Gleeson. Los secundarios serán, una vez más, los que salven la función.

-Vuelve Voldemort: Por increíble que parezca, no había némesis en la sexta película. Gran error que se subsana aquí.

-Fuerte apuesta técnica: El nuevo director de fotografía, Eduardo Serra, ha sido candidato dos veces al Oscar; Alexandre Desplat, responsable de la BSO, tres. Pocas bromas.

-Capítulo final desdoblado: La Rowling escribió 7 libros, pero el último era tan voluminoso que se adaptó en 2 filmes, para un total de 8. Una discordancia que no va a ninguna parte, pero queda la duda de cómo se resuelve la dicotomía. El principe mestizo pecaba de actuar a modo de película de transición. ¿Volverá a ocurrir?

-Cambian los tiempos: Todo un fenómeno en su día, es difícil predecir si Potter tendrá tirón entre las nuevas generaciones. Tal vez la clave resida en conservar a los viejos adeptos.

La respuesta, a partir de mañana.

Luther


16 Nov

Hay que actores que, por sí solos, justifican el precio de una entrada. Ahora mismo, por ejemplo, Leo Di Caprio, en estado de gracia. Aplicado a la televisión, el personaje de Jon Hamm en Mad Men, Don Draper, es responsable en gran medida del éxito de la serie. El londinense (aunque sus padres son de Sierra Leona y Ghana) Idris Elba es uno de esos actores capaces de soportar sobre sus hombros (muy anchos los del señor Elba) el peso de toda una función.

Descubierto ya con 30 años, a raíz de su magnífico personaje Stringer Bell, el cerebro criminal de la idolatrada The Wire, Elba ha sido uno de los miembros del reparto de esta serie de culto que mejor ha sabido explotar su creciente popularidad. Cierto que su salto al cine no ha sido de terciopelo: Obesionada es una chapuza, y el nivel de las producciones en las que se enrola tiende al blockbuster palomitero sin grandes pretensiones; véase Los perdedores y Ladrones; en el horizonte, Thor y la secuela de Ghost Rider. Pero Elba es un actor como la copa de un pino, y ahí está su Stringer Bell para demostrarlo.

En Luther compone a un poli tan brillante como torturado, un tipo acostumbrado a hacer las cosas a su manera y, más de una vez, tomarse la justicia por su mano. El mundo está tan jodido, hay tanto cabrón suelto, debe de pensar John Luther, que es concederle demasiada ventaja a los criminales actuar siempre ateniéndose a las reglas (by the book, que dicen los anglosajones). El punto de partida de la serie va en esa línea: acorralado un violador de la peor calaña, digamos que Luther no hace un esfuerzo descomunal por evitar que se precipite al vacío y caiga en un coma profundo. Acuciado por las dudas morales, el propio Luther pasa un tiempo internado hasta que vuelve al cuerpo… no se sabe si en plenas facultades.

Lo que sigue son seis capítulos bajo la premisa de casos diferentes que se resuelven a la conclusión del capítulo en cuestión. La continuidad en la trama la proporciona la vida privada del protagonista: fundamentalmente, su ex mujer, que ha iniciado una nueva relación a pesar de que Luther no tira la toalla; y cierta psicópata que le ha cogido gusto a jugar con él al gato y el ratón. Casos que van desde un asesino de policías a un violador compulsivo, pasando por un secuestro con robo de diamantes incluido.  Luther los resuelve con su particular estilo, una mezcla de deducción sherlockiana, en ocasiones un pelín demasiado inteligente, y labor física, de batirse el cobre, apretar a sospechosos y partirse la cara. Dura e infatigable labor policial que alterna, con menor éxito, con sus no menos incesantes esfuerzos por encauzar su vida.

Luther es Idris Elba, que no es moco de pavo, y es producción BBC, sello que garantiza siempre un mínimo de gusto y calidad que en España, sin ir más lejos, equivaldría a primerísimo nivel. La diferencia con Sherlock, también de BBC, radica en la muy superior originalidad de la segunda. Luther sigue más la senda de Wallander, con su protagonista acechado por demonios interiores, aunque el policía nórdico tiene un perfil más maduro y agotado. Pensad en Luther como una serie sólida, potente y liderada por un tío, Idris Elba, que justifica el precio de la entrada.

Atlantis y Avatar: parecidos más que razonables


14 Nov

El lector perspicaz caerá en la cuenta de que Avatar, la película más taquillera de todos los tiempos, se estrenó hace casi un año, y que traer a colación el asunto que me dispongo a tratar adolece de falta de actualidad. Sin embargo, han querido las circunstancias que no fuera hasta ayer cuando, viendo Atlantis, la cinta de Disney estrenada en 2001, caí en la cuenta de los múltiples y sorprendentes paralelismos entre ambas cintas.

El mosqueo comienza en el momento en que el protagonista de Atlantis (de las más olvidables de Disney; 186 millones de dólares recaudados para un presupuesto de 120), el explorador Milo Thatch, tras una serie de avatares, alcanza el mítico y olvidado mundo de la Atlántida. La bombilla se enciende de forma instantánea y sin necesidad de ser un genio: ¿acaso lo que estoy viendo no se parece mucho, pero muchísimo, a la megaproducción de James Cameron llamada a reinventar el séptimo arte? Acusada de hibridar Pocahontas y Matrix, por su cruce entre nativos perseguidos y alta tecnología, es en realidad en las fuentes de Atlantis donde no bebe, sino que se zambulle de forma descarada.

He aquí algunos argumentos:

-Protagonistas altruistas y enamorados: Aunque Milo es un pringadillo tirando a empollón, y Jake Sully (Avatar) es un militar rechazado por ir en silla de ruedas, ambos comparten buen corazón… robado por una indígena de buen ver y poca ropa. Milo y Jake se alinean con los lugareños, aunque esto suponga ir contra los suyos.

-El referente del protagonista: Para Milo, su abuelo, un explorador que se rompió los cuernos buscando la Atlántida; para Jack, su hermano muerto.

-La indígena de buen ver y poca ropa: Tanto Kida como Neytiri son bellas pero aguerridas, tienen unos cuerpos de infarto y digamos que les gusta enseñar piel. Kida hasta se marca un bañito con bikini atlante. Ambas se enamoran del forastero, aunque a Neytiri le cuesta un poco más. Ambas son las hijas del rey/jefe del lugar, y están por tanto llamadas a heredar el trono.

-El padre muerto: Lo dicho, a la muerte del rey-padre, es el turno de las valientes amazonas, que han de tomar las riendas del destino de su pueblo.

-El malo malísimo: Aunque algunas de sus frases rozaban lo risible, hay que reconocer que el personaje del coronel Quaritch, el que dirige a las tropas humanas en Avatar, es un auténtico cabronazo. Maduro pero musculado, sienes plateadas… ¡cáspita, igualito que el comandante Rourke de Atlantis!

-Corazones que se ablandan: Los incautos protagonistas descubren que han acompañado expediciones con pérfidas intenciones ocultas. En Atlantis, Milo se ve solo en un primer momento en su defensa de los atlantes. En Avatar, Sully también se parte la cara en solitario por las gentes de Pandora. Al final, ambos logran el apoyo de un puñado de humanos de buen corazón… aunque el final de unos y otros varía considerablemente.

-El material codiciado: ¿A qué viene tanta disputa, tanto odio, tanta sangre derramada? Atlantes y Na’vi tienen algo que codician los malvados terrícolas: una golosa fuente de energía, que en el primer caso es simplemente lumínica y, en el segundo, responde a la forma de un mineral.

-La energía compartida: Tanto en la Atlántida como en Pandora hay una suerte de entidad ancestral que lo imbrica todo, que forma parte de sus habitantes y ellos, a su veza, forman parte de ella. En Atlantis es una fuente de luz que cada uno porta también individualmente, en forma de colgantes hippies. En Avatar, un árbol filamentoso con el que los Na’vi se conectan con sus rastas USB.

-Monturas: Los atlantes utilizan unas navecillas en forma de pez que “arrancan” con los colgantes luminosos; los Na’Vi, unos bichejos tipo pterodáctilo que activan con sus rastas y que recuerdan a los que, de vez en cuando, se ven en Atlantis surcando los cielos. Milo, como jefecillo, monta una nave con hechuras de pez martillo; el bicho de Jack es más grande y difícil de domar.

-El mensaje ecologista: Más presente en Avatar que en Atlantis, es, a su vez, herencia de Pocahontas, Bailando con lobos y similares. El intruso de buen corazón arriesga su vida por salvar la de otro pueblo, otra civilización, a la que distingue un espíritu menos codicioso y más pegado a la naturaleza.

Concluyendo: Avatar no es Atlantis de la misma forma que no es Pocahontas más Matrix, pero las semejanzas son varias y muy llamativas; se aprecian de forma intuitiva y sin necesidad de un estudio exhaustivo. El ánimo a la hora de escribir este post no es de denuncia, sino de compartir la sorpresa que produce el descubrir que la película más taquillera de la historia se apoya en no pocos aspectos en otra que no gozó de excesivo éxito.

Dicho de otra manera: qué huevos tienes, James Cameron.

Estrenos 12 de noviembre


13 Nov

A la espera de que Harry Potter llegue montado en su Nimbus (es un decir; uno pierde la cuenta de los modelitos de escoba que ha ido calzando el chaval) y barra toda la cartelera, he aquí lo que hay. Es poquito, sí, pero no es culpa nuestra:

-Scott Pilgrim contra el mundo: Uno sospecha que este pastiche de referencias pop y ochenteras, articulado a modo de videojuego arcade para contar la conquista de una chica por parte de un chico tirando a empollón (nerd, dicen en USA) a pesar de la legión de ex (de ella) que se interponen en su camino será pasto de la incomprensión por ese segmento de la audiencia que no sea ni joven ni moderno ni amante de las experiencias diferentes. Aún así, desde Universal Pictures respondían, vía twitter, a esta duda nuestra: “aunque se base en un cómic, el estilo es original y abierto, así que esperamos satisfacer a los fans y sorprender a los escépticos”. Protagoniza Michael Cera, visto en Supersalidos y Juno; sí, el sosito que siempre pone cara de mohíno o de estar a punto de recibir una colleja.

-Tamara Drewe: Gemma Arterton, ex chica Bond, en una comedia de Stephen Frears sobre chica que vuelve a su pueblo natal en la campiña (inglesa, of course) hecha un pibón. Psé.

-Los otros dos: Sigamos exprimiendo el agotado limón de las buddy movies policiales, pensaron los responsables de esta cinta rodada a mayor ¿gloria? de Will Ferrell y Mark Wahlberg, tal vez dos de los actores más inexpresivos de Hollywood (lo de Ferrell se supone que es a propósito, su forma de hacer “humor”). La supuesta gracia, aquí, es que forman el tándem loser de la comisaría frente a los molones y exitosos The Rock (argh!) y Samuel L. Jackson (que va camino de pesar 200 kilos). Así que chistes, tiros, persecuciones y Eva Mendes haciendo de atractiva e improbable esposa de Ferrell. Risas no del todo garantizadas y poco más.

-Imparable: Últimamente al amigo Denzel Washington le ha dado por dos cosas: rodar solo thriller facilones y ponerse a las órdenes de Tony Scott. El resultado son películas que nos venden como adrenalínicas pero que, en la práctica, dejan bastante que desear, tal vez con la única excepción de Deja Vu. A Denzel, en este filme con tren descontrolado, le dan la réplica dos jóvenes: Chris Pine, visto en Star Trek, y Rosario Dawson (ya no tan joven).

-En el camino: Película bosnia. No,  no es la serbia esa que ha levantado tanta polémica.

-Cruzando el límite: Española, sobre niñatos problemáticos que la lían parda. Con la hija de Lolita y un “actor” de Física o Química. Muy duro.

-Bon appétit: Unax Ugalde protagoniza esta cinta, también española, cuyo subtítulo reza así: “historias de amigos que se besan”.

-Aita: Y otra española. Parece que las regalan.

The town


09 Nov

El estado del enfermo, es decir, del cine es tan comatoso que cualquier pequeño atisbo de recuperación nos empuja a una alegría desmedida, casi tierna por ingenua. Sólo así se puede entender el entusiamo que despertó la proyección en Venecia de The town (Ciudad de ladrones, 2010). La segunda incursión tras las cámaras de Ben Affleck confirma que, cosas de la vida, está mejor ahí que al otro lado, pero tampoco nos volvamos locos.

Un barrio (Charlestown, Boston) que se ha convertido en algo así como la capital mundial de los robos de bancos y furgones blindados. Un chaval del barrio, Doug, al que le cambia la vida cuando se enamora de Claire, la directora de una de las sucursales que ha atracado con su banda. Y un agente del FBI que no descansará hasta darle caza. Dispuestas sobre el tablero, pieza convencionales para una partida que no parece llamada a salirse del carril. Ahí está el dilema del pobre Doug, ladrón, sí, pero rehabilitado (ha dejado la bebida y las drogas) y, en el fondo, qué demonios, un buen chaval que está dispuesto a dar un giro a su vida. Nada que ver con su mejor amigo, James, alias Jem, un pieza de cuidado que ha pasado varios años en la cárcel y está dispuesto a todo para no volver al trullo.

Así que, completado el primer robo, y a la espera del segundo, la cinta se adentra en un peligroso remanso; sobre el espectador se cierne el espectro de una falsa heist movie derivada en drama romántico con ribetes de denuncia social (los pobres chicos de Charlestown no tienen hielo para su pista). Hasta que llega el adrenalínico segundo atraco, con una de las mejores persecuciones en coche rodadas desde la saga Bourne, y The town remonta. Ahí siguen la historia de amor y el tufillo a homenaje a Boston (elogio de lo irlandés y demás) pero finalmente las cosas suceden a un ritmo adecuado.

Y no es que sucedan maravillas pero, va siendo hora de asumirlo, en estos tiempos oscuros que corren podemos darnos por satisfechos con una cinta como esta: sólida, creíble, dura a su manera (no olvidemos que es americana), aceptablemente escrita y bien interpretada. Affleck demostró su buen gusto con Adiós, pequeña, adiós, y si bien aquí se ha perdido la capacidad de sorpresa, a cambio hemos ganado a un realizador más seguro de lo que tiene entre manos. Buen pulso para las escenas de acción y, lástima, tal vez una excesiva querencia por lo empalagoso. Actuando, pues no renuncia al caramelo más sabroso, Affleck demuestra más limitaciones, pero cumple como ese chico que, en el fondo, no hace otra cosa que perpetuar una tradición.

Palidece, eso sí, enfrentado a un tío como Jeremy Renner, que está de dulce desde que rompió el cascarón con The hurt locker y borda el rol de tío chungo y violento. Del otro lado, a Jon Hamm se le ve algo fuera de lugar como la némesis de los ladrones: sin el traje y el carisma de su papel en Mad Men, deriva en algo así como un Don Draper con camisa a cuadros, barba de cuatro días y cara de cansado. Rebeca Hall sigue siendo la misma chica sosita, mona a su estilo, de Vicky, Cristina, Barcelona. Poco se puede decir de Blake Lively, protagonista de Gossip girl que aquí encarna a la descarriada ex de Doug. Lo mejor, suele ocurrir, lo aportan los secundarios: Chris Cooper, sensacional aunque fugaz como el padre; y Pete Postlethwaite, que pone los pelos de punta como el cabronazo de “el florista”.

The town recuerda en varios momentos a Heat, la sobrevalorada cinta de ladrones del preciosista Michael Mann, como si quisiera emular su mezcla de robos y dramas personales, pero afortunadamente encuentra su propia voz. Al final, más allá de lo espectacular de los atracos (que lo son, y se agradece), todo se reduce a la historia de un chaval marcado por el lugar donde nació, que no desea otra cosa que una segunda oportunidad. Y esto, aunque Affleck se pasa con el edulcorante, está bien contado y resuelto. Que no es poco.

Veredicto: 7

Lo mejor: Chris Cooper.

Lo peor: el aroma a Heat.

Celuloides en su jugo

Recetas sencillas para degustar buen cine, sabroso y bajo en calorías.