Misfits
Una suerte de Héroes pasada por una batidora de sexo, drogas y iPods, versión UK: eso es Misfits, una de las sorpresas más gratas de la televisión en 2009 (y premio BAFTA en 2010).

Un grupo de chicos que cumplen horas de servicio comunitario por distintos delitos (posesión de drogas, meterse en una pelea, conducir borracha, intentar prender fuego a una casa…). Una extraña tormenta que arroja enormes bloques de hielo. Un rayo que alcanza a nuestros protagonistas y a su cuidador. Mientras los primeros desarrollan una serie de poderes, cada uno el suyo, que irán conociendo y aprendiendo a manejar no con pocos sobresaltos, el segundo es presa de una repentina furia que le induce a descuartizar a uno de los descarriados mozalbetes e intentar otro tanto con el resto. Esto es Misfits.
Todo lo que en Héroes era ñoño, todo lo que allí remitía, en último término, a la familia, el sacrificio, el amor por los demás, aquí es vandalismo puro y duro que deriva hasta en una defensa hilarante del modo de vida autodestructivo y casi nietzcheano de la juventud actual, su carrera en pos de ninguna parte y su intento de superar a padres y abuelos en porros fumados, alcohol trasegado y neuronas trituradas. Pero no nos equivoquemos: el lado salvaje y destroyer de Misfits está introducido en la ecuación de forma equilibrada, de modo que no entra en colisión con otros elementos, como son el gore, el fantástico, el tierno y sí, el profundo, el de la exploración de los personajes.
Unos personajes encabezados por el más brillante de todos: Nathan, el bocazas, lenguaraz, salido, porreta, expulsado de su casa, provocador y ocurrente Nathan (Robert Sheehan, un chaval a tener en cuenta); una bomba de relojería siempre dispuesto a hacer el payaso y meterse en líos, pero de buen corazón; un Pete Doherty con tendencia al caos pero entrañable, al que es difícil no querer. A su lado, el veloz y tribulado Simon; la seductora hasta un punto enfermizo Aisha; la barriobajera Kelly; y el introvertido y torturado emo Curtis, otro de los personajes más logrados. Un quinteto improbable que lucha por salir de más de un embrollo mientras cumplen con la comunidad y lidian con sus nuevos poderes. Y con los que han adquirido otros, pues no son los únicos.
En el terreno de los superhéroes y las superhabilidades parecía estar todo escrito. Y casi es así, de hecho. Pero Misfits aporta una jugosa vuelta de tuerca a base de gamberrismo juvenil bien contado y bien interpretado. Un soplo de aire fresco frente a la moralina estadounidense. ¡Los ingleses no se cortan y hasta se ven tetas de vez en cuando! Esto es Misfits.
