The fighter

by Pablo

El boxeo es, con toda seguridad, el deporte mejor tratado en la gran pantalla. Quizás porque sintetiza, como pocos, la lucha del ser humano contra las adversidades. Al fin y al cabo, la vida es una sucesión de golpes: unos los encajan mejor; otros, acaban besando la lona; los hay que tiran la toalla y los hay que se rehacen para acabar ganando el combate. Y podríamos continuar hasta soltar una retahíla interminable de metáforas. Aporta mucho más dejar claro, cuanto antes, que The fighter, dirigida por David O. Russell, es una muy digna representante de este subgénero.

El espectador se equivocará si acude buscando un Toro salvaje o un Fat city. No es este el retrato amargo de un perdedor que se enfunda unos guantes para acabar recibiendo tantos puñetazos que su vida se va por el desagüe. En gran medida, porque esa cruz no la carga el protagonista, Micky ‘Irish’ Ward, sino su hermano Dicky, gloria local, adicto al crack y pendenciero. Dicky lleva años viviendo de rentas, de un combate en el que tumbó a un boxeador de renombre. Desde entonces, su vida ha estado condicionada por las drogas. Entrena a su hermano, sí, pero a menudo es una influencia más nociva que favorable. Lo mismo ocurre con la madre de ambos, Alice, una mujer de personalidad arrolladora que hace las veces de manager y con bastante frecuencia toma decisiones poco acertadas. Entre el hermano parlanchín y la madre dominadora, mantienen al pobre Micky, que es quien se la juega en el ring, con la bota sobre la nuca. Hasta que Micky empieza a salir con una chica, Charlene, que le hace abrir los ojos y Dicky desaparece de escena para ingresar una temporada en la cárcel.

El esquema no deja de ser el habitual y arquetípico: los primeros pasos, los errores, la caída en desgracia, la transición y, por último, la oportunidad de redimirse. Pero está contado de forma honesta, con una aproximación casi documental, y apoyado en unas interpretaciones potentes. Por encima de todas, la de Christian Bale, soberbio como el yonqui Dicky, que impacta desde el primer momento por su aspecto demacrado y su semblante de loco, y consigue en todo momento que te creas que ese fulano que también se enfunda el traje de Batman es un politoxicómano, un guiñapo patético. Se da por seguro que Bale se llevará el Oscar a mejor actor secundario.

Candidatas son también Amy Adams y Melissa Leo por los papeles de novia y madre, con dos roles muy intensos, de gran fuerza y carga dramática. Frente a ellos, el pobre Mark Wahlberg queda relegado a un segundo plano injusto. Primero, porque no está mal como el callado y sufrido Micky. Y segundo, porque fue él el encargado de levantar el proyecto, para el que invirtió cinco años. Dejó la dirección en manos de David O. Russell (Tres reyes), al que hay que reconocer especialmente su labor por las estupendas escenas de los combates, que reproducen la estética televisiva de los noventa. Las peleas son ejemplares por montaje y timing, y atrapan por su carga épica, fundamentalmente la última y decisiva.

The fighter merece la pena solo por la interpretación de quitarse el sombrero de Christian Bale, pero es mucho más; no en vano es candidata a siete Oscar, ninguno de ellos menor, y tres en la categoría de interpretación. La enésima demostración de que cine y boxeo, con los medios necesarios, conforman un tándem ganador.

Veredicto: 8

Lo mejor: Christian Bale.

Lo peor: Cierto bajón en el tramo intermedio.

Al caer el sol

by Pablo

Si de El Cid se decía que ganaba batallas después de muerto, no resulta exagerado afirmar que Paul Newman todavía encandilaba con más de setenta años, el pelo blanco y algo ralo y un asomo de tripa (nada escandaloso). Al caer el sol (Twilight, 1998), que rueda con 73 tacos, nos brinda uno de los mejores papeles en la recta final de su carrera; sin duda, un más que digno anticipo de su última gran interpretación, la del patriarca mafioso John Rooney de Camino a la perdición.

En Al caer el sol compone algo así como una prolongación encubierta de Lew Harper, el detective privado cínico y socarrón que ha pasado a la historia como uno de los papeles arquetípicos de Newman. Su trasunto en la tercera edad es Harry Ross, ex policía y ex detective, de vuelta de todo, con más pasado que presente y futuro. Ross mantiene una extraña relación con una pareja de actores ricachones, los Ames: enamorado de Katherine (Susan Sarandon), a la que divierte juguetear con él, no es extraño que se dedique a lavar los trapos sucios de Jack (Gene Hackman); por ejemplo, cierto viaje a Méjico para traer de la oreja a la pendona de la única hija (Reese Witherspoon), fugada con el noviete de turno. Ross vuelve con ella y con un disparo accidental, que genera cierta leyenda que no deja en buen lugar los atributos masculinos del investigador.

Años más tarde, Jack le pide que entregue un sobre lleno de dinero a una mujer, en lo que parece un turbio caso de chantaje que, sin perder un ápice de turbiedad, se va convirtiendo en cada vez más sangriento, a medida que una panoplia de personajillos, perdedores en su mayoría peleando por un hueso que roer, van cayendo como moscas a golpe de pistola. Con la poco estimable ayuda de un antiguo socio, Ross se dedica a esquivar las balas, los encantos zalameros de Katherine y los celos del moribundo Jack, al que han diagnosticado cáncer, mientras intenta mantener su culo lejos del alcance de la ley (y de cierta detective con la que tuvo una historia años atrás) e intenta desentrañar qué tiene que ver en todo este guirigay la muerte, dos décadas antes, del que era por entonces el marido de Katherine; una muerte nunca aclarada y cuyo secreto está a punto de ver la luz.

Newman está sobrio y comedido pero estupendo como el desencantado y fatigado Ross, tan harto de ser el títere de la pareja de ricos, de nadar entre dos aguas por su amor a Katherine y su respeto a Jack, como implacable a la hora de perseguir el caso hasta el final. Sarandon y Hackman completan el potente trío protagonista, aderezado por secundarios de la talla de James Garner y M. Emmet Walsh. Dirige Robert Benton, un hombre que se ha prodigado tan poco que solo ha rodado una docena de cintas en 40 años, aunque una de ellas es la indispensable Kramer contra Kramer; amén de escribir los guiones de Bonnie and Clyde y Superman.

Trama negra que no aspira a romper moldes y se atiene a las costuras del género, pero bien narrada y con un excelente reparto. Poco más se puede pedir.

Estrenos 4 de febrero

by Pablo

No es justo. No es justo que nos pasemos semanas, meses sin una película decente que echarnos a la boca y, de golpe y porrazo, sudemos la gota gorda para decidir qué cinta debe ser la primera en caer este fin de semana.

Si lo vemos por el lado positivo, el listón ha subido considerablemente:

-The fighter: Opta a 7 Oscar, aunque es complicado que logre ir más allá del que parece cantado, el que reconocerá a Christian Bale como mejor actor secundario. Bale interpreta al hermano yonki de Mark Wahlberg, que es un boxeador de raíces irlandesas. Ambos existen en la vida real. Historia de superación de esas tan al gusto de Hollywood, con el siempre agradecido marco pugilístico como excusa argumental, que merece la pena ver, sobre todo, por el anunciado papelón de Bale, que ha vuelto a hacer de las suyas y sale absolutamente demacrado.

-127 horas: Danny Boyle vuelve a la carga y decide torturar a James Franco dejándole atrapado en una montaña, sin poder mover un brazo. Película no apta para espectadores hipersensibles y basada, también, en hechos reales. La hemos visto y nos ha gustado mucho.

-Enredados: Nos prometen que es lo mejor de Disney (no confundir con Píxar) en mucho tiempo y hemos decidido creerlo. Rapunzel, un joven que la rescata, un caballo respondón… Animación de la buena.

-La trampa del mal: El sello de M. Night Shyamalan, a estas alturas, si es garantía de algo es de truñazo insufrible. En todo caso, el argumento no pinta mal: un grupo de personas atrapadas en un ascensor; todas esconden secretos muy chungos; hay una que no es quien dice ser.

-Primos: Daniel Sánchez Arévalo se desvía de la línea de su debut con Azuloscurocasinegro para incidir en la vis cómica de Gordos. Comedia española de las que, en un momento dado, se pueden llegar a ver.

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