Akira
En pleno shock por esa pesadilla en la que vive instalado Japón, y a la que no se atisba final, con esa bomba atómica de relojería que es la central de Fukushima, pone aún más los pelos de punta y encoge el corazón esa película de por sí descorazonadora que es Akira, la brillante cinta de animación que Katsuhiro Otomo… más que parir, arrojó al mundo en 1988.

Akira es el relato de cómo el ser humano se equivoca terriblemente, no una vez, sino dos, y queda la sensación de que cuantas haga falta. Está ambientada en un futuro para nosotros cercano, 2019, en la imaginaria ciudad de Nuevo Tokio, lo que viene a ser la capital japonesa después de una ardua reconstrucción tras una hipotética Tercera Guerra Mundial acaecida unos treinta años antes. Nuevo Tokio es cualquier cosa menos una ciudad idílica; más bien, es pasto de bandas callejeras que dirimen sus luchas a bordo de motos de gran cilindrada, al tiempo que un grupo de terroristas de organización más bien precaria se dedican a algo más que colocar bombas en centros comerciales. Al parecer, tienen gran interés por desmontar una serie de experimentos con niños a los que han desarrollado poderes o habilidades hasta límites insospechados, convirtiéndolos en algo así como pequeños monstruos de feria tremendamente peligrosos en manos equivocadas.
Uno de los pandilleros, Tetsuo, choca accidentalmente con uno de esos niños, convirtiendo en literal la colisión entre ambas realidades. Tetsuo acaba convertido en un conejillo de indias de militares y científicos, que se topan (en la parte más endeble de la trama) con que posee un potencial muy superior al de cualquier otro sujeto de los experimentos. Su responsable máximo, un trasunto de Einstein, desoye las dudas sobre su capacidad para poner freno al chico si la cosa se descontrola. Y esto es exactamente lo que sucede.
Dotada de un guión que poco tiene que envidiar a una cinta convencial de ciencia-ficción de corte apocalíptico, Akira suma a esto una estupenda animación que apenas ha envejecido más de 20 años después, prueba de que en su momento fue un producto visionario y rompedor. Casi dos horas desasosegantes en las que, mientras nos preguntamos quién es el legendario Akira y si realmente existe, vamos asistiendo a la progresiva degradación de una sociedad podrida en su raíz, más allá de su espectacular fachada. Un mundo que parece necesitar una catarsis brutal, reventar para poner fin a la escalada de ira irracional.
Akira asusta porque es muy dudoso que a través de la manipulación científica un ser humano pueda desarrollar una energía tal que ponga en riesgo el futuro de la sociedad. Pero no lo es tanto imaginar que la estupidez, combinada con la obsesión por ir demasiado lejos, pueden acabar borrándonos de la faz de la Tierra.
