Cisne negro

by Pablo

Dentro de 10, 20, no digamos ya 50 años, pocos recordarán el nombre de Tom Hooper, un buen hombre que se ha llevado el Oscar al mejor director con solo tres películas a su espalda (una de ellas, la estimable Damned United). Le ocurrirá al cinéfilo de, pongamos, 2044 como al de hoy cuando, por ejemplo, descubre que un tal Delbert Mann recibió el mismo galardón en 1955. En cambio, no han saboreado semejantes mieles realizadores como David Fincher, Christopher Nolan y Darren Aronofsky, que ha despachado su mejor trabajo en Cisne negro (Black swan, 2010).

Poco prolífico (cinco filmes en una docena de años), Aronofsky no ha necesitado rodar mucho para demostrar lo obvio: que es muy bueno. Apuntó de lo que era capaz en 1998 con Pi y lo confirmó en 2000 con la brutal Réquiem por un sueño. Les siguió un parénteis de seis años cuyo resultado, The fountain, no estuvo a la altura, pero una década después de haber debutado nos recuperó para la causa con esa bofetada estupenda que es The wrestler. Con esta última comparte mucho Cisne negro, más allá de que, en un momento dado, Aronofsky se planteó concebirla como una prolongación: luchador conoce a bailarina, etc.

Por suerte, Aronofsky rectificó y le hincó el diente a un guión sobre el teatro que, sabiamente, recondujo al mundo del ballet. Optó por contar la historia de Nina, una joven frágil y obsesionada con resultar perfecta, con lograr el papel principal en El lago de los cisnes y, en definitiva, lograr lo que no consiguió su madre: triunfar. La pobre Nina es tan metódica como frígida, y esto lleva al director de la compañía a poner en duda su capacidad para interpretar a los dos cisnes de la obra: el blanco y el negro. En Nina no ve pasión ni sexualidad, capacidad para improvisar y salirse de los cánones, meritorios pero rígidos. Aterrada pero decidida, ella le hace cambiar de opinión, sí, pero a costa de deslizarse por una pendiente cada vez más pronunciada en la que amenaza con llevarse por delante a la recién llegada y sensual Lily, a su propia y sobreprotectora madre y, finalmente, a sí misma.

Aronofsky va tejiendo una red en la que se ensamblan a la perfección las dos tramas, la de la vida de Nina y la de El lago de los cisnes. No es difícil leer en la tragedia de la princesa cisne que se va ennegreciendo un más que claro paralelismo con la degradación de la obsesionada bailarina. Aquí entra en juego el prodigioso trabajo de Natalie Portman, merecidísima ganadora de un Oscar por un papel que no solo la obligó a adelgazar bastantes kilos y entrenar durante un año, sino, sobre todo, a llegar a cotas interpretativas que nunca había alcanzado. Mérito, sin duda, de Aronofsky, una de cuyas señas de identidad más reconocidas consiste en exprimir al máximo a sus actores; lo hizo con Mickey Rourke y ha vuelto a hacerlo con Portman. Muy bien secundada, por cierto, por Mila Kunis, Vincent Cassel y Barbara Hershey.

Si The wrestler contaba el patético marchitar de un hombre acabado, Cisne negro parte del punto opuesto, el comienzo de una carrera prometedora, para recrearse en otra vida truncada. Lo hace con nervio y un poderío visual que deja el Oscar de Tom Hooper a la altura del betún. El nivel de tensión es sobresaliente desde el arranque hasta el clímax, con la puesta en escena del ballet, y regala por el camino escenas memorables, que se incrustan en la retina como un meteorito. Cisne negro es cine del bueno; pero, sobre todo, cine llamado a perdurar.

Veredicto: 8,5

Lo mejor: Natalie Portman.

Lo peor: El menosprecio de la Academia.

Oscars al servicio de Su Majestad

by Pablo

A bombo y platillo hemos celebrado en España las pocas ocasiones en que los premios por antonomasia del cine, los Oscar, se han fijado en nuestro país. Poco menos que de milagros se calificaron los triunfos de gente como Garci y Trueba en la categoría de película extranjera, y no hablemos ya de las barreras que se han roto más recientemente: Almodóvar y su guión de Hable con ella y Javier Bardem y Penélope Cruz como secundarios.

En Inglaterra, en cambio, están un poquito más acostumbrados. Por eso no es de extrañar que la gente no se haya echado a la calle para conmemorar el éxito de El discurso del rey el pasado domingo. Desde aquellas maravillosas primeras películas de Hitchcock rodadas en suelo patrio (39 escalones) hasta hoy, el Reino Unido ha dado estupendas películas que (y de eso va este post) han logrado además reconocimiento en forma de premios al otro lado del charco.

Echemos un rápido e incompleto vistazo, mediante una lista que solo incluye ganadoras en el apartado de mejor película:

1948: Hamlet – 4 Oscar.

1957: El puente sobre el río Kwai – 7 Oscar.

1963: Lawrence de Arabia – 7 Oscar.

1964: Tom Jones – 4 Oscar.

1967: A man for all seasons -6 Oscar.

1969: Oliver! – 6 Oscar.

[Abrumador bagaje en los años 60]

1982: Carros de fuego – 4 Oscar.

1983: Gandhi – 8 Oscar.

2009: Slumdog Millionaire – 8 Oscar.

La lista podría ser más larga si incluimos cintas mestizas (anglo-estadounidenses) como Doctor Zhivago, El paciente inglés y Shakespeare in love, también multipremiadas; y no digamos ya si ampliamos al abanico a las que lograron estatuilla pero no en la categoría reina, como Una habitación con vistas o Sentido y sensibilidad, por citar solo algunas.

Un par de conclusiones. La primera, que los ingleses pueden presumir de cine. Sin duda. La segunda, que da cierta grima que El discurso del rey, película amable y muy bien interpretada, pero no brillante, se haya llevado 4 Oscar, todos ellos de los gordos (película, director, guión, actor), mientras otras cintas británicas se han conformado con mucho menos. Por ejemplo, Tierras de penumbra o el caso más sangrante de Lo que queda del día, filme delicioso que era candidato a 8 estatuillas y se fue… sin ninguna.

Sirva esto como nuevo elemento para poner en su sitio la decisión de Hollywood de encumbrar a El discurso del rey.

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