Cualquier tiempo pasado no fue mejor, la tesis de Woody Allen en la que es, por el momento, su última película, resulta una premisa que difícilmente se puede aplicar a su filmografía. En el caso del neoyorquino, cada año que pasa se seca un poco más el pozo de su creatividad, y el fiel (a base de esfuerzo) espectador no puede evitar un suspiro al abandonar la sala de cine, después de constatar cuán lejos quedan los tiempos de Hannah y sus hermanas o Delitos y faltas.

El listón está tan bajo con Allen, que ciertamente se ha ganado su crédito, que a poco que ofrezca le llueven las alabanzas. Como quiera que Midnight in Paris frena la regresión de Vicky Cristina Barcelona y Encontrarás al hombre de tus sueños, dos auténticos truños, la crítica saluda al cineasta a golpe de trompeta y fuegos artificiales. Y no es para tanto. Más bien, estamos ante un cuentecito grato, amable, bien contado, con escasas pretensiones, que en un currículum como el de este hombre no puede ir más allá de recibir el calificativo de “trabajo menor”.
Que todo nace de una ciudad, París, y de un título, de por sí poco brillante, lo pone de manifiesto la falta de contenido. Más allá del estupendo armazón que concede rodar en la ciudad de la luz, el relleno es escaso y liviano, poco más que el onírico viaje de un guionista de Hollywood harto de su trabajo que anhela instalarse a orillas del Sena y convertirse en novelista. Su muy americana prometida no deja de quitarle la idea de la cabeza, mientras sus muy americanos suegros no hacen otra cosa que empujarle hacia esa soñada existencia bohemia. El pobre hombre acaba somatizándolo con una suerte de fuga mental que todas las medianoches le transporta a los años 20. La primera ocasión, con vino de por medio; el recurso se aparca cuando las sucesivas visitas al pasado se producen sin necesidad de una sobredosis de alcohol.
El viaje del escritor a su etapa favorita se salpica de encuentros con personajes míticos (Fitzgerald Kennedy, Hemingway, Picasso, Dalí), rodeados de mucho “¡oooh!” y mucho ¡”ahhh!”, en los que Allen vierte esas cuatro cositas de Wikipedia que le han granjeado (injustamente) fama de intelectual. Nuestro protagonista, al margen de codearse con tan insigne artista, se prenda de una muchacha que le devuelve la ilusión por vivir… en otro momento de la Historia. El sueño, bonito sueño, parece llamado, sin embargo, a desvanecerse.
Fabulita mona, pues, con mucha postal de París (el interminable comienzo es eso, una sucesión de planos fijos, que recuerdan grimosamente a VCB) y un correcto Owen Wilson; óptimamente tejida, con un par de chistes pasables, diálogos aceptables y pocos hallazgos, más allá del pedante compuesto por Michael Sheen, que poco tiene que hacer, no obstante, ante antiguos pedantes como el de Alan Alda en Delitos y faltas. Allen, al menos, rueda con algo más de ganas que en cintas precedentes. Digamos que no queda el poso de haber visionado un panfleto turístico ejecutado con nula pasión. Pero no caigamos en la euforia y reverdezcamos unos laureles largamente marchitos.
Veredicto: 6
Lo mejor: París.
Lo peor: la necesidad de volver a encumbrar a quien ya no lo necesita.









